Sergio Felipe Ayala

* Sergio Felipe Ayala

Politólogo e Historiador de la Universidad Nacional de Colombia. Maestría en Filosofía de la Universidad de los Andes. Estudiante de maestría en economía política en el King's College London. Miembro del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea - TEOPOCO de la Universidad Nacional de Colombia. Mis principales intereses de investigación se desarrollan, por un lado, en la teoría política en torno a temas de participación política y democracia, y por otro, en investigaciones interdisciplinares sobre conflictos politico-económicos en Colombia.

Frente a todo el escándalo en torno a la detención de Santiago Uribe Vélez, Álvaro Uribe se emplazó fuertemente en una tesis defendida con una actitud que, a juicio de un incauto, encarnaría la más profunda dignidad de cualquier víctima de este conflicto histórico: a Santiago no lo cogieron por ningún crimen distinto al de ser pariente suyo. Más simplemente, a Santiago lo cogieron por ser su hermano.

Por eso para Uribe la Fiscalía acusa a Santiago solamente bajo el hecho de que Montealegre es “un político rabioso con capacidad de meter a la cárcel”, un atropello perpetrado a solicitud de la obsesiva persecución del gobierno de Santos a la oposición del Centro Democrático. En palabras del expresidente: “Santiago Uribe, hoy preso político, ha comparecido a todas las citas de la justicia desde 1996 (…) ¿Por qué y cuándo acusan a Santiago? Los delitos reseñados sucedieron antes de mi ejercicio como Gobernador que se inició el dos de enero de 1995. El nombre de Santiago fue mencionado como autor de esos delitos en 1996, nunca antes. Para acusarlo, solamente tenía la connotación de ser mi hermano”1.

Pocos días después de la espectacular captura, semana.com publicaba un perfil general sobre Santiago2 en donde se incluía una ilustrativa historia de la infancia de los hermanos, que cuenta una relación cuya inocencia podría apelarse una vez vista la forma bajo la cual esta era concebida en sus orígenes más precoces: “Desde muy niños, cuando usaban pantalones cortos, cada vez que les preguntaban a qué se iban a dedicar cuando grandes, cada uno contestaba siempre de la misma manera. El joven Álvaro no dudaba en afirmar: “presidente de la República”. Santiago lo miraba y también respondía sin dudar: “yo, hermano del presidente de la República”.

Aún viejos y con pantalones largos la situación no ha cambiado. El mayor orgullo de Uribe es el de haberse convertido en el mesiánico líder redentor de un país de caudillos y armas, logro con consecuencias importantes como la de ser presidente. El de Santiago es más modesto pero por extensión igualmente importante: ser su hermano. De acá se pueden extraer un par de preguntas en inicio retóricas: si, según Uribe, Santiago es inocente en calidad de hermano menor, ¿la responsabilidad recae entonces en el hermano mayor? Y si, aventurándonos a dar un parte afirmativo a la respuesta, la responsabilidad es del hermano mayor, ¿de verdad quedan completamente exentos de responsabilidad los hermanos menores?

Lo interesante de todo esto es que de la propia tesis de Uribe se puede esbozar el camino hacia una conclusión que desde hace un buen tiempo viene siendo cada vez más necesaria para el país: que en el oscuro capítulo histórico llamado paramilitarismo hay una cadena de responsabilidades con responsables políticos muy altos y que en la cúspide de esa cadena de responsabilidades hay un gran hermano mayor, otrora presidente, que debe darle la cara a Colombia. Pero que, pese a la jerarquía de responsabilidades políticas e intelectuales, los hermanos menores siguen siendo igualmente responsables de sus actos.

No se trata entonces de que los paramilitares y los guerrilleros estuvieran contra Santiago. No es una conspiración de Don Mario queriendo asociar la limpieza social en Yarumal a un respetable caballista con acciones minoritarias en la hacienda La Carolina. Tampoco se trata de que una vez montada esa primera farsa empezaran a haber retaliaciones de parte de otros bandos. Uribe afirmaba, por ejemplo, que la guerrilla “le destruyó una pequeña finca en La Unión, Antioquia, acusándolo de ser mi hermano”3.

Pero tampoco se trata de una institucionalidad entera en contra de Santiago. No sería correcto decir, justo como lo sostiene Uribe, que hay toda una generación de fiscales volcados al terror hacia su familia. La afirmación adquiere un halo todavía más patético cuando Oscar Iván Zuluaga escapa del país y deja una gran polvareda para ir a la búsqueda de medidas cautelares para Santiago, pues, según él, “la Fiscalía durante 20 años [realizó] una investigación constitutiva de una dilación indebida, lo que ha afectado la presunción de inocencia de Santiago Uribe. No vamos a seguir permitiendo que la Fiscalía condene informalmente a los miembros de la oposición”4. Valdrá recordar, a riesgo de ser redundantes con lo evidente, que el Centro Democrático es oposición hace poco más de un periodo presidencial y que antes de ello no solo la Fiscalía no los perseguía y no solo no eran oposición sino que detentaban el poder del gobierno.

No es que desconozcamos que la Fiscalía tiene suficientes problemas en materia de corrupción y en la forma en que se relacionan con la vida política del país, ni tampoco que Montealegre haya logrado articular esos problemas de una manera muy peculiar. Se trata de que Uribe y sus hermanos menores han querido siempre hacer política por encima de la ley y que conseguir impunidad para tal práctica es más fácil cuando se es gobierno y más enredado cuando se es “oposición”. Se trata, en ese sentido, de dimensionar lo falaz y lo irrespetuoso de llamarse “perseguido” teniendo a cuestas un repertorio histórico de persecución. Un poco de sinceridad con el país le evitaría al pequeño Pacho las largas jornadas frente al búnker de la Fiscalía alzando con sus cortas manos los carteles de “persecución judicial” y gritando a media lengua arengas contra el Fiscal. Digo sinceridad porque no se trata en primera instancia de las instituciones. Eso solo es parte del problema y no es la causa principal de los procesos judiciales contra el uribismo. Lo verdaderamente relevante es la manera criminal en que ellos han estado acostumbrados a hacer política. Ante eso ninguna institución nacional ni internacional va a ser lo suficientemente legítima, porque de lo que se trata es de evitar un rabo de paja incendiado. Por eso a Uribe le parecía una burla que Human Rights Watch interviniera con una veeduría en el proceso. Pero, según él, el rechazo era por diferencias políticas con José Miguel Vivanco, el director de la institución.

Y finalmente tampoco se trata de un presidente contra Santiago. De todo esto Santos puede sacar tantos dolores de cabeza como provecho. No importa que afirme ante los medios, como lo hizo este domingo para el diario El País5, que la paz se puede hacer con o sin Uribe, aunque prefiera “mil veces” que sea con él. No es una simple cuestión de preferencias y gustos. Es más bien que indudablemente la paz se tiene que hacer también con Uribe. En primer lugar, porque tanto por el lado del Estado como por el del paramilitarismo Uribe tiene responsabilidades de dimensiones máximas y eso tendría que implicarle comparecer frente a la justicia (la de la paz o la ordinaria). En segundo porque, incluso pese a su decreciente legitimidad, el uribismo sigue siendo un actor importante en la vida política colombiana y el asunto no es tan simple como el de un espaldarazo sin consecuencias. Jugando en una cuerda floja, Santos se encuentra yendo y viniendo entre la necesidad del diálogo y la posibilidad de aprovechar la ya referida legitimidad desgastada para arrinconar a la bestia. Al final tendrán que reconocer que una derecha unida puede sacarle más provecho a la paz. Vargas Lleras tal vez sea clave en un eventual proceso de reunificación de la derecha a la vuelta de un par de años. De cara a eso, quienes queremos un cambio democrático tenemos el compromiso de disputarnos estas nuevas épocas hacia otros rumbos.

Si no se trata de paramilitares, guerrilleros, instituciones y el presidente, todos en contra de Santiago. ¿De qué se trata entonces? A mi juicio, de reconocer responsabilidades. Pero este reconocimiento no es para congraciarse ni con el presidente, ni con las instituciones, ni con la insurgencia ni con el paramilitarismo –aunque aceptemos que también hay obligaciones compartidas con cada uno de ellos. No es tampoco para limpiar el nombre del redentor Don Mario. No se trata tampoco del ajuste inquisitorial de cuentas a lo María Fernanda Cabal refiriéndose al “terrorismo”.

De lo que hablamos es de que los hermanos mayores y menores deben reconocer sus responsabilidades principalmente frente la sociedad colombiana. De un lado, ante las víctimas de los “Doce Apóstoles” y de todas las estructuras paramilitares que azotaron las distintas regiones del país, sin perder de vista que las víctimas están vivas y que son parte activa de esta construcción. Que son, además, centenares de miles e incluso millones de personas. Y de otro, ante el resto de la sociedad (las generaciones más frescas, ciertos sectores urbanos más distantes de las formas de violencia explícita, etc.) que aunque no se reconozcan como víctimas sí deben apropiarse del proceso. La paz es de la gente porque el país es de la gente y en esa medida el conflicto político, económico y social también es de la gente. Es la sociedad participando la que debe pedirle cuentas al uribismo. Sin ello, todo se resolverá a punta de triquiñuelas jurídicas a favor de todos los Santiagos que componen la larga cola de crímenes pendientes.

Y tendremos también a Uribe recitando sus míticas historias: A Óscar Iván Zuluaga lo acusarán de ser el candidato a mi magistral sucesión. A José Obdulio lo acusarán de ser el intelectual a cargo de mi repertorio ideológico. A Valencia la acusarán de ser mi ácida paloma mensajera. A Andrés Felipe Arias lo acusan de ser el administrador de mis agro negocios. A Tomás y a Jerónimo, intachables empresarios, los acusarán de ser mis hijos. Y al final cabe la pregunta, ¿qué es lo que con tanta oscuridad destila la imagen de Uribe para que a todas esas personas las señalen judicialmente? Temo que es mucho más grave que envidia o revanchismo de algunos desprevenidos. Si de verdad se anhela la paz, Uribe también debe responder por lo que le compete.

*** Resuena la arenga de los recientes plantones del centro democrático: “Uribe se respeta, Colombia se respeta”. Ya es hora de olvidarse definitivamente de que Uribe es Colombia, quitarle el primer reflexivo a la frase y exigir el respeto que es nuestro: “Uribe respeta, Colombia se respeta”.

  1. http://www.elespectador.com/noticias/politica/fiscal-montealegre-un-politico-rabioso-capacidad-de-met-articulo-620551
  2. http://www.semana.com/nacion/articulo/perfil-de-santiago-uribe-hermano-del-expresidente-alvaro-uribe-velez/463451
  3. Ibíd.
  4. http://www.elespectador.com/noticias/politica/oscar-ivan-zuluaga-salio-del-pais-presentar-recurso-cid-articulo-621118
  5. http://internacional.elpais.com/internacional/2016/03/12/colombia/1457804192_438113.html