Andrés Fabián Henao

* Andrés Fabián Henao

Profesor Asistente del Departamento de Ciencia Política de la University of Massachusetts Boston. Doctor en Ciencias Políticas de la University of Massachusetts Amherst. Magíster en Filosofía y Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Tiene como áreas de trabajo la teoría política contemporánea, la tragedia Griega, la relación entre la teoría política y la literatura y los problemas de membresía política, democracia y agencia en el contexto actual de la globalización y el capitalismo tardío. Actualmente trabaja sobre la tragedia de Antígona, donde ofrece una lectura alternativa de la agencia política que tienen los inmigrantes indocumentados en su capacidad de cuestionar los límites de la democracia y las condiciones actuales de su membresía política, a partir de una reinterpretación del texto de Sófocles. Ha recibido becas de investigación en la Universidad de Massachusetts, Amherst y en la Universidad Nacional de Colombia, donde publicó Paramilitarismo, Desmovilización y Reinserción. La Ley de Justicia y Paz y sus implicaciones en la Cultura Política, la Ciudadanía y la Democracia en Colombia, con el profesor Oscar Mejía Quintana

Y si las leyes dijeran: ¿Fue ese el acuerdo entre nosotros, Sócrates, o fue el de respetar los juicios a los que llegare la ciudad?

Sócrates

La prisión es un asalto al alma, cada segundo, una degradación del ser, cada día, y una opresiva sombrilla de acero y ladrillo que transforma los segundos en horas y las horas en días

Mumia Abu-Jamal

Otro interlocutor para Sócrates!

Hay que admitirlo, Critón es un idiota! Quizás esto ayude a explicar por qué Sócrates lo nombró como el apoderado de sus escasos bienes, después de su ejecución, pues son los bienes materiales lo primero que el filósofo griego desprecia en una filosofía orientada a transformar las prioridades de los ciudadanos de una preocupación por el bolsillo a una preocupación por el alma.

El diálogo entre Sócrates y Critón tiene lugar en una prisión ateniense, esa milenaria cueva que continúa asechando a la filosofía crítica, desde Platón en el siglo V antes de la era común hasta Ángela Davis en el siglo XXI del movimiento por la liberación de la gente negra, desde las memorias recientemente descubiertas del prisionero Austin Reed en las cárceles estadounidenses del siglo XIX, hasta el célebre libro sobre el nacimiento de la prisión que Michel Foucault publicó en 1975. Sócrates lleva un mes en lo que hoy se denomina “death row” (corredor de la muerte), el intervalo que separa la pena de muerte de la efectiva ejecución en aquella actualización del viejo derecho soberano a quitar la vida. Atenas debe esperar el retorno del navío que ha enviado a la pequeña Isla de Delos, en seguimiento al festival religioso anual que conmemora el sacrificio de los inocentes al rey Minos de Creta, antes de ejecutar a Sócrates. El navío ha sido visto en el cabo Sunio al sur de Ática, lo que significa que la muerte se aproxima, solo un día le queda a Sócrates. Ática volverá a ser recordada, ya no la griega de la antigüedad en la que el navío aguarda poniendo en suspenso la condena, sino la moderna Attica de New York, esa infame prisión que el 9 de septiembre de 1971—tras el asesinato de George Jackson (miembro de la Black Guerrilla Family [Familia Guerrillera Negra]) durante la revuelta de San Quentin—los prisioneros se tomaron en protesta contra las horribles condiciones de su encarcelamiento y en demanda por el reconocimiento de sus derechos políticos. Cuatro días después de la toma serían cruelmente masacrados por órdenes del gobernador Rockefeller, que dejó en claro que el sistema estaba dispuesto incluso a sacrificar la vida de los carceleros con tal de mantener la brutalidad del régimen contra los encarcelados. De modo que el navío ya está en Ática, la griega, y la ejecución de Sócrates se aproxima.

Critón es un idiota, repito, y el diálogo de Platón ofrece una abrumadora evidencia. Sócrates no ha terminado de levantarse cuando, tras inquirir sobre la presencia de Critón a deshoras en la prisión, es decir, en contra de lo estipulado por la ley, éste le responde no que ha conseguido persuadir al guardia de la justicia de su misión para que le permita hablar con Sócrates, como éste último infiere, sino que lo ha sobornado como, Critón agrega sin vergüenza, suele hacerlo con frecuencia. Cincuenta años de filosofía moral enseñando que “es peor cometer una injusticia que sufrirla”, que el metal que vale no el que se acumula en la cartera sino el que se cultiva en el alma, dispuesto incluso a dar su vida por ello, y lo primero que Sócrates escucha de la boca de uno de sus más cercanos amigos es la más clásica manifestación de un alma corrompida: el soborno de las autoridades para obtener un beneficio propio. Habiendo sobornado en el pasado y ahora en el presente, Critón se propone sobornar también en el futuro, comprar a los guardias que además calcula baratos para que Sócrates escape su ejecución y se exilie en Tesalia. Incapaz de persuadir a Sócrates, Critón finalmente recita su largo discurso, uno que probablemente memorizó antes de ingresar a la prisión y que, yo infiero, algún sofista le ofreció escribir por una suma no más onerosa que aquella con la que Critón consiguió ingresar ilegalmente al recinto. Ese será el último discurso de Critón, cuya función en el diálogo quedará reducida a la mecánica confirmación de las tesis socráticas, en ocasiones con monosílabos: “si”, “cómo no”, “es evidente”, “así es”, etc. En esa última extensa intervención Critón osa afirmar lo siguiente: “Además, Sócrates, no me parece que lo que estás haciendo es justo, dar tu vida cuando la puedes salvar…” (Platón 2000, C45c mi traducción1. He aquí a Critón, un adinerado oligarca acostumbrado a comprar a las autoridades con sobornos, hablando de justicia e insinuando que él es un mejor juez de la acción justa que su amigo, Sócrates, quien ha dedicado no solo su vida sino también su muerte a explorar dicha pregunta. La estupidez de Critón es tal que muy pronto Sócrates se verá obligado a inventarse un interlocutor imaginario, las leyes de la ciudad con las que Sócrates sustituirá a un Critón incapaz de articular razones, para que su monólogo mental transmute en diálogo filosófico y los futuros oyentes algo pueden aprender del mismo sobre la relación entre la justicia y la ley.

Pero las leyes de la ciudad son las leyes de la ciudad que Sócrates imagina, y las imagina de cara a la vulnerabilidad que percibe en ellas, confirmada en las acciones de Critón. No, Critón no es contendiente para Sócrates, pero tampoco lo son las leyes que hablan a través de esa ventriloquia Socrática y que no pueden ofrecer una mirada crítica de la brecha que las separa de la justicia, ese intervalo en el que se juega la acción política de la revuelta. Otro hubiera sido el resultado de ese diálogo si al despertar Sócrates hubiera encontrado a un compañero de celda, al periodista y miembro de las Panteras Negras, Mumia Abu-Jamal, “la viva expresión de lo mejor de la tradición profética negra” (West 2015, xiii mi traducción), como se refiere a él el filósofo Cornel West. Mumia Abu-Jamal no llegó a esa prisión por medio del soborno, como lo hizo Critón, ni lleva en la celda un mes, como sucede con Sócrates, aunque dos veces ha estado cerca de compartir el mismo destino del filósofo griego, ejecutado por el estado ateniense con la estampa de la legalidad: la primera el 17 de Agosto de 1995 y la segunda el 2 de Diciembre de 1999. No, Mumia Abu-Jamal lleva treinta y cuatro años en la cárcel, veintiocho años de los cuáles estuvo en el corredor de la muerte, aislado por veintidós horas cada día en una prisión del tamaño de un pequeño baño.

Las diferencias en las condiciones de enunciación de ambos discursos

Erróneamente condenado a muerte en 1982 por el asesinato de Daniel Faulkner (un policía blanco de la ciudad de Filadelfia) el 8 de Diciembre de 1981, Mumia Abu-Jamal llegó a la cárcel con el cuerpo destrozado, no con el cuerpo entero como llegaría Sócrates al calabozo griego. El 8 de Diciembre Mumia Abu-Jamal recobró la conciencia con una bala cerca de su espina dorsal, que en su trayectoria le rompió el riñón, le quebró las costillas y casi le destruye el diafragma, perforándole un pulmón. Semiconsciente, con el cuerpo agujerado y casi sin poder respirar, más violencia le esperaba a la llegada de los refuerzos policiales, que inmediatamente comenzaron a golpearlo en intervalos, incluyendo los que recibiría intermitentemente durante los 30 minutos que lo tuvieron encadenado al interior de una vagoneta en la que le astillaron los dientes y le dejaron la cara hinchada, mientras le gritaban, “Black motherfucker”, para terminar de quebrarle lo que físicamente ya no era posible. Una paliza más le dieron antes de que finalmente lo internaran en el hospital Jefferson, cuando la policía decidió que había tenido suficiente y lo tiró al costado de la cera de la unidad de emergencias. Poco tiempo duraría en ese hospital antes de ser transferido por la misma policía al Centro Médico de Giuffre, para ser encerrado en el sótano de la unidad de detención, el lugar más frío del recinto, a sabiendas de que una neumonía (debido al estado de sus pulmones) significaría su muerte, la que no le llegó entonces porque los otros presos le ofrecieron el abrigo que la institución penitenciaria se resistió a otorgarle.

¿Qué “crimen” cometió Mumia Abu-Jamal para merecer semejante castigo? ¿Se trató acaso del “crimen” de documentar no la brutalidad policial sino el terrorismo de estado en su famoso programa All Things Considered (Todas las cosas consideradas) de la radio pública y en sus reportajes escritos en la prensa local, arriesgando su empleo en varias ocasiones? ¿Acaso fue el “crimen” de liderar la comunidad, y elevar su conciencia revolucionaria, cuando se convirtió en el Presidente de la Asociación de Periodistas Negros de Filadelfia? ¿Acaso fue un “crimen” aún más concreto en sus labores documentales, el de cubrir el interminable acoso policial a la organización negra radical MOVE en Filadelfia—cuyos miembro adoptaron el apellido África en tributo a la tierra natal de la raza humana—que no culminó ni siquiera cuando el alcalde de Filadelfia, Wilson Goode, aprobó el bombardeo aéreo del barrio afro-americano, Powelton Village, determinando como su objetivo letal una casa residencial de la organización MOVE y asesinando, como consecuencia, once personas, incluidos cinco niños, y quemando sesenta y un casas el 13 de mayo de 1985?2 Quizás también se trató del “crimen” de haber querido socorrer a su hermano esa noche de diciembre, quien estaba siendo víctima del abuso policial, y a quien la policía continuaría acosando después del violento altercado permitiendo incluso que le quemaran su negocio. Quizás el “verdadero crimen”, como lo dice Mumia Abu-Jamal ([Enero de 1982] 2015, 1), fue “el de haber sobrevivido al asalto”.

Las semejanzas son pocas en comparación con las diferencias, y si bien es cierto que al igual que Sócrates en el Critón, Mumia Abu-Jamal también le hablará al mundo sobre la (in)justicia desde el corredor de la muerte, las condiciones de enunciación de ambos discursos son muy diferentes. Sócrates habla desde el corredor de la muerte con más de setenta años de edad, habiendo practicado filosofía libremente por más de cincuenta años en las calles de Atenas, gracias a la tolerancia de la democracia griega que sólo decidió procesar al defensor de la aristocracia cuando varios de sus estudiantes lideraron la llamada tiranía de los treinta, el gobierno oligarca que Esparta instituyó cuando derrotó a Atenas en la Guerra del Peloponeso y que fue responsable de una de las peores masacres contra los demócratas (más de mil quinientos muertos, de acuerdo con Aristóteles, y muchos más exiliados). No son los efectos anti-igualitarios de su filosofía los que motivaron la aprensión de Mumia Abu-Jamal, como sucedió con Sócrates, después de que el régimen le permitiera conversar libremente por décadas en las calles de la polis. Todo lo contrario sucede en las híper-patrulladas calles de la oligarquía estadounidense actual, en donde lo que resulta amenazante es el radical compromiso de Mumia Abu-Jamal con los viejos principios democráticos de la igualdad, la libertad y la justicia, que toda forma estatal margina, y que Mumia Abu-Jamal debe defender desde una cárcel en la que lleva preso injustamente por más de tres décadas, y en donde ha experimentado esa forma generalizada de tortura que se practica diariamente en las prisiones estadounidenses: la de la reclusión en solitario.

Esta no es, sin embargo, la diferencia más importante entre los dos contextos de enunciación. El sistema de justicia que Sócrates defiende, a pesar de considerar injusta la condena que lo obliga a tomar la cicuta, no es un sistema que, como sucede actualmente en los Estados Unidos, “tiene el índice más alto de encarcelamiento en el mundo” (Alexander 2013, 6 mi traducción). El “rasgo más notable” de dicho sistema de encarcelamiento masivo es su dimensión racial, ya que, Alexander añade: “ningún país en el mundo encarcela tantos miembros de sus minorías raciales o étnicas”, de ahí que lo denomine el nuevo Jim Crow—haciendo referencia al sistema de segregación racial contra el que luchó el movimiento por los derechos civiles de los sesenta. Las viejas formas de segregación racial (a nivel de empleo, educación, trabajo, vivienda, etc.) han vuelto a ser legalizadas para quienes son catalogados como criminales, un estigma que afecta principalmente a la gente negra y que perpetúa la supremacía blanca en los Estados Unidos. La esclavitud, Jim Crow, y el encarcelamiento masivo de hoy han sido sistemas legales, luego son otras las leyes que Mumia Abu-Jamal imagina cuando se enfrenta a la pregunta de Sócrates (ver epígrafe).

Mumia Abu-Jamal refuta a Sócrates:

Sócrates, que en la Apología sostuvo: “si ustedes me dijeran [refiriéndose al jurado]: ‘Sócrates, no le creemos a Anito, te exoneramos pero solo bajo la condición de que ya no continúes con tu investigación y practiques filosofía y que, en el evento que no lo hagas, te detendremos y condenaremos a muerte’, sí, como digo, me absolvieran en esos términos, yo les diría, ‘Hombres de Atenas, estoy agradecido y soy so amigo, pero obedeceré al dios primero que a ustedes, y mientras aún respiré y me sea posible, no dejaré de practicar filosofía y de exhortarlos en mi modo habitual, diciendo: buenos señores, atenienses, ciudadanos de la más grande ciudad con la más grandiosa reputación por su sabiduría y su poder, ¿acaso no sienten vergüenza del ímpetu con el que buscan poseer riquezas, reputación y honores, cuando no se preocupan en lo más mínimo por la verdad, la sabiduría o el buen estado de su alma?’”(Platón 2000, A29d-e mi traducción)

no se contradice a sí mismo cuando en el Critón sostiene, prestándole su voz a las leyes de la ciudad:

“[Sócrates] estás rompiendo tu compromiso y el acuerdo que, sin coerción ni engaño ni presión por el tiempo en la deliberación, hiciste con nosotros. Durante setenta años pudiste haberte ido si no éramos de tu agrado, y si pensabas que nuestros acuerdos eran injustos. Nunca escogiste a Esparta o Creta que, como siempre consideraste ciudades bien gobernadas, ni ninguna otra ciudad, griega o extranjera (…) Considera entonces cuál es el bien que le harías a tus amigos y a ti si decidieras romper con nosotras y cometer tal injusticia” (Platón 2000, C52e-53b mi traducción).

En el primer caso, Sócrates intenta persuadir a la comunidad de la injusticia que ella está a punto de cometer contra él. Sócrates desafía la ley desde la perspectiva de quien sufre una injusticia, no desde la perspectiva de quien la comete. Este último es el caso del Sócrates que hable en el Critón, en donde Critón quiere de manera equivocada incluir a Sócrates entre los agentes de la injusticia cometida contra él por rehusarse a escapar cuando las corruptas condiciones institucionales lo facilitan. Sócrates continúa sufriendo una injusticia, pero él no es el agente de la misma, y en esto radica su respuesta, fiel al principio de que “es peor cometer una injusticia que sufrirla”, y escapar significa cometer una injusticia contra las leyes de la ciudad a las que Sócrates les presta su voz para que le recuerden que debe cumplir su parte del acuerdo. He ahí la diferencia con Mumia Abu-Jamal, la diferencia entre la democracia griega y la oligarquía estadounidense, entre la contingencia de una injusticia y su institucionalización, entre una ley mal aplicada y un mal legalizado. No! Dice Mumia Abu-Jamal, son las leyes las que no han cumplido con su parte del acuerdo porque acuerdo nunca hubo. Y no han sido setenta años sino varios siglos de exclusión legalizada, en los que no ha habido más que coerción y engaño, ni hablar de deliberación.

De acuerdo con el reporte de la organización de base Malcolm X, Operation Ghetto Storm (Operación Tormenta del Gueto), trescientos trece ejecuciones extrajudiciales fueron perpetradas contra gente negra en el año 2012 por la policía, guardias de seguridad o vigilantes legalmente autorizados en los Estados Unidos3. La brutal frecuencia de dicha violencia, que se traduce en un asesinato cada veintiocho horas y que justifica el uso del término genocidio, no ha resultado en la condena de las autoridades responsables por dichos actos. Por el contrario, quien ha resultado criminalizada en el esfuerzo por hacer el genocidio visible ha sido la comunidad negra y los activistas que, a pesar del severo acoso policial del que son objeto, siguen haciendo pública la normalización de esa violencia y luchando por abolirla. La historia no termina ahí. Las condiciones para quien sobrevive el violento encuentro con “la ley” son igualmente aterradoras, pues se calcula que más de ochenta mil presos, gente negra en su mayoría, son víctimas de la reclusión en solitario, en la que permanecen en promedio por más de tres años en los Estados Unidos, cuando su uso extensivo solo por algunos días es considerado tortura de acuerdo con todos los tratados de derechos humanos internacionales. Habiendo logrado sobrevivir ambas violencias, las condiciones para quienes obtienen libertad condicional son nuevamente espantosas, pues el nuevo sistema de segregación en curso garantiza el desempleo, la hambruna, el no acceso a una vivienda digna, la estigmatización social, etc., todas las condiciones que reproducen la reincidencia. Genocidio, institucionalización de la tortura y legalización de la segregación racial, no!, dice Mumia Abu-Jamal al argumento de Sócrates, las leyes no han cumplido con su parte del acuerdo. Las mismas leyes que en el pasado garantizaron la acumulación del capital que daría lugar a la modernidad europea sobre la base de comercializar más de diez millones de personas africanas esclavizadas, son las leyes que hoy en día justifican el lucro del complejo industrial carcelario público y privado, que encierra a más de dos millones trescientas mil personas, pone más de cinco millones más en las calles con el estigma del ex-convicto y emplea cerca de dos millones cuatrocientas mil personas más para garantizar su encierro (entre guardias, administradores y el extenso sistema burocrático de administración de la justicia que gira alrededor del encarcelamiento, Alexander 2013, 230-236). De cara a este estado de terror, abolir las prisiones y desobedecer la ley es la acción política justa a la hora de sopesar el “bien” por el que se preguntan las leyes de Sócrates. El bien que se refiere a la re-humanización de la sociedad y que supone hoy en día romper con las leyes que en los Estados Unidos normalizan el genocidio, la tortura y la segregación y criminalizan la acción política de resistencia contra la opresión en la que aún sobrevive ese viejo compromiso por la justicia.


Literatura consultada

Abu-Jamal, Mumia. 1995. Live From Death Row. New Yor: Perennial.

Abu-Jamal, Mumia. 2015. Writing on the Wall: Selected Prison Writings of Mumia Abu-Jamal, editado por Johanna Fernández. Open Media Series: City Lights Books.

Alexander, Michelle. 2013. The New Jim Crow: Mass Incarceration in the Age of Colorblindness. New York: The New Press.

Platón. 2000. The Trial and Death of Socrates, traducido por G. M. A. Grube. Indianapolis: Hackett Publishing Company.

West, Cornel. 2015. “Revolutionary Love and the Prophetic Tradition” en Mumia Abu-Jamal. Writing on the Wall: Selected Prison Writings of Mumia Abu-Jamal, editado por Johanna Fernández. Open Media Series: City Lights Books, pp. xiii-xx.

  1. C es una abreviatura del diálogo Critón, A del diálogo Apología. Los numerales corresponden a las referencias en las márgenes del griego original.
  2. Hasta donde yo sé las autoridades de los Estados Unidos sólo han aprobado dos bombardeos aéreos en su propio territorio, ambos contra organizaciones políticas de las comunidades negras.
  3. El documento se puede descargar en el siguiente sitio de internet, lo consulté por última vez el 24 de Junio del 2015: https://mxgm.org/operation-ghetto-storm-2012-annual-report-on-the-extrajudicial-killing-of-313-black-people/