Sylvia Cristina Prieto

* Sylvia Cristina Prieto

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia con título de maestría en Filosofía de la misma universidad. Dentro de sus intereses académicos están la filosofía y la teoría política contemporánea, al igual que las teorías feministas y de género. Ha realizado reflexiones sobre el conflicto armado colombiano desde una perspectiva de género y a la luz de procesos de verdad, justicia y reparación. Integrante del grupo de investigación en Teoría Política Contemporánea –TEOPOCO– de la Universidad Nacional de Colombia, en donde coordina investigaciones de las líneas “Feminismos, género y poder” y “Conflicto y transiciones políticas”.

Ya había escrito antes sobre lo difícil que resulta construir una sociedad reconciliada y en paz cuando no todas las vidas importan, o mejor, cuando algunas muertes se celebran y otras se lloran; en esta ocasión quisiera profundizar esta tesis resaltando la importancia de doler todas las muertes para sanar y reconstruir la vida en común. Me refiero en concreto a la importancia de hacer duelos, de ritualizar la muerte, de procesar cuidadosamente la interrupción de la vida y de darle su justo lugar. Para sustentar mi argumento pretendo vincular dos categorías que quizás a primera vista parezcan inconexas: el duelo y la paz.

Todos hemos experimentado lo que significa perder a alguien, sabemos entonces que después de un evento como este es común verse invadido por sentimientos de tristeza, ansiedad y zozobra. Que precisamente sean estas las sensaciones que advienen después de la pérdida, se puede comprender de múltiples formas. La filósofa estadounidense Judith Butler abre un camino para comprender esta sensación de desgarro al sugerir que cuando perdemos a alguien, perdemos también un pedazo de nosotros mismos, muere esa parte del “yo” que solo era con quien ya no está. Y esto es así porque el “yo” siempre es en relación con otros, somos lo que somos en tanto interactuamos, nos distanciamos o nos acercamos a los otros. En esta línea, cuando perdemos a alguien “no es como si un “yo” existiera independientemente por aquí y (…) perdiera a un “tú” por allá” pues “ese “tú” forma parte de lo que constituye mi “yo”” (Butler, 2006, pág. 48). Esta pérdida de un trozo del “yo” se experimenta con especial dolor y angustia en la medida en que nos volemos inescrutables para nosotros mismos: “¿qué puedo hacer yo sin ti?”, o peor aún, “¿quién soy yo ahora que no estás?” (Butler, 2006, pág. 48).

Además de la desaparición del propio “yo”, la pérdida implica la renuncia a un trozo de la vida en común: cuando alguien se va, el presente compartido se acaba, el vínculo social se rompe y la cotidianidad conjunta se interrumpe. La pérdida, sin embargo, también nos obliga a abandonar futuros proyectos comunes, los sueños con el otro se esfuman y la mirada hacia adelante se nubla. La pérdida entonces, pone en entredicho la vida colectiva en potencia y genera una fractura en el tiempo. Todo ello nos indica que aunque esta tristeza se vive en singular, tiene una dimensión colectiva que no se puede obviar.

La elaboración de las pérdidas pasa por un trabajo sobre el “yo”, sobre la relación con el ausente, con los proyectos colectivos y con el tiempo. Este esfuerzo que nunca es fácil, gana complejidad en contextos de guerra. En efecto, en medio de la violencia, los duelos se hacen más complejos al menos por dos razones: en primer lugar, porque la intensidad del hecho violento que provoca la pérdida, dificulta la elaboración de un sentido sobre lo sucedido, y en segundo lugar, porque no se cuenta con las condiciones necesarias para dolerse. Esto es precisamente lo que sucede en varias regiones de Colombia en donde la muerte se ha manifestado en sus formas más cruentas (como la masacre, la tortura, el homicidio y la desaparición forzada) y los sobrevivientes han tenido que lidiar con su dolor en medio de las balas y con un entramado institucional precario.

Sin embargo, esto no ha sido óbice para que las víctimas del conflicto armado dejen de buscar formas de elaborar sus pérdidas en medio de un contexto precario. La variedad de iniciativas locales y no institucionales orientadas a hacer memoria nos habla de la necesidad del duelo para afirmar la vida. El caso de las mujeres del Centro de Acercamiento para la Reconciliación y la Reparación (CARE) del municipio de San Carlos ubicado en el Oriente Antioqueño, es una experiencia que devela con fuerza la importancia de significar la muerte para continuar con la vida. Para el año 2007 los casos de desaparición forzada en el municipio eran tantos y la incertidumbre y el dolor producido por la ausencia era tan grande, que un grupo de mujeres decidió organizarse para buscar los cuerpos de los que se habían llevado. Encontrarlos, conocer la verdad de su paradero y de su destino se presentaba como una necesidad vital inaplazable para los habitantes del lugar. Por ello y ante el precario respaldo institucional, estas mujeres armaron una variedad de estrategias creativas orientadas a dignificar los cuerpos que ya no estaban: venciendo todo tipo de miedo se enfrentaron a los victimarios y les exigieron respuestas, repartieron doscientos mapas por el municipio y le solicitaron a sus pobladores marcar las fosas comunes de las que tenían conocimiento, sistematizaron los rumores de los habitantes y se entregaron a las revelaciones sobrenaturales, “los sueños y momentos de iluminación divina lejos de desdibujar los límites entre realidad y ficción, representaban en la experiencia una fuente confiable de información” (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2009, pág. 100).

Estos esfuerzos incansables en medio de la precariedad ponen en evidencia la importancia de elaborar la muerte para seguir con la vida a la vez que ilustran la importancia de realizar rituales para tramitar el dolor de la pérdida. Esta experiencia también pone de presente el trabajo adicional de hacer un duelo en medio de la guerra, y sin embargo, el caso de San Carlos es esperanzador si se compara con otros como la masacre de Bojayá. El 2 de mayo de 2002, la guerrilla de las FARC explotó una pipeta de gas en una iglesia cobrando la vida de más o menos cien personas, a pesar de la magnitud de la tragedia, no hubo tiempo para la tristeza. Debido a la persistencia de los enfrentamientos armados, solo hasta el 6 de mayo fue posible culminar el entierro de los cuerpos, sin embargo, este “se dio sin llanto, sin acompañantes, sin sepultura digna, sin lugar sagrado. La despedida entre los vivos y los muertos, no dio lugar al velorio de nueve días, ni al ritual del «cabo de año» que es el cierre del proceso fúnebre. Hombres de guantes y tapabocas blancos, como representantes de la comunidad, hicieron una fosa cerca al río Bojayá, ya que los combates no permitían ir hacia el cementerio” (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2010, pág. 292).

Lo sucedido en Bojayá es solo una muestra de las tragedias que vivieron y siguen viviendo miles de colombianos que a pesar de conocer las caras más espantosas de la muerte, no cuentan ni con el tiempo, ni con las condiciones necesarias para recogerse y soltar el trozo de la vida en común que se ha ido para siempre. Poco a poco el duelo en Colombia se ha convertido en un privilegio de pocos, solo quienes no viven los efectos directos del conflicto armado cuentan con vínculos sociales vigorosos y estables que fungen como apoyos insondables y tienen acceso a una serie de servicios a través de los cuales pueden activar los rituales colectivos pertinentes para enfrentar las pérdidas. Ante esta desgarradora evidencia se hace palmario que la consolidación de una sociedad en paz y reconciliada solo se alcanzará cuando todos y todas tengamos tiempo para la tristeza.

¿Cómo garantizar esto? La repuesta a este interrogante no es fácil pues el trabajo del duelo no es sencillo y es sobre uno singularísimo, no obstante, contar con un tiempo para el recogimiento, con un espacio de tranquilidad y sobre todo con ciertas estructuras sociales y ofertas institucionales, es indispensable. Para reconstruir la vida, es necesario darle sentido a la muerte, y para lograrlo se requieren herramientas y servicios básicos que deben ser garantizados por el Estado. Hablo en concreto del acceso a la justicia, a la verdad, a la reparación y a la posibilidad de construir una memoria colectiva e incluyente, en suma, hablo de un entramado institucional que brinde unos mínimos a quienes por un momento sienten haberlo perdido todo. Con esto en mente el problema del duelo deja de ser individual para ganar una dimensión colectiva, más aún, para convertirse en un problema político que requiere de la intervención estatal.

De acuerdo con lo anterior, en medio de la guerra el duelo requiere de una serie de estructuras sociales y de un entramado institucional que lo posibilite; pero antes que ver al duelo como un proceso que le exige al Estado, este último debería ver en el primero una posibilidad de reconstruir el tejido social. Al reencauzar la vida propia y al sanar la herida individual, es factible reconfigurar los horizontes de sentido comunes y las expectativas futuras de convivencia, pero más aún, al dolernos, al mirar de frente la pérdida que nos ha atravesado, nos ponemos en contacto con una parte de nosotros mismos que compartimos con otros: la vulnerabilidad. Dice Butler que “a pesar de no venir del mismo lugar y no compartir una misma historia (…) es posible apelar a un “nosotros”, pues todos tenemos alguna noción de lo que significa haber perdido a alguien” (Butler, 2006, pág. 46) Al atravesar un duelo podemos mirar con empatía al extraño y trabar un potente vínculo con él sobre la base de la vulnerabilidad pues “la pérdida nos reúne a todos en un tenue “nosotros”” (Butler, 2006, pág. 46).

El duelo es entonces un asunto que oscila entre lo individual y lo colectivo. Cuando se pierde a alguien, no solo se apaga la vida de otro, se suspende todo un trazo de la vida en común que debe ser reparado, esta reparación no obstante, requiere de una serie de estructuras sociales e institucionales que la viabilicen. Si Colombia quiere reconstruir su tejido social y avanzar hacia la consolidación de una paz duradera y sólida, es necesario que todos y todas tengamos tiempo para la tristeza, podamos darle a la muerte su justo lugar, y veamos en el duelo un elemento que por fin nos permita reunirnos alrededor de un nosotros, así sea tenue.

Bibliografía

Butler, J. (2006). Vida precaria. El poder del duelo y la violencia. Buenos Aires: Paidós.

Centro Nacional de Memoria Histórica. (2009). Memorias en tiempo de guerra. Repertorio de iniciativas. Bogotá: Punto aparte editores.

Centro Nacional de Memoria Histórica. (2010). Bojayá. La guerra sin límites. Bogotá: Taurus.