Nicolás Villa Moya

* Nicolás Villa Moya

IInternacionalista de la Universidad del Rosario y magíster en Administración Pública de la Universidad de Leiden. Cursó estudios complementarios en Política Pública Europea en el Montesquieu Instituut de La Haya y Cooperación Internacional para el Desarrollo en la Universidad del Rosario. Fue miembro fundador (alumni) de The Hague Governance Quarterly y actualmente se dedica a la docencia en facultades de Negocios Internacionales, Relaciones Internacionales y Ciencia Política. También es analista internacional para la cadena RT.

Filósofos del tamaño de Žižek y Badiou le han recordado a la humanidad la estrecha relación entre la política y el amor. Ambos han cerrado filas frente a la convicción común de que estas dos categorías son algunas de las máximas expresiones de la experiencia humana. Más aún, han enfatizado en la necesidad de asumir el amor como una categoría política, teniendo en cuenta que tanto una como la otra son verdades universales. Así pues, no resulta nada desdeñable inspeccionar el estado del amor en un país políticamente arrasado como lo es el nuestro. Inclusive dicho ejercicio podría considerarse imprescindible.

No es el propósito de este artículo demostrar el preocupante nivel de ideologización de la población colombiana, por donde se le examine. Basta con ver la obsesión de nuestros ciudadanos por vender sus empresas públicas rentables, solo por el hecho de ser públicas. Cabe resaltar que – desde el punto de vista técnico – nadie vende un negocio inmensamente rentable y con el futuro asegurado, a cambio de una ganancia ocasional, a menos que sea para obtener una posible mayor ganancia. No es nuestro caso.

Así pues, simplemente debemos aceptar que la mayoría de la población de nuestro país está sujeta a la ideología dominante, al sentido común gramsciano, a la minoría de edad kantiana, al sofismo platónico, la idiotez lacaniana, o la venalidad de Vilar. Pese a lo que digan, los sujetos ideologizados existen, y en Colombia son mayoría. Por lo tanto, lo primero que se analizará en este artículo es el “amor” (si acaso merece el nombre) de los idiotas ideologizados, debido a su gran relevancia para nuestro país.

¿Cómo ocurre la relación de pareja, según esa ideología dominante llamada capitalismo global? Para Marx (uno de los grandes conocedores de dicha ideología), el capitalismo fungía como opositor del amor, ya que los burgueses robaban las mujeres a los proletarios debido a su mayor nivel de acumulación de capital. Cabe resaltar que, según Marx, los degenerados burgueses en su frenesí de acaparamiento no se saciaban con robar las mujeres de los proletarios, también se robaban las mujeres entre ellos. Por otro lado, Marx consideraba la prostitución como tan solo otra forma de explotación por parte del capital; en última instancia todos debíamos prostituirnos para sobrevivir al capitalismo.

Tiempo después, Esther Vilar aceptaría la cualidad distorsionadora del amor que Marx le otorga al capitalismo, pero añadiría que la culpa de dicha situación es de la mujer misma. Para Vilar, en el capitalismo las mujeres prefieren permanecer en el rol de menores de edad, niñas indefensas quienes deben buscar un hombre que supla sus necesidades económicas. De tal manera, mediante una transacción de estatus, dinero y trabajo, a cambio del uso de su vagina, la bella mujer venal busca casarse con un burgués adinerado, independientemente de sus sentimientos por dicho hombre. En consecuencia, el esposo/varón es domado y la mujer se olvida de buscar un compañero sexual al cual realmente ame. Para garantizar su futuro económico, la mujer venal buscaba tener hijos lo más rápido posible. Hoy podríamos añadir, a menos que su trabajo le fuese más rentable.

Dicha visión de las relaciones de pareja está perfectamente alineada con el estereotipo narcotraficante/modelo de nuestro país. En la narcocultura, el adinerado narcotraficante/político tiene acceso a las mujeres que desee (quienes suelen ser bellas modelos de todas las clases sociales), debido a su alto poder adquisitivo. Dichas mujeres están dispuestas a tolerar abusos, infidelidades, agresiones físicas, y falta de gusto y de amor por el compañero, con tal de mantener un alto nivel de consumo y estatus.

Existen centenares de ejemplos prácticos de la teoría anteriormente expuesta en Colombia. Por lo demás, no es un asunto de criminales, región geográfica, o posición social. Es común escuchar los relatos de egresadas de colegios tradicionales y universidades privadas de Bogotá, abiertamente manifestando que solo aceptan invitaciones a salir de estudiantes/egresados de ciertos y específicos colegios y universidades (y claro, europeos o estadounidenses), independientemente de su gusto por dichos hombres.

No olvidemos relatos como el de la Revista Soho, donde una “niña bien” mantiene relaciones sexuales con un “lobo” pero jamás tendría algo serio con él. Tampoco olvidemos los términos “buen partido”, “lo cogieron de marrano”, etc. Por último, cómo olvidar a la adinerada y deprimida Rose (¡y a Žižek!), quien después de mantener relaciones sexuales y divertirse con la clase trabajadora y con el pobre Jack, envía a este último al fondo del mar en la película Titanic. Bien hace en preguntarse Žižek, qué habría pasado con esa pareja si Jack no se hubiese muerto. Como diría Monedero, estamos impregnados de capitalismo hasta los tuétanos.

Adentrémonos un poco más en la relación amor romántico-capitalismo. Como fenómenos sociales, estos dos conceptos son mutuamente excluyentes. Como bien señala Eva Illouz, mientras en el capitalismo la gente crea relaciones basadas en el interés propio y el beneficio económico mutuo, en el amor la finalidad es el amor mismo. De tal forma, el capitalismo acepta que cambiemos de socios económicos según las circunstancias, mientras el amor solo permite un único ser amado, esa persona es irremplazable e irrepetible. Más aún, el que ha estado enamorado alguna vez, sabe perfectamente bien que se ama al ser amado, inclusive si debe sacrificar, ceder, o inclusive humillar el ego y el interés propio. En ese orden de ideas, en el amor romántico nada está por encima del amor y del ser amado.

En consecuencia, vivir el amor romántico dista mucho del capitalismo, es vivencial y “no calculador, gratis y no con fines de lucro, orgánico y no utilitario”. No en vano, Engels argumentaba que el matrimonio monógamo, afectuoso y burgués era una ilusión hipócrita que solo servía para mantener la propiedad privada mediante la herencia, y que el amor verdadero solo podía florecer en las clases trabajadoras donde no había nada que perder o ganar a través del matrimonio. Esta visión engeliana del amor romántico después sería desarrollada y refinada tanto por Fromm como por Marcuse.

Por desgracia, en nuestros tiempos y por ende en nuestra Colombia, todo pensamiento que vaya en contra de la ideología capitalista es tildado con epítetos peyorativos, de tal manera que, sin mayor sorpresa, así le ha ido al amor romántico. Debido a su carácter contingente y aleatorio, el amor romántico ha sido visto, desde la Europa premoderna hasta nuestra época capitalista, como una amenaza a las normas establecidas y a los intereses económicos. Los padres acomodados de comienzos del siglo XX ya veían en el amor un enemigo para su buen futuro y estabilidad económica.

Sin embargo, la trasgresión amorosa ha sido apropiada por el capitalismo posmoderno para crear una utopía (en la cultura popular) donde el amor se equipara con individualismo, hedonismo, y consumo, es el amor líquido descrito por Bauman, un componente más de la autorrealización personal. Si en 1950 los psicoanalistas puritanos estadounidenses consideraban al individuo polígamo como un enfermo mental, hoy esos mismos psicoanalistas puritanos estadounidenses consideran al individuo monógamo como un enfermo mental. El amor está sufriendo ataques por todos los frentes, por suerte los buenos psicoanalistas lo saben.

Si bien la fantasía de la cultura popular proponen uniones amorosas libres de clase, raza, credo, y sobre todo compromiso, la realidad es mucho más compleja. El antiguo cortejo, donde se visitaba a la mujer en la casa de los padres, ha sido reemplazado por la práctica de “salir”. En otras palabras, la experiencia romántica en el capitalismo posmoderno depende de la capacidad de consumo, ir a restaurantes, películas, y cualquier actividad de ocio consumible. No está de más recordar, al ingenuo y torpe Ali G (interpretado por el comediante inglés Sasha Baron Cohen) cuando le pidió a una actriz presente en el festival de cine erótico de Cannes que le mostrara sus senos. Después de que ella accediera a hacerlo, el incrédulo Ali G le comentó “!en Inglaterra, tienes que llevarla a ver una película, después llevarla a un restaurante y ahí si puedes esperar que te las muestren, en Francia con solo decirlo te las muestran!”.

¿Acaso no nos habrá pasado algo similar alguna vez? Habremos pensando, ya fuimos a cine, ya fuimos a un restaurante, ya fuimos a rumbear al sitio (x,y,z), hemos hecho nuestro deber, pagado nuestro tributo al mercado, ya podemos verlas/mostrarlas. Claro está, un mayor nivel de consumo, un paseo fuera de la ciudad, o aún mejor del país, despeja todas las dudas sobre si habrá o no un encuentro amoroso. Ideología pura.

Ahora bien, la equiparación entre capitalismo y amor romántico no es la única amenaza para este último. Como bien ha dicho Badiou, “al amor simplemente hay que defenderlo porque se encuentra amenazado por todas partes”. Badiou expone dos amenazas principales, la amenaza securitaria y la amenaza del hedonismo.

La amenaza securitaria consiste en la obsesión de nuestra época por la seguridad. Cigarrillo sin nicotina, cerveza sin alcohol, laxantes con sabor a chocolate, consumo cuando hay ofertas y con límites (no como los drogadictos, consumo hasta el final) guerra sin muertos, amor sin riesgo. Es así, como hoy en día, existen agencias online para conocer gente sin tener que pasar por la contingencia, por el encuentro, por la inseguridad, por el riesgo. Tal como los matrimonios arreglados de antaño, hoy las agencias online se encargan de acabar con el amor. Bien lo dijo Slavoj Žižek; “being in love without the fall” en vez del auténtico “falling in love”.

De ahí, el refrán absurdo (lo cual es un pleonasmo) “el que se enamora, pierde”. Aquel que no sabe jugar según las reglas del amor, y se enamora, es un tonto y merece sufrir. De igual manera en Colombia, aquel que decide creer en la política como fuerza emancipadora, no agachar la cabeza frente al poder, no vivir en el cinismo, clientelismo, corrupción, etc., merece los abusos de los cuales pueda ser objeto, pues no sabe jugar según las reglas.

La segunda amenaza que Badiou identifica es la del hedonismo. En la ideología del capitalismo posmoderno el mayor deber es el de gozar, la trasgresión es la norma, lo único prohibido es la prohibición misma. Žižek, Badiou y Bauman han identificado el mismo fenómeno, de tal manera que las relaciones sociales deben ser fluidas, debemos obedecer el deber de gozar, vivir la vida al límite (sin cuestionar relaciones económicas y sociales, claro está), desarrollar mi personalidad hasta su última potencialidad, etc. No ser un sujeto comprometido.

De ahí las ya reconocidas frases, “yo no quiero nada serio”, “amigos con derechos”, “relaciones abiertas”, “quiero estar soltera/o pero contigo”, etc. No debo involucrarme demasiado y mucho menos si por algún momento mi goce o mis intereses se ven comprometidos por amar a otra persona, es decir si no estoy seguro y cómodo. Resulta fácil entonces comprender que surjan aplicaciones como Grindr, Tinder y demás bajo la estela del hedonismo.

Ante dicha situación Badiou reclama que debemos “reinventar el riesgo y la aventura, contra la seguridad y la comodidad.” En nuestros tiempos, los osados son los que se atreven a amar, los que se atreven a elevar a la otra persona a “la cosa”, por encima de intereses, lucro, comodidad y seguridad. Con la aceptación plena de que todo puede salir mal, y que se puede sufrir. Después de todo, argumenta Badiou, el amor es lo que le da significado a la vida.

Sin embargo, es necesario recordar que el amor es “un procedimiento de verdad” en la medida en que es lo verdadero de “lo Dos” y no de la singularidad individual. El verdadero amor, según Badiou, es aquel que resiste toda prueba -a través de la duración-, donde se abandona el punto de vista y de referencia individual y se vive el mundo desde el Dos (la diferencia). Adicionalmente dirá Badiou, el éxito del amor radica en la fidelidad; “en el amor, la fidelidad designa esta larga victoria: el azar del encuentro vencido día a día en la invención de una duración, en el nacimiento de un mundo”.

Ahora bien, ¿cómo relaciona Badiou amor y política? Para él, la política también es un procedimiento de verdad, pero a diferencia del amor es frente a lo colectivo mas no frente a lo Dos. Mientras el amor vence a través de la fidelidad y la duración, la política vence a través de la creación de la igualdad, de manera multitudinaria y colectiva. Mientras la prueba (entendida como oposición y no como finalidad) del amor es la familia (con trabajos, amigos, salidas, hijos, etc.), la mayor prueba de la política es el Estado (con policía, leyes, fronteras, etc.). ¿Serán capaces esas instituciones de mantener vivo el espíritu amoroso/igualitario?

Por lo demás, el gran enemigo del amor es el egoísmo, puesto que el rival amoroso no es constitutivo de la relación amorosa, su existencia es innecesaria y solo surge mediante el egoísmo hedonista de alguno de los miembros de la relación amorosa. Contrariamente, en la política el enemigo sí es constitutivo de lo colectivo, debemos aceptarlo. En la política, el enemigo nos puede hacer daño, inclusive si hay política. En el amor, el enemigo no nos puede hacer daño si hay amor, es más, el enemigo simplemente no existe cuando hay amor.

Entonces, no está de más analizar el estado del amor en Colombia. Si bien sabemos que, políticamente somos un rotundo fracaso, ¿cómo nos va en el amor? Mucho me temo que no mucho mejor, pero por ahí (por el amor) pueden comenzar a mejorar ambos asuntos. Si somos tan torpes e ideologizados para construir lo colectivo ¿qué tal si comenzamos por construir lo Dos? Aquí no hay respuestas fáciles ¡Quizá construir lo Dos sea mucho más complicado que lo colectivo!

En todo caso, los colombianos –como toda la humanidad- estamos obligados a defender el amor si queremos vivir una vida que merezca el nombre. Si verdaderamente deseamos experimentar lo bello de la vida (bello a pesar del sufrimiento, de las traiciones, desencuentros, traumas, etc.), debemos renunciar al confort y a la seguridad del deber hedonista descomprometido, o de la venalidad de las relaciones por conveniencia. Debemos hacerlo, no porque sea bueno o virtuoso sufrir (ese es un engaño del catolicismo), sino porque solo cuando asumimos que existe el riesgo de que las cosas salgan mal y podamos sufrir, estaremos listos y abiertos para vivir y encontrar el amor en el sentido pleno de la palabra, el amor victorioso.


Referencias: 

Badiou, Alain. Elogio del Amor.

Illouz, Eva. Consuming the Romantic Utopia.

Zizek, Slavoj. Varios.