Newton como teórico político

Aunque pase desapercibido, el discurso de la izquierda en muchas ocasiones tiende a estar inspirado en la física newtoniana. Conceptos como ‘masas’, ‘movimientos’, ‘fuerzas’, ‘acción’ o ‘reacción’, son comunes en el habla cotidiana de la izquierda tradicional. Así se expresa un doble anacronismo. Por un lado, por su atraso frente a los conceptos propios de paradigmas científicos contemporáneos como la teoría de cuerdas y la teoría del caos, o frente a los conceptos propios de la teoría de la evolución o de las ciencias cognitivas; por otro, porque esos usos del lenguaje tienden a desplazar a las expresiones relacionadas con aspectos claves para la vida humana, como la percepción, la memoria o la afectividad1. En pleno siglo XXI el lenguaje cotidiano de ciertas izquierdas sigue anclado en conceptos del siglo XVII. No lo sabemos, pero lo hacemos.

Metáforas

Una imagen nos tiene cautivos, o mejor, una serie de metáforas ha limitado nuestra manera de hablar. Este asunto no es menor. Georg Lakoff, uno de los padres de la lingüística cognitiva, ha destacado el papel del lenguaje y las metáforas para el debate político. A su juicio, el lenguaje genera marcos que conforman nuestra manera de ver el mundo y de estar en él. Esos marcos configuran nuestro sentido común, así como nuestras instituciones y nuestras políticas sociales. Cambiar los marcos contribuye a cambiar la vida social, tales cambios requieren nuevas maneras de expresarse2.

El lenguaje político nos proporciona unos marcos de sentido que pueden expresarse gracias al uso de ciertas metáforas. Para Lakoff, el debate político estadounidense tiende a contraponer dos tipos de metáforas ligadas a los valores familiares; mientras los Republicanos tienden a entender la política a partir de la metáfora del padre estricto que le dice a los niños cómo tienen que desarrollarse, qué normas deben cumplir, y cuáles amenazas cumplirá ante la desobediencia (metáfora que Lakoff encuentra apropiada para hablar del Fondo Monetario Internacional), los Demócratas pueden identificarse con la metáfora de la familia protectora, donde el padre y la madre son corresponsables de la crianza, en un proceso donde cobran igual importancia la empatía y la responsabilidad, procurando defender la libertad de elección en un entorno de protección para los individuos3

El lenguaje de la izquierda newtoniana luce como una serie de “metáforas trilladas que pierden todo poder evocador”, como diría Orwell. Parece entonces que el lenguaje anticuado de la izquierda ya no tiene mucho para decirnos, pues no logra activar marcos atractivos que puedan generar discursos propicios para el cambio social. De ahí que no sean pocos quienes en nuestro tiempo aboguen por abandonar los viejos conceptos de la izquierda radical, para adoptar nuevas metáforas. Un ejemplo es la estrategia de Podemos en España, quienes dejaron de hablar de la división entre “izquierda y derecha”, para defender la división entre “los de abajo y la casta” como metáfora de la lucha política.

El Siglo

La cuestión de las metáforas y los conceptos es crucial para los herederos del siglo XX, donde la política se convirtió en tragedia, como advirtió Malraux. El siglo pasado estuvo marcado por guerras mundiales, genocidios, colonialismo, crisis de la economía capitalista, revoluciones triunfantes y truncadas, dictaduras y luchas por la democracia. Ese siglo terminó y el nuestro hace rato que tiene lugar, no obstante, una de las grandes carencias de las izquierdas hoy es su evidente dificultad para caracterizar nuestro siglo, nuestra época.

Nuestro tiempo está marcado por una serie de procesos planetarios que buena parte de la izquierda parece no asimilar: el cambio climático, la economía de la turbulencia global, las crisis de migrantes, la violencia del crimen organizado mundial, el acaparamiento de territorios y recursos naturales, las nuevas tecnologías, la geopolítica del caos, o los debates sobre la matriz energética, son los problemas contemporáneos que hoy debemos afrontar. A lo anterior se suman nuestros arraigados problemas nacionales: la guerra, las masivas violaciones de derechos humanos, el narcotráfico, la dependencia, el inmoderado centralismo y la persistencia de un régimen político configurado para evitar cambios sustanciales.

Cabe preguntarse hasta qué punto la inadecuada comprensión de tales problemas no permite generar metáforas que configuren nuevos marcos que sean vehículos de cambios sociales y políticos profundos. Uno de los tropiezos de buena parte de la izquierda colombiana radica en que pretende afrontar problemas del siglo XXI con marcos propios de los años ochenta del siglo XX. Superar ese anacronismo es una tarea urgente.

Conceptos

El sugerido cambio de metáforas también parece requerir de un cambio de conceptos. En una conversación reciente escuché un abanico de propuestas que incluían la eliminación del predicado “de izquierda” por otros menos cargados como “progresista” o “ciudadano”. Tales propuestas insisten en la necesidad de repensar el conjunto de conceptos que guían tanto los análisis como los discursos políticos.

Valorando el ímpetu de tales propuestas renovadoras, me atrevo a preguntar: ¿Cómo caracterizar conceptualmente la escandalosa concentración de riqueza que han puesto de relieve los libros de Piketty o las investigaciones de Oxfam? ¿Cómo llamar a las intervenciones del ejército de Estados Unidos en Haití, Irak, Afganistán, Colombia, Libia, Venezuela o Siria?

A muchos progresistas de nuestro tiempo les aterra usar conceptos como “clase” o “imperialismo”, sin embargo esos conceptos siguen siendo cruciales para caracterizar nuestra era, ya que describen con acierto situaciones concretas. Esbozando una metáfora trillada, si ya es grave arrojar al niño con el agua sucia, es mucho peor asfixiar al niño con la almohada que otorga cierta comodidad. Yo me quedo con la propuesta tradicional que solo pretende limpiar al niño.

Lo común y la gramática

Resulta urgente forjar nuevas metáforas para lanzar mensajes políticos. Sin embargo, las ansias de novedad bien pueden profundizar los problemas en lugar de solucionarlos. Aquí es crucial recordar un consejo de Orwell: “Un hombre puede beber porque piensa que es un fracasado, y luego fracasar por completo debido a que bebe. Algo semejante está sucediendo con el lenguaje inglés. Se ha vuelto tosco e impreciso porque nuestros pensamientos son disparatados, pero la dejadez de nuestro lenguaje hace más fácil que pensemos disparates”4

Las dificultades de la izquierda para lanzar nuevos mensajes y nuevos marcos no dependen exclusivamente de sus dificultades para comunicarse, también dependen de las carencias tanto de su programa como de su manera de comprender la situación actual. Un nuevo mensaje sin un programa adecuado no es más que un eslogan vacío.

A mi juicio, el principal reto de la izquierda colombiana en el corto plazo es el diseño de un programa de transición con algunos puntos clave:

1. La consolidación de una agenda económica con instituciones que limiten la competencia económica, regulen el mercado y disciplinen al capital financiero, fomentando una economía productiva

2. La puesta en marcha de instituciones orientadas a la redistribución de ingresos, riqueza y activos.

3. La lucha por una institucionalidad orientada a la garantía de la justicia ambiental y la defensa de los territorios.

4. El diseño de propuestas serias de democratización del régimen político.

5. La defensa de una salida política negociada al conflicto armado con participación de la sociedad y transformaciones para alcanzar la paz.

Estos puntos pueden cobrar sentido como parte de un proceso de transición en una perspectiva socialista de mediano y largo plazo, que solo cobrará vigor si configura un nuevo marco político. En los tiempos donde los movimientos sociales defienden lo común, lo público-popular y la territorialidad propia, una buena metáfora para generar un nuevo marco cognitivo puede ser la idea de la sociedad como gestora de lo común, reflexión que vienen haciendo tanto los movimientos sociales como la teoría política crítica.

En oposición a las metáforas habituales ligadas al caudillo protector, o al Estado asistencial que cobija al desamparado, lo común es a la vez un concepto y una metáfora que puede ser un punto de partida para generar un nuevo marco cognitivo que movilice fuerzas, afectos, acciones, usos del lenguaje, luchas y percepciones de la sociedad.

El gran aporte de procesos como el Congreso de los Pueblos ha sido la generación de una nueva gramática política que nos ha llevado más allá de la política newtoniana. Conceptos como “Mandato”, “Minga”, “Territorio”, o “bienes comunes”, han logrado una nueva manera de comprender la política, signada por nuevas expresiones de afectividad, memoria y enacción5. No obstante, las viejas metáforas derivadas de la física no son inadecuadas por erróneas sino por insuficientes, pues la genuina defensa de lo común depende necesariamente de una relación de fuerzas propicia para que los movimientos ejerzan poder desde abajo.

El nuevo centauro del consenso y la coerción bien puede resignificarse gracias a nuevos marcos cognitivos basados en gramáticas emocionales que se complementen con el ejercicio de la fuerza de los movimientos de oposición. Esos nuevos marcos cognitivos son necesarios para vincularse con los afectos de la mayoría de la sociedad, mientras el ejercicio de la fuerza y la acción son factores clave para disputar el poder.

Lo común, como metáfora, concepto y base de un programa socialista, puede ser un eje para forjar una nueva gramática que derrote la política como tragedia y abra paso a un proyecto de transformación como alegría compartida.

  1.  Es crucial hacer una aclaración. Aquí hago alusión a un estereotipo del discurso cotidiano de ciertos sectores de izquierda, y no a la teoría política que inspira a la izquierda, teniendo en cuenta que abundan las reflexiones agudas sobre el lenguaje, las emociones o la naturaleza y sus vínculos con la política transformadora.
  2. Advierto que en esta columna el trabajo de Lakoff cumple un rol ejemplificador, y no implica una manifestación de adherencia a sus posiciones sobre el lenguaje y la cognición. Aunque su trabajo resulte sugerente, sus alcances son objeto de un fuerte debate académico, tanto frente a su propuesta de lingüística cognitiva en general, como a sus aplicaciones frente al debate político y social. Uno de sus críticos más reconocidos es el célebre psicólogo Steven Pinker, quien en octubre de 2006 publicó en The New Republic una dura reseña titulada “¡Detengan esa metáfora!”, texto que dio lugar a una aguda respuesta de Lakoff que lleva por título “Cuando la ciencia cognitiva entra en la política”. Los dos artículos se encuentran publicados en español en la revista Sinpermiso No. 3.
  3.  Ver al respecto: George Lakoff, “No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político”, Madrid, Universidad Complutense, 2007.
  4.  George Orwell, “La política y el lenguaje inglés”, en Revista El malpensante, No. 50, diciembre de 2003.
  5.  El concepto de “enacción” acuñado por las ciencias cognitivas y derivado de la fenomenología de la percepción, alude al conocimiento como un ejercicio de acción en el mundo. En contravía de las teorías de la representación que reflexionan sobre cómo se conoce el mundo externo, la tesis de la enacción enfatiza en la aprehensión de un mundo que no es externo sino que es forjado y conocido por los organismos.