Anders Fjeld

* Anders Fjeld

Doctorante en Filosofía Política en Laboratoire du Changement Social et Politique (LCSP), Universidad Paris Diderot-Paris 7, Francia. Columnista y miembro del equipo editorial de Palabras al Margen. Cofundador del centro de investigación sobre utopía Archipel des Devenirs. Miembro del proyecto ECOS-Norte, "Pensar la subjetivación política hoy. Francia/Colombia". Ha sido varios semestres investigador invitado a la Universidad de los Andes, y profesor invitado a la Universidad del Estado de Haïti. Se especializa en el pensamiento político y estético de Jacques Rancière, y trabaja sobre movimientos políticos, utopía, economía política, neoliberalismo, críticas reconstructivas del marxismo y filosofía francesa contemporánea.

El partido de extrema derecha en Francia, Frente Nacional (FN), nunca había obtenido tantos votos como durante las últimas elecciones regionales. El 6 de diciembre, en la primera vuelta, estaba punteando en 6 departamentos y obtuvo la mayor votación total, 28%. En las mismas elecciones, hace cinco años, obtuvo 11%. En la segunda vuelta, el 13 de diciembre, no ganó ningún departamento al final, gracias a dos movilizaciones contra la expansión de la extrema derecha: una participación electoral más importante (58% de participación a diferencia de 43% en la primera vuelta); y alianzas entre la izquierda y la derecha en departamentos en donde la FN tenía la oportunidad de ganar.

Desde que Marine Le Pen tomó en 2011 el relevo como dirigente del fundador Jean-Marie Le Pen, su padre, el partido ha ido ganando territorio. Sin duda la estrategia de “limpiar” el partido de sus expresiones racistas y xenófobas más explícitas ha logrado establecer un discurso más “políticamente” correcto, vinculado a un nuevo populismo que deja las consideraciones morales de los “buenos franceses” para atacar más bien a las “elites” en nombre del pueblo, buscando también, frente a su oposición a la inmigración, una retórica más tecnocrática y económica. No voy a especular acá sobre la manera en que este partido ha sabido aprovechar coyunturas políticas con sus discursos de enemigos y de seguridad. Voy más bien a indicar tres tendencias ideológicas compartidas por el gobierno de izquierda, el Partido Socialista (PS) de François Hollande, y el partido principal de oposición de derecha, Unión por un Movimiento Presidencial (UMP) de Nicolas Sarkozy, tendencias que el Frente Nacional simplifica con sus discursos (aún) más populistas. Dicho de otra manera, el Frente Nacional aprovecha el clima ideológico creado a la vez por el PS y por la UMP, apuntando, a veces desafortunadamente con razón, a una indistinción política entre estos dos partidos. Además, con una “izquierda de la izquierda” muy débil en Francia, el Frente Nacional logra muchas veces presentarse como la “verdadera” alternativa a los dos partidos centrales. El PS, supuestamente representando a la izquierda, no tiene ninguna excusa por este avance de la derecha extrema: activamente ha participado durante su gobierno en la “derechización” del paisaje ideológico por su promoción de estas tres tendencias.

1. Amalgamas confusas en lo que concierne la inmigración

En los discursos sobre la inmigración se cruzan fenómenos distintos, que se vuelven indistintos y que se confunden, como si todos fueran parte del mismo problema. La coyuntura se mezcla con dinámicas y hechos más estructurales para engendrar la imagen de una nación que debe desconfiar y defenderse contra la inmigración. En los discursos políticos, raramente son claras las demarcaciones entre, de un lado, la inmigración masiva a Europa causada por el conflicto en Syria, los ataques terroristas, la guerra declarada por Daesh contra los poderes occidentales, en particular Francia, y, del otro, la religión islámica, los musulmanes franceses, la inmigración legal y clandestina, los sin-papeles y los suburbios pobres. Por ejemplo, los terroristas del 13 de noviembre son franceses, han crecido en Francia, pero los únicos problemas que son evocados por los políticos son cómo luchar contra Daesh en Siria y en Iraq, cómo cerrar las fronteras contra terroristas potenciales y cómo destruir las redes extremistas existentes. Parece que no existe ninguna voluntad de problematizar el estado social de Francia – las condiciones sociales de los suburbios, de la inmigración, de la educación, del trabajo, de las viviendas y de las estigmatizaciones sociales… En este sentido, la respuesta del presidente “socialista” François Hollande a los ataques de 13 de noviembre tiene muchas similitudes con la respuesta de George Bush frente a los ataques del 11 de septiembre 2011: discurso guerrero, restricción de libertades democráticas y una prolongación del estado de urgencia, represión de movimientos alternativos en general (por ejemplo movimientos disensuales alrededor del COP21 y movimientos de izquierda alternativa y anarquista). Dicho de otra manera, los problemas se exportan y se presentan como una lucha contra enemigos en lugar de enfrentarse como síntomas de problemas internos y como parte de una historia difícil de descolonización y de apertura a nuevas culturas. Sin tomar en cuenta estos aspectos, las amalgamas confusas que se vehiculan podrían fácilmente simplificarse por el Frente Nacional de manera que terminen por nutrir un sentimiento de amenaza externa constante y hacer creíble una serie de “soluciones” fáciles frente a una realidad más compleja.

2. Utopía de las fronteras

Una tendencia más transeuropea es la de pretender que las fronteras nacionales y europeas podrían de hecho ser controladas y reguladas, y que el hecho de fortalecerlas aún más es de gran importancia política. La “solución” a disturbios sociales, a la debilidad creciente de sistemas públicos de bienestar, a tasas altas de desempleo (después de la crisis en 2007) sería, en parte, la de cerrar las fronteras para poder distribuir mejor los recursos existentes, reservar el trabajo escaso a la población nacional, y evitar conflictos culturales. Por supuesto, esta pretensión utópica no es meramente discursiva sino institucional, legal y policial. El problema es que, aunque la migración podría ser desincentivada hasta cierto punto, es imposible pararla y controlarla. El resultado de esta utopía del control de las fronteras es más bien la generación de medios clandestinos y peligrosos de pasaje, de una precariedad social con respecto a una parte importante de la población (por deudas importantes para los pasajes, por la criminalización, por la ausencia de acceso a servicios sociales y al mercado legal de trabajo y de viviendas), de una cultura de desconfianza y de marginalización, de una invisibilidad pública que hace que esta tasa de inmigración clandestina se explote fácilmente en el mercado de trabajo… De nuevo, el problema no es que se pretenda tener cierto control sobre las fronteras, lo que se necesita también; el problema es que el clima ideológico busca sus soluciones principalmente por el cierre de las fronteras y la criminalización de la inmigración “incontrolada”, lo que, por causa de su propia ceguera, crea más problemas de los que resuelve. El Frente Nacional es sin duda el partido que más puede purificar esta utopía y sus “soluciones”.

3. Mercado internacional: flujos libres de bienes y no de hombres

La idea central en el espacio europeo frente a los flujos de bienes, de hombres y de capital entre las fronteras internacionales, que se ha ido construyendo durante todo el siglo XX, es que lo que debe fluir libremente son los bienes y no los hombres. Esto quiere decir, entre otras cosas, flujo libre de bienes de consumo a bajo precio gracias a sus condiciones baratas de producción debido a los derechos débiles y a los salarios mínimos de los trabajadores en otros países. La relación económica de las fronteras, relativa al mercado internacional: es aquí que se quiere a la vez aprovechar los bienes mercantiles baratos y excluir a los trabajadores a bajo precio que los producen. Políticamente, la producción nacional se piensa entonces por su competitividad en el mercado internacional y no por los flujos de bienes de consumo que recorren el espacio nacional y sus condiciones de producción (en otros lados), lo que resulta en dar privilegio, en términos de inmigración, a una “inmigración cualificada” – o competitiva. Sin embargo, esta “inmigración cualificada”, relativa al mercado de trabajo y a la competitividad internacional, se reapropia por el Frente Nacional (y típicamente por la derecha en general) con calificaciones morales, hablando de los inmigrantes en términos de “aportes a la nación” o de “pesos a los sistemas nacionales de bienestar”, entrando en confusiones con problemas sociales de marginalidad, de pobreza, de estigmatización y de criminalidad.

Lo que recorre estas tendencias también es 1. una preferencia por un vocabulario de justicia, más bien que de solidaridad; 2. un análisis de los problemas sociales y políticos centrado sobre las fronteras y la inmigración, los “elementos internos de disturbio” y la criminalidad y las diferencias culturales, más bien que sobre las instituciones deficientes, la historia de la descolonización y la participación en el mercado internacional; 3. una comprensión de los inmigrantes como elementos extranjeros que deben ser integrados y la inmigración como un flujo básicamente anárquico que debe ser reducido y controlado, más bien que flujos existentes y variables que ya desde mucho tiempo estructuran los espacios nacionales y el capitalismo actual y que apuntan así a varios problemas internos en una sociedad que todavía se resiste a abrirse a las nuevas condiciones cosmopolíticas del capitalismo.

Sabiendo mezclar de manera confusa coyunturas, hechos estructurales y fenómenos distintos, son el Frente Nacional y la extrema derecha los que van ganando con respecto a estas tres tendencias ideológicas, tendencias que en Francia se promueven por los dos partidos mayores y que además están muy presentes en el espacio europeo.