Susana Barradas

* Susana Barradas

Doctora en Psicología de la Universidad de los Andes, Colombia. Psicóloga y Magíster en Psicología de la Salud de la Universidad de Lisboa, Portugal. Profesora de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Externado de Colombia. Integrante del grupo de investigación EpiAndes de la Universidad de los Andes. Sus intereses de investigación son la Psicología de la Salud, la Salud Pública, la Promoción de la Salud y los Estudios sobre pobreza y desigualdades en salud

Las cifras del último informe de medicina legal sobre violencia de género en Colombia son difíciles de olvidar: hay un promedio de cuatro mujeres asesinadas al día en el país, y la impunidad de estos crímenes es cercana al 90%1. Más aún, de los 68.230 casos de violencia intrafamiliar reportados en el año 2013, el 66% se relacionaron con violencia de pareja y, de estos últimos, el 78% de las víctimas fueron mujeres2. Cuando no terminan con la muerte, las agresiones van desde el abuso sexual a agresiones físicas, psicológicas y emocionales de todo tipo. Sabiendo que no existe justificación posible para estos crímenes, cabe sin duda preguntarnos qué aspectos de nuestra sociedad permiten que estos patrones de violencia se reproduzcan de manera transgeneracional y cíclica, y también cuales son los procesos de construcción social inherentes a su perpetuación.

En primer lugar, es importante entender que la violencia de género, lejos de tratarse de un asunto con una causa única y de carácter meramente interrelacional, es el reflejo de una estructura social desigual, y que esa violencia sirve en gran medida para perpetuar la condición de subordinación de la mujer en el ámbito de la misma. Siendo que las cifras presentadas anteriormente dan cuenta de que la mujer es la víctima más común en los casos de violencia al interior de la pareja, es inevitable relacionar estas dinámicas con la distribución inequitativa de poder entre el género femenino y el masculino. En esa línea de ideas, la violencia de género aparecería entonces como la manifestación patológica de una estructura social injusta en sus dinámicas; y cualquier iniciativa para enfrentar este fenómeno psicosocial tendría que pasar necesariamente por el fortalecimiento de relaciones igualitarias entre hombres y mujeres en materia económica, política y social.

En segundo lugar, vivimos en una sociedad en la cual imperan estereotipos basados en roles tradicionales de género. Esos modelos de contundente ruptura y que polarizan el sentido de lo masculino y de lo femenino dan lugar a creencias machistas capaces de explicar las agresiones en contra de la mujer.

Los elementos de desigualdad y perpetuación de las agresiones no se gestan solamente en el ámbito de la vida privada ya que son a menudo respaldados institucional y jurídicamente. Si no, pensemos por ejemplo en las diferencias salariales entre hombres y mujeres, o en la denominación de “crimen pasional” para hacer referencia a algunos feminicidios. Por otra parte, bien entrado el siglo XX, la justicia en Colombia todavía justificaba las agresiones contra la mujer por delito de adulterio, consideraba inimputables quienes cometían esas agresiones tras evaluaciones de enajenación mental o emocional, y aceptaba como atenuante en esos casos la ira reportada por el hombre en casos de adulterio3Si bien el presidente Santos sancionó la Ley contra el Feminicidio en Colombia el año pasado (Ley Rosa Elvira Cely), vale la pena preguntarnos cuántos de estos elementos persisten en nuestro sentido común y gozan de cierta aceptación en la norma social que compartimos. Vale la pena cuestionarnos sobre el grado de pasividad con el que hemos aceptado estas violencias hasta el punto de invisibilizarlas y normalizarlas por compartir la creencia de que “la ropa sucia se lava en casa”. Si las violencias en contra de la mujer han sido históricamente ignoradas, es probable que en algún punto de ese proceso tengamos alguna responsabilidad.

Si bien la perspectiva de género no es el único fundamento teórico para entender la complejidad de esas agresiones, esta es un pilar sin duda necesario para acercarnos al fenómeno y para, a partir de allí, desarrollar acciones de intervención y prevención. En el marco de la atención a la víctima, sabemos que es clave brindarle una ruta de apoyo integral que evite exponer a la mujer a escenarios de revictimización, así como oportunidades de protección inmediata a ellas y a sus hijos. En el ámbito de las acciones preventivas, es imperativo el desmonte de creencias que justifican la violencia en contra de la mujer. Para eso, debemos ser más sensibles a los micromachismos, muchas veces imperceptibles y casi siempre consentidos, y que son la base de la perpetuación de unas expectativas de género inadaptadas y nocivas.

Por último, debemos propender por la promoción de políticas inclusivas y afirmativas en lo social, lo económico y lo político ya que si eso no está garantizado es muy difícil pensar en verdaderos ejercicios de empoderamiento de la mujer.

  1. Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses (2015). Comportamiento de la violencia intrafamiliar Colombia 2014 . Forensis 2014: datos para la vida, 16(1), 180-237.
  2. Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses (2013). Comportamiento de la violencia intrafamiliar Colombia 2013. Forensis, 15(1), 335-420.
  3. Ariza, A. (2013). “Del amor y otros demonios”: una aproximación a la violencia intrafamiliar contra la mujer desde el enfoque de cultura ciudadana. Forensis, 15(1), 403-420.