Andrea Mejía

* Andrea Mejía

Investigadora con estudios en literatura y maestría en Filosofía en la Universidad de Los Andes. Doctora en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia con la tesis titulada Auctoritas, non veritas Schmitt, Kelsen y Strauss, lectores de Hobbes. Sus intereses de investigación se enmarcan dentro de la filosofía política y del derecho

Ante los sorpresivos resultados de las elecciones argentinas del pasado 25 de octubre, los ciudadanos tendrán que volver a las urnas en una segunda vuelta o ballotage para elegir entre Daniel Scioli, candidato que representa -aunque de manera muy incierta- la continuidad del kirchnerismo y del peronismo, y Mauricio Macri, un empresario que para muchos representa la vuelta a la Argentina del modelo neoliberal y cuyas pasadas afirmaciones acerca de los derechos humanos (y entre ellos el matrimonio igualitario) lo han puesto en aprietos.

Aunque su actual campaña intenta borrar sus diferencias con las políticas sociales y económicas que viene adelantando el kirchnerismo, asegurando que no puede ni quiere desmontar políticas que ya son ley, ideológicamente Macri no es una opción de voto para los diferentes sectores de la izquierda no peronistas o incluso abiertamente anti-peronistas. La izquierda está entonces dividida y atrapada entre un voto de “opinión” (el voto en blanco) y un voto pragmático en contra de Macri, no a favor de Scioli. Ya algunas facciones del socialismo y del partido comunista han optado por la vía pragmática y se han adherido al candidato respaldado por la bancada kirchnerista.

Muchos peronistas, por su lado, ven con preocupación y tristeza una derechización del movimiento que se traduce en las intenciones de voto que migran desde Sergio Massa, el tercer candidato más votado, y que trasluce incluso en el mismo Scioli. Su propio candidato les inspira poca confianza y está muy lejos de despertar por sí mismo la arrolladora simpatía que despierta Cristina Fernández de Kirchner. Lo cierto es que, independientemente de los candidatos, los argentinos están siendo llamados a decidirse, como ha reiterado Fernández de Kirchner en sus intervenciones, entre “dos modelos de país”.

Pero no es un análisis electoral lo que me propongo hacer aquí. Quisiera más bien aprovechar esta coyuntura para interrogar la contextura del peronismo, un fenómeno político cuyas dimensiones reales a lo mejor se nos escapan. Se trata, sí, de un proyecto político que tiene unos contenidos definidos y cuyos contornos coinciden de manera general con los contornos de un populismo de izquierda: estatismo, soberanismo, seguridad social, cobertura en educación, etc. Es natural que estas políticas sean efectivas electoralmente cuando, como sucede en América Latina, la justicia social no es una política de Estado sino de partidos que no siempre están en el poder.

Pero además de eso, en un grado de intensidad mucho mayor que en los populismos vivos hoy en Latinoamérica, el peronismo se ha edificado, como rasgo “formal” definitorio suyo, sobre el carisma. Aunque el gran error justamente es considerar en este caso el carisma como una simple cuestión de forma.

Por “carisma” no debemos entender solamente las cualidades personales de un líder y su potencia retórica, sino una movilización de afectos que consolida un proyecto político e incluso que se consolida como proyecto político. El carisma no es un rasgo accesorio del peronismo o el principal método para poner en práctica sus políticas. La contextura afectiva del peronismo no es el medio para llevar a cabo prácticas de gobierno, ni tampoco es el resultado de esas prácticas: no es simplemente –aunque no deja de ser también- una simpatía que se traduce en votos. La contextura afectiva del peronismo es su rasgo constitutivo. El peronismo, como bien dijo una colega mía peronista, es una “educación sentimental”. Una educación sentimental “simple, plástica, popular”, como decía el propio Perón. Esta constitución afectiva del peronismo quedó bien consignada en las palabras de Eva Perón: “el peronismo no se aprende ni se proclama. Se comprende y se siente”. Eva Perón, al igual que su esposo, se entregó y sucumbió ella misma en ese caudal de pasión y afectos populares y plebeyos. “Soy peronista por procedencia popular, por una apasionada solidaridad y gratitud a mi pueblo vivificado y actuante…”, decía. Eso fue lo que distinguió -y de algún modo sigue distinguiendo- al peronismo, fue lo que le dio un aire de autenticidad e hizo del peronismo una manifestación política mucho más compleja que un caudillismo basado en la manipulación de emociones.

El 29 de octubre, una semana después de que tuviera lugar la primera vuelta electoral, Fernández de Kirchner se dirigió a los argentinos, primero por la televisión, luego en vivo ante la multitud congregada en la Casa Rosada. No dio un solo discurso sino que habló a cada una de las congregaciones reunidas en los diferentes patios interiores y exteriores de la Casa. Habló de manera simple, directa. Muy clara. Exponiendo también sus emociones. La intervención en total duró alrededor de tres horas. Los rostros entre la multitud cautivada recordaban las imágenes de la gente en las intervenciones de Perón. Rostros transportados, mirando hacia arriba. Llorando. Pero además de esta adoración casi mística -y separable, creo, de ella- el entusiasmo colectivo de la multitud reunida era la circulación de una tremenda energía política.

Saltaba a la vista el contraste con Macri, un candidato convencional que habló desde un set de televisión (o sede de campaña, que es lo mismo) para agradecer la cuasi victoria que lo situaba en segundo lugar, cerca de Scioli. Macri apareció entre luces y modelos y aplausos coordinados y frases de cajón y sonrisas enlatadas.

Pero carisma no son globos (ni girasoles). Por más que se esfuercen y dominen su técnica, los publicistas y asesores de imagen no son fuente de carisma. El carisma no es repartir tamales, ni hacer conciertos, ni organizar caravanas con niñas lindas luciendo la camiseta del “partido” y gritando el nombre del candidato de turno. El carisma no circula a través de los jingles publicitarios. Carisma no es arremangarse la camisa, no es sonreír a las cámaras, no es tener una esposa que funge como futura primera dama primorosamente vestida. No es modular la voz ni subir el tono mecánicamente, no es mover los brazos y las manos en gestos robóticos. No es nada de lo que vemos hacer a diario a los políticos en nuestras pantallas.

Hay carisma y caricatura de carisma. Líderes pseudo-carismáticos que intentan capitalizar el carisma de su antecesor hasta que se agotan sus ahorros. Carisma no es decir cada vez “compañeros y compañeras”, “millones y millonas” (Cristina muchas veces decía “estoy seguro”, como poseída por un extraño espíritu por encima del género). Tampoco tiene mucho alcance el remedo carismático de un líder atrapado en su rigidez, agazapado hacia adentro, mascullando regaños, agitando el dedo índice como su única bandera, como la única parte móvil de su cuerpecito enjuto. El uribismo en Colombia se sostiene por razones estructurales, no por el poder carismático de su líder. El carisma es poder de expresión. Está ligado al buen humor, a la alegría, a la espontaneidad, a una inteligencia flexible y comunicativa, no solo del líder sino de la gente que lo acompaña y que lo sigue; no tiene nada que ver con el alma sermoneadora y constreñida de los que siempre creen estar hablando desde un púlpito, ni con la actitud acre y sumisa de votantes disciplinados. Basta recordar el desempeño de los vasallos del uribismo en las últimas elecciones para la alcaldía de Bogotá, o en las últimas presidenciales, para sospechar que la ausencia absoluta de carisma es requisito para entrar a formar parte de las huestes del “centro” “democrático”.

El carisma auténtico es algo misterioso. Es un contacto vivo con la gente. Es la circulación real de afectos. El carisma es una comunicación entre el orador y la multitud, una energía que circula en el discurso en vivo. El carisma mueve. Conmueve. Toca. Alcanza a la gente. Y lleva la política a otro nivel, a los barrios, a las casas, a un nivel inimaginablemente más potente que la política de salón y de pantalla. Inimaginablemente más potente, menos aburrido, y como todo lo que es menos aburrido, más peligroso, por supuesto.

No se trata de ignorar los peligros de lo que Max Weber llamó el “dominio carismático”. Pero hay quienes -por principio- se niegan a ver detrás del carisma un buen proyecto político. Y prefieren no arriesgarse, quedándose siempre, independientemente de las propuestas políticas en juego, en los lindes del dominio burocrático y publicitario.