Christian Fajardo

* Christian Fajardo

Doctor en Filosofía de la Universidad de los Andes. Magíster en Filosofía de la misma Universidad y politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente es profesor de la Pontificia Universidad Javeriana y de la Universidad de los Andes. Sus intereses giran alrededor de la filosofía política contemporánea y de las tensiones entre sociología y filosofía.

Hasta que no seamos conscientes del poder que tienen los Estados y, más aún, de los funcionarios que hacen parte de ellos y les dan vida, no vamos a poder comprender la magnitud y el calibre de una violencia que se ha desplegado sin temor y sin piedad por todo nuestro país.

Tomemos el ejemplo de la “Operación Génesis” que se llevó a cabo en febrero de 1997 por la Brigada 17 del ejército bajo la influencia de su jefe de inteligencia, el ex-oficial Jorge Eliecer Plazas Acevedo y del general Rito Alejo del Río. Recordemos que, según ya varios testimonios, Plazas Acevedo, se reunió con la “Casa Castaño” para poner en marcha operaciones conjuntas entre paramilitares y soldados con el fin de atacar el frente 57 de las Farc-EP. El resultado fue el de siempre: se terminó atacando bajo la modalidad de una guerra sucia a la población civil, dejando un saldo de más de cuatro mil desplazados en el bajo Atrato chocoano. Estos escuadrones estatales y paraestatales se tomaron sólo tres días -¡sólo tres días!- apara llevar a cabo, sin lugar a dudas, una de las más temibles operaciones de muerte del conflicto armado colombiano.

El prontuario de Plazas Acevedo no acabó ahí. En el mes de julio del mismo año coordinó el despegue de un avión comercial que llevaba a 30 paramilitares, quienes se unirían con otros 150 en Mapiripán para perpetrar así otro de los vergonzosos crímenes que se suma a la larga lista de carnicerías humanas que el Estado colombiano promovió. Y para confirmar su activo papel en las empresas de la muerte del Estado, se puede asegurar ahora, que fue él quien llevó a cabo los seguimientos a Jaime Garzón que facilitarían su rápido y efectivo asesinato. En asocio con los paramilitares, el ex-oficial alojó en su casa a los sicarios que dispararon a Garzón, es decir, a Álex Sanpedro y alias “Yilmar”, quienes posteriormente fueron secuestrados en asocio con Mauricio Santoyo –exjefe de seguridad de Álvaro Uribe- para entregárselos a “Don Berna” y ser luego desaparecidos.

¿Cómo pudo ocurrir que un oficial de inteligencia haya pasado por las altas esferas del Ejército promoviendo y llevando a cabo crímenes de Estado como si se tratase de un juego? ¿No resultan cuestionables las atribuciones que tiene un funcionario de Estado? Los hechos prueban una hipótesis absurda que ha sido una y otra vez confirmada en la historia del conflicto armado en Colombia: el odio, la mala educación y la sevicia de una sola persona con poder puede poner a correr ríos de sangre en una población que ellos, como funcionarios públicos, debieron haber defendido.

Muchos dicen que todo esto se justifica porque estamos en guerra. Además sostienen que las guerrillas son los grandes males que han creado estos monstruos asesinos de poblaciones inocentes y por eso habría que asumir a los alzados en armas como únicos responsables de nuestra violencia, incluyendo la carnicería paramilitar. Pero esta visión miope se equivoca porque, como nos lo han repetido una y otra vez pensadores como William Ospina, fueron los viejos liberales y conservadores, es decir, fueron los Santos, los Gómez, los Uribes de antaño quienes mataron a Gaitán, quienes promovieron guerras y quienes crearon el caldo de cultivo para que se gestara un conjunto de organizaciones armadas que, si bien han sido responsables de muchos crímenes, no son el origen, sino el síntoma de que algo anda mal en nuestro tejido social.

El caso del ex-oficial es sólo un caso ejemplar entre miles, es la muestra de cómo una élite de poseedores de tierras, de medios de comunicación y de capital financiero ha usado al peligroso Leviatán para arropar sus privilegios. Muchos dicen que es simplista la tesis de que el Estado es un mero instrumento con el que una clase dirigente se impone sobre los demás para hacer valer sus intereses como intereses generales de toda una población, pero nuestra historia cada vez da cuenta de que el Estado no ha sido más que un instrumento con el que presidentes y oficiales han contado para hacer valer su propia visión de la realidad, a través no solo del monopolio legítimo de la violencia, sino también de bandas de mercenarios y carniceros humanos.

¿Debemos promover un Estado en el que no se entrometan fuerzas oscuras? ¿Es útil ver ejemplos de Estados exitosos para que el nuestro deje de acudir a todos los medios para hacer valer los intereses de unos pocos?, ¿es plausible pensar al Estado criminal como un estado enfermo por funcionarios corrompidos por el poder?, ¿cómo evitar que nuevos Santoyos y Plazas Acevedos intervengan de una forma tan desproporcionada en nuestro mundo común?

El imperativo en nuestra coyuntura actual ya lo anotaba Ospina1: quizá se deba evitar que sean los Santos o los Uribes los “arrogantes dueños de sus soluciones”. Hasta que no dejemos de creer que son “los mismos de siempre” los que tienen las soluciones a los problemas de nuestro país en su bolsillo, no vamos a parar este círculo absurdo en el que los que deciden siempre son aquellos que han traído los males que padecemos. Es necesario que asumamos las consecuencias de un país en paz y dejemos de pensar que el que piensa diferente es una suerte de cuasi-humano o cuasi-persona que merece el escarnio e incluso la muerte.

La paz no es la ausencia de conflicto, es el modo más sensato de concebir el conflicto humano y lograr asumir a ese otro oculto en las selvas que aparecía y desaparecía alimentando una guerra infinita. La paz consiste en ver a seres tan animalizados en la época Uribe como auténticos seres humanos que nos puedan contar su historia, sus padecimientos e incluso sus crímenes. Comprender las causas de una guerra escuchando las voces y las propuestas de los “salvajes” que no son meramente los guerrilleros, sino también los que piensan el rumbo común de otra manera; es el imperativo de nuestra época y el medio para dejar de ver “a los de siempre” desde abajo. El Estado colombiano ha sido verdaderamente un criminal. Se ha aliado con comerciantes de vidas y de sangre para mantener el estado de cosas actual y hacernos creer que la frontera entre pobres y ricos es una especie de dato natural que debemos asumir con resignación.