Alejandro Sánchez Lopera

* Alejandro Sánchez Lopera

Politólogo y magíster en Investigación en Problemas Sociales Contemporáneos del IESCO, y en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh. Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh. Profesor de la Universidad El Bosque. Sus áreas de investigación son la historia moral de las ciencias sociales, las relaciones entre sujeto y verdad, y la historia moral de la insurgencia en Colombia. Coeditor del libro: Actualidad del sujeto. Conceptualizaciones, genealogías, prácticas (2010). Fue co-editor de la Revista Nómadas (IESCO). Ha publicado: “Revolutionary Mexico, the Sovereign People and the Problem of Men with Guns”. Con Joshua Lund (2015); “La bestia insular. Lezama Lima y la Revolución”. Con Oscar Barragán (2014); “Surcar la moral. Delirio de Laura Restrepo” (2014); “Orlando Fals Borda. La conmoción del rostro de las ciencias sociales” (2013); “O desmoronamento da verdade social na Colombia de Camilo Torres”. (2009); “El estallido de la verdad en América Latina” (2009)

Dos películas estrenadas en este último mes, de diferente calidad, retratan la toma y la retoma del Palacio de Justicia, el 6 y 7 de noviembre de 1985, por parte del M-19 en la Plaza de Bolívar de Bogotá: “La siempre viva”, basada en la obra de teatro de Miguel Torres, y “Antes del fuego” de Laura Mora.

La primera película encierra al espectador en un inquilinato cerca de la Plaza mientras suceden los hechos del Palacio, retratando todas las formas de dominación cotidianas que son el alimento de la violencia armada: usura, sexismo, inequidad. Salvo al enfocar el televisor, en ningún otro momento de la película la cámara sale a la Plaza de Bolívar para mostrar lo que está sucediendo con la toma y retoma; se enfoca en los violentos lazos de interacción entre los habitantes del inquilinato. “Antes del fuego”, por su parte, muestra sin ambages la planificación de la retoma del Palacio por parte de las Fuerzas Armadas. Así lo confirman los expedientes judiciales, el informe de la Comisión de la Verdad1, y los registros y grabaciones de las comunicaciones militares que muestran que lo que hizo el ejército fue tender una celada al M19 para luego emboscarlos al interior del Palacio. Y de paso incendiar archivos que contenían investigaciones sobre relaciones entre mafias, paramilitares y civiles, y crímenes de las Fuerzas Armadas contra los derechos humanos. E incendiar una generación de magistrados que venía defendiendo las bases liberales de un Estado frente a la obstinación de las élites por perpetuar al Estado como una gran hacienda señorial. Lo que había antes del fuego era, entonces, una catástrofe meditada. La necesaria distinción entre toma y retoma del Palacio, así, tiende a difuminarse.

Leo hoy, 7 de noviembre de 2015 en el diario El Espectador, que “el presidente Juan Manuel Santos acató la orden de la Corte Interamericana y pidió perdón por los desmanes de la Fuerza Pública en la recuperación del Palacio de Justicia”2 ii. Hoy, treinta años después, el Estado pide perdón. Y así lo hizo el expresidente Belisario Betancur la semana pasada -apuntando, claro, a la futura justicia transicional. Pedir perdón es fácil, sobre todo cuando se está amparado por la impunidad del soberano, que le permitió a Betancur, mecenas de la cultura y poeta consagrado, decir que en un libro póstumo contaría la verdad de lo sucedido en el Palacio. Fácil, cuando lo que él llama “errores”3, no son otra cosa que delitos –por los que debería responder en su calidad de “comandante supremo de las Fuerzas Armadas”, o “jefe de los Ejércitos de la República” según la Constitución de 1886.

El que ahora emerjan películas como “La Siempre Viva” y “Antes del fuego”; nuevas pruebas, testimonios y llamamientos a indagatoria a exministros con respecto a lo sucedido, es efecto de uno de los beneficios de un proceso de paz consistente como el que hay en curso. Sólo en el contexto de un Estado que está discutiendo a fondo formas posibles de la paz, puede suceder esta revaloración que estamos presenciando. Contexto que afortunadamente ha estado marcado por la persistencia y coraje de familiares de desaparecidos y activistas de derechos humanos cuya lucha no vence en plazos. Y cuya pelea a largo plazo apunta a uno de los nudos de nuestro extravío: la posibilidad de finalmente subordinar el poder militar al poder civil. La emboscada que las Fuerzas Armadas le tienden al M-19, a la Corte y a los archivos allí alojados, es entonces el síntoma de algo más: recuerda que el golpe de Estado permanente hace parte natural de la forma en que se ejerce el poder en Colombia (por eso los delitos del gobernante son tratados como “desmanes”). El golpe de Estado continuo, esto es, la suspensión de las leyes en aras de la salvación del Estado mismo: “las leyes mismas, deben acomodarse al estado presente de la república”. O, en otros términos, la violación sistemática y premeditada de la ley por parte del gobernante con el fin, claro, de “salvaguardar” el bien común -todo, incluyendo la catástrofe, es por nuestro bien. El encierro en el que estuvo Belisario Betancur durante la toma y retoma, según lo cuenta la profesora Elvira Sánchez-Blake (asistente de prensa de la presidencia en ese momento), es sintomático al respecto4.

Por eso la retoma del Palacio de Justicia por parte del ejército muestra además un rasgo siniestro si enfocamos el lugar de los hechos: la plaza que no muestra la película “La Siempre Viva”. La plaza, el lugar donde se dan cita los poderes estatales, transformada en Plaza de Bolívar por la intervención del arquitecto Fernando Martínez en 1959, revela que lo sucedido en la retoma del Palacio no fue un “desmán” o un exceso de violencia. En tanto el principal responsable militar de la retoma, Alfonso Plazas Vega, afirmaba estar defendiendo la democracia, maestro, Gustavo Zalamea pintaba la Plaza de Bolívar como lo que es: la plaza del naufragio. “Lo notable es que la historia de los últimos cuarenta años de la historia colombiana movió luego al gran pintor Gustavo Zalamea primero, a fines de los 1980, a llevar el mar a la Plaza, a inundarla, para poner en ella un símbolo inesperado: la ballena blanca. Luego, en una soberbia serie de grandes óleos de 1989 titulada ´El Mar en la Plaza´ y ´Naufragios´, el inmenso sí¬mbolo de poder de Moby Dick convocó en sus cuadros monumentales un universo de poderosí¬simos í¬conos, con el capitolio nacional como Titanic entre las olas embravecidas. La Plaza de la Polis de Martí¬nez es la del Naufragio”5. Una inmensa fosa común.

  1.  Comisión de la Verdad sobre el holocausto en el Palacio de Justicia de Bogotá del 6 y 7 de noviembre de 1985. Informe final. Comisionados: Jorge Aníbal Gómez Gallego, José Roberto Herrera Vergara, Nilson Pinilla Pinilla. http://www.hss.de/fileadmin/americalatina/Colombia/downloads/Informe_comision_web.pdf
  2.  http://www.elespectador.com/noticias/judicial/el-acto-de-pedir-perdon-desaparecidos-y-torturados-el-p-articulo-597663
  3. http://www.semana.com/nacion/articulo/belisario-betancur-presidente-de-colombia-en-la-toma-al-palacio-de-justicia-pide-perdon/448610-3
  4.  Eso lo cuenta Sánchez-Blake en su libro Patria se escribe con sangre (2000): “Durante todos estos años me he preguntado por qué Belisario nunca ha revelado la verdad de su cautiverio. Todos sabemos que los militares se hicieron cargo de la ofensiva para aplastar el levantamiento, pero lo que no se sabe es el rol que jugó Belisario en todo esto” afirma Sánchez-Blake. “El silencio del presidente inquietaba a todo el mundo. Los juristas clamaban porque el Ejército cesara su atroz ofensiva: `!Nos están matando a nosotros los rehenes!`. Silencio total por parte del presidente” continúa, para luego narrar la muerte del presidente de la Corte en el Palacio, Alfonso Reyes Echandía: “Ante tamaña noticia, no resistí más y me dirigí al tercer piso del Palacio. Curiosamente nadie me lo impidió cuando subí al segundo y tercer piso desde la escalera de caracol que se iniciaba en la plaza contigua a la Plaza de Armas, ni tampoco, cuando llegué a las oficinas del tercer piso, donde no se hallaba nadie. Me sorprendió no ver a ningún oficial ni de alto rango ni de medio, ni siquiera los soldaditos que siempre hacían la guardia. Habían desaparecido como por encanto. Sin ningún impedimento seguí avanzando, atisbando aquí y allá hasta que llegué a la oficina del Consejo de Ministros- Vi la puerta cerrada y al igual que había hecho con otras oficinas, decidí probar suerte. La entreabrí. En ese instante me encontré de sopetón, frente a frente, con el presidente. La angustia se reflejaba en su rostro. Cuando me vio me preguntó apresurado: -“¿Qué pasó?, cuénteme, ¿qué ha pasado? -Sorprendida de que no supiera lo que a gritos reportaban todas las estaciones radiales, le dije: Ya acabó todo. -¿El presidente de la Corte? Interrogó consternado. – Está muerto, le respondí intuyendo lo que eso significada. Me miró con desolación y se agarró la cabeza a dos manos”.
  5. http://revista.drclas.harvard.edu/book/bogot%C3%A1-spanish-version