Los acontecimientos trágicos de estas últimas semanas –en Beirut, Paris, Túnez, Bamako, etc.– interrogan profundamente nuestro tejido social y nuestra cultura política. Con el apoyo de numerosos firmantes (ciudadanos belgas, franceses, ciudadanos de Europa y de otros lugares), provenientes de diferentes disciplinas y de horizontes diversos, el texto titulado “Vivir en democracia después de los atentados” se propone abordar estas cuestiones sugiriendo las tres líneas directrices siguientes:

Reforzar la solidaridad al interior de nuestros países y, en particular, la acogida de los refugiados que buscan protección en los países europeos;

• Alertar contra el Estado de urgencia y la modificación de la Constitución, que no hacen más que alimentar “el estado de guerra” mientras lo que se necesita es revitalizar el espacio público democrático;

• Abordar plenamente la cuestión social y la ausencia de perspectivas de futuro ofrecidas por nuestro modelo de sociedad, lo que constituye un contexto – y no una simple “causa”- del adoctrinamiento de los jóvenes, dejados de lado por nuestra organización económica y política.

Sus autores desean, desde una perspectiva más amplia, crear las condiciones de un “espacio de discusión”, donde pueda circular una palabra argumentada, crítica, respetuosa de la diversidad de los puntos de vista. Una palabra sobre cuestiones difíciles sin que nadie pretenda tener, sobre estos temas, el monopolio de la verdad. Sin unanimismo y sin violencia: una palabra de este tipo es la más amenazada por el “estado de guerra”.

Reconociendo estos desafíos, el Centro de investigaciones interdisciplinares Democracia, Instituciones y Subjetividad (CriDIS), del Instituto IACCHOS de la Universidad de Lovaina (www.uclouvain.be/cridis), aceptó arbitrar esta iniciativa y publicará en su sitio web las reacciones que usted quiera transmitir, así como otros textos o posiciones susceptibles de alimentar el debate público. Usted puede firmar este texto o enviar su contribución a la dirección: toliveindemocracy@gmail.comEsta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. “>


«El estado de guerra suspende la moral»

Emmanuel Lévinas, Totalidad e infinito.

Beirut, París, Túnez, en diez días varios atentados terroristas, -todos reivindicados por Daesh- socavaron la cotidianidad, destruyeron vidas, enturbiaron sociedades enteras. La gravedad excepcional de estos eventos nos obliga a adentrarnos en un difícil ejercicio de reflexión y de análisis. Al tomar distancia de los hechos, no deja de ser impactante la fuerza de los símbolos utilizados por los terroristas. Una calle de mercado en Beirut, cafés, una sala de conciertos, el estadio de fútbol, un bus que transportaba la guardia presidencial en Túnez, es decir, el símbolo de un poder que había recibido el premio Nobel de la paz, quien, pese a los obstáculos, habría logrado organizar una transición democrática.

El objetivo global y coordinado del proyecto tiene que ver con la conquista del centro del espacio público democrático. Pretende desestabilizar partes enteras de nuestro tejido social y de nuestra cultura política. No obstante, nos conduce a cuestionarnos sobre lo que significa vivir en democracia. Una democracia no es solamente un régimen institucional específico que pretende fundar el pricipio de legitimidad de la acción pública sobre la “soberanía popular”. Ella es igualmente, o mejor, principalmente, un modelo de organización de organización de la colectividad que recuerda que el poder es una construcción falible, que el deber de protección de la población es un imperativo mayor, pero no definitivo, en fin, que el precio que queremos pagar por llevar conjuntamente nuestra condición de mortales es una cuestión eminentemente política: abierta, exigente y conflictiva. En tal situación, la defensa de nuestros principios comunes no puede ahorrarse la discusión sobre los medios necesarios para lograrla, y renunciar a ellos sería en sí una contradicción. En democracia, la política nunca es un problema resuelto definitivamente, puesto que vive del sentido de la existencia colectiva, orienta siempre hacia el interrogante sobre los modos de ejercer el poder —su responsabilidad, sus límites, sus fallas. Tal es la interrogación central que los terroristas, al igual que los regímenes brutales y totalitarios, quieren prohibir. No le demos nunca la razón.

Así, pues, ¿qué precio estamos dispuestos a pagar, en Francia, en Bélgica, en la Europa de hoy, para continuar asumiendo juntos esas preguntas? En los últimos días, la expresión “estamos en guerra” caracteriza los discursos políticos y no precisamente los que provienen de los sectores más belicosos. Ella va de la mano del calificativo “bárbaros” para referirse a los autores de estos crímenes atroces. Crímenes planeados a sangre fría… al punto que se corre el riesgo de ser atrapados en su irracionalidad. Para aquellos que han trabajado en países marcados por una violencia estructural- donde se unen acciones militares y paramilitares, desigualdades sociales y estructuras políticas brutales, por ejemplo en América Latina- estos eventos son la ocasión para evaluar ciertos resultados de diferentes investigaciones, esenciales al debate público.

La solidaridad más fuerte que la muerte

Frente a tal violencia, la primera reacción es la de ver una acción “monstruosa”, sin relación con la idea de humanidad; irracional, en una palabra. No hay duda que el terror es el objetivo de este tipo de acciones: buscan retirar, no solamente a las víctimas, sino también a toda la comunidad política el adjetivo de “humanos”. Muerte física y muerte social se unen en una composición macabra. ¿Se trata, por tanto, de actos irracionales? No, por el contrario. A pesar de ser destructivas, ciertas formas de racionalidad se activan. En el caso de Daesh, al igual que en otras organizaciones terroristas que hoy asolan poblaciones a escala mundial, estamos enfrentados a individuos formados, muy bien entrenados, dotados de una verdadera capacidad de planificación, que les permite tener objetivos estratégicos y de guerra precisos. Si queremos proteger la población, y más ampliamente la sociedad civil de estas acciones mortíferas, debemos comenzar por actuar frente a esta situación geoestratégica.

Pero esto tiene consecuencias prácticas. Limitar la respuesta inmediata a una esfera militar, no cambiará la situación, puesto que está desconectada de cualquier otro tipo de marco de acción y concebida como una revancha. Al contrario, ella dará a estas organizaciones terroristas razones adicionales para actuar como ellas lo hacen. Reforzará su racionalidad autárquica, que en ciertos trabajos es llamada “legitimidad por sí misma”. Las acciones de este tipo no tienen sentido si no van de la mano de una reorganización de la acción diplomática, de un trabajo de apoyo a las poblaciones civiles del Medio Oriente -quienes, vale la pena recordarlo, son las principales víctimas de esas formas de actuar- de la solidaridad con las poblaciones europeas de confesión musulmana que han sido ampliamente estigmatizadas, y de una reflexión a mediano plazo en el tema del co-desarrollo. En esta perspectiva, la Unión Europea debe reforzar masivamente su política de acogida a refugiados y dejar de permitir que la muerte haga su trabajo en el mar Mediterráneo. Como lo ha recordado Jean- Claude Juncker, estas poblaciones que buscan asilo en nuestros países son la prueba fehaciente de la violencia de Daesh y de los poderes sanguinarios que le han abierto la camino. Tal perspectiva es difícil. Hay que vencer la angustia que puede invadirnos frente al recrudecimiento de acciones mortíferas, de las que, hasta ahora, creíamos estar protegidos. Esa perspectiva exige que la valentía sea de parte de todos -la función del terror es la de desestabilizar nuestros más firmes referentes existenciales. Sin esa valentía, corremos el riesgo de que nos absorba.

Evitar caer en la trampa puesta por los terroristas

Veamos ahora otra pregunta: ¿estamos en guerra? O más exactamente: ¿quién es el “nosotros” que supuestamente debe apoyar tal afirmación? ¿La comunidad internacional, las alianzas interestatales, los gobiernos, las poblaciones en sí mismas? Es indiscutible que en esos crímenes hay una voluntad de guerra. Existe un proyecto que intenta hacer surgir la guerra al interior de nuestras sociedades, de llevarlas poco a poco hacía un movimiento que las excede. El politólogo Gilles Kepel habla de la voluntad que el Daesh tiene de provocar a las poblaciones europeas para crear una situación de guerra civil; el jurista Dominique Rousseau evoca la voluntad de Daesh de sembrar el caos en el seno de sociedades democráticas. Es por esta razón que hay que resistir con todas las fuerzas. Lo que caracteriza el espiral mortífero que acompaña a los diferentes conflictos armados a través del mundo, es justamente el pasaje de un cierto número de actos militares específicos, sometidos a diferentes controles democráticos -nacionales e internacionales-, a la lógica de guerra que compromete a toda la sociedad y hace de la guerra una nueva “norma”, que en un momento requiere de poderes especiales, en otro momento de un estado de urgencia indefinido y todo el tiempo de la desaparición progresiva de los controles democráticos. La frontera que separa estos dos espacios es tenue. Pero es precisamente una trampa en la que no hay que caer. La responsabilidad de los Estados de derecho es la de proteger a largo plazo sus poblaciones, pero también la de delimitar constantemente el perímetro de la “violencia legítima” a la que recurren, de considerar que una guerra nunca es justa, así esta sea en ocasiones inevitable y de hacer todo lo posible por ir más allá de ella.

Ahora, como lo señala David Revault d’Allones, Francia, en los últimos años, no ha parado de enviar su ejército a nuevos escenarios de operación sin proponer otras estrategias socio-políticas en un mundo en mutación permanente, confrontado a repetidas crisis sistémicas. La guerra apareció, entonces, como la única respuesta posible. Sin darnos cuenta, terminamos por reacostumbrarnos a ella. No es muy tarde para desmantelar este engranaje.… Al contrario, el doble anuncio hecho por el presidente francés de prolongar el estado de urgencia y, sobre todo, el de modificar la Ley fundamental como respuesta a esta tragedia, es extremadamente preocupante. Simbólicamente y en la práctica esto de exigirle a las democracias que modifiquen la piedra angular de su organización jurídica y política, significa que la voluntad mortífera de generalizar el “estado de guerra” logra su objetivo.

Lo mismo sucede en Bélgica. Su indiscutible necesidad de proteger la población sumergió su capital en un clima de ansiedad, sin que el poder político hubiera brindado a los ciudadanos los medios para comprender lo que acontecía, es decir, de situarse más allá de la amenaza en términos políticos y culturales. Invisible, conocida solamente por los servicios de seguridad, la “amenaza” logró saturar el espacio público -indicio silencioso del ambiente nihilista. Pero los expertos no pueden sustituir a la política, ni el Estado paralizar una sociedad, así sea en nombre de la seguridad. Urge dar nuevamente todo el lugar que le corresponde a la cultura, a la educación, a la deliberación y al intercambio. Es urgente que los lugares de expresión colectiva abran de nuevo sus puertas y que la palabra del ciudadano renazca. Es urgente que la cuestión del sentido de la vida en común circule de nuevo entre nosotros. Difícil aún, puesto que tendremos que aprender a vivir y a trabajar en democracias profundamente vulnerables, confrontadas a esa parte trágica de las que ellas se creían inmunes. Pero sin esta vitalidad política ordinaria, terreno de la cultura democrática, nos exponemos a una parálisis colectiva.

Incansablemente, interroguémonos y busquemos acordar mejor el proyecto democrático con nuestros actos

Abordemos una última pregunta, aún más exigente que la anterior. ¿Estamos seguros, como lo entendemos aquí o allá, que no tenemos nada que cambiar, que nuestros modos de vida son irreprochables, que nada de aquello que compone nuestra organización económica y política debe ser modificado? ¿No tenemos nada que cuestionarnos? Considerando que el poder no reposa en ningún fundamento trascendental- y rechazando toda forma de teocracia-, nuestras sociedades democráticas se apoyan en principios y valores que llevan en ella una auténtica dinámica de emancipación humana. Pero ¿estamos seguros de que su despliegue se ha efectuado de manera tranquila? ¿Estamos seguros que en algunas ocasiones no hemos sido los sepultureros de nuestros propios ideales? Desde las diferentes formas de estado de excepción de ayer hasta las numerosas complicidades con los Estados que organizan sistemáticamente la violación de los derechos fundamentales hoy, ¿los Estados europeos no tendrían nada qué reprocharse? Recientemente vivimos las consecuencias en cadena de la invasión americana en Irak en violación del derecho internacional, además, el apoyo mitigado y tardío a la oposición democrática siria frente a las muertes en masa de Bashar El –Assad, asimismo el juego ambiguo de Turquía que la Unión Europea no logró vincular a su proyecto; el comercio en crecimiento con las potencias del Golfo que financian las redes terroristas y oprimen a las mujeres.

Paralelamente, otras violencias irrigan nuestro sistema político-económico que genera zonas de relegación cada vez más profundas, haciendo al mismo tiempo la apología a la riqueza fácil. Ver en la situación de nuestros países europeos condiciones que favorecen el reclutamiento de peones del terrorismo internacional, quienes finalizan esta obra de la muerte al alienarse completamente al punto de encontrar en esta su razón de ser, no se reduce la complejidad de la situación geoestratégica. Sería simplista “sociologizar” en exceso las razones de una situación que tiene múltiples raíces: los eventos de los que hablamos no son el resultado de una simple causalidad social que estaría al origen de todas las desviaciones. Pero es igualmente simplista el hecho de no establecer ningún lazo con el subdesarrollo crónico de algunos territorios, con la discriminación constante que toca a los jóvenes de origen magrebí, tentados por una retórica islamista que llena un vacío de sentido, con la ausencia casi total de perspectivas para franjas de una juventud no calificada. El poder de adoctrinamiento de Daesh se alimenta de estas situaciones. Y sobre este punto, las polémicas entre Francia y Bélgica son inútiles. Si hay fuerzas a unir, estas no son solamente la de los servicios de inteligencia. También hay que unir los medios necesarios, puestos al servicio de generaciones, relegadas en el bajo fondo de nuestras sociedades democráticas que se obstinan a no proporcionar perspectivas dignas de la promesa que llevan en ellas.

“¿Hasta cuándo?”, era el titular de Le Soir de Bruselas del 25 de noviembre. Sí, ¿cuánto tiempo será necesario antes de que los poderes unan sus fuerzas a favor de una juventud europea sin salidas y en el seno de la cual el islamismo radical prospera? Si, como lo recuerda Olivier Roy, la radicalización terrorista no concierne sino a una franja delimitada de la población y traduce la construcción de un imaginario nihilista sin relación inmediata con el nivel de socialización de las familias, nuestras democracias no podrán por mucho tiempo resistir al vacío que las amenaza desde el interior. Jóvenes parten en Siria para vincular sus pasos con los de la muerte. Otros -la inmensa mayoría- están confrontados a una ausencia de perspectivas, tentados por el descrédito de la política y el relativismo de la indiferencia. ¿Y nosotros no tendríamos ningún mensaje para darles? Esta pregunta es más exigente aún puesto que actualiza los callejones sin salida de nuestra trayectoria colectiva. Pero si no le damos respuesta, corremos el riesgo del debilitamiento de la democracia.

Las situaciones de crisis son igualmente momentos de avance, ocasiones para recuperarse. Si hay una resistencia a organizar, es primero aquella que se opone a la evolución insidiosa que, lentamente, toma forma: el deslice hacia una sociedad que no confía en ella misma, que vive en una tensión cotidiana extrema, que ve en todo “otro” una amenaza y en las libertades fundamentales una simple ilusión –lo que con algunas variaciones- es el proyecto de la extrema derecha de hoy. Una sociedad que, en nombre de exigencias de seguridad, se desvía de las probemáticas colectivas de largo plazo, como es la lucha contra el desajuste climático o la solidaridad frente a las poblaciones más afectadas por la crisis. Es también la tentación de analizar los terroristas – jóvenes europeos- como un simple tumor monstruoso, producto maléfico de fuerzas extranjeras sin ninguna relación con las características de nuestra sociedad- en una palabra, los “bárbaros”. Ahora, todos los trabajos muestran hasta qué punto el enigma de la violencia más radical, de la crueldad más extrema, está ligado al hecho de que esas prácticas entrecrucen una serie de dimensiones internas e interrogan el corazón de una sociedad. Es lo que sucede en Colombia, México, Congo, en sociedades del Medio oriente; Y una vez más, ¿Europa, se mantendrá a distancia de tal cuestionamiento?

“Europa no está en guerra” afirmaba Federica Mogherini en el periódico Le Soir del 21 de noviembre, en respuesta al discurso exclusivamente marcial de las autoridades francesas. Durante mucho tiempo, Europa pudo brindarle un horizonte de sentido a una juventud que, progresivamente, se despolitizó. Pero 2015 es el año en que aquella Europa se apagó, fue víctima tanto de las rivalidades nacionales frente a la afluencia de los refugiados como de la ortodoxia presupuestaria que vació de antemano la idea de solidaridad entre actores europeos. De todas maneras, frente a la vulnerabilidad creciente a la que nuestras sociedades están cada vez más confrontadas, ellas no podrán evitar la reconstrucción del tejido social y de su futuro político. Y en este plan -contrario a lo que dejan pensar los medios de comunicación con mayor audiencia-, todas las partes están involucradas: en Francia, en Bélgica, en Europa. Profundizar el proyecto de la igualdad democrática, erigir la solidaridad como el pivote de la vida social y hacer nuevamente de la no violencia un horizonte de palabra y de sentido: trágicamente puestas a prueba, las democracias tienen más que nunca una cita con ellas mismas.

Bruselas, 28 de noviembre de 2015. 

Signatarios – Vivir en democracia – Lo que significa vivir en Democracia
(21 de diciembre de 2015)
Alemania Patrizia Nanz (Kulturwissenschaftlisches Institute Essen KWI)
Bélgica An Ansoms (Université de Louvain)
Mylène Botbol-Baum  (Université de Louvain)
Eva Brems (Université de Gant)
Tom De Herdt (Univrsité d’Anvers)
Matthieu de Nanteuil  (Université de Louvain)
Isabelle Ferreras  (Université de Louvain)
Mark Hunyadi  (Université de Louvain)
Jean-Louis Genard (Université Libre de Bruxelles)
Justine Lacroix (Université Libre de Bruxelles)
Mohamed Nachi (Université de Liège)
Jean-Pascal Van Ypersele (Université de Louvain et GIEC)
Canadá Philippe Barré (Université de Montréal)
Dinamarca Lars Hulgard (Université Roskilde)
Ecuador Alberto Acosta (FLACSO, Quito)
Ramon Torres Galarza (FLACSO, Quito)
España Juan Carlos Monedero (Université de Madrid)
Estados Unidos Fred Block (Université de Californie)
Arturo Escobar (Université de Caroline du Nord)
Nancy Fraser (New School for Social Research)
Eli Zaretski (New School for Social Research)
Joan Wallach Scott (Université de Princeton)
Francia Olivier Abel (Faculté de Théologie protestante, Montpellier)
Fethi Benslama (Université Paris VII)
Florence Jany-Catrice (Université de Lille)
Jean-Louis Laville (CNAM)
Dominique Méda (Université Paris-Dauphine)
Claire Nouvian (Bloom, directrice)
Miranda Richmond-Mouillot (écrivaine)
Anne Salmon (Université de Lorraine)
Michel Serres (Académie française)
Etienne Tassin (Université Paris VII)
Hélène Thiollet (Sciences Po Paris)​
Japón Yoshihiro Nakano (Christian University, Tokyo)
Portugal Boaventura Sousa Santos (Unisersité du Wisconsin, Université de Coimbra)
Marruecos Youssef Sadik (Université de Rabat)
Túnez Houda Laroussi (Université de Tunis)
Youssef Seddik (Université de Tunis)