Hernán Alejandro Cortés

* Hernán Alejandro Cortés

Estudiante del Doctorado en Filosofía y Magíster en Filosofía de la Universidad de los Andes; Licenciado en filosofía de la Universidad Santo Tomás. Ha sido profesor de la Universidad de los Andes, la Universidad Jorge Tadeo Lozano y la Universidad San Buenaventura. Actualmente es becario de la Universidad de los Andes e investigador de REC-Latinoamérica. Es autor del libro: El animal diseñado: Sloterdijk y la onto-genealogía de lo humano (2013). Su campo de investigación es la filosofía política y latinoamericana. Su proyecto doctoral se concentra en el problema de lo común en el marco de las discusiones sobre la ontología política en autores como Laclau, Žižek y Castro-Gómez.

En el capítulo dos de la segunda temporada de la famosa serie norteamericana House of Cards, el temido congresista Frank Underwood mira a la cámara por un instante; con su mano en la Constitución y haciendo el juramento para asumir como vicepresidente de los Estados Unidos, deja salir de su boca una lapidaria frase que bien podría servir como sentencia de bienvenida en el congreso colombiano: “democracy is so overrated” (la democracia está sobrevalorada). Underwood sabe que el ejercicio democrático no es una cosa diferente a una puesta en escena, en la que se aparenta realizar una tarea en pro de la universalidad, de lo común. Este astuto “político” sabe muy bien que la democracia no es otra cosa que un juego entre las corporaciones económicas, las élites y la ciudadanía, en la que, unos ignoran las reglas que los otros plantean. Aludiendo a una especie de antropología negativa, la política expuesta en House of Cards no es otra cosa que la de “hunt or be hunted” (cazar o ser cazado).

El personaje de esta serie da clases de lo que llamamos realpolitik. La dinámica de votos, de bancadas, de asociaciones y traiciones se va entretejiendo en una trama que, sin lugar a dudas, resulta fascinante para el espectador. Sin embargo, lo que hace la serie al exponer el conjunto de relaciones que se tejen entre los funcionarios del gobierno es dejar intacta la reciprocidad que estos tienen con el primer constituyente, pues abandona de entrada lo que el demos tiene que decir en el juego de la democracia; entonces, ¿qué significa que la democracia esté “sobrevalorada”? Si hacemos caso a la sentencia, lo que nos queda por delante es admitir que el juego de las instituciones ha desgastado el escenario de lo político, a tal punto que ha convertido en obsoleto el ejercicio representacional de delegación del poder y lo ha cambiado por un juego de asociaciones que están mediadas por nuevas formas de legitimidad. Votar, participar, hablar e indignarse resultan ser acciones risibles para quienes están en las entrañas del juego institucional, pues, hasta el más obtuso liberal debe reconocer que en las entrañas de la institución las decisiones se toman basadas en los principios de interés y alianza. Lo más preocupante de todo es que lo que se expone en la serie es superado con creces en la realidad, sobre todo, si nos referimos al juego de poderes del aparato institucional colombiano.

En Colombia la democracia está sobrevalorada por quienes detentan el poder. La mayoría de los “políticos de turno” colombianos saben que el juego de la democracia les permite pasar por encima del primer constituyente, en sus acciones, su lenguaje y sus formas de vivir demuestran que en la práctica la democracia recibe un valor desmesurado, pues saben bien que las alianzas estratégicas para que los proyectos salgan a flote no dependen del demos y que los intereses de éste solo son representativos cuando la legitimidad estratégica de las urnas aparece. Estos “políticos de turno” no solo sobrevaloran la democracia, sino que la desprecian, se burlan de los ciudadanos de a pie todos los días y, con cada acción, se han tomado el Estado convirtiéndolo en un club privado. Los colombianos sobrevaloramos la democracia, pues se la hemos entregado a unos pocos.

Los ciudadanos de a pie hemos caído en lo que Sloterdijk y Žižek llaman la falsa conciencia ilustrada: “sabemos muy bien lo que pasa, pero aún así seguimos haciéndolo”. Lo que hoy sabemos los colombianos es que la democracia está sobrevalorada, que no funciona y que tiene serios problemas en su aparataje institucional y, pese a saberlo tan bien, no hacemos una cosa diferente a quedar enmudecidos logrando que las cosas se queden tal cual. Con contadas excepciones, el juego institucional de la democracia opera como el partido de barrio en la calle: está el dueño del balón, se destacan los lideratos, se escoge a los mejores y, siempre, queda aquel con quien nadie quiere jugar, el que por sus habilidades, o por su condición física, no resulta apto para ganar la competencia. Esta sencilla metáfora contiene todo eso de lo que hablamos en torno a la democracia: un dueño del balón, sin quien los lideratos no serían posibles; un juego de estrategia para hacer las mejores alianzas; un excedente que se queda sin parte; un premio para el mejor equipo, y, finalmente, una apropiación de lo que es de todos para la diversión de una minoría.

No quiero criticar aquí la emoción que suscitan los juegos de barrio con los que crecí, pero quiero usar esta imagen, con la que nos identificamos, para ver cómo es que el juego institucional de la democracia está siempre en nuestra contra. Los carteles mafiosos que se han tomado las instituciones son los dueños del balón, solo se juega cuando ellos deciden, solo hay balón para el juego cuando hay recursos para que este ruede; de la mano de los medios de comunicación, destacan sus liderazgos y se encargan de que la premisa de “hunt or be hunted” (cazar o ser cazado) sea el principio fundamental de las apuestas estratégicas que se entablan al interior del juego, pues todo el tiempo tienen en mente que de lo que se trata es de ganar el juego, cueste lo que cueste. De esa manera, dejan a los otros como sujetos sin parte (como diría Rancière), mientras usan lo de todos para su propio regocijo. La democracia está sobrevalorada por unos y otros, cargada de significados, expuesta al vacío.

Y es justo en ese vacío en el que debemos actuar, trabajar y pensar de manera creativa. Lo primero que hay que hacer en este juego en el que no se tiene parte es agudizar el conflicto social, exponer y desnudar a esa casta mafiosa que se ha tomado las instituciones para su beneficio, con el fin de hacerle frente a las reglas del juego y extender la calle para el regocijo de todos. En este sentido, los movimientos sociales en América Latina, el 15M y, hoy, Podemos en España, han levantado su voz con una consigna justa y precisa: ¡No nos representan!, agudizar el conflicto significa cerrar la brecha entre nuestro cinismo y nuestra acción y para ello hay que hacer saber que ¡no nos representan!, nuestra primera tarea para re-valorar la democracia consiste en enterrar nuestra indiferencia y organizar nuestra indignación, extender la calle para que existan cuantos partidos queramos, para que los balones rueden sin que exista un solo dueño. Para re-pensar la democracia es necesario que nos deshagamos de nuestros viejas creencias, incluyendo esa de cazar o ser cazados, y logremos consolidar una acción conjunta que le apunte a crear un horizonte común de expectativas. El trabajo es difícil porque significa des-hacernos para percibirnos como parte de los sin-parte, significa entrar a la cancha improvisada, re-inventar el juego para que nadie quede fuera, tomarnos la calle para que todos esos Underwood que hoy pasean en caravanas de camionetas blindadas por la ciudad tiemblen, pues las calles son de todos: ¡No nos representan!