Andrés Felipe Parra Ayala

* Andrés Felipe Parra Ayala

Doctor en Estudios Políticos de la Universidad Nacional de Colombia, candidato a Doctor en filosofía de la Universidad de Bonn, Alemania.

De acuerdo con el último reporte del Consejo Nacional Electoral (CNE) de Venezuela, la oposición obtiene los diputados necesarios para hacerse con las dos terceras partes de la Asamblea Nacional. La Mesa de Unidad Democrática (MUD) disfruta, por lo tanto, de la llamada “mayoría calificada”, que le permite obstaculizar las acciones del gobierno, convocar referendos para reformar la Constitución y aprobar o derogar leyes ordinarias y orgánicas.

Lo que puede hacer la MUD

Desde el 5 de enero del año entrante, la asamblea podrá vetar al vicepresidente ejecutivo, que es el ministro de todos los ministros y se encarga de coordinar el gabinete. También la MUD tendría influencia sobre los ministros nombrados por el poder ejecutivo y los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia.

Teniendo en cuenta estas facultades amplias, los medios tradicionales de comunicación han señalado que la MUD estaría plenamente capacitada para forzar la dimisión de Maduro, dado un hipotético escenario de “ingobernabilidad”. Esto pasaría si la MUD veta permanentemente el nombramiento del vicepresidente ejecutivo y, por ende, de los ministros de gobierno, lo que haría imposible en la práctica conformar un gabinete. Sin embargo, el artículo 240 de la Constitución autoriza al Presidente de la República a disolver el Parlamento, únicamente en el caso de que haya tres mociones de censura contra el nombramiento del vicepresidente en un mismo periodo constitucional. En esta situación, se volverían a convocar elecciones Parlamentarias en los siguientes sesenta días a la disolución de la Asamblea.

Pero esta posibilidad de disolver el Parlamento no arregla del todo la situación para Maduro. No hay que perder de vista, en este sentido, que desde el año entrante se cumple el tiempo para hacer un referendo revocatorio del Presidente. Por supuesto, la oposición no va a dejar pasar la oportunidad de forzar una salida temprana del chavismo aprovechando este escenario.

Pero la MUD no tiene las cosas servidas en bandeja de plata. El arma con la que ganó de forma aplastante las elecciones puede también irse en su contra. La MUD no ganó las elecciones convenciendo al electorado de ciertos contenidos programáticos, porque ni siquiera ellos mismos los tienen. La explotación de la evidente situación de descontento que tienen grandes sectores de la población frente al gobierno de Maduro sirve muy bien para movilizar electores. Pero es difícil para mantener una bancada parlamentaria unida, sobre todo a la hora de votar leyes específicas, que tengan incidencia sobre el presupuesto estatal y, por ende, sobre los derechos y programas sociales. En este aspecto, los actores más fuertes no son las figuras más visibles de la oposición en los medios de comunicación, como Capriles o Leopoldo López, sino los partidos tradicionales Acción Democrática y COPEI, que por su vocación de grandes partidos clásicos pueden aprovechar la situación para fortalecerse individualmente y aceitar su maquinaria.

El reto de la MUD consiste en convertir un consenso en torno al descontento y a la desesperación en un consenso programático y de medidas concretas. Esa es una tarea difícil para una coalición compuesta en su mayoría por grupos de derecha, en un país en el que las personas suelen considerar que sus derechos sociales están ya adquiridos. La tarea es aún más difícil cuando muchos electores que le dieron el triunfo a la MUD son abiertamente “chavistas”.

¿Por qué ganó la MUD?

Muchas veces un caso individual puede ser diciente de una tendencia amplia y colectiva. En las redes sociales circuló durante la campaña a las elecciones un video de Henrrique Capriles con Yuraima Rondón. Yuraima no es Lilian Tintori (la esposa de Leopoldo López): es morena y tiene un tatuaje de Chávez en su brazo. Nadie dudaría de que es una mujer de auténtica extracción popular. Aduce que iba a votar en contra del gobierno de Maduro porque votaba por Chávez y no por esa partida de “corruptos e ineficientes que no sirven para nada”. (https://www.youtube.com/watch?v=9-G-nDkFcIg).

El video fue reseñado y difundido con favoritismo por portales periodísticos de tendencia abiertamente opositora como lapatilla.com o el periódico El Nuevo Herald. En esas notas se celebraba que incluso los chavistas se estaban volviendo de oposición, gracias a la ineficiencia y la corrupción del gobierno. Este diagnóstico, aunque es parcialmente cierto, es incauto y no es sino el reflejo de la audacia y de la inteligencia promedio de los periodistas cuando tratan temas políticos. Que las personas chavistas y de extracción popular están descontentas con el gobierno es un hecho casi incuestionable. No solo el caso de Yuraima Rondón es diciente en este aspecto. Basta con leer un día el portal aporrea.org, que recoge reflexiones “espontáneas” de personas y cuadros chavistas de relativa importancia local, para darse cuenta de que la situación económica difícil e infernal no es solo una construcción mediática de la “derecha internacional”, y que la gestión del gobierno tiene –al menos en parte- una gran responsabilidad.

Pero lo que no es un hecho es que los chavistas se estén “volviendo de oposición”. Ciertamente, la realidad parecería ser todo lo contrario: la oposición ha tomado la idea del “cambio” y del hartazgo con la situación cotidiana en el país y la ha estirado como un caucho, hasta el punto de que la oposición misma se ha convertido en “chavista”, por lo menos para ganar las elecciones. Esta estrategia de utilizar el “legado” de Chávez a su favor proviene ciertamente desde las elecciones de abril de 2013, en las que el candidato opositor Capriles afirmaba frecuentemente que su “modelo” no era Colombia sino Brasil y que era posible gestionar técnicamente los programas sociales del gobierno, heredados por Chávez. No hay que olvidar que uno de los lemas de esa campaña del 2013 era “vota abajo y a la izquierda”, haciendo referencia a la posición que Capriles tenía en el tarjetón.

De esta paradoja no debe deducirse, sin embargo, que el triunfo aplastante de la oposición sea pírrico o menor. Todo lo contrario. Lo que se demuestra es que el hecho de que las personas aún crean en Chávez como referente político y de liderazgo no es en absoluto suelo seguro para las ideas de izquierda o socialistas. El “pueblo chavista” no es necesariamente un pueblo de izquierda. Esto lo ha entendido mucho más la oposición que el propio chavismo, cuya estrategia política y electoral se ha reducido a fomentar el recuerdo de Chávez, ignorando que toda memoria y todo recuerdo –como lo dijo una vez Nietzsche en la Genealogía de la Moral- implican siempre un olvido; ignorando, por lo tanto, que la figura y el recuerdo de Chávez no le pertenece simbólicamente a la izquierda, porque recordar al “Comandante” puede implicar el olvido de que él mismo era de izquierda.

¿Y de quién es la culpa?

Este juego simbólico con el significado de la figura de Chávez en la vida cotidiana de los venezolanos no es lo único que explica la derrota. O más bien, la oposición ha ganado terreno para generar un cambio en lo que significa Chávez para la gente, porque hay una sensación de hartazgo con la situación económica del país.

Que la economía anda mal, lo dicen tanto los oficialistas como los opositores. Es un hecho evidente. Pero en política los hechos no son importantes. O lo son mientras puedan ser relacionados con un responsable. Para el chavismo el culpable es la oposición y su guerra económica contra la revolución, mientras que para la oposición el único responsable es el gobierno y el presidente Maduro. Determinar quién es el único responsable es ciertamente un ejercicio que desde cualquier punto de vista falta a la verdad: en cualquier situación de la vida real, los escenarios en el que se toman las decisiones son escenarios relacionales y de responsabilidad compartida. De hecho, de eso se trata la política: de personas y voluntades plurales que no coordinan y que, al mismo tiempo, tienen responsabilidad sobre una cosa común. En ese caso, responsabilizar al otro significa también y necesariamente echarse uno mismo al agua.

Este ejercicio de reconocer la propia responsabilidad en la del otro está ausente del discurso chavista, pero también del de la oposición y la prensa internacional, que cumple un rol vergonzoso en el cubrimiento de la situación en Venezuela: no hay distinción alguna entre informar sobre el país vecino y atacar la posibilidad misma de un proyecto de izquierda en las latitudes locales. En esto hasta la prensa más “liberal” y “moderada” en Colombia sigue siendo puramente uribista, al tratar la situación venezolana con el chip del enemigo interno.

Por este motivo, la crisis económica que atraviesa hoy Venezuela no responde de forma unilateral a unas supuestas ocurrencias infantiles del presidente Maduro. Es verdad que él dice muchas tonterías. Pero eso es un gaje del oficio en cualquier político. Lo cierto es que el chavismo tiene condiciones adversas para gobernar, que vienen desde tiempos lejanos. Una sola las puede resumir todas: la dependencia del petróleo. Si el petróleo va mal, Venezuela va mal. Sea el gobierno de izquierda o de derecha. A finales de la década de los ochenta y durante los noventa, las tasas de inflación del país eran similares –o más altas- que las actuales, hubo también épocas de controles fuertes a la circulación de divisas (impuestos desde 1983, después el archiconocido “viernes negro”; un 18 de febrero en el que se impusieron controles gubernamentales a la venta de dólares debido a la devaluación del Bolívar). Con divisas controladas por el gobierno, la importación de alimentos y de bienes es más complicada, más burocrática. Hay necesariamente un mercado negro de divisas, que afecta la compra y venta de lo que la gente necesita para vivir.

El chavismo no heredó entonces un paraíso. Por eso tampoco es cierto que hayan dañado todo lo que antes era bueno y bello en Venezuela. Pero eso no excusa que existan aspectos totalmente reprochables y equivocados en la gestión chavista del Estado venezolano. Uno de ellos es, lastimosamente, la corrupción.

La izquierda siempre ha dudado, con muy buenas razones, de la reducción de la política a la pura y mera técnica. Pero esta duda razonable sobre la tecnocracia ha ocultado muchas veces el problema de cómo hacer una gestión sólida guiada por principios de izquierda. El chavismo no ha sabido distinguir entre una crítica argumentada a los criterios de evaluación del gasto público que propone la derecha para el interés de los ricos y un uso solapado del discurso crítico de la izquierda para cometer fraude. Criticar la gestión no supone relegarla a un segundo plano, sino todo lo contrario: es todo un frente de batalla.

Al respecto el manejo del ya liquidado CADIVI (la institución que vendía divisas a un precio subsidiado a personas naturales y jurídicas para distintos fines económicos y personales), que estaba en manos del hermano de Diosdado Cabello, deja mucho que desear, cuando se supo –mientras se estaba en campaña electoral en abril del año 2013- que existían empresas fantasma que pedían dólares al gobierno para robarlos con la fachada de importar bienes para los venezolanos. Las cifras robadas ascienden a millones (incluso miles de millones) de dólares, según lo aceptaban personas afines al chavismo como el profesor Eduardo Samán, conocido en Venezuela por estar al frente de las inspecciones a fábricas y supermercados para controlar la venta de mercancías al precio justo. El manejo de las divisas por parte del gobierno ha sido poco responsable y salpicado de escándalos graves de corrupción. Por este manejo deficiente se explica, en parte, la situación de escasez y las largas colas a las que están sometidos los venezolanos.

Si existe algo así como una guerra económica de ciertos sectores empresariales contra la Revolución Bolivariana, algo que puede verse en empresas que dan un manejo poco honesto a los dólares entregados por el gobierno, la victoria es de la oposición porque hay también ciertos sectores chavistas que participan en ella untándose las manos con el otro bando.

¿Qué viene?

El escenario dentro del chavismo es hoy tenso. Hay sectores del chavismo que piden la renuncia del presidente Maduro y otros que responden que hay que mantenerse unidos frente a la adversidad. Sin embargo, es difícil que la exigencia de la renuncia de Maduro dentro de las filas chavistas tenga éxito. Otros sectores del chavismo, encabezados por la ya muy famosa llamada “Marea Socialista”, han tenido desde hace algún tiempo la idea de cultivar un chavismo independiente o “puro”, atendiendo a las bases y olvidándose de las élites que gobiernan. Estas soluciones, muchas veces típicas de la izquierda, que exigen la “auto organización del pueblo” en momentos de crisis, son ciertamente la salida más fácil que puede colocarse en el papel. Pero en las circunstancias políticas actuales las cosas son a otro precio.

En la Venezuela de hoy la “auto organización del pueblo” pasa necesariamente por la cuestión del futuro del actual gabinete de gobierno. Darle la espalda al problema no es organizar nada, ni a nadie. Así pues, la “organización de las bases” tiene un momento necesariamente electoral, aunque no sea el único. En este sentido, los chavistas, además de “organizar las bases”, deberían darse cuenta de quién decide en este momento los destinos políticos de su país. La respuesta está, en parte, en la clase media.

Esa clase media que surgió gracias a las políticas expansivas del gasto público durante los gobiernos de Chávez y que uno podría decir que hoy conforma la mayoría de la población venezolana –incluso de acuerdo a los datos oficiales. El error del chavismo –y también de la izquierda en América Latina- es creer que el pueblo que los eligió es exactamente el mismo que va a refrendar sus mandatos y políticas. En Venezuela, el chavismo cree que el pueblo que vota hoy por ellos es el mismo de la Cuarta República; o en Argentina se apelaba a ese pueblo que estaba cansado del ‘corralito’.

La lección de la izquierda es entonces agridulce: ella transformó efectivamente el mundo –para bien y para mal- y eso quiere decir que transformó también al pueblo que la apoyó y la eligió en las urnas. Las cosas ya no son como antes y por ello las razones de antes para votar por la izquierda no son exactamente las mismas que las razones de hoy. Sin saber leer este cambio y sin reconocer la importancia de la gestión, las hegemonías de la izquierda serán únicamente “décadas ganadas” y no opciones reales de poder que salven a la vida humana y planetaria de la catástrofe capitalista.