Santiago Gómez Obando

* Santiago Gómez Obando

Educador popular. Miembro del Colectivo Dimensión Educativa y del grupo de investigación en Teoría Política Contemporánea (Teopoco). Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, especialista en pedagogía de la Universidad Pedagógica Nacional, y magister en desarrollo educativo y social de la misma institución educativa. Actualmente es estudiante del doctorado en Estudios Políticos y Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional de Colombia, y se desempeña como docente en el Departamento de Ciencia Política de dicho centro educativo.

Texto formulado a manera de respuesta al artículo de Mauricio García Villegas, publicado en El Espectador el día 18 de marzo de 2016.

En la respuesta del profesor Mauricio García a la crítica realizada por Sebastián Espinosa, respecto a su postura sobre la celebración de la Semana Camilo Torres en la Universidad Nacional de Colombia, publicada en el periódico El Espectador el pasado 18 de marzo, creo distinguir dos ideas fuerza: 1) la mejor producción teórica es aquella que se apoya en datos empíricos para respaldar lo que afirma y, 2) las investigaciones que hacen uso de los métodos cuantitativos tienden a ser más potentes. A continuación, me propongo presentar brevemente mis puntos de vista al respecto.

a. ¿La mejor producción teórica es aquella que se apoya en datos empíricos?

Durante el encuentro de Tübingen (1961), convocado por iniciativa de la Sociedad Alemana de Sociología, se presentó un vibrante debate entre Karl Popper y Theodor Adorno, relacionado con el estatuto epistemológico de las ciencias sociales. En lo que atañe específicamente a los límites del empirismo, Adorno (1973) planteó lo siguiente: 1. La comprensión de los hechos particulares sólo es posible si se los relaciona con la totalidad social –esto quiere decir que, los procesos y fenómenos individualmente considerados no son más que la síntesis particular del conjunto de relaciones sociales que los constituyen-, 2. La imposibilidad de comprobar empíricamente la totalidad de lo social obliga a la sociología a mantener diálogos permanentes con la filosofía1. Al respecto, se plantea que “no hay experimento capaz de probar fehacientemente la dependencia de todo fenómeno social respecto de la totalidad, en la medida en que el todo, que preforma los fenómenos tangibles, jamás resultará aprehensible mediante métodos particulares de ensayo” (p. 129)- y, 3. Teniendo en cuenta que los hechos sociales se encuentran mediados por la totalidad social (ver punto 1), la sociología no puede renunciar a tener un momento de anticipación a la observación -es decir, un momento “especulativo” de elaboración de ensayos científicos-, en el que se debata teóricamente la manera como la realidad de lo social está mediada por “una apariencia socialmente necesaria” (p. 132) que asegura la dominación.

A riesgo de ser señalado y condenado como marxista-posmoderno por el profesor García, quisiera señalar sucintamente a manera de ilustración, cómo se expresan dichos límites en uno de los campos de la teoría política. Para un autor empirista como Robert Dahl (1957), por ejemplo, el poder debe comprenderse a partir de la observación de una relación social de tipo presencial, en la que un actor emprende una tentativa coronada por el éxito, mediante la cual logra que su contraparte haga algo que, de otra manera no haría. Esta conceptualización podría cuestionarse desde los planteamientos teóricos de autorxs como Spinoza, Marx, Bourdieu, Foucault o Butler, teniendo en cuenta que, para ellxs, el poder solamente es aprehensible a partir de la comprensión de la totalidad de relaciones y formas de cristalización institucional en las que se producen y son producidos los sujetos. Por lo tanto, la observación y medición del poder en situaciones específicas, solamente se lograría a partir del desconocimiento de la multiplicidad de redes de relación que median y condicionan las interacciones concretas y presenciales entre dos o más actores sociales.

La primacía que García le otorga a la teoría que se fundamenta y basa en estudios empíricos, en consecuencia, no es más que un juicio de valor (sin ningún tipo de sustento empírico o siquiera teórico), en el que se afirma ideológica y normativamente, cuál es el tipo de ciencia y teoría que resulta mejor y más conveniente. Los estudios empíricos de tipo cuantitativo y cualitativo (García pareciera asociar los datos empíricos únicamente a los métodos cuantitativos), resultan ser herramientas útiles para construir teorías intermedias, para contrastar los hechos con la teoría, y para teorizar a partir de la reflexión sobre los resultados de las investigaciones. Sin embargo, el desconocimiento de aquellos procesos y relaciones que solamente pueden comprenderse y/o explicarse de manera sistémica (piénsese en fenómenos como la explotación, las relaciones sociales de producción de la vida material, la construcción normada de los sexos y los géneros, la violencia simbólica o los procesos de subjetivación), podría contribuir al empobrecimiento, despolitización y encubrimiento teórico.

b. ¿las investigaciones que hacen uso de los métodos cuantitativos tienden a ser más potentes?

Definir la prevalencia de un tipo de investigación sobre otras de manera abstracta y general, lo único que pone en evidencia son los prejuicios del investigador en relación con lo que considera y valida como más “científico”. Al respecto, considero que el problema de investigación es el factor que debería incidir directamente sobre el tipo de método y modalidad investigativa que se emplea para producir conocimiento. Por ejemplo, si lo que se busca es medir el goce efectivo de los derechos de un grupo poblacional, establecer el porcentaje de cobertura y/o acceso a un determinado bien o servicio, formular comparaciones entre los indicadores de violencia directa en un continente, o conocer los cambios demográficos en una región o país, lo más lógico es realizar investigaciones y teoría de corte cuantitativo. Por el contrario, si lo que se busca es conocer las estructuras de sentido de lxs sujetos que deciden integrar un determinado actor colectivo, sistematizar una experiencia, reconstruir la memoria colectiva de un barrio, o hacer una historia conceptual de lo político, lo más conveniente es realizar investigaciones y teoría de corte cualitativo.

Pese a que el paradigma interpretativo-cualitativo en las ciencias sociales, posibilitó la emergencia de una manera de producir conocimiento científico en la que se le otorgó mayor peso a la comprensión sobre la explicación, a los hechos particulares sobre las leyes generales, al conocimiento en profundidad sobre la generalización, y a la pluralidad metodológica en oposición al monismo metodológico -lo cual permitió la irrupción y emergencia de enfoques investigativos como la hermenéutica y, posteriormente, de la fenomenología, etnografía, interaccionismo simbólico, etnometodología, teoría fundamentada e Investigación Acción Participativa, entre otros-, no se puede desconocer la capacidad explicativa que tienen muchas modalidades e investigaciones de corte cuantitativo. Sin embargo, eso no quiere decir que, el aumento de potencia crítica en la producción investigativa de las universidades públicas, guarde relación directa con el supuesto respaldo que los datos empíricos y los métodos cuantitativos le otorgarían per se a las investigaciones, como pareciera sugerir de manera sesgada García en su artículo.

c. Defensa de la semana Camilo Torres en la Universidad Nacional:

Lo que suscitó el escrito de Sebastián Espinosa fue la crítica realizada por García a la realización de la semana Camilo Torres en la Universidad Nacional. En este sentido, al leer el final del texto de Sebastián, recordé algo que me dijo una amiga española hace unos años cuando me regaló una pequeña réplica de una pintura de Rafael Alberti: “Somos un pueblo tan pequeño y miserable que nos cuesta aceptar que un mismo hombre pueda ser bueno en dos cosas. Alberti es recordado únicamente como escritor, porque todavía no hemos podido digerir que también pudiera pintar”.

Considero que con Camilo Torres Restrepo sucede lo mismo. La mirada dicotómica con la que tendemos a observar la realidad –vestigio de la herencia colonial que nos deja la modernidad dominante con la que hemos aprendido, en parte, a pensarnos-, nos dificulta comprender, en este caso, la interseccionalidad y heterodoxia con la que Camilo vivió su vocación religiosa, su quehacer científico y su militancia política. Tal vez, por esta razón, es que nos cuesta tanto aceptar la manera en que la fe (empírica y cuantitativa) de Camilo en la ciencia, lo llevó progresivamente a cuestionar los privilegios económicos y políticos de la iglesia como institución. Así mismo, nos resulta difícil comprender la manera en que ese espacio de encuentro político, cultural y académico que fue y sigue siendo la Universidad Nacional, incidió en la manera como Camilo fue reelaborando su apuesta de compromiso y servicio con todxs aquellos que hacían parte del grupo de presión mayoritario (categoría sociológica que construyó para proponer su propia teoría de la democracia). Finalmente, tenemos problemas para comprender la manera en que su vivencia humanista de la religión, lo llevó a plantear, hasta las últimas consecuencias, los problemas de la ética tanto en el campo de la ciencia como en el de la política.

Camilo es un referente para lxs religiosos comprometidos con el cambio (el gran precursor de la Teología de la Liberación), para lxs científicos políticamente comprometidos con el cambio (Orlando Fals Borda, por ejemplo, siempre lo consideró como uno de los grandes precursores de la Sociología de la Liberación), y para lxs políticos éticamente comprometidos con el cambio (nuevamente, fue Fals quien le otorgó el título de “subvertor moral”). Por consiguiente, este sacerdote–investigador–intelectual-líder social-guerrillero no sólo hace parte de la historia y la memoria colectiva de la Universidad Nacional, sino que además su pensamiento y acción, han sido fuente de inspiración ética, investigativa y política para varias generaciones de latinoamericanxs.

Pd: Aprovecho este espacio para enviar mis condolencias a Mauricio García por la reciente muerte de su padre.

BIBLIOGRAFÍA

-Adorno, Theodor (comp.) (1973). La disputa del positivismo en la sociología alemana. Grijalbo. Barcelona.

-Dahl, Robert. (1957), «The Concept of Power». En: Behavioral Science No. 2, pp. 201-215. 

  1. Esto para Popper sería una postura pseudocientífica.