La Argentina enfrentará el próximo domingo 22 de noviembre, por primera vez en su historia, un ballotage con resultado abierto entre el candidato elegido por el oficialismo, Daniel Osvaldo Scioli, y el que representa al opositor frente Cambiemos, Mauricio Macri

La encrucijada del ballotage, a todas luces un hecho inesperado para el oficialista Frente para la Victoria y para todas las encuestadoras (que auguraban una diferencia a favor de Scioli de alrededor de 10 puntos), consiguió lo que no había logrado la muy reñida resolución de la candidatura presidencial de Scioli, al interior del espacio oficialista: que las bases ciudadanas adscriptas al kirchnerismo salieran a expresar en las calles su respaldo explícito a esta sucesión, la herencia posible para un proyecto político-social que lleva 12 años de gestión, bajo el liderazgo de Néstor y Cristina Kirchner.

Este volcarse a las calles en varios centros urbanos, pre-ballotage, está mucho más visiblemente sustentado en ciudadanos “sueltos” que en las muchas organizaciones militantes del kirchnerismo, y responde no sólo a la sorpresa por la inesperada caída de votos oficiales, sino al temor que despierta Macri, asociado al reingreso –ahora, por voto popular explícito- de varias de las políticas económicas del neoliberalismo de la década de los ’90 en el país. Este “temor al pasado neoliberal”, constituido en el eje de la campaña oficial desde la primera vuelta electoral hasta este ballotage-, supone un intento por develar lo que anidaría, amenazante, tras la exitosísima campaña electoral opositora, cuyo pilar es la constante repetición del significante “Cambiemos” (a la vez el núcleo del mensaje electoral y el nombre propio del frente político). “Cambiemos”, repetido como mantra espiritual, enmarcado en colores vivos en los afiches y dicho como una invitación cordial pero enfática por los candidatos en los spots televisivos, es el significante vacío que por un lado anuda las muchas y variadas expresiones de disconformidad con aspectos de la política oficial del kirchnerismo, y por el otro, resuelve la necesidad de una identificación unificada en la oposición, compuesta por al menos dos partidos políticos de dispares historias y trayectorias: el PRO, hijo de la crisis neoliberal de 2001, y la UCR, histórico partido popular (que justamente lideraba el gobierno que cayó, en aquellos días de diciembre).

Con una estrategia de identificación política que se pretende vecinal, horizontal, transparente y empática, el frente “Cambiemos” logró disociar su perfil respecto del oficialismo, al proponer un discurso ambiguo, esquivo a las definiciones y asentado más en el reforzamiento de las capacidades subjetivas de los ciudadanos de producir transformaciones, que en argumentos propios de la jerga política. Estas transformaciones actitudinales que se invita a co-producir (“vamos juntos”, se reza), pueden ser de cualquier tipo, desde la propuesta de políticas públicas en general focalizadas, hasta la afirmación de pautas culturales deseables para una moral media, todo esto sin entrar en lo posible en temas espinosos, como la transformación económica -definiciones que, en general, se eluden-. Con ello, Cambiemos desarrolla una estrategia triple: primero, diluir el perfil muy poco promedio de los líderes del frente, empezando por el candidato Macri (hijo de uno de los empresarios más exitosos del país y ex presidente del club de fútbol Boca Juniors); segundo, individualizar e igualar a sus referentes discursivos, ciudadanos medios antes que sindicatos u organizaciones colectivas; tercero, desmarcarse del discurso visiblemente clásico en términos políticos del kirchnerismo, atado a conceptos tales como desarrollo, industrialización, Estado, peronismo, liderazgo y conducción. Esta estrategia de triple diferenciación logró efectos buscados en un oficialismo que arrastra no sólo los desgastes propios de una gestión larga, sino también un nivel de internismo que, en el último tiempo, se mostró particularmente nocivo para la intervención eficaz en la campaña electoral. Scioli, de hecho, emergió como un candidato percibido como un “plan B”, lejano a los núcleos más movilizados del kirchnerismo, sospechado por ellos y erosionado por una gestión con luces y sombras en la provincia de la cual es gobernador –el bastión del caudal de votos del país, que el oficialismo perdió en la pasada vuelta electoral frente a la líder de Cambiemos, María Eugenia Vidal, después de décadas de hegemonía peronista-.

¿Por qué esta fragilidad electoral del kirchnerismo? Sin dudas, las razones de la encrucijada son múltiples y muchas de ellas son incluso efectos de políticas gubernamentales virtuosas: las expectativas de sostener el consumo por parte de sectores medios, en medio de una escasez de divisas externas; el desacople de porciones de los sectores populares respecto del kirchnerismo, según la geografía bajo control local de que se trate; alianzas e internas políticas mal resueltas entre las organizaciones que componen el oficialismo, particularmente en la provincia de Buenos Aires; la ajenidad con que se percibía al mismo Scioli en muchas de las bases y sectores de las dirigencias; el desgaste propio de un discurso político que centra su estrategia de acumulación en formas del conflicto político con ciertos actores públicos del país –como medios de comunicación, el sector agrario, sectores del poder judicial-; la incrementada presión fiscal; resquemores entre clases medias y sectores populares por efectos de igualaciones sociales, percibidas como amenazas a la ideología del mérito; logros propios de la alianza Cambiemos, con un discurso lo suficientemente ambiguo y en bloque, como para no mostrar fisuras y alojar demandas que resultan difíciles de discutirse públicamente para el oficialismo –como la inflación y la inseguridad ciudadana-.

Más allá de las múltiples razones, el resultado del ballotage significará un parteaguas para el país, por la disparidad de las opciones entre ambas candidaturas –más allá de la similitud de orígenes y trayectorias de las biografías de los candidatos-. Una de las opciones –la que representa Scioli- podría resumirse en mayor presencia estatal en la economía y búsqueda de redistribución del ingreso; otra –la que encarna Macri- está más ligada a la reapertura de la economía, la reintroducción de la capacidad de imponer políticas por parte del sector exportador (con sus efectos de devaluación cambiaria y ajustes salariales) y la focalización de las intervenciones estatales. La encrucijada del ballotage implicará también una decisión sobre el lugar de la Argentina en el contexto de los países progresistas de la región, en situación de avance de las opciones electorales de derechas y de renovados intentos de integración regional favorables al libre cambio. Algo se deslizó en el debate televisivo de los candidatos del domingo pasado, cuando el postulante de Cambiemos anunció su intención de solicitar la suspensión de Venezuela del Mercosur, por su trato a opositores.

Ante el resultado abierto, se debe esperar para arriesgar diagnósticos –como los que llevarían a pensar la gobernabilidad posible, en caso de resultar derrotado el oficialismo, que cuenta con amplio control territorial (16 de las 24 provincias), mayoría en el Senado y capacidades de movilización callejera-. Porque lo que importa no es tanto el análisis numérico apresurado, sino encontrar alguna explicación al fenómeno de una nueva fuerza de derecha en la Argentina, con arraigo popular y chances reales de ser gobierno, después de 12 años de trabajo cultural y político en un sentido contrario. Cuando el marketing despeje los escenarios, lo que se haya decidido en la Argentina impactará de lleno en su historia y en la de la región.