Edgar Straehle

* Edgar Straehle

Licenciado en Filosofía, Historia y Antropología por la Universitat de Barcelona, con estancias en la Technische Universität de Berlín y en la Université Toulouse – Le Mirail. Máster de Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Está realizando la tesis doctoral en torno al concepto de autoridad y al pensamiento de Hannah Arendt, y ha realizado una estancia de investigación en la Université Paris Diderot (Paris 7). Investigador integrante del Seminario de Filosofia i Gènere y docente en la Universitat de Barcelona. Sus principales líneas de investigación tienen que ver con el feminismo, la teoría política contemporánea, el rostro de los nuevos movimientos políticos y la relación entre el espacio y la política

Ha pasado más de un mes después de las elecciones generales y España sigue buscando su peculiar cuadratura del círculo. Luego de estas cinco semanas aún no se tiene ni idea de qué gobierno se formará, lo que constituye un caso inédito en su joven democracia. Los resultados han dejado una “aritmética diabólica” de donde no pueden germinar sino monstruos políticos, más aún si se tiene en cuenta que el partido saliente del gobierno, el derechista Partido Popular (PP), ha ganado las elecciones con un resultado insuficiente, perdiendo por el camino casi cuatro millones de votos, y en un escenario como el actual, donde a la duradera crisis económica hay que añadirle una no menos importante crisis institucional y otra que afecta, y de qué manera, la unidad del Estado. Y es que después de un largo interregno de tres meses, también en Cataluña se ha logrado constituir in extremisun rocambolesco y milagroso gobierno soberanista (léase independentista) que ha aumentado la tensión en Madrid y ha revitalizado el discurso de la unidad nacional.

Se trata en verdad de la reacción de un país que, acostumbrado a un bipartidismo crónico, se despertó de golpe con tres formaciones políticas con aspiraciones de gobernar, incluso podríamos contar cuatro si incluimos al flamante partido Ciudadanos, al final un poco descolgado. El modelo dual anterior, falsamente polarizado, era sencillo de gestionar y obscenamente previsible, pues sendos partidos se repartían con coherencia las diferentes posiciones del tablero. Entonces se ponía en práctica un exitoso narcisismo de las pequeñas diferencias, que generaba el simulacro cotidiano de una exacerbada contienda ideológica, y que tenía la capacidad de fagocitar los otros aspirantes que abrigaban la intención de colarse en el centro de la arena política.

Ahora la situación cambió de rumbo. En un principio se había dicho que las izquierdas y el voto del cambio habían vencido en las elecciones. En estos momentos nada está claro, salvo que nos hallamos inmersos en un escenario de una mayor pluralidad y complejidad. La solución a este agravio dependerá principalmente de la posición del ambiguo e internamente dividido Partido Socialista (PSOE) – ése que, desde la caída de la dictadura, se apoderó de la etiqueta de la izquierda mayoritaria -, y que ha quedado segundo en las urnas, lo que constituye a nivel de votos el peor resultado de su historia. ¿Se impondrá en su seno el discurso de la unidad nacional y se alineará, directa o indirectamente, con la derecha para doblegar la deriva separatista? ¿Pactará con Podemos, esa formación emergente que les está adelantando por la izquierda y que enarbola el discurso de la plurinacionalidad?

El problema reside en que cualquier decisión que tomen será interiorizada por buena parte de su electorado como una traición y que, para colmo de males, una nueva convocatoria a elecciones les augura un resultado más lastimoso todavía. Los miembros del partido son plenamente conscientes de ello, lo que explica su tartamudez actual y exacerba su ambigüedad en el terreno de los medios de comunicación.

El drama consiste en que justo cuando se debía iniciar la legislatura más importante, desde los inicios de la joven democracia española, no es posible hacerlo. Todo debido al hecho de coincidir con una difícil coyuntura a la hora de formar un gobierno. En el instante en que España requiere una transformación urgente y verdadera, lo que para muchos supone el urgente proyecto de una segunda transición democrática, parece prevalecer la postura que confunde el síntoma con la enfermedad, y que gasta las fuerzas para enfrentarse a un separatismo que en buena medida se ha nutrido de la crisis de legitimidad del régimen político actual.

En España se debería haber comenzado a comprender que su proyecto de futuro no provoca ninguna ilusión en muchos de sus ciudadanos, en especial cuando la derecha ha hecho gala de un anticatalanismo, así como un indisimulado nacionalismo español, que lógicamente no ha hecho sino contribuir, legitimar y sumar adeptos a la causa independentista. Por eso conviene recordar que la mejor manera de “vencer” a los deseos de independencia, si es que todavía se está a tiempo, pasa por llevar a cabo una auténtica regeneración interna. En realidad, se trata de una cuestión que debería resolverse sin apelar siquiera a la cuestión catalana. La democracia española sufre una crisis de legitimidad palpable desde todo lado, como lo evidencia la galopante corrupción en la que los partidos tradicionales se encuentran enfangados y en el hecho de que una fuerza con apenas dos años escasos de existencia, como Podemos, haya cosechado casi el mismo número de sufragios que el principal partido de la oposición, el PSOE, y que según las encuestas, se hubiera impuesto con holgura en caso de haberse restringido la votación a los menores de 35 años.

El problema yace en que esa regeneración exigiría un saneamiento interno y una aplicación de la justicia que a los dos partidos tradicionales, aposentados con comodidad en sus posiciones de poder y en sus redes clientelares, no les interesa en modo alguno. Y es que en verdad, ajustando a este contexto la frase atribuida a Churchill , podríamos señalar que el PSOE ve en el PP a sus adversarios y en Podemos a sus enemigos. El primer partido es el que le proporciona su razón de ser y desde el cual pueden definirse como de izquierda. Gracias al PP, el PSOE vive y puede sentirse orgulloso de lo que es: una formación más tolerante, progresista, preocupada por la desigualdad y las causas sociales. Podemos, en cambio, pone evidencia sus contradicciones, destapa sus vergüenzas y amenaza no solamente con robarle sus nichos de votos, sino también su identidad y su aura de izquierda. Comprensiblemente, el PSOE teme más a Podemos que al PP.

Por el momento, al día de hoy (27 de enero de 2016) y a la luz de las palabras y los gestos de los últimos días, se intuye que el PSOE descartará la opción de acercarse a Podemos y que optará por entregar el gobierno al PP, obviamente con disimulo (por ejemplo en forma de abstención en la investidura del gobierno y de un ruidoso y mediático rechazo a la mayoría de sus propuestas de ley). En esta línea se han pronunciado algunos de sus principales referentes históricos, como el antiguo presidente Felipe González. El problema es que eso daría la razón a aquellos que sospechan que los dos partidos tradicionales se encuentran más unidos de lo que pretenden aparentar, lo que iría en detrimento de su desprestigio y de su ya maltrecha credibilidad. La otra alternativa que se les presenta son unas nuevas elecciones, a priori poco recomendables para ellos, pues previsiblemente favorecerían a Podemos y al PP.

Así que ya les va bien que los días pasen y que, con un golpe de suerte, ocurra algún imprevisto que les impida hacer lo que más temen ahora mismo: tomar una decisión que pueda desembocar en su futura irrelevancia política. Mientras tanto, efectivamente el tiempo corre, España sigue ahondando en sus crisis y el laberinto en el que se encuentra sumida se hace más complejo y sus problemas de más difícil solución.