Nicolás Jiménez

* Nicolás Jiménez

Estudió filosofía en la Universidad de los Andes y está realizando una Maestría en Desarrollo Sustentable y Medio Ambiente en la Universidad de Manizales. Actualmente se desempeña como docente en la Universidad Nacional Abierta y a Distancia. Es activista por los derechos de los animales

El pasado 24 de septiembre el Consejo de Estado revocó el aval que el Tribunal Administrativo de Cundinamarca le había dado a la consulta antitaurina en Bogotá. Esta decisión no resulta sorprendente. Los taurinos siempre han jugado sucio. Son matones de profesión y politiqueros desahuciados que no pueden vivir sin sangre. El poder de quienes ejercen la violencia y se otorgan el derecho a matar, les permite imponer y perpetuar sus intereses. Esa ha sido la historia de Colombia por más de 50 años. La posibilidad de erradicar democráticamente la tauromaquia está viciada por los aparatos de poder reaccionarios que las élites ganaderas y paramilitares de este país han dirigido durante décadas.

Por eso, la estrategia que ha venido aplicando el movimiento animalista para acabar democráticamente con la tauromaquia, ha demostrado ser efectiva pero no suficiente. Es efectiva en tanto aplica, con creatividad y pedagogía, mecanismos de difusión que le permiten transmitir un mensaje claro y coherente que ha logrado sumar a muchos sectores sociales. Ha constituido espacios propios de decisión para construir propuestas de articulación, estrategias mediáticas, vocerías políticas, cabildeo y actividades informativas. A pesar de la decisión del Consejo de Estado, sacó adelante una Consulta Popular que ha recibido el apoyo de gran parte de la capital. Es un movimiento amplio constituido por una diversidad de personas y organizaciones con capacidad de movilización que ha logrado configurar una nueva etapa de la lucha animalista en Bogotá y en el país.

Pero en términos concretos, su estrategia es aún insuficiente. Por más justa que sea su causa y por muy organizada que haya sido su estrategia, no ha tenido la capacidad, por ahora, de abrir el espacio que necesita. Le ha apostado a la democracia para que se prohíba una práctica cruel y sádica que divierte a un pequeño pero poderoso sector de la sociedad colombiana. Metafóricamente hablando, podríamos decir que el animalismo en Colombia está llevando a cabo una «guerra asimétrica» contra la degradante práctica de la tauromaquia. La democracia a la que se alude para legitimar la posibilidad, no violenta, de transformar el país, es la misma que le niega la posibilidad a la ciudadanía a decidir, en las urnas, sobre si continúa o no la matanza de toros. Esa misma democracia que por décadas, y en nombre del desarrollo, ha negado las transformaciones necesarias que necesita el país para alcanzar, al menos, un mínimo de justicia social.

El movimiento animalista convenció al país, con argumentos, acerca de la necesidad de prohibir las corridas de toros. A pesar de los ataques mediáticos se posicionó en el debate público y logró articular su discurso con el tema de paz. Por ahora, no ha logrado conquistar el instrumento que había proyectado alcanzar para que se prohíban las corridas de toros en Bogotá, pero se ha ido abriendo un camino importante. No es una novedad que las élites de este país blinden las leyes para perpetuar el orden establecido. Habrá que ver qué nuevas tácticas tendrá que utilizar el movimiento animalista para presionar políticamente la posibilidad siquiera de realizar la consulta popular. La decisión del Consejo de Estado, que desconoce al sector animalista y sus argumentos, es un atentado contra la democracia y contra el progreso ético de nuestra sociedad. No es lo mismo jugar tenis que torturar a un animal. Pero la insensatez de nuestros magistrados para comprender esto es insuperable. Es de hecho inaceptable tener que apelar a un mecanismo de participación ciudadana para prohibir un acto que es sangriento e inaceptable desde el punto de vista ético y político. En todo caso, y como lo han manifestado los antitaurinos, «la consulta vive, la lucha sigue».

Como decía Nelson Mandela, «es el opresor, y no el oprimido, quien determina la forma de lucha». Ya tendrán que afrontar los taurinos lo que se les venga por delante, porque lo que sí está claro es que con consulta o sin consulta, las corridas de toros se tienen que acabar.