Andrés Fabián Henao

* Andrés Fabián Henao

Profesor Asistente del Departamento de Ciencia Política de la University of Massachusetts Boston. Doctor en Ciencias Políticas de la University of Massachusetts Amherst. Magíster en Filosofía y Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Tiene como áreas de trabajo la teoría política contemporánea, la tragedia Griega, la relación entre la teoría política y la literatura y los problemas de membresía política, democracia y agencia en el contexto actual de la globalización y el capitalismo tardío. Actualmente trabaja sobre la tragedia de Antígona, donde ofrece una lectura alternativa de la agencia política que tienen los inmigrantes indocumentados en su capacidad de cuestionar los límites de la democracia y las condiciones actuales de su membresía política, a partir de una reinterpretación del texto de Sófocles. Ha recibido becas de investigación en la Universidad de Massachusetts, Amherst y en la Universidad Nacional de Colombia, donde publicó Paramilitarismo, Desmovilización y Reinserción. La Ley de Justicia y Paz y sus implicaciones en la Cultura Política, la Ciudadanía y la Democracia en Colombia, con el profesor Oscar Mejía Quintana

La derrota de Toussaint durante la Guerra de Independencia así como su encarcelamiento y muerte en Europa se miran universalmente como una tragedia. Ellas contienen auténticos elementos de la tragedia en tanto que incluso durante la cumbre de la guerra Toussaint luchó por mantener la conexión con Francia como necesaria para Haití en su largo y difícil camino hacia la civilización. Convencido de que la esclavitud nunca sería restaurada en San Domingo, él estaba igualmente convencido que una población de esclavos recientemente llegados de África no podrían alcanzar la civilización mediante su ‘auto-gobierno’ (…)

La harmatia, el defecto trágico, que hemos construido desde Aristóteles, no era un defecto moral en el caso de Toussaint. Se trató de un error específico, un total sub-cálculo de los eventos. Pero aquello que se ha perdido por la libertad imaginativa y la creatividad lógica de los grandes dramaturgos es de cierto modo expiado por la actualidad histórica de dicho dilema” (mi traducción, James [1963] (1989: 287-292))

“Mackandal: No, tú no naciste cuando me obligaron a subir la pira al final de la plaza. Yo pude ver a los esclavos alineados. Se reían, reían. Yo había predicho que Mackandal no podía morir. Ellos se reían, mi General, y sabes, yo reía también. El verdugo me gritaba insultos, incapaz de entender. Yo me fui en medio del trueno que ahogó mis gritos. Esa risa era más fuerte que las llamas. Y tú no habías nacido aún, pero yo te vi parado ahí, tan real como el oficial que comandó el ¡redoble de los tambores! Las llamas te rodearon, de pie junto a mí en la plataforma. Aquí esta tu ejército, tu pueblo. Mira a Haití con su antiguo nombre, que más allá de la muerte ha conseguido amarrar los entramados del destino1

(Mi traducción, Glissant [1961] (2005: 120))

Tragedia y libertad

Primero el imperio francés, luego el británico, nuevamente el español, que siempre estuvo ahí para ver si volvía a ocupar la tierra de los taínos que para entonces ya había exterminado por completo. Una vez “libre” toda una panoplia de dictadores locales, y los que seguirían con el consentimiento del imperio norteamericano y la complicidad de las élites agro-industriales. Hoy, nuevamente, el pueblo de Haití vuelve a resistir y a luchar por su libertad. Así como sucedió con Bebe Dòk (Jean-Claude Duvalier) treinta años atrás, el presidente Michel Martelly tuvo que abandonar el cargo el pasado 7 de febrero como resultado de la protesta popular que se levantó contra la corrupción política de su régimen. Fiel simpatizante de la dictadura de los Duvalier, el prontuario anti-democrático de Martelly incluye: su apoyo al golpe militar contra el presidente Jean-Betrand Aristide en 1991; su amistad con el jefe de la policía nacional, Michel François, condenado en ausencia por la masacre de los simpatizantes de Aristide que al parecer le dejó a Martelly su apodo, Sweet Micky; su resoluto compromiso a reinstalar el poder militar que Aristide había abolido a principios de los noventa, cuando resultó elegido como presidente el 14 de mayo del 2011; y su propia autocracia cuando los términos de los oficiales electos se vencieron tras el fracaso de Martelly de organizar elecciones parlamentarias por 5 años, garantizando su absoluto gobierno por decreto. El pueblo haitiano dijo ¡Basta!, tras la selección a dedazo del desconocido agro-exportador bananero, Jovenel Moïse, como sucesor de Martelly a la presidencia, legitimada por los Estados Unidos, que rápidamente declararon las elecciones “accurate” a pesar de todas las irregularidades reportadas.

Una vez más el pueblo sale a la calle, ocupa el empobrecido espacio público que aún perdura, protesta contra el autoritarismo y afirma su libertad. Una vez más dicha libertad se afirma en medio de serias dudas por su permanencia. A la creciente e histórica dependencia de Haití con los Estados Unidos se suma hoy la dependencia del pueblo haitiano con la cooperación internacional, resultando en la más dramática “oenegeización” de la sociedad. Esta nueva forma de imperialismo “trickle-down” (por chorreo), como bien lo afirma Mark Schuller (2012: 183-4), ha terminado por reemplazar las decisiones colectivas en el espacio público con las decisiones privadas de los donantes internacionales, todavía más incisivas tras el terremoto del 12 de enero del 2012. Múltiples estructuras, cuyas historias se remontan a la dominación colonial y post-colonial, conspiran contra la consolidación de instituciones políticas que cultiven una libertad que no ha sido anunciada cuando ya resulta diferida. Es precisamente esa brecha entre la liberación y la libertad la que explica el recurso a la tragedia como la paradigmática eticidad de la post-colonialidad haitiana.

La tragedia post-colonial difiere de aquella que obsesionó al idealismo alemán en su intento por superar el incompatibilismo entre la determinación y la libertad, entre el libre albedrío del individuo moderno que escapa a los límites de lo que podemos conocer y la creciente incorporación de dicho individuo en un universo de leyes sociales y naturales que sobre-determinan sus acciones2 1980: 192-3)—que quiso ver en el héroe trágico la más sublime afirmación de la libertad precisamente porque se afirmaba con ocasión de su máxima ausencia, al sufrir voluntariamente un castigo por un crimen inevitable, no solo trazado por el destino sino también anunciado por el oráculo—ni aquella que celebró Hegel ([1807] 1976)—cuando presentó el conflicto social derivado de la parcialidad de las posiciones que los actores ocupan en la sociedad, Antígona y Creonte, no como accidental sino como constitutivo e integral a la formación ética de la sociedad.]. Tampoco se trata del otro sentido que ha adquirido la tragedia en su uso más coloquial pero etimológicamente equivocado, aquel de la ruina, la catástrofe y el infortunio. La tragedia post-colonial implica, en primer lugar, un quiebre con la visión teleológica de la historia como progreso, un retorno al carácter contingente de la condición humana que no prescribe un telos determinado e interpreta la acción humana como inscrita en un universo cambiante e incierto. Esta revalorización de la contingencia histórica pasa por problematizar el “post” de la post-colonialidad, que, como bien lo señaló Anne McClintock (1992: 86):

“reduce las culturas de las gentes más allá del colonialismo al tiempo preposicional. El término confiere al colonialismo el prestigio de la historia en sentido propio; colonialismo es la marca que determina la historia. Otras culturas solo comparten una relación cronológica o preposicional frente a esta Euro-centrada época que ya ha terminado (post-) o no ha comenzado aún (pre-). En otras palabras, las multitudinarias culturas del mundo aparecen señaladas, no por aquello que positivamente las distingue, sino por una relación subordinada y retrospectiva al tiempo lineal, al tiempo Europeo” (mi traducción).

La contingencia histórica que la tragedia celebra aparece, en el caso de la polis post-colonial, estructurada por una ausencia duplicada en el horizonte de la libertad, una que marca la primera afirmación de la libertad ilegible en el horizonte de sentido de la segunda. En otras palabras, se trata de una contingencia que hace imposible traducir la liberación en la libertad de acuerdo a los términos constitutivos de su eurocéntrica cronología. En 1963 C. L. R. James anunció el sentido trágico de dicho espíritu cuando afirmó, a propósito de Toussaint Louverture, que así como el héroe de la revolución haitiana no tenía duda alguna que la esclavitud no volvería jamás, tampoco dudaba que los recién liberados no podrían ejercer el auto-gobierno (ver epígrafe). La liberación de la lucha anti-colonial no tendría su conclusión en la libertad de una modernidad post-colonial finalmente alcanzada. Una forma de libertad que, como lo afirmó Hannah Arendt en On Revolution ([1963] (1990)), no consiste en estar libre de tiranía y opresión sino en la creación de instituciones políticas capaces de extender dicha libertad más allá de su efímera existencia en el heroísmo de la revuelta. En síntesis, una forma de libertad capaz de traducirse en democracia, en la consolidación de un espacio público capaz de darle voz al conflicto constitutivo de la sociedad en tanto expresión de su pluralidad. Dicha libertad, para volver a los términos de McClintock, solo figura en sentido preposicional, es decir, en la forma de un “post” infinitamente postergado.

La tragedia de Toussaint Louverture

1963, un año antes que Papa Dòk (François Duvalier) se auto-declarara “Presidente de por vida,” Aimé Césaire escribió su famosa parodia del régimen, titulada: La tragédie du roi Christophe3. Ese mismo año Vintage publicó la segunda edición revisada de uno de los más famosos estudios de la revolución haitiana, The Black Jacobins: Toussaint L’Ouverture and the San Domingo Revolution, de C. L. R. James. En dicha edición, como David Scott (2004) afirma de manera convincente, James cambió la forma narrativa bajo la cual interpretar el heroísmo de Toussaint, moviendo la historia del romance—que buscaba reivindicar el heroísmo históricamente descreditado de los jacobinos negros—a la tragedia—que en su lamento por la no-materialización de la promesa revolucionaria ofrecía un horizonte crítico de la realidad post-colonial de los sesenta. A diferencia del Toussaint que miraba hacia delante en 1938, y que cabalga más de prisa que Napoleón en su histórica carrera por alcanzar la libertad, el Toussaint de 1963 miraba hacia atrás—como el Angelus Novus de Paul Klee que tanto obsesionó a Walter Benjamin ([1940] 2007: 257)—para ahora entender a los jacobinos negros como conscriptos—no voluntarios—de la modernidad occidental. Dos años antes de que James cambiara el género dramático con el que entender la historia haitiana para confrontar los dilemas post-coloniales del Caribe en la emergente década revolucionaria de los sesenta—la de la revolución Cubana, el movimiento de los no-alineados y las exitosas guerras anti-coloniales de África y Asia—Édouard Glissant había preparado el terreno en el propio universo del teatro con la publicación de su tragedia, Monsieur Toussaint, en 1961, en la que Glissant reconocía su deuda tanto con James como con Césaire:

“En su histórico estudio, The Black Jacobins, C. L. R. James mantuvo que Toussaint L’Ouverture, padre de la emancipación de San Domingo, fue incapaz de permanecer en contacto con la revolución popular; por ello, una vez alcanzó la cúspide de su poder, se encontró abandonado por aquellos que había liberado de la servidumbre. En su Toussaint–Louverture, Aimé Césaire estuvo de acuerdo con la tesis de James pero la complementó postulando que Toussaint, consciente de la situación ya no estaba bajo su control e incapaz de tomar los pasos radicales para alcanzar la independencia, quizás convencido de que su presencia haría imposible la reconciliación entre los Negros y los Mulatos, e imbuido con un sentido trágico de su destino revolucionario, se sacrificó a sí mismo por la causa común y encontró en dicho sacrificio la consumación de su acción política” (mi traducción, [1961] (2005:15)).

El género de la tragedia supone una confrontación constante con la muerte, con aquello que se resiste a morir y que, como efecto de dicha resistencia, tiene la capacidad de replegar la historia para que el pasado revivido active un presente inerte contra la anticipación de un futuro ya anunciado. En este nuevo re-ensamble histórico, como lo sugiere Césaire, la vieja farsa del roi Christophe puede interrumpir la grotesca tragedia de Papa Dòk. Para que dicha repetición histórica efectúe su rol crítico en el presente, añade James haciéndole un guiño a Marx ([1851-2] (2004)) como el primer dramaturgo revolucionario de la historia, se debe cambiar el entramado. Toussaint habla desde ese nuevo entramado trágico en el incierto locus en que lo ubica Glissant, desde una infame celda en el Fuerte de Joux que nunca logra encerrarlo del todo. En el doble sentido anteriormente anunciado, la puesta en escena de Monsieur Toussaint materializa la confusión espacio-temporal del universo trágico: cada vez que la acción tiene lugar en Saint-Domingue y requiere la presencia de Toussaint, este se mueve hacia el espacio frente a la celda pero se entiende que nunca la abandona por completo. El escenario complica la frontera entre el mundo de la prisión en Francia y aquel de la revolución en la isla caribeña, complica la frontera entre lo colonial y lo post-colonial, entre el fin de la esclavitud y el comienzo de la libertad, entre la independencia frente al imperio y la sanción imperial de una onerosa deuda externa que hipoteca la auto-determinación soberana de su pueblo de manera indefinida4. Y en ese tiempo, que el Hamlet de Shakespeare inmortalizó como desquiciado, no dejan de emerger los fantasmas, el fantasma del rebelde Mackandal que durante la última escena visita a Toussaint, justo antes de su muerte, para decirle que ahí esta el pueblo, listo para amarrar una vez más los entramados del destino (ver epígrafe), como ha vuelto a hacerlo con la reciente revolución de febrero para ver si esta vez la tragedia no se repite.

La tragedia post-colonial de la Revolución Haitiana

En el epílogo de Conscripts of Modernity, Scott imagina un intercambio entre Arendt y James a propósito de la relación que ambos propusieron entre tragedia y revolución en 1963. Un intercambio en el que, como Scott (2004: 217) afirma, lo primero que James le habría cuestionado al intento de Arendt por ver en la tragedia el género dramático que conmemora y recuerda el espíritu revolucionario, es su propio olvido del lugar que la revolución haitiana ocupa en la historia de la modernidad. El libro de Arendt, organizado a partir de un contraste entre la revolución francesa y la revolución estadounidense, excluye por completo a la revolución haitiana. Arendt rechaza la revolución francesa que describe como representante de la liberación en su incapacidad de fundar una verdadera libertad al subordinar lo político a lo social, es decir, al subordinar la libertad que sobrevive en instituciones políticas capaz de extender su tiempo a la satisfacción inmediata de las necesidades del pueblo. Arendt celebra, por el contrario, a la revolución estadounidense que considera volcada hacia lo político y no hacia lo social, pero en cualquier caso incapaz de fomentar dicho espíritu revolucionario al no ser capaz de “establecer las condiciones cognitivas de ‘conmemoración’ de aquello que originalmente se propusieron realizar” (Scott, 2004: 216). Paradójicamente, las instituciones que habrían de preservar el espíritu libertario de dicha revolución estadounidense son las mismas instituciones que legalizaron la esclavitud en su Carta Política. La revolución francesa, por el contrario, declaró su abolición, pero solo lo hizo cuando los jacobinos negros de San Domingue visitaron la convención en 1794. Esa otra revolución, sin embargo, la que tradujo satisfactoriamente la primera libertad (la liberación) en instituciones que la hicieran perdurar en la futura abolición de la esclavitud en el mundo entero (la libertad) no es legible, mucho menos conmemorable, según las condiciones cognitivas de dicha modernidad política.

Es aquí donde la interpretación de Scott encuentra sus límites. Scott quiere ver en el largo comentario de James a la carta que Toussaint le envió al Directorio el 5 de noviembre de 1979 (en la que James descubre la genialidad política de Toussaint), su esfuerzo por demostrar a Toussaint en el incomparable rol del actor político que personifica la vita activa arendtiana. Pero Toussaint no puede personificar dicha vita porque las condiciones cognitivas de dicha vita activa residen, precisamente, en la de-politización de lo social que Toussaint sabe irreducible a la necesidad. Césaire, James y Glissant no leen a Toussaint y el esfuerzo del pueblo haitiano por ingresar en la historia política de la modernidad la confirmación de la tesis arendtiana. Su retorno a la tragedia reside precisamente en la capacidad que ella ofrece para problematizar esa constante imposibilidad de ingresar en la historia según los términos doblemente excluyentes de esa modernidad. Una modernidad que ocupa la brecha entre la liberación y la libertad mediante las políticas del “desarrollo”, la “ingeniera institucional”, la “ayuda humanitaria” a Haití y su re-establecida teleología del progreso, una vez más prescribiendo las suficientes condiciones de gobernabilidad para el pueblo haitiano, aquellas que finalmente garantizarán su libertad por siempre postergada. Dice James (1989: 198):

“Toussaint pudo defender la libertad de los negros sin reservación alguna, y esto le dio a su declaración una fuerza y resolución desconocidas en los grandes documentos de su tiempo. La burguesía francesa no pudo entenderlo. Correrían ríos de sangre antes de que el elevado discurso que Toussaint había escrito se entendiera no como grandilocuente ni como retórico sino simplemente como la sobria verdad” (mi traducción).

Los ríos de sangre no han dejado de correr y la burguesía sigue sin entender este irresoluto compromiso con la igualdad que constituye el compromiso político con el evento fundador de la revolución haitiana. Ni la libertad sigue a la liberación, como lo demostró la revolución estadounidense, ni la liberación anuncia la libertad, como lo demostró la revolución francesa. La contingencia histórica que vincula la una con la otra supone otro baile, al compás de otra obertura, una capaz de articularlas contra su proscrita euro-céntrica cronología, con la música revolucionaria del caribe negro que una vez más dice, en febrero de este año y en kreyòl: “Isit la se Rhodes, sote isit la!”

Literatura consultada

Arendt, Hannah. [1963] 1990. On Revolution. New York: Penguin.

Aristide, Jean-Bertrand. 2008. Toussaint L’Ouverture: The Haitian Revolution. New York: Verso.

Benjamin, Walter. [1940] 2007. Illuminations. New York: Schoken Books.

Blancpain, François. 2001. Un siècle de relations financières entre Haïti et la France (1825-1922). Paris: L’Harmattan.

Césaire, Aimé. 1962. Toussaint Louverture: La Révolution Française et le problème colonial. Présence africaine.

Césaire, Aimé. 1963. La tragédie du roi Christophe.

Dubois, Laurent. 2012. Haiti: The Aftershocks of History. New York: Picador.

Hegel, G. W. F. [1807] 1976. Phenomenology of Spirit. Oxford: Clarendon Press.

James, C. L. R. [1963] 1989. The Black Jacobins: Toussaint L’Ouverture and the San Domingo Revolution. Second Edition Revised. New York: Vintage.

Marx, Karl. [1851-2] 2004. The Eighteenth Brumaire of Louis Bonaparte. New York: International Publishers.

McClintock, Anne. 1992. “The Angel of Progress: The Pitfalls of the Term ‘Post-Colonialism’”, en: Social Text, No 31-32, pp. 84-98.

Schelling, F. W. J. [1794-6] 1980. The Unconditional in Human Knowledge: Four Early Essays 1794-1796. Lewisburg: Bucknell University Press.

Schuller, Mark. 2012. Killing with Kindness: Haiti, Internation Aid and NGOs. New Jersey: Rutgers University Press.

Scott, David. 2004. Conscripts of Modernity: The Tragedy of Colonial Enlightenment. Durham: Duke University Press.

  1. Uno de los primeros y más famosos líderes de la rebelión, una suerte de micro-obertura revolucionaria, el negro Mackandal de Guinea, previamente esclavizado en el distrito de Limbé, organizó una de las más famosas resistencias colectivas contra el poder colonial. La revuelta consistía en envenenar el agua que consumían los blancos para asesinarlos mientras batallaban con las convulsiones. Gran orador y líder revolucionario, el plan de Mackandal nunca se materializó, pero la acción sobrevivió en la memoria colectiva que contribuyó a recrear el mito de su escape cuando los franceses lo quemaron vivo por atreverse a realizar lo irrealizable.
  2. No se trata, en este sentido, ni de la tragedia griega que revivió Schelling ([1794-6
  3. Al igual que Papa Dòk, Christophe también se relamió en grandilocuentes títulos, auto-proclamándose “Rey del Norte de Haití” cuando gobernada la mitad del país desde la ciudad de Le Cap tras el asesinato de Dessalines a comienzos de 1806. El sur le había quedado al general Alexander Pétion, principal organizador del complot contra Dessalines y previamente exiliado en Francia por haber apoyado la rebelión de André Rigaud contra Toussaint Louverture.
  4. Es imposible dar cuenta en este artículo de los múltiples efectos que continúa ejerciendo la histórica deuda que le fue impuesta a Haití, la estrategia re-colonizadora del imperio francés en el mundo de la post-colonialidad haitiana. De acuerdo con Víctor Schoelcher, los 90 millones de francos que Francia le obligó a pagar a Haití, cuando Napoleón sufrió la última derrota militar en 1825, supuso que para la década de 1830 30% del presupuesto haitiano estaba destinado a pagar por su libertad, otro 50% lo destinaba Haití para inversión militar ante las continuas amenazas a su soberanía, lo que ni siquiera dejaba un 20% para inversión social, infraestructura, etc. El dominio económico post-colonial francés fue tal, durante todo el siglo XIX, que Francia era la dueña real del Banco Nacional Haitiano, fundado en 1888, un control externo que cambió cuando los Estados Unidos sustituyeron al imperio Francés en el siglo XX. En el 2004 Aristide calculó la verdadera deuda, la que Francia le debía a Haití, en 21 billones de dólares. Ver Aristide (2008: 30-36), Dubois (2012: 87-164) y Blancpain (2001: 24).