Descubrimos el agua tibia si decimos que la Grecia clásica es muy distinta a nosotros. Entre otras tantas cosas nos separan dos milenios de cristianismo, la fundamentación kantiana de los derechos humanos, la técnica moderna de la guerra y varios cientos de protocolos y tratados. Sin embargo, no sin cautela, algunas lecciones podemos extraer de ellos para pensar seriamente la paz.

Las lecciones para pensar seriamente la paz provienen no sólo de los filósofos o historiadores. También llegan del gran comediógrafo Aristófanes. Y es que la risa pensante de la comedia es un privilegio que la serena inteligencia logra después de la guerra, el llanto y la tragedia.

Lisistrata, por ejemplo, significa “la que deshace ejércitos” y es una comedia cuyo tema cómico es la huelga de piernas cruzadas que las mujeres griegas hacen hasta tanto los hombres no paren la guerra y hagan la paz. De algún modo, quien hace la guerra no hace el amor. Si los hombres quieren permanecer en la guerra tendrán que abstenerse del placer del amor. Las ideas críticas que se esconden tras la carcajada del tema cómico son varias y de singular corte. Veamos.

¿Cuáles son los muertos que no duelen? La heroína Lisistrata se queja: los muertos duelen. Los muertos duelen a madres, esposas, hijos, hermanos y padres. Los muertos duelen por sus lazos fraternos y no solo por sus bandos políticos. Entonces, si estos son los muertos que duelen, ¿a quién le interesa la guerra?

Aristófanes enseña que pensar seriamente la paz significa pensar en abstenerse de usufructuar los intereses privados por encima de los intereses comunes. De tal modo, pensar en serio la paz es pensar en que vendedores de armas y profesionales del conflicto (que sin embargo no arriesgan su vida) no pueden sobreponer sus intereses privados, económicos la mayoría de veces, sobre los intereses comunes de la paz. Pero significa también que los civiles que sufren sus muertos no pueden desestimar su responsabilidad en la paz. La sociedad no puede desertar en el interés por la paz ocupándose de sus negocios privados. ¿No es Lisistrata una mujer que asume dicha responsabilidad? La heroína enseña la valentía de pensar la paz por encima de los intereses privados como motor de una nueva sociedad. Así, los actores del conflicto tendrán que aceptar que la paz es condición de la satisfacción de las condiciones básicas. No al revés. Es decir, no es concebible pensar que primero hay satisfacción de las condiciones básicas y luego la paz.

Esto nos conduce a otra lección. En la comedia aristofánica Lisistrata reconcilia los intereses privados de hombres y mujeres, con los intereses públicos de atenienses y espartanos. Para los espartanos la negociación de la paz no supone repensar su estructura política. En cambio, para los atenienses la negociación de la paz sí supone repensar y discutir su sistema político. Es que una democracia que quiera pensar seriamente la paz tendrá que asumir que las causas del conflicto deben ser analizadas, discutidas y modificadas. Una democracia de verdad no puede pensar seriamente que después del conflicto se regresa a la misma estructura política que vivió y que fue parte de las cusas del conflicto. Esto solo será darle nuevos muertos a un mismo conflicto. Pensar seriamente la paz supone la reorganización gradual de la sociedad que vivió el conflicto. La paz no es solamente un nuevo marco jurídico, no es solamente (que ya es mucho) la valentía de aceptar ser una nueva sociedad que privilegia los intereses comunes por sobre los privados. Pensar seriamente la paz es pensar seriamente en un nuevo sistema político, diferente al que hace parte del conflicto.