Andrés Felipe Parra Ayala

* Andrés Felipe Parra Ayala

Doctor en Estudios Políticos de la Universidad Nacional de Colombia, candidato a Doctor en filosofía de la Universidad de Bonn, Alemania.

La izquierda ha sido derrotada. Perder la Alcaldía de Bogotá contra Enrique Peñalosa es una derrota doble. No solo se pierde un “fortín” como la capital y la posibilidad de ganar más experiencia en el gobierno, sino que perder contra Peñalosa es en sí mismo una derrota vergonzosa. Incluso más vergonzosa que el propio Peñalosa.

Pero no ha sido la única derrota. El movimiento sindical también ha sido derrotado. No ha logrado revertir medidas regresivas contra los trabajadores (como las horas extra) y su influencia real sobre ellos y la agenda política nacional es casi nula. A la izquierda política tampoco le ha ido muy bien. Después de una movilización que gozó de tanta legitimidad como el Paro Agrario del 2013, el Polo Democrático perdió alrededor de 300 mil votos en las Parlamentarias y el Partido Comunista no logró escaños en el Congreso. Y asimismo el movimiento Progresistas, después de haber ganado las elecciones a la Alcaldía de Bogotá, obtuvo apenas un concejal.

La derrota es un hecho. La divergencia está en el análisis. En una columna publicada a comienzos de año en el diario El Tiempo, el director del Semanario ‘Voz’ señala que ésta y otras derrotas de la izquierda se deben al “ejercicio violento del poder del tradicionalismo bipartidista”. La tesis es apenas comprensible. Tanto él como muchos otros vivieron en carne propia la carnicería contra la Unión Patriótica dentro de un régimen legal y constitucional en su forma. Y encima de eso tienen que soportar los argumentos televisados de que la democracia colombiana es más auténtica que las del resto del continente. Pero las palabras y el análisis del director de ‘Voz’ constituyen paradójicamente, a pesar de su buena intención, la victoria política del adversario: aceptar que las personas e ideas de grupos como la Unión Patriótica pueden, efectivamente, ser acabadas a punta de bala. Las cosas son claras: la responsabilidad de los muertos es de la derecha, pero la responsabilidad de que sus ideas no murieran con ellos fue y es de la izquierda.

El director de ‘Voz’, no obstante, es consciente de esa responsabilidad y propone una unidad de la izquierda para sacar a la derecha del poder. Parece que su opinión fue escuchada por la izquierda: hace más o menos una semana los líderes de varias tendencias se reunieron en la carrera séptima a tomar chocolate y a discutir una probable candidatura presidencial unitaria.

Sin embargo, la unidad de la izquierda es algo que todas las tendencias comparten. Por algo siempre se han reunido para intentarlo. Pero es algo que también genera los mayores desacuerdos. La razón de que la unidad de la izquierda sea una obviedad conflictiva es que, tomada de forma aislada, la “unidad de la izquierda” es un eslogan vacío. La idea de “insistir en todo lo que nos une y prescindir de todo lo que nos separa” no significa nada, si cada facción de la izquierda tiene su propia versión de qué es lo que nos separa y qué es lo que nos une.

Además de ser una obviedad conflictiva, la “unidad de la izquierda” no significa la unidad de la mayoría de la sociedad para buscar un cambio o para conservar conquistas sociales. Es solo la unidad de las personas de izquierda. Y no somos muchos. Pero esto no debe llevar a la izquierda a dejar de preocuparse por el problema de la unidad, sino a hallar el orden correcto de prioridades, reconduciendo la unidad a su propio fin: la unidad de la izquierda no es un fin, sino solamente un medio para construir una mayoría en la sociedad que quiera una vida mejor. En otras palabras: la izquierda debe dejar de hablarse a sí misma y dirigirse a la sociedad y a la gente que no es de izquierda.

Pero no debe dirigirse a la sociedad bajo la lógica del la concientización de las masas, como si “las masas” no tuvieran conciencia. Si queremos dirigirnos a la sociedad, hay que asumir que ella es un interlocutor legítimo, no una manada de borregos “alienados” por los medios de comunicación y por los complots orquestados desde Estados Unidos. En términos prácticos esto significa: hay que entender que las personas que no votan a la izquierda no son ignorantes, ciegos y estúpidos. También hay que entender que ser de izquierda no es sinónimo de ser más inteligente que los demás o de haber abierto los ojos frente a los imbéciles ciegos. Esta indicación, que es un punto de partida ineludible para comenzar a hacer política desde la izquierda democrática, tiene dos consecuencias.

La primera es que buena parte de lo que entendemos por política debería consistir en convencer a la sociedad y conversar con ella. Los únicos escenarios reales para llevar a cabo ese convencimiento y esa conversación de forma relativamente masiva son las elecciones y los medios de comunicación. Si bien la movilización social es legítima y necesaria, se queda corta para alcanzar el objetivo. La razón es que los mensajes y las reivindicaciones que surgen en las movilizaciones, en las que participan tanto las organizaciones sociales como la sociedad no organizada, son siempre leídos y reinterpretados en el contexto de las elecciones y de los medios de comunicación. La circulación de mensajes en la sociedad suele ser como el teléfono roto, y si no disputamos el significado que tienen nuestras movilizaciones en el frente de las elecciones y de los medios de comunicación, el esfuerzo que se hace desde la izquierda en apoyarlas será cosechado por otras fuerzas. Que el uribismo haya recogido en parte el descontento del paro agrario y que éste no se haya traducido en un voto fuerte para las propuestas de izquierda, es una lección que no debe pasar desapercibida: sin el momento electoral, la movilización social es un favor a la derecha.

La segunda consecuencia es que se debe aprender a leer el descontento de la gente. La premisa es sencilla: el hecho de que la gente no sea de izquierda no significa que sea conformista y que todo esté perdido. Entender esto nos conduce al siguiente dilema: ¿estamos para defender a la izquierda –sus símbolos, personajes, tradiciones, sus “ismos”- o estamos para defender a la gente?

Quienes desde la izquierda han tenido éxito y han ayudado a mejorar efectivamente la vida de la población han optado por la segunda opción. El historiador Eric Hobsbawm ha mostrado en su libro Historia del siglo XX que durante la primera guerra mundial muchos soldados europeos y rusos escribían a sus familias que los socialistas decían que iban a traer la paz. Eso era lo importante y por eso fue posible la Revolución Rusa. A los soldados les importaba poco que los socialistas tuviesen un marco conceptual para explicar que la primera guerra mundial era un fenómeno derivado del imperialismo y que el materialismo dialéctico era una ciencia infalible.

A veces creemos que ser radicales es decir lo último y no lo primero. Y cuando creemos que ser radicales es defender la coherencia interna de un discurso de izquierda, estamos condenados a no ser radicales, es decir, a no ir nunca a la raíz del problema: la sociedad. Así, un discurso radical de izquierda no es uno que sea capaz de mantenerse coherente e incólume, como si fuera una verdad revelada y religiosa que no admite modificaciones. En política, al contrario de la religión, no hay cielo para los coherentes y para los que solo siguen los principios. La victoria política pertenece, más bien, a quienes se reinventan y ven la verdadera coherencia de sus principios no en el discurso sino en los resultados y en la satisfacción efectiva de los derechos del pueblo. ¿Qué tan radicales hemos sido?