Sebastián Ronderos

* Sebastián Ronderos

Colombiano. Politólogo de la Universidad de los Andes, con énfasis en Teoría Política y estudios complementarios en Filosofía. Es especialista en Resolución de Conflictos de la Pontificia Universidad Javeriana y en Globalización y Cultura de la Fundación Escuela de Sociología y Política de São Paulo. Mágister en Cultura de Paz, Conflicto, Educación y Derechos Humanos de la Universidad de Granada, España, y doctorando en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa, Portugal.

La filosofía de Nietzsche se constituyó como la materia prima para el fundamento teórico del Tercer Reich, principalmente a través de su hermana, Elisabeth Förster-Nietzsche, quién, anti semita y nacionalista alemana, ayudó a forjar el concepto cumbre de (1901) Voluntad de Poder, recopilando textos de su hermano bajo el financiamiento directo de Hitler. La voluntad de poder, desde Nietzsche, tiene que aumentar ininterrumpidamente, debe conquistar, dominar y expandir su espacio vital para poder conservarse, como en un ciclo casi infinito.

Se forja, entonces, la imposición de una interpretación de la vida, generando un sentido común en la sociedad, para aplastar los sentidos subjetivos y hacer prevalecer la razón de quien domina. Göbbels, cínica y genialmente, reinterpreta la frase de Nietzsche: “no hay hechos, sólo interpretaciones”, en: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”.

De aquí se desprende una teoría del poder comunicacional, que busca que el mensaje propio sea el único posible. Al igual que Göbbels, el senador republicano estadounidense, Joseph McCarthy, entendió la importancia del cine y la televisión en las relaciones de poder, lo que lo llevó a una caza de brujas en Hollywood, ejerciendo de Torquemada sobre el arte y la cultura.

Haciendo un paralelo entre marcianos y comunistas, se reproducen películas sobre extraterrestres que invaden Norteamérica, como los largometrajes: (1953) La guerra de los mundos de Byron Haskin y (1956) Los visitantes del espacio exterior de Fred Sears. Hollywood se convierte en un centro de propaganda política pro-estadounidense -y de sus mejores aliados-, exacerbada tras el 11 de septiembre a través de la doctrina de la guerra preventiva. Casi que tras cada mega-producción del holocausto judío, el Estado de Israel anexa un nuevo territorio palestino reclamándolo como propio.

Pues bien, para recrear la historia reciente de Colombia, a través de la vida de Pablo Escobar –justo en la recta final del proceso de paz-, Hollywood destina una de sus mejores plumas, Chris Brancato, para escribir la serie Narcos, producida por Netflix. Nada más ni nada menos que el creador de la película (1998) Especies II, donde, nuevamente, se recurre al paralelo de extraterrestres que infectan la tierra amenazando la vida humana, tradicional, libre y capitalista.

La serie pretende abarcar una audiencia mayor a la colombiana, haciendo un foco especial en Brasil, al traer el director Jasé Padilha y al actor Wagner Moura. Ambos son ampliamente respetados por la clase media brasileña, al mostrar interés por problemáticas sociales en sus trabajos, además de expresar respaldo a movimientos sociales como el Movimiento Sin Tierra (MST). Trabajaron juntos en el largometraje más caro y famoso de Brasil: (2007) Tropa de élite, el cual causó polémica al presentar una dicotomía entre policías buenos y malos, donde la punición incorruptible es presentada como la salida a problemas complejos, en una de las ciudades más desiguales de América Latina y en el país con la cuarta población carcelaria del mundo.

Sin embargo, este respaldo por antiguos trabajos ha llevado a la audiencia brasileña, entre otras audiencias latinoamericanas y españolas, a dar credibilidad a esta ficción al estilo hollywoodense, presentada por medio de registros oficiales como una serie-documental.

No quiero detenerme demasiado en las erratas históricas, minuciosamente recreadas por Brancato, como reintepretar al M-19 a través del mundo rural, integrada por jóvenes sectarios marxistas que acaban enredándose al narcotráfico por su propio fanatismo. Basta recordar la figura de Jaime Bateman o Carlos Pizarro para entender el carácter urbano, fundamentado y crítico de los principales protagonistas del Eme.

En el Palacio de Justicia se comprueba que ninguno de los magistrados fue herido por las armas de fuego de la insurgencia, como relata el propio Ministro de Justicia, Yesid Reyes, hijo del ex presidente de la Corte, Alfonso Reyes Echandía, asesinado en la toma del Palacio de Justicia. Los investigadores más serios del Palacio, como Darío Villamizar, Ramón Jimeno, Juan Manuel López y Laura Restrepo, desechan la alianza entre el M-19 y Pablo Escobar, contradiciendo las versiones de Carlos Castaño y negando la veracidad de la entrega de la espada de Bolívar a Escobar. La cual fue devuelta por el M-19 durante su desmovilización, el 31 de enero de 1991.

Ni que decir de aquellos jóvenes, reseñados como guerrilleros tras el holocausto del Palacio, que fueron torturados y desaparecidos por el terrorismo de Estado, de quienes recientemente se encontraron los cuerpos de Cristina del Pilar Guarín, Luz Amparo Oviedo y Luz Mary Portela. No en vano, Gloria Gómez, coordinadora de la Asociación de familiares de desaparecidos (Asfaddes), expresa: “A los familiares se nos tildó de mentirosos y oportunistas”. Recordemos una vez más a Göbbels: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”.

En fin, se tienen más pruebas concretas de las licencias otorgadas por el expresidente, y hoy congresista, Álvaro Uribe Velez a narcotraficantes, entre ellos Pablo Escobar, y sus nexos con los asesinos del exdirector del espectador, Gullermo Cano, que la relación entre el M-19, Pablo Escobar y el incendio del Palacio de Justicia.

Son solo algunos elementos que resaltan una reinterpretación caricaturesca, que retoma la perspectiva colonial de Estados Unidos y los falsos imaginarios construidos por la élite tradicional colombiana, en función de deslegitimar sus nexos con la impunidad que, hoy por hoy, ampara la violencia histórica. Se refuerza el vínculo entre izquierda y crimen, a través de la narración de un agente de la DEA que se aventura valientemente en Colombia para salvarnos de nosotros mismos; quien se transforma en un ser salvaje, premoderno e irracional, en la medida en que se ensucia del acervo colombiano, del mismo modo en que el protagonista de la película (1998) Especies II, Patrick Ros, se convierte en una criatura peligrosa, que amenaza la vida en la tierra al exponerse al ADN alienígena.

¿Será una simple coincidencia que un exponente del macartismo hollywoodense haga una reinterpretación de la infección marciana a través de la violencia colombiana? Y, caso contrario, ¿por qué ahora?

Previo a la primera década del 2000, Estados Unidos centra sus esfuerzos en el Oriente Medio, descuidando sus intereses en América Latina y dando el respiro necesario a los movimientos sociales latinoamenticanos para rearticularse y perfilar sus pretensiones electorales. Hugo Chávez en Venezuela; Evo Morales en Bolivia; Néstor y Cristina Kirchner en Argentina; Rafael Correa en Ecuador; Michelle Bachelet en Chile; Lula en Brasil; Tabaré Vázquez en Uruguay. Un década ganada de movimientos populares que tomaron dirección contraria a los intereses y predominancia históricas de Estados Unidos, del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, consolidando proyectos neo-desarrollistas como MERCOSUR y ALBA.

Actualmente Estados Unidos se repone de la crisis del 2008, manteniendo su hegemonía internacional por emitir la moneda-padrón (dólar), pero en un tablero político multipolar donde China y Rusia comienzan a jugar un papel esencial en el ámbito comercial y energético, ingresando a los mercados latinoamericanos, y con una India que crece exponencialmente.

Tras el 2010, las oligarquías locales en América Latina han desarrollado una contraofensiva a través de guerras económicas, difamación por medio de prensa y amenazas de golpe. Estados Unidos ha rearticulado sus intereses geo-estratégicos, apretando a Venezuela y suavizando a Cuba, impulsando la Alianza del Pacífico y el Acuerdo Transpacífico para la Cooperación Económica como respuestas al MERCOSUR y a los BRICS, mostrando sus focos, no ya con Oriente Medio como principal protagonista, sino, concretamente, con Asia y América Latina.

Colombia resulta central, pues ha sido la excepción de las transiciones políticas de las últimas décadas, sosteniendo hoy las mismas élites políticas y económicas del siglo XIX en el poder y manteniendo vivo el espíritu de la guerra contra-insurgente. Narcos deja claro que, en paz o en guerra, Estados Unidos seguirá trazando el camino de Colombia hacia la libertad y la democracia de mercados. La otra diana esencial del nuevo tablero geopolítico norteamericano en la región es el país con el mercado más diversificado de América Latina, que ha estructurado una cercanía comercial y financiera con África y Asia, fuera de ser una pieza esencial del MERCOSUR, hoy amenazado por el golpismo de las élites tradicionales. Casualmente, el país del continente con mayor participación en la producción de la serie Narcos: Brasil.