Christian Fajardo

* Christian Fajardo

Doctor en Filosofía de la Universidad de los Andes. Magíster en Filosofía de la misma Universidad y politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor asistente del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana. Sus intereses giran alrededor de la filosofía política contemporánea y de las tensiones entre sociología y filosofía.

Dos afirmaciones recientes de dos personajes destacados, cada uno desde un lugar radicalmente diferente, causan una especial necesidad de análisis. La primera de ellas es la de Peñalosa al ofrecer sus palabras a la opinión pública justo después de haber sido electo como alcalde de Bogotá. La segunda es la del expresidente Luis Ignacio Lula Da Silva en la conclusión de su intervención en la sesión inaugural de la Séptima Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales (Clacso) en Medellín.

Comencemos con Peñalosa. Con unas emotivas ganas de entrar en llanto de alegría, nos dice que en su gobierno nadie será excluido pues su proyecto de ciudad no buscará incentivar el odio entre las personas. Y de inmediato agrega que él y su equipo construirán un gobierno sin política haciendo posible la realización de un sueño compartido lleno de esperanzas. Sin duda alguna, dichas palabras no son nuevas y han sido comentadas por medios y analistas. Por ejemplo, se ha dicho que el perfil de Peñalosa no tiene que ver con el de un político tradicional, pues su formación ha hecho de él un administrador más allá de un político. No obstante, quizá se esté pasando por alto un análisis más detallado en lo que está consignado en las palabras del gestor de ciudades. De pronto, estamos dando por sentado que es perfectamente normal que alguien reclame y diga a todas luces que debe haber un gobierno sin política para alcanzar los máximos niveles de inclusión y consenso. Por eso ruego que nos hagamos la siguiente pregunta: ¿qué quiere decir un gobierno sin política?

Esta pregunta requiere que vayamos más allá de las posiciones cómodas que nos dicen que la política es odio, exclusión, corrupción e incluso polarización extrema y violenta. Debemos ir más allá de la opinión superficial de que la política es de resentidos y de sucios populistas. Ya basta de decir que Petro polarizó a Bogotá, ya basta de decir que cuando se debe gobernar es necesario ser imparcial y que es preciso que tengamos a un administrador de empresas como alcalde en vez de un político. Este tipo de opiniones dejan a un lado el punto crucial y preocupante de las verdaderas consecuencias de un gobierno a-político.

Creo, como muchos otros, que la política es un proceso muy complejo y lleno de aristas que nos permite, de un modo nada fácil, re-inventar el mundo en el que vivimos. Pero reinventar políticamente un mundo no tiene que ver con hacer todo lo posible para que el mundo sea cada vez más maravilloso como asegura Peñalosa. Tampoco tiene que ver con crear “de la nada” propuestas que solo por parecer novedosas y sorprendentes deban llevarse a cabo. “Re-inventar el mundo” nos remonta a una tradición de larga data en la que muchos seres humanos se han empecinado por modificar una situación específica cargada de injusticias. Pero ¿en qué consiste el “empecinamiento” de algunos en ciertos momentos en la historia?

La fórmula para comprender un momento de ruptura nos la da un ejemplo traído por Walter Benjamin en un texto muy destacado1. Cuando llegó la noche del primer día de combate durante la Revolución de julio en París, desde muchos lugares y al mismo tiempo, los combatientes revolucionarios dispararon a los relojes de la torres. El testigo ocular de dichos sucesos, el poeta Marseille Barthélemy, decía que “al pie de cada torre se disparaba a los relojes para parar el día”. Podría decirse que esta narración parece meramente simbólica y accesoria en los sucesos de julio de 1830. No obstante, en dicho “empecinamiento” por parar el tiempo, encontramos lo que define un momento político. Quienes disparaban a los relojes no lo hicieron por mero vandalismo, sino más bien para fundar una época nueva diciéndole alto al tiempo. Disparar a los relojes también lo hicieron millones de trabajadores y trabajadoras cuando les dijeron a sus patrones que horas excesivas de trabajo y salarios miserables son condiciones insoportables. También dispararon a los relojes los campesinos en agosto de 2013 en una gran movilización agraria que demostró que quienes alimentan las ciudades son ellos mismos. Por eso, detener el tiempo para volver a pensar una vida en común es lo que no soporta un administrador de empresas y economista que creyó al pie de la letra que gobernar es gestionar.

Quizá un mundo sin política sea maravilloso porque permite que cada reloj marque su hora. Un día maravilloso será el día en el que los tiempos de la inversión y la infraestructura sean los que dirijan lo que se debe hacer y lo que no. En últimas, un día maravilloso será aquél en el que un conjunto de teorías de la gestión creadas en facultades de administración y de economía sean las que digan qué es razonable para una sociedad que por sí misma “no sabe lo que quiere”.

Afortunadamente, las palabras de Luis Ignacio Lula Da Silva en la séptima conferencia de Clacso en Medellín nos dicen otra cosa. Hacia el final de su intervención2 de casi hora y media, Lula asegura que no existe salida a una situación determinada fuera de la política, mostrando su descontento con el régimen militar implantado después de la primavera árabe. Contrario a Peñalosa, Lula parece ser partidario de que es la participación democrática y no la gestión la que podrá fijar un rumbo más justo a los pueblos. Pero podemos seguir preguntando ¿Por qué es la política y no una administración presuntamente imparcial la que definiría un rumbo más justo a una comunidad?

Me gustaría simplemente enunciar una hipótesis. Quizá estén equivocados quienes piensan que la justicia tenga que ver con neutralidad. O incluso también estén equivocados aquellos que dicen que hay una especie de lógica histórica que determina el rumbo de los tiempos que finalmente desembocará en una sociedad definitivamente justa. Creo que se equivocan porque la justicia no es un concepto, ni mucho menos un conjunto de estándares perfectamente argumentados que permiten sopesar si un reclamo es justo o injusto. La justicia es una acción que se inventa. Y para inventarla, necesitamos siempre parar la maquinaria del tiempo. Por eso, no podemos pensar en una sociedad justa si no frenamos el progreso al que nos vemos impulsados a través de transacciones económicas. Darle tiempo al tiempo es quizás como merezca que interpretemos, por ejemplo, un proceso de negociación de la salida política al conflicto armado en Colombia. Opinadores, analistas, encuestadores y sobre todo expertos, están obsesionados con los resultados inmediatos de un proceso que merece la más sincera y rigurosa reflexión. No son dos actores quienes negocian, es un alto al tiempo que nos invita a que ensayemos qué puede pasar si dejamos de pensar como si el tiempo nos determinara absolutamente.

  1.  Se trata de “Tesis sobre la historia” o “Sobre el concepto de historia”.
  2.  https://www.youtube.com/watch?v=5SobvM5hJ5s