Colombia hace parte de esos países donde la izquierda nunca ha estado en el poder. Esta “anormalidad”, que de entrada cuestiona el carácter democrático del país, puede ser explicada por el peso y la duración de distintos factores. Estos incluyen, por lo menos para la historia reciente, la represión estatal y paraestatal contra las organizaciones y las personas consideradas de izquierda, la existencia prolongada de un conflicto armado y de una “guerra sucia”, la estigmatización constante del pensamiento de izquierda y la profunda y persistente división dentro de la izquierda misma, entre otros

Sin embargo, el país se encuentra actualmente en un escenario que debería favorecer, en teoría, a las organizaciones de izquierda. En particular por la más que probable exitosa conclusión de las negociaciones de paz con la guerrilla de las FARC y, esperémoslo, el inicio de los diálogos con el ELN, así como por el descontento que provoca en gran parte de la población el gobierno de Santos, y en general el conjunto de la clase política y dirigente tradicional. No obstante, este escenario no significa per se un beneficio para la izquierda, pero sí representa una oportunidad para pensar cómo esta puede proyectarse hacia amplios sectores de la sociedad, y así contemplar la posibilidad de gobernar a mediano plazo. Pero para tal propósito, se hace indispensable una reflexión aguda en cuanto a la estrategia política a adoptar y una postura auténticamente crítica. Este artículo se plantea como una modesta contribución en esa dirección, enfocándose voluntariamente en los cambios que podrían tener lugar dentro de la izquierda, en una perspectiva estratégica de “mejoramiento” de su discurso y de su acción hacia la sociedad.

Para que la izquierda llegue a representar una verdadera opción alternativa de poder, lo primero que habría que cuestionar es su relación con las instituciones. Existe tradicionalmente una tendencia fuerte dentro de la izquierda colombiana a denegar la política “típica”, a desestimar las elecciones y a desconfiar del aparato estatal. Si bien es cierto que la política no se reduce a las elecciones y al ejercicio de gobernar, estos representan etapas imprescindibles, por lo menos en el sistema político actual, para poder incidir en los cambios de la sociedad. En otras palabras, es claro que no todos los problemas se pueden resolver desde el Estado, sin embargo muy pocos encuentran soluciones a largo plazo fuera de éste. Lo que plantea la necesidad de aprender a adaptarse al sistema vigente, con todas sus imperfecciones, en aras de acceder a las instituciones y tener la oportunidad de cambiarlo desde ahí.

En directa relación con lo anterior, surge un gran interrogante, el de saber si es necesario cambiar primero las mentalidades para acceder al poder o, por el contrario, si sólo puede tener lugar una “concientización” amplia y efectiva una vez que la izquierda esté en el poder. Obviamente, lo ideal sería un proceso paralelo, y que se autoalimentaría, de concientización creciente de la población y de acceso progresivo al poder político. Sin embargo, cabe señalar que la izquierda colombiana lleva décadas tratando de hacer avanzar las ideas progresistas, pero sin el éxito esperado La percepción según la cual habría que cambiar radicalmente el sistema profundamente injusto que durante siglos ha azotado el país, sigue concerniendo sólo a una pequeña parte de los ciudadanos, que además parece haber disminuido en comparación con las décadas de los 60 y 70. Por lo tanto, se podría decir que frente a ese monumental y difícil proyecto de la búsqueda de un cambio de mentalidades, que a la vez conduzca a una modificación profunda del país, habría que enfocarse en un primer momento en alcanzar las sensibilidades políticas de la gente del común, para lograr que voten por la izquierda. En otros términos, dirigirse no sólo a los « cerebros » sino también a los « corazones ».

Esta discusión se encuentra nuevamente en la distinción entre, por un lado, la movilización social, y por otro, la política electoral. En un significativo sector de la izquierda colombiana se puede notar una preferencia por la movilización social, considerada como un militantismo auténtico, en oposición a la política electoral, vista como más o menos corrompida. Sin embargo, esta visión se vuelve un obstáculo en el camino hacia la posibilidad de llegar al poder, pues es más que probable que una apuesta exclusiva, o muy desequilibrada, por la movilización social no va a permitir cambiar de manera decisiva el equilibrio de fuerzas. En este sentido, habría que renunciar a una percepción demasiado “purista” de la movilización social y aceptar que es muy improbable que Colombia pueda conocer un levantamiento popular capaz de hacer caer el régimen. Esto no quiere decir que las luchas populares pasen a un segundo plano, lo que se necesita es más bien combinar los dos elementos, pero teniendo en mente que si la movilización social puede considerarse como el “motor” de la izquierda, ésta requiere un plan para llegar al destino deseado, es decir al lugar de ejercicio del poder político, y este plan puede estar constituido en buena parte por una estrategia electoral eficaz.

En el imaginario de la izquierda colombiana, hay una presencia muy fuerte de la idea de resistencia. Esto es una consecuencia lógica de toda la estigmatización y la violencia que ha tenido que afrontar, que la llevó en algunos momentos a pensar más en cómo “sobrevivir” que en cómo acceder al poder. Sin embargo, esto tuvo como efectos perversos los de llevar a algunos a glorificar esta postura “heroica” de resistencia y de alejarlos así de la preocupación por ganar nuevos simpatizantes. Es más, es posible que algunas personas dentro de la izquierda hayan llegado a sentir una cierta “comodidad” por el hecho de pertenecer a una minoría que puede aferrarse a sus certidumbres. De ahí puede surgir la idea falsa de que se tiene la razón por el mismo hecho de ser minoritario, cuando la política tiene también como finalidad ganarse a las mayorías.

Debería parecer evidente que el camino hacia el poder pasa por una apertura hacia amplios sectores de la sociedad. Sin embargo, se puede seguir observando una fuerte propensión dentro de la izquierda a dirigirse ante todo a sus propios adeptos y seguidores, en vez de hablarle al país entero. Hay una tendencia a observar la sociedad y sus dinámicas internas de manera distorsionada y a pegarse a modelos teóricos rígidos. En otros términos, a tomar sus deseos por la realidad y a no adaptar sus análisis en función de los movimientos que atraviesan al conjunto social. Hasta existe un cierto “vanguardismo” que se manifiesta en la creencia de que, por pertenecer a una organización de izquierda, se sabe mejor que el mismo pueblo lo que éste quiere, y por lo tanto que no hay necesidad de escucharlo sino de orientarlo hacia la concretización de una supuesta “revolución”. De la misma manera, algunos siguen creyendo en una clase “centinela” que abriría el camino para el resto de la sociedad o en la imagen de un pueblo mitificado, cuya “naturaleza” progresista sólo habría que revelar. Se hace necesario, por el contrario, representarse los sectores populares como son, en toda su complejidad y sus posibles contradicciones, y dirigirse al conjunto del país.

Para lograr hablarle al país entero, es indispensable enfocarse en una estrategia de comunicación eficiente. A pesar de que la gran mayoría de la izquierda ve con mucha desconfianza, y con razón, los medios masivos de comunicación nacionales, es inevitable que dicha estrategia pase por involucrarlos. En efecto, si bien los medios de comunicación han contribuido de manera decisiva a la estigmatización constante de la izquierda y de sus ideas, estos constituyen la herramienta más poderosa, sino la única, para dirigirse al conjunto de los ciudadanos en todos los rincones del territorio nacional. Los medios “alternativos”, si bien son de gran importancia, no pueden, por su misma esencia, permitir esto. Entonces no habría que dudar en aparecer en los medios masivos, pero logrando esquivar sus tácticas clásicas de hacer pasar al participante de izquierda por un extremista agresivo y moralista y manteniendo el control de su imagen.

En este sentido, es fundamental un cambio de lenguaje que tenga más resonancia a los oídos de la gente del común. Por lo tanto, es preciso dejar de lado las autoreferencias, que sirven esencialmente a uso interno, y hablar de cosas entendibles para los ciudadanos de a pie. Hay que encontrar la manera de construir discursos que venzan los muros que la estigmatización ha creado, que no aparezcan como ideologizados ante la “opinión pública” y que comuniquen de una manera clara y sin sectarismos al conjunto de la sociedad. Se requiere pensar en términos tácticos y evitar usar fórmulas susceptibles de provocar temores en la gente y que tendrían entonces efectos contraproducentes.

El propósito de pensar en una nueva estrategia de comunicación no es el de “normalizar” a la izquierda, por el contrario, es imprescindible que ella aparezca como una fuerza diferente a los ojos de los ciudadanos. Pero diferente en un sentido positivo, es decir que pueda representar una verdadera alternativa creíble, tanto en el discurso como en las prácticas. Para lograr este objetivo, es necesario tener la voluntad de comunicarse con todos los ciudadanos y empeñarse en persuadirlos que no es la izquierda la que es extremista sino el sistema mismo, y por lo tanto las fuerzas políticas que defienden el statu quo. Al mismo tiempo, esta debe presentarse como una auténtica fuente de propuestas frente a los problemas concretos de la gente, y no dudar en pronunciarse sobre cualquier tema, incluso los que tiende a considerar de “derecha”, como por ejemplo el de la seguridad. Es preciso tratar de aportar respuestas específicas a las preocupaciones elementales de la población, sea en materia económica, social, de salud o de educación. Además, podría ser particularmente benéfico para la izquierda asumir la bandera de la lucha contra la corrupción.

Otro punto importante es el tema de la unidad. Es claro que para que la izquierda llegue a ser gobierno la unidad es primordial, sin embargo esta no puede verse como la garantía de la victoria. Además, puede dar la ilusión de que la izquierda está suficientemente fuerte para no tener que buscar votos fuera de sus círculos de influencia, lo que constituiría un grave error y un obstáculo mayor para una posible victoria. A esto se le une un paso de gran relevancia, que es la renovación de los liderazgos. Es clave que las habilidades, la capacidad de seducción y la claridad con los objetivos políticos se impongan sobre las ambiciones personales. Por otro lado, es necesario diversificar los perfiles de los cuadros, para que no haya una mayoría tan fuerte proveniente de las ciencias sociales, sino también, por dar un ejemplo, expertos en temas económicos, ambientales, o de comunicación. Paralelo a esto, aparece otra exigencia mayor, y es la de luchar internamente por un lado contra la corrupción, que cuando es revelada golpea más fuerte a la izquierda que a las otras fuerzas políticas, y por otro lado contra las tendencias autoritarias. Además, es esencial lograr una mejor presencia territorial, para poder desarrollar procesos viables a nivel local y “desbogotanizar” la visión del país.

Ahora que Colombia está a punto de entrar en una tan anunciada nueva etapa de su historia, y que se contempla el final de la lucha armada en el país, la izquierda nacional se encuentra en una encrucijada. El momento actual es una oportunidad para definir si quiere en verdad proyectarse como alternativa creíble de poder, así como las medidas que está dispuesta a adoptar para lograr tal propósito. Para poder contemplar con seriedad la posibilidad de ser gobierno, es imprescindible adoptar una estrategia de gran amplitud, que tendría que traducirse, entre otros, en una apertura hacia otros sectores y por en cambio significativo del discurso. Esto no implica de ningún modo un abandono de las ideas “tradicionales” de la izquierda o de la voluntad de cambiar el sistema, pero sí un mejor análisis de la realidad actual del país y del estado de la “opinión pública”, para poder actuar con más inteligencia política y así poder atraer nuevos simpatizantes, ganar nuevos electores y, por ende, volverse una fuerza de gobierno.