Ann Spanger

* Ann Spanger

Egresada del Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia. Asistente de investigación en la Fundación Karisma. Algunos de sus intereses son los derechos humanos y su relación con las tecnologías de la información, específicamente la cuestión de la privacidad, la libertad de expresión, la equidad de género y la emergencia de movimientos políticos y sociales en la era digital, y en el contexto colombiano y latinoamericano. También ha trabajado como dibujante y es autora de varios proyectos editoriales y gráficos

Recientemente, cuando todos (y algunas) se entretenían con elevados pensamientos, en apariencia amigables; cuando los arquetipos y las categorías trascendentales se contemplaban con ensimismamiento; cuando la inmanencia conceptual y vital parecía colmar las inquietas existencias que se ocupan de la filosofía, algo del mundo cayó, como la manzana sobre la cabeza de Newton, perturbando a los imperturbables. A la hora de celebrar los setenta años del Departamento de Filosofía más poblado de Colombia, los organizadores del evento inaugural olvidaron invitar a algunas mujeres, antiguas alumnas, otrora amigas de la sabiduría. La comunidad falosófica planeaba celebrar al mejor estilo griego: entre hombres. Sin embargo, las inquietudes y molestias no tardaron en aparecer y varios frentes, en particular un grupo numeroso de mujeres, se levantaron reclamando un lugar para otras voces, las voces femeninas (aunque no solamente éstas) que quedaban acalladas con este orden. Frente a la oleada de críticas, el evento fue cancelado y algunos miembros del Departamento se pronunciaron lamentando la “ofensiva omisión”.

Para empezar, recordemos el prefacio de la obra Cuerpos que importan en el que Judith Butler reflexiona acerca de las dificultades de entregarse por entero a pensar la materialidad del cuerpo. Entre estas dificultades, Butler otorga un lugar peculiar a su formación como filósofa y a las preocupaciones propias de la filosofía occidental en las que, históricamente, el cuerpo ha ocupado un lugar secundario, recusable y prescindible. Este olvido del cuerpo, y de lo que a través de él está normalizado y materializado, conlleva, según Butler, al olvido de las categorías con las que pretendemos “entenderlo”, empezando por la categoría género (el género que impone un régimen heterosexual y que, con otra cara y con otros colores, también es el género aristotélico y tomista). Muy pronto la fuerza de este olvido se convierte en una forma de segregación que refuerza violencias cuyo trato ha sido el de un “pormenor” y el cuerpo, ese viejo enemigo del pensamiento, aparece de nuevo como el campo de batalla que, después de todo, jamás ha dejado de ser. Más aún, cuando la fuerza de aquel olvido pesa sobre una comunidad en la que los estigmas se reproducen de manera abierta (aunque con la pretensión de velarlos), necesitamos recordar que, efectivamente, somos cuerpos. Cuerpos que importan y cuerpos que no importan. Cuerpos que encarnan la fuerza de las normas y de los poderes constituidos en el mundo y cuerpos que se resisten a lo que busca someterlos. De repente, en el encumbrado templo de la filosofía, empieza a tomar fuerza una forma de paganismo, un sacrilegio contra su pureza. En efecto, el cuerpo, con su color, su forma y su traje, es un filtro para distinguir quiénes merecen ser escuchados y quiénes no, quiénes piensan y quiénes no.

Esta “ofensiva omisión” en el Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional nos dice mucho acerca de las violencias que se siguen reproduciendo en aquellas esferas en las que se ha pretendido superadas, como la academia. A pesar de las incontables luchas que han buscado que el desempeño dentro de este espacio sea observado sin importar estrato, color o sexo, la academia reproduce todos los estereotipos de clase, raza y género que estandarizan los pensamientos y los oficios. La academia, en la medida en que produce y reproduce los márgenes de lo que puede ser considerado conocimiento, sigue siendo, innegablemente, un lugar atravesado de luchas y desencuentros, de zonas difusas y de cuestionamientos permanentes acerca de sus elitismos y las posibilidades de resquebrajarlos. Por supuesto este problema está en el corazón de lo que significa la academia misma (y también de lo que significa la filosofía), de lo que ha significado por siglos, y no es posible resolverlo de un sablazo, con “mejores gestiones” o incluyendo cuotas de todos los grupos considerados “marginales” o “minoritarios”. Sin embargo sí es posible procurar desplazamientos a través de acciones concretas, en este sentido, es notoria la falta de interés de muchas facultades (y, lo que es realmente alarmante, dentro las universidades públicas) en tener como prioridad la diversidad y la interdisciplinariedad en sus programas, en sus cátedras o en la composición de su planta docente. Los esfuerzos por promover esto pasan por un trabajo significativo de comunicación con otras áreas que ya viven dentro de la misma universidad. Es probado que, con un poco de voluntad, tal comunicación es posible. Esto trae como consecuencia una apertura a otras experiencias del cuerpo y del pensamiento que la academia, a pesar de sí misma, hace visibles.

No está demás decir que cuando en una comunidad tienen lugar casos de discriminación sin que sus integrantes se manifiesten en contra (y no solamente los responsables directos se retracten), podemos decir que allí hay conformidad con ciertas prácticas, poco interés en controvertirlas, indiferencia frente a mantenerlas o erradicarlas. Cuando solamente los cuerpos “omitidos” son los encargados de llamar la atención sobre el lugar que ocupan, las tensiones se hacen más intensas y las disputas se hacen más necesarias. Aun así estos cuerpos, con mucha frecuencia, tendemos a olvidarlo. Este olvido puede tener orígenes diversos. Se puede deber a la búsqueda de aceptación dentro de un grupo privilegiado (la vieja fórmula de asemejarse al opresor para dejar de ser oprimido); se puede deber al miedo de ser condenada/o a categorías que buscan desacreditar o neutralizar las luchas (como “radical” o “paranoica/o”); se puede deber a la represión emocional o física de los estigmas. Se puede deber a todo esto simultáneamente. Pero aunque hacer inestable lo que con tanta fuerza tratamos de mantener oculto sea doloroso y difícil, aunque nos implique una fuerte sacudida y decepciones constantes en un mundo en el que aún muchos cuerpos no importan, empezar a andar este camino es lo único que permite que el pensamiento, y lo que este es capaz de crear y de materializar, se mantenga en movimiento, desplace sus intereses, altere sus jerarquías. Esto significa asumir una relación más exigente con el pensar en la medida en que pasaría por ver y cuestionar el lugar que ocupamos en un mundo; significa, además, reconocer la existencia de las tensiones que atraviesan todas nuestras relaciones y significa aprender a no callar frente a ellas.