Marya Hinira Sáenz

* Marya Hinira Sáenz

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia. Estudiante de la Maestría en Filosofía de la misma institución. En la actualidad es integrante del grupo de investigación en Teoría Política Contemporánea (TEOPOCO) de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, en el que coordina el Observatorio Posiciónal de Medios (Negociación y Conflicto Armado), y del grupo de investigación en Estudios Sociohistóricos de la Salud y la Protección Social, de la Facultad de Medicina

En algún momento en la historia de este país los ríos se convirtieron en tumbas. El Magdalena, que hasta la primera mitad del siglo XX fue la vía de comunicación y de transporte de carga y pasajeros más importante del país, se convirtió a finales del mismo siglo y principios de este que vivimos en el ejemplo más triste de esta realidad.

Este es el destino de miles de personas desaparecidas después de ser asesinadas por alguno de los actores que hacen parte del conflicto armado interno. Los relatos de los pobladores de los municipios aledaños a los ríos —porque el Magdalena no es el único caso— y de las familias de las víctimas coinciden en la descripción de lo que sucede con los cuerpos. Los que no eran rellenados con piedras para que quedaran sumergidos e hicieran parte del lecho del río, o los que no seguían su recorrido guiados por la corriente y se perdían en el silencio y la oscuridad de la noche, eran rescatados por los pescadores cuando quedaban atrapados en las atarrayas o se hacían visibles luego de emerger en la superficie gracias a la bolsa de gas en la que se convertían. Otros, como lo reconstruye Mary Daza en su libro Los muertos no se cuentan así1, eran rescatados por las familias que esperaban ocultas y pacientes en las riberas con la esperanza de ver pasar a su ser querido para lanzarse al agua y recuperarlo. Recuperar un cuerpo al que llorar, del cual despedirse y al que fuera posible hacerle un duelo.

Sin embargo, la mayoría de los desaparecidos que posteriormente son asesinados no son recuperados por sus familias y terminan en los cementerios municipales como N.N. Allí llegan a ser parte de los otros N.N. que fueron llegando con los años, luego de haber sido encontrados muertos en los caminos de los pueblos y veredas y en los límites de las ciudades o, en el caso de algunos integrantes de los grupos guerrilleros y paramilitares, luego de haber perdido la vida en combates con la Fuerza Pública. Sin que nadie pueda decir quiénes y de dónde eran, todos ellos quedan despojados de identidad y de historia, y son reducidos al olvido que acompaña a esas letras.

Pero los ríos no han sido el único lugar de destino de quienes han sido desaparecidos forzadamente. Ahí tenemos La Escombrera, la montaña a la que llegan continuamente volquetas cargadas con los escombros que se producen en Medellín. Esta, que ha sido llamada «la fosa común urbana más grande del mundo», puede tener sepultados, según las víctimas, alrededor de 300 amigos(as), hijos(as), esposas(as), madres y padres que un día fueron interceptados mientras iban rumbo a un lugar que no pudo ser su destino o que fueron interrumpidos en la intimidad de su casa para ser arrastrados por un camino trágico y doloroso, al que también se vieron arrojadas sus familias2. Y ahí están los hornos de los paramilitares, de los que se sabe que hubo en Norte de Santander y Antioquia, y que fueron construidos con un propósito claro: no dejar evidencia de los desaparecidos que habían asesinado ni de las torturas de las que fueron víctimas antes de su muerte. El objetivo era quemar los cuerpos para no dejar rastro de la desaparición ni de la muerte. Y ahí tenemos los más de tres mil jóvenes, pobres en su mayoría, que fueron engañados con ilusiones de un futuro promisorio o que fueron retenidos ilegalmente por integrantes del Ejército para ser asesinados y abandonados, vestidos como guerrilleros, en territorios lejanos para dificultar su encuentro y obstaculizar cualquier posible investigación.

Y están, también, los secuestrados, militares e integrantes de las guerrillas y los grupos paramilitares que murieron en la selva, asesinados o muertos en medio de combates, y de los que su último testigo fue la manigua porque de ellos no se volvió a saber nada.

Es difícil saber cuántos han sido los desaparecidos por cuenta del conflicto armado interno y la represión del Estado, pues en Colombia no hay un único registro y entre los que hay (el del Instituto Colombiano de Medicina Legal y Ciencias Forenses, el Registro Único de Víctimas, el Centro Nacional de Memoria Histórica y los de ONG como ASFADDES) las cifras son marcadamente diferentes3. Eso sí, lo que comparten todos los registros es que demuestran que este país vive sabiendo, y al mismo tiempo ignorando, que hay decenas de miles de personas que han sido desaparecidas de manera forzada. Evidencian, además, que las desapariciones forzadas se convirtieron en una práctica llevada a cabo por todos los actores del conflicto, pero sobre todo por los paramilitares y el Estado4, dirigida de forma masiva y sistemática contra todos los sectores de la población civil, aunque por supuesto más cruenta allí donde el conflicto es más agudo. Y revelan, por el carácter de esta práctica y la dimensión que alcanza en el país, que este es uno de los modos más deplorables en los que se ha desarrollado la violencia. Al ser más silenciosa y menos visible que otras manifestaciones barbáricas de esta guerra, quienes la llevan a cabo buscan ocultar su misma existencia, al tiempo que procuran dejar una marca donde el hecho fue cometido: el silencio frente al crimen, el miedo de denunciarlo y la exigencia de quietud en contra de cualquier forma de resistirlo. En los lugares en los que esta forma de la violencia se volvió recurrente, se configura una vida ciega, muda y apagada ante el temor de ser el próximo en no volver, porque se sabe que en la mayoría de los casos la desaparición es la antesala de la muerte. Por su parte, a las familias y conocidos se les niega la posibilidad de saber lo que sucedió con ellos y se les lanza al interrogante doloroso que solo podrá responderse con la verdad de lo ocurrido.

A pesar de todo esto, ante la tragedia hay quienes con una resistencia incansable e imbatible sacan a las personas desaparecidas del olvido y exigen verdad, justicia y reparación, demostrando una vez más que las víctimas no son solo cuerpos sufrientes. Esto es lo que hacen en la comunidad de Puerto Berrio, en Antioquia, donde desde hace varios años existe la costumbre de adoptar a los N.N., darles un nombre y una historia, adornar y cuidar sus tumbas, y convertirlos en espíritus con el poder de solucionar problemas. Es lo que pone en práctica el grupo de Mujeres Caminando por la Verdad y la Justicia, quienes después de años de exigencias lograron que desde hace algunos meses iniciaran las labores de excavación en La Escombrera para buscar a sus seres queridos. Es lo que materializan las Madres de Soacha, quienes no se dejan intimidar por la imponencia de un Ejército que por medio de directrices internas motivó la muerte de sus hijos. Y es lo que al fin de cuentas hacen las miles de víctimas que exigen saber el paradero de sus familiares y amigos, saber quién los retuvo, saber qué les pasó antes de su muerte y saber por qué los mataron. En estas exigencias está presente la idea de que el olvido no es una opción y que la historia hay que reescribirla, pero esta vez no desde la perspectiva de los que se han enaltecido con las armas; y que en los cuerpos vivos hay una fuerza que es capaz de resistir incluso a las peores expresiones de la violencia.

El país ya conoce algunos de los frutos de estas luchas. Fue la movilización de las víctimas la que propició que el Estado colombiano aprobara la Ley 589 de 2000 en la que se tipificó el delito de desaparición forzada, y que años más tarde ratificara la Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas y la Convención Internacional para la Protección de todas las Personas contra la Desaparición Forzada. El resultado más reciente lo conocimos el pasado 17 de octubre cuando la mesa de conversaciones entre el gobierno nacional y las FARC anunció dos nuevos acuerdos en el marco de la discusión sobre el punto dedicado a las víctimas, el más difícil de los diálogos de paz. Afortunadamente en el primero de ellos no primó la sentencia «nada está acordado hasta que todo esté acordado» que ha sido repetida innumerables veces por el jefe del equipo negociador del Gobierno, Humberto de la Calle. En efecto, las partes se comprometieron a diseñar e implementar de manera «inmediata», es decir, antes de la firma del acuerdo final, un plan para buscar, ubicar, identificar y entregar dignamente los restos de quienes fueron víctimas de desaparición forzada en el marco del conflicto armado interno, a partir de la información de la guerrilla y de las instituciones del Estado. El segundo acuerdo, que sí tendrá que esperar a la conclusión del proceso, no es menos valioso, pues se trata de la creación de una unidad excepcional, transitoria y de carácter extrajudicial, cuyo objetivo será la búsqueda de las personas desaparecidas5.

Sin duda será imposible recuperar todos los cuerpos desaparecidos. Sin embargo, aceptar esto no significa que el Estado deba partir de esta realidad para abordar con menos rigor la tarea de encontrarlos y de reparar como es debido a las víctimas. Por el contrario, es necesario el mayor de los esfuerzos y la más profunda convicción de la necesidad no solo de reencontrar a las familias con quienes les fueron arrebatados por la guerra, sino de reconstruir la verdad, la que intentaron ahogar y sumir en el lecho de un río hasta deshacerse en la naturaleza; la que buscaron sepultar bajo la tierra, la basura y los escombros; la que quisieron incinerar para que no dejara ninguna huella distinta a la que deja la ceniza al mezclarse con el polvo y el agua. Allí se encuentra la posibilidad de construir una sociedad que no esté marcada por el silencio, el olvido y el miedo.

  1. Daza Orozco, Mary. Los muertos no se cuentan así. Bogotá. Libros & Letras. 2011.
  2. El Tiempo. Comenzó la excavación de ‘la fosa común urbana más grande del mundo’. Disponible en: http://www.eltiempo.com/colombia/medellin/excavacion-en-la-escombrera/16154316
  3.  Ver por ejemplo: BBC Colombia: la democracia que puede tener más desaparecidos que Chile y Argentina juntos. Disponible en: http://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/10/151019_colombia_desparecidos_cuantos_son_nc
  4. Ver por ejemplo: CNMH. Desaparición Forzada Tomo II: Huellas y rostros de la desaparición forzada (1970-2010). Bogotá. Imprenta Nacional. 2013.
  5.  Mesa de conversaciones. Comunicado conjunto # 62. Disponible en: https://www.mesadeconversaciones.com.co/comunicados/comunicado-conjunto-62-la-habana-17-de-octubre-de-2015