(El discurso del Ministro de Salud, Alejandro Gaviria, al que se hace mención puede leerse en: http://www.icesi.edu.co/unicesi/2016/02/23/una-ultima-leccion/)

Estimado Ministro, estimado Alejandro, seguramente usted no me recuerde, pero ya tuvimos la oportunidad de conversar alguna vez en el foro de comentarios a su columna en El Espectador. Rememoro mi sorpresa ante su gesto noble de tomarse el tiempo para responder algunas críticas directas que planteé sobre un par de temas coyunturales que, la verdad, ya no tengo muy presentes. Es evidente: con usted se puede dialogar y debatir, por eso he decidido hacer un espacio en mi investigación doctoral para redactar estas líneas. Dicho sea de paso, mi admiración general por usted y, en especial, por algunas de sus realizaciones progresistas al frente de la cartera de Salud sigue intacta, lo cual no será un obstáculo para estas palabras críticas.

Después de leer detenidamente su discurso en la Universidad Icesi, donde he sido profesor por varios años, quisiera plantear algunas observaciones y presentar ciertas objeciones a sus ideas. En primer lugar, reconozco que su discurso es especial. Los elogios en el foro de comentarios de su blog, hasta cierto punto, no se equivocan; sin embargo, más allá de los aspectos estéticos o motivacionales del texto, sostendré la tesis de que usted expone con claridad la visión de cierta clase de dirigencia ilustrada ─y brillante, como en su caso─ que si bien es guiada por principios filosóficos liberales, en el fondo, para nuestro particular contexto nacional, es sutilmente conservadora. Por efectos de economía textual, pasaré a exponer esquemáticamente mis observaciones en ocho puntos:

1. En primer lugar, sostengo que su discurso es eminentemente individualista. Se refiere en esencia a la vida en su dimensión personal/familiar, desatendiendo, casi por completo, la dimensión comunitaria/colectiva de los jóvenes egresados. En otras palabras: su discurso desliga lo individual/existencial de lo colectivo/nacional. Su perspectiva, claro, esto no es descubrimiento, es liberal, pero en este caso, lo es en el sentido menos social del término. Quizá su visión esté más cerca de un Hayek o un Nozick que de un Rawls o un Amartya Sen. Por ejemplo, su frase: “La resignación inteligente es una necesidad de la vida”, podría interpretarse desde esta perspectiva individualista como el llamado a exaltar la pasividad, a conformarse con los logros individuales, a permitir que el mundo siga siendo lo que es y lo que ha sido.

2. Siguiendo el hilo de la última frase, su discurso hace evidente abstracción del contexto de enunciación. En su texto no existe, no aparece, Colombia. El texto podría haberse leído en cualquier otro país de habla hispana.

3. En este horizonte de abstracción, su discurso desatiende el último diagnóstico de uno de sus más famosos colegas economistas, Thomas Piketty, cuando sostiene con fundamento empírico que “Colombia es posiblemente el país más desigual del mundo” (Portafolio, febrero 07 de 2016). No hay ningún mensaje de provocación para estos jóvenes egresados con relación a la gravedad de la situación colombiana actual y futura, en especial en áreas que usted conoce: la economía y la política, por no mencionar la ética.

4. En su elocuente llamado a estos jóvenes graduandos a que “no sucumban ante las trampas de la ideología”, pasa por alto que usted no es tampoco inmune a la misma ideología; de hecho, cuando pide que tengan cautela con “los profetas” o “iluminados” (quienes tienen “más discurso que metodología”) podría pensarse que de manera soterrada está usted promoviendo ideológicamente la sacralización del tecnócrata, del experto que se basa en la ciencia para orientar a las mayorías ignorantes sobre su destino. Para no ir más lejos, implícitamente en su texto y como nos lo han vendido los medios de comunicación tradicionales, podemos deducir que siempre será mejor un Peñalosa que un Petro.

5. En este mismo sentido, se da por descontado la posibilidad que ha sido una realidad en Suramérica, que algún líder popular (como Chávez, Lula, Correa, Evo Morales, Mujica o los Kirchner) pueda servir como vehículo para la llegada al poder de las grandes mayorías en nuestras naciones gobernadas desde la Colonia por oligarquías (hacendadas, blancas, católicas, formadas en el exterior). En este crucial punto podría remitirme a la obra de los argentinos Ernesto Laclau y Enrique Dussel sobre el tema del “populismo”; así mismo, podríamos tomar como referencia el trabajo del profesor colombiano Santiago Castro-Gómez, respecto a las “Herencias coloniales” y el papel de las élites ilustradas en nuestra nación (o en general, autores decoloniales). Con sus prevenciones y advertencias, usted coloca sobre el papel algo que afirmaba el profesor francés Daniel Pécaut: en Colombia el mayor temor de las élites gobernantes no es a las FARC sino al populismo (Semana, mayo 16 de 2014). Un Gaitán o un Pizarro, son un amenaza latente para las élites gobernantes nacionales y el establecimiento. No obstante, aunque parecería que el “populismo” riñe totalmente con su propuesta de “Reformismo incremental”, si revisamos, especialmente, los gobiernos de Lula, de Correa o de Evo Morales, observaremos que ellos mismos, a pesar de ser líderes populistas (llamados por muchos “demagogos” o incluso “dictadores”), han sido más reformistas que radicales. A pesar de las críticas que podamos formularles, es un hecho que han logrado profundizar la democracia en sus pueblos, incluyendo a vastos sectores de esa masa que usted ve con recelo y sin necesidad de acudir a una “revolución sangrienta”.

6. Por supuesto, a esta altura del texto, es evidente que ya he podido ser caracterizado por los lectores como un “dogmático” o “mamerto”, pues al plantear, siguiendo los autores mencionados, la dicotomía pueblo/oligarquía, he caído en lo que usted denuncia y advierte, pues en sus palabras soy de aquellos “que organizan el mundo con base en parejitas, en narrativas binarias (los civilizados y los bárbaros, los explotados y los explotadores, los capitalistas y los proletarios, los buenos y los malos)”. En este aspecto creo que usted cae en un reduccionismo basado en algunos lugares comunes que repite la derecha, entre otras razones, porque la idea de pensar la política como una construcción hegemónica popular, hoy tan estudiada en el mundo entero como posible camino para contrarrestar la “corporatocracia neoliberal”, implica plantear la división fundamental entre el pueblo y la oligarquía o la “casta” (pensemos, por ejemplo, los acontecimientos actuales en España con el partido Podemos o lo ocurrido con Syriza en Grecia).

7. La sentencia del filósofo liberal, padre del utilitarismo, John Stuart Mill, que usted mismo trae a colación es muy diciente respecto a lo señalado en el punto anterior: “Nunca será excesivo recordarle a la especie humana que existió un hombre llamado Sócrates y que (…) fue condenado injustamente por un tribunal popular”. Usted glosa esta idea señalando sin matices que “La mayoría se equivoca”. En otras palabras, esto podría entenderse como que la masa, el pueblo, es altamente peligroso. Además, recordemos que ya usted nos advirtió antes que “las revoluciones basadas en concepciones ideológicas y visiones grandilocuentes” son ineficaces, peligrosas. Por eso reitera que “cambiar el mundo es difícil”, por tanto, el mensaje para estos jóvenes es claro: ni lo piensen ni lo intenten, mejor dedíquense juiciosos a su carrera profesional, a su crecimiento económico y, claro, sean en todo caso buenas personas, caritativos etc., porque usted les recuerda elocuentemente en términos económicos de ganancias/pérdidas que “nada nos cuestan los actos de amabilidad y gratitud”.

8. Cierra su texto disculpándose por su “existencialismo improvisado”; habría que señalar que esta lectura posible del existencialismo evidencia, mejor: conjuga, perfectamente con su visión liberal individualista. En relación con este punto, podríamos remitirnos a la discusión entre dos existencialistas franceses famosos, Jean Paul Sartre, próximo al marxismo, y Albert Camus, más cercano a un individualismo esteticista.

Se alargó este texto más de lo que hubiera querido, bueno, voy concluyendo. En primer lugar, es evidente que nuestra lectura de la realidad y nuestra perspectiva de lo que podría ser un discurso de grado, es muy diferente, pues se ubica desde orillas ideológicas disímiles; usted, quizá esté más cerca de la centro-derecha, yo, quizá más cerca de la izquierda radical, podría pensarse. Por eso subrayo que este texto tendría que entenderse como una “otra posible” interpretación de su discurso, no como “La Interpretación”. Claro, he sido directo en algunos de mis señalamientos, pero quisiera que se entendieran como “hipótesis para la argumentación” (o como líneas de interpretación política), no como “la última palabra del profeta” que usted tanto teme y combate.

Desde luego, no es un pecado ser liberal en una dimensión ética y, al tiempo, conservador en una dimensión económica/política, como sostengo que se podría caracterizar su exposición. Reitero, se trata de un asunto ideológico; se trata de tomar posición en contextos indecidibles, se trata de antagonismos, del poder y sus usos. Se trata quizá, de que su discurso refleja, quiéralo o no, con plena conciencia o sin ella, el que hoy usted haga parte ─accidentalmente o no─ de la élite dirigente que tiene el poder hegemónico desde tiempos inmemoriales, que sabe bien reciclarse y que interpreta la vida desde una visión particular amigable con el statu quo; se trata, quizá, de que yo soy un profesor de filosofía que quiere interpretarse como integrante de un pueblo excluido, pensarse desde abajo, desde los “sin parte”, en palabras del filósofo francés Jacques Rancière.

Comprendo que estas palabras no serán aceptadas por muchas personas. Probablemente recibiré reclamos exaltados por parte de su larga lista de seguidores. Sin embargo quiero, para ir cerrando, resaltar que no tengo la arrogancia de asumir que mi caracterización basada en su discurso es exacta o definitiva, menos reconociendo en usted a un hombre pensante y crítico. Por eso quisiera concluir con estas palabras del maestro mexicano Carlos Monsiváis: “No a decir la verdad, porque ese es un terreno al que pocos tienen acceso. No mentir, es a lo más que uno aspira. Si me pronuncio ante un tema, no creo estar diciendo la verdad, sino no estar mintiendo, de acuerdo con lo que yo conozco”.