Sandra Jaramillo

* Sandra Jaramillo

Egresada de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, en Ingeniería Forestal, con énfasis en ecología política y ambientalismo a través de la Maestría en Medio Ambiente y Desarrollo por la misma universidad. Defendió su tesis de maestría relativa a la historia de las ideas: “La resignificación de la Naturaleza en los tiempos del problema ambiental”, bajo la dirección del Dr. Alberto Castrillón Aldana adscrito a la Facultad de Ciencias Humanas y Económicas. Es miembro fundadora de la Corporación Cultural Estanislao Zuleta, Medellín-Colombia y se desempeñó allí entre el 2007 y el 2015 en labores directivas y de gestión de proyectos culturales. Actualmente adelanta un Doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad de Buenos Aires con el CeDinCi/UNSAM como sede de trabajo. A partir del 2017 es becaria CONICET. Sus temas de investigación están dirigidos a la biografía y la historia intelectual, la Nueva Izquierda colombiana (generación y contexto político e intelectual de los años sesenta y setenta) y la historia de las mujeres en Colombia.

Para: Tere, la Mona.

Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa? Respondió el espejo: Señora Reina, tú eres como una estrella, pero Blancanieves es mil veces más bella”. Se espantó la Reina, palideciendo de envidia y, desde entonces, cada vez que veía a Blancanieves sentía que se le revolvía el corazón; tal era el odio que abrigaba contra ella. Y la envidia y la soberbia, como las malas hierbas, crecían cada vez más altas en su alma, no dejándole un instante de reposo, de día ni de noche”.

Colombia, y especialmente Medellín resaltan hoy en los catálogos turísticos del mundo no sólo por las muchas y magníficas razones que hacen de nuestro país y de nuestra ciudad sitios dignos de ser visitados, sino también por una razón que poco ha de enorgullecernos: ser un paraíso de mujeres lindas y para hacer mujeres lindas. Y no es, no puede ser, motivo de orgullo porque esa promesa encarna un contenido viciado y perverso, unificar en un único y pobre sentido la idea de lindura: curvas, ausencia total de grasa, extrema esbeltez, rasgos faciales que –supuestamente- son seductores. Esto ya lo sabemos.

Digo lindura y no belleza porque los verdaderos poetas se han encargado de mostrarnos que la belleza no se hace, ni responde a un patrón preestablecido, la belleza es, antes que nada, singularidad, es la configuración de una forma, no de una misteriosa abstracción que frecuentemente se nombra como “belleza interior”, no, la belleza es una configuración formal, valga decir, tangible, observable, que se percibe a través de los sentidos; pero insisto, se trata de una forma singular, en cierto sentido única, y muy, muy, diversa. Por eso puede haber belleza en seres de culturas, etnias, edades, géneros y contexturas distintas, y creer que sólo se configura la belleza en los paradigmas de un fenotipo o que sólo es bello lo que yo veo como tal es poco menos que autoritarismo y colonialismo estético. Esto, creo, también lo sabemos.

Así pues, la promesa de ser un paraíso de mujeres lindas ha contribuido a la prostitución, más o menos digna, más o menos directa, y a la, racistamente llamada, “trata de blancas”; mientras que la promesa de ser un paraíso para hacer mujeres lindas ha conducido a la cada vez más alarmante tragedia de quienes encuentran la muerte allí donde creían ilusamente hallar la satisfacción de su falta. No pareciera haber estadísticas muy certeras porque todo indica que esta es una situación más que en nuestro país se ha “salido de madre”, pues pululan los profesionales imprudentes, las clínicas sin suficiente equipamiento para complicaciones o directamente ilegales, la ausencia de legislación y control, y, sobre todo, la ambición frívola que se desboca ante la tentación del dinero que representa la cada vez más amplia demanda, principalmente de mujeres, mujeres de todas las proveniencias que han “decidido” -con los márgenes no muy amplios que caben en la llamada “libertad”, pues realmente estamos profundamente presionados por lo que nos sentencia nuestra propia sociedad- usar la técnica de nuestro tiempo para hacerse a su propia imagen. Igualmente, esto lo sabemos.

Ahora, ¿por qué si todo eso lo sabemos y lo divulgan los medios de comunicación de forma prolífera e incluso aumentan las denuncias –aunque también hay quienes, paradójicamente, cuidan el honor de las clínicas eximiéndolas de toda responsabilidad e inculpan con toda crudeza a aquellas que incurrieron en la “debilidad” de sus propias demandas estéticas-, los señalamientos y las advertencias de los familiares desconsolados por la pérdida de sus seres queridos, las mujeres, y jovencitas como Ximena López, el último drama que ha enlutado a Medellín, siguen acudiendo a estos procedimientos estéticos? E incluso se repite el hecho de que se acude a ellos de forma algo clandestina como queriendo indicar una cierta actitud vergonzante que dice: ¡Sí! Sucumbo a los llamados de mi deseo, no puedo soportar la tentación de que el espejo me devuelva otra imagen, pero me avergüenzo un poco de esto y hasta me atemorizo… ¿Por qué? No todas responden con la convicción de una paciente documentada por los medios: mujer de 40 años, profesional, insatisfecha de su cuerpo que acude a una cirugía y una vez recuperada dice, aun no, y se hace otra, y otra más, y al final se confiesa a sí misma ante el espejo: ahora sí, estoy satisfecha en el 90%, así que pararé, pero sólo por un tiempo, porque si lo vuelvo a desear, o a necesitar, acudiré a la cirugía sin ninguna duda… ¿Por qué? Y es que ella sólo está satisfecha parcialmente, pues ya nos explicó Freud que estar satisfechas (y satisfechos) totalmente no hace parte de los dominios de lo humano. Sí, somos seres de la falta, usualmente nada nos parece suficiente y buscamos ir más y más allá en la línea de lo que “elijamos” como nuestro frente de atención; y uno de los frentes privilegiados de las mujeres a lo largo de la historia ha sido la propia imagen, tal como nos lo recuerda el siempre actual cuento de Blancanieves. Así que no es sólo hoy que hacemos uso de la técnica disponible para dominar esa naturaleza que somos, sino que lo hemos hecho siempre con estrategias que en cada época están disponibles, por ejemplo, el milenario ejercicio de maquillarse o el moldeamiento del cuerpo a través del vestuario y otros aditamentos.

Lo que con esto quiero señalar es que la cirugía plástica goza de tanta fama hoy porque en buena medida se entronca con una demanda subjetiva muy fuerte y, en este sentido, no es una absoluta novedad sino un desarrollo de la técnica que han puesto en ejercicio los seres humanos casi desde siempre, y que se ha volcado mucho más a la imagen propia desde que en la escena de la historia fue apareciendo como protagonista el individuo. En otras palabras, hay una línea de continuidad –aunque obviamente también muchas discontinuidades- entre el maquillaje como técnica y la cirugía plástica como técnica, pues ambas ponen en ejercicio una demanda semejante: moldear la imagen propia. Así que no es suficiente abordar las dramáticas situaciones que se están generando con el boom de la cirugía plástica (se habla de hasta 2500 denuncias entre las que se cuentan insatisfacciones profundas de mujeres que sienten que antes que una “mejora” se les destruyó su rostro o su cuerpo y desenlaces fatales) culpabilizando a las mujeres que se someten a ellas u ofreciendo homilías a favor de la supuesta “belleza interior”, sino más bien encuadrar el problema entendiendo la dimensión subjetiva que contiene y que sí parece estar siendo comprendida por los emisarios del capitalismo salvaje que se abalanzan viendo en esto una oportunidad para hacer dinero sin considerar dimensiones éticas a partir de los muchos lamentables efectos producidos. Sin edulcorar sus palabras lo dice un comerciante a un médico –no especialista en cirugía plástica- que fue documentado un medio de comunicación que vienen tratando el problema: compre los aparatos doctor, y los pone en práctica, que por un lado chupan grasa y por el otro botan dinero.