Santiago Gómez Obando publicó hace poco en estas páginas un artículo titulado “Los límites del empirismo en las ciencias sociales”. Con este escrito Gómez expone su punto de vista sobre un debate que se inició con una columna que publiqué en El Espectador sobre “La semana Camilo Torres”, en la Universidad Nacional y a la cual reaccionó Sebastián Espinosa. El debate ha girado en torno a dos cosas: 1) la relación entre teoría e investigación empírica en las ciencias sociales y 2) la relación entre militancia política y academia. En este texto me concentro en el primero de estos puntos, aunque digo algo sobre el segundo.

Empiezo repitiendo lo que manifesté desde un inicio de este debate y es la importancia que tiene, para la universidad pública y para la sociedad en general, discutir sobre estos temas. Por eso agradezco a Santiago Gómez sus argumentos y su participación en esta conversación.

Gómez critica lo que él denomina mi apego al empirismo y mi defensa casi incondicional de la investigación cuantitativa. Quisiera dividir mi respuesta en tres puntos que, creo, recogen nuestras diferencias: 1) el problema de la objetividad en las ciencias sociales, 2) la discusión sobre los métodos de investigación y 3) la especificidad del trabajo académico.

1. La verdad en las ciencias sociales

Sobre la posibilidad de conocer o no la realidad se viene discutiendo desde los griegos. En ese debate, que es muy intrincado y difícil, se enfrentan muchas posiciones, ubicadas entre el realismo y el idealismo. Con el tiempo y sobre todo desde mediados del siglo pasado, las posiciones extremas han ido perdiendo peso; tanto el realismo extremo (Platón), que desconoce el hecho de que la realidad social es, en parte, algo construido por los sujetos, como el idealismo extremo (E. Kant), que reduce la realidad al sujeto y por esa vía acaba con la posibilidad de conocimiento, de ciencia y de comunicación entre los pensadores. No es que las posiciones extremas ya no tengan voceros, pero yo tengo la impresión de que, al menos en las ciencias sociales, hay un cierto consenso en excluir esos extremos y en aceptar el carácter construido de la realidad social (P. Berger y T. Luckmann, P. Bourdieu, A. Giddens, etc.), sin que ello excluya la posibilidad de estudiar los mecanismos objetivos de esa construcción.

No obstante, al leer a Gómez Obando, tengo la impresión de que se acerca a una versión contemporánea del idealismo extremo. Eso es lo que creo entender en el siguiente párrafo:

“[…] el poder solamente es aprehensible a partir de la comprensión de la totalidad de relaciones y formas de cristalización institucional en las que se producen y son producidos los sujetos. Por lo tanto, la observación y medición del poder en situaciones específicas, solamente se lograría a partir del desconocimiento de la multiplicidad de redes de relación que median y condicionan las interacciones concretas y presenciales entre dos o más actores sociales”.

A renglón seguido, Gómez cita autores como M. Foucault, P. Bourdieu o J. Butler para respaldar su posición. No quisiera entrar en un debate erudito sobre la obra de esos autores, pero a mí me parece que es muy difícil, por lo menos en el caso de Foucault y Bourdieu, utilizar su pensamiento para respaldar la idea de una disolución de la realidad social en una subjetividad política. Soy consciente de que son autores que fascinan a los posmodernistas, aquí y en todas partes (sobre todo en los Estados Unidos), pero esa fascinación solo se consigue a fuerza de eliminar los rasgos estructurales y objetivistas de sus ideas. Pero bueno, como digo, no quiero entrar en ese debate. Lo que sí creo es que la explicación de Gómez en el párrafo que acabo de citar es innecesariamente compleja, difícil de confrontar en un debate y más difícil aún de traducir en un programa de investigación.

En aras de la discusión yo diría que el problema de si existe o no la verdad es algo muy difícil, pero que esa dificultad filosófica no debe paralizar el avance de las ciencias sociales, las cuales no pueden funcionar si no aceptan que hay un cierto grado de incertidumbre y de oscuridad en la realidad social que es inevitable, y que la peor manera de enfrentar ese hecho es adhiriendo a teorías maximalistas que pretenden saberlo todo sobre la verdad o saberlo todo sobre la falta de verdad. Lo pongo en otros términos, no hay que sobreestimar esta discusión epistemológica; es importante, pero no tanto como se suele creer en nuestro medio.

Pretender tener claridad plena sobre la verdad conduce a una epistemología maximalista que paraliza la investigación social. Como diría Jon Elster, quizás con una dureza excesiva, en el mundo de hoy hay que evitar dos tipos de oscurantismo. Uno, que él denomina hard obscurantism y que es impulsado por muchos economistas que solo aceptan la realidad social que se comprueba a través de métodos cuantitativos, y el otro, que denomina soft obscurantism, impulsado por algunos posestructuralistas, que supone que la realidad es siempre subjetiva, cambiante y por lo tanto inasible (2011).

Buena parte de mi carrera académica la he dedicado a estudiar fenómenos sociales bajo la convicción de que, como diría Bourdieu, “el sujeto está tan mundanizado como la subjetividad está mundanizada”. Por eso, como muchos otros investigadores sociales hoy en día, me he opuesto tanto a quienes se niegan a reconocer el peso de la subjetividad y de la cultura simplemente por el hecho de que no se pueden medir, como a aquellos que sostienen que todo es subjetivo y cultural y que esto es tan evidente que no hay que darse la pela de medir nada.

2. El debate sobre los métodos de investigación

Según Santiago Gómez Obando, yo sostengo que la única investigación teórica que vale la pena es aquella que se apoya en datos empíricos y que los métodos cuantitativos son los únicos que le dan poder a la teoría crítica. En realidad nunca dije semejante cosa. Lo que digo es que, en nuestro medio, la teoría crítica ganaría mucho si hiciera más uso de los métodos cuantitativos y no se dedicara a la abstracción pura y simple. Más que responder con un argumento abstracto me gustaría poner de presente lo que yo mismo he hecho en mi ya larga carrera académica.

Para eso me voy a permitir reproducir cosas que he escrito antes y que están relacionadas con este debate. Me refiero a unos apartes del prefacio que escribí para la segunda edición de mi libro La eficacia simbólica del derecho (2014), en el cual hago una especie de autoexamen de mi propia evolución intelectual en lo relativo a la tensión entre teoría y práctica.

“[…] nuestras ideas dependen de los acontecimientos históricos que nos toca vivir, e incluso de nuestra propia existencia, de nuestros estados de ánimo, asaltados por las pequeñas glorias y miserias de la experiencia vital. Todo pensamiento, decía Nietzsche, se reduce a la confesión de un cuerpo, a la autobiografía de un ser que vive, goza y padece. O, como diría Derrida, todo discurso filosófico es una justificación de sí mismo.

Este carácter perecedero del pensamiento no solo es importante para los filósofos, que a veces hablan como si el tiempo no pasara. Quienes nos dedicamos a las ciencias sociales también podemos percibir cómo, con el paso de los años, la porción de vida que nos corresponde vivir es demasiado breve para permitirnos interpretar y valorar el mundo con acierto; la historia está hecha de materiales que trascienden las generaciones. Solo el largo plazo va poniendo las cosas en su sitio; un sitio tan extendido que no lo podemos captar desde la miopía propia de las pocas décadas que nos corresponden de vida. Como sugiere Charles Tilly, para superar esa miopía, hay que encontrar las verdades que se esconden en el espacio intermedio entre el paso de los milenios y el paso de los meses (2002, 190).

Hace veinte años, los latinoamericanos leíamos una lista de autores, muchos de ellos estructuralistas y marxistas, sobre todo franceses, que considerábamos clásicos y que, pensábamos, nunca pasarían de moda; Althusser, Deleuze, Lévi-Strauss, Barthes, Baudrillard, Guattari, hacían parte de esta lista. ¿Cuántos jóvenes inquietos leen hoy estos autores? Muy pocos. Leen otros autores, claro, como por ejemplo Antonio Negri, Robert Nozick, Slavoj Žižek, etc., los cuales, me temo, correrán la misma suerte. Por eso no solo es importante leer a los escritores de moda (algo inevitable) sino también a los clásicos; nosotros teníamos que leer a Michael Foucault, pero nunca debimos dejar de leer a Max Weber o a Durkheim. Los que ahora leen a Zizek tampoco deberían dejar de leer a Weber. Con el paso del tiempo uno va aprendiendo a desconfiar de las modas intelectuales, como de todas las modas. Más aún hoy, cuando las ideas, como tantas otras cosas, se han vuelto objetos de consumo; objetos que se usan y se botan como cualquier cosa desechable.

Estas lecciones intelectuales, dolorosas quizás, también pueden ser esclarecedoras. Si algún pecado de juventud han tenido las ciencias sociales en América Latina, ese es, a mi juicio, la facilidad con la que han juzgado los acontecimientos sociales confusos y enmarañados de nuestra historia social a partir de teorías foráneas toutes faites que, a pesar de haber sido construidas a la luz de realidades sociales muy distintas a las nuestras, son seguidas aquí como si se tratara de dogmas religiosos. Creo que en Latinoamérica nos hace falta dudar más (de nosotros mismos, para empezar), sospechar más, descalificar más a los profetas espurios que se visten de científicos sociales, ser más humildes ante la complejidad de los hechos y perfeccionar más nuestros modelos de investigación empírica. Así, con estas dudas y estas herramientas, no solo estaríamos mejor equipados para comprender la realidad social sino también más capacitados para transformarla.

Yo mismo he cometido los pecados intelectuales que aquí denuncio. Cuando escribí la primera edición de este libro [La eficacia simbólica del derecho] tenía particular afición por esas grandes elaboraciones teóricas, sobre todo filosóficas y jurídicas, que todo lo explican, desde la sociedad, hasta la historia, pasando por el individuo y la política, el arte y la religión. Buena parte de lo que escribía intentaba reproducir esas ideas y formular esas explicaciones globales, como si viviera en París o Boston y no, como de hecho ocurría, en Medellín o Bogotá.

Con el paso de los años he ido abandonando esas ambiciones totalizantes [por incapacidad, quizás]. El lugar privilegiado que tenían en mi trabajo esas grandes teorías ha sido matizado por la convicción de que hay mucho de local en la construcción de lo teórico y mucho de teórico en la visión que tenemos de lo local. Cada teoría, por general que sea, tiene sus raíces históricas y esas raíces explican y le dan el valor que tienen (Onfray, 2006). Mucho de esto que digo lo aprendí trabajando con Boaventura de Sousa Santos entre 1995 y 2001, en una época en la que escribimos, con otros colegas, El caleidoscopio de las justicias en Colombia (Santos y García Villegas, 2001). Hoy tengo desacuerdos importantes con algunas de las cosas que escribe el profesor Santos, pero eso no me impide reconocer el gran valor de muchas de sus intuiciones sobre la manera como debemos hacer investigación social en América Latina. Menciono algunas de esas intuiciones fundamentales: las teorías son lentes que permiten ver algunas realidades, al mismo tiempo que nos ocultan otras; en América Latina tenemos que conocer las grandes teorías sociales, pero no quedarnos en ellas, sino aprender de ellas para construir mejores explicaciones sobre nuestras sociedades periféricas. La objetividad en la investigación no implica la neutralidad. No hay buena teoría sin investigación empírica, ni buena investigación empírica sin teoría. No solo hay que investigar lo que está presente; también hay que hacer una sociología de las ausencias; por eso, el derecho es un fenómeno mucho más amplio y complejo de lo que se estudia en las facultades de derecho (Santos 1995).

Estas ideas, aprendidas como digo del profesor Santos, no solo valen para la filosofía y las ciencias sociales, sino también para el derecho. Durante muchos años, al inicio de mi carrera docente, enseñé Filosofía del Derecho. Tenía un apego particular por la obra de H.L.A. Hart, sobre todo por su libro The Concept of Law, bellamente escrito y luego bellamente traducido al español por el filósofo argentino Genaro Carrió. Sigo creyendo que este es un libro iluminante, que todo estudiante de derecho debería leerlo, y que su contenido sigue siendo útil, no obstante haber sido escrito hace más de cincuenta años. Sin embargo, cada vez me convenzo más de que este fue un libro local, concebido para entender el common law en Inglaterra y que si bien los latinoamericanos no debemos dejar de aprehender de sus explicaciones, necesitamos construir una teoría propia del derecho, que tenga en cuenta las prácticas y las realidades jurídicas de nuestros países y que, a partir de allí, sea capaz de construir los conceptos claves de toda teoría jurídica, como son la validez, la eficacia, el pluralismo legal, la soberanía popular y los derechos, entre otros” (pp. 32–35).

Perdón por esta cita tan larga, pero creo que hoy no podría explicar mejor mi punto de vista. Espero en todo caso que esto demuestre que no descreo de la teoría, ni pienso que la única investigación teórica que vale la pena es aquella que se apoya en datos empíricos. Sí creo, y lo dije al inicio de este debate, que en nuestro medio la investigación empírica y los métodos cuantitativos podrían ser un instrumento poderoso para impulsar la teoría crítica. Eso no significa que yo crea que la investigación empírica es siempre iluminante, siempre correcta o esté ausente de relaciones de poder. De ninguna manera. Hay ejemplos por montones de manipulación y abuso en la investigación científica. A lo que me opongo es a un tipo de teoría solipsista, inútilmente compleja y que no se deja confrontar.

Dicho esto, creo que Santiago Gómez Obando tiene razón cuando sostiene que no hay que definir el método de investigación de manera abstracta y general, sino a partir del problema de investigación que se quiere resolver. En esto estoy de acuerdo. Hoy en día los grandes debates políticos y sociales dependen menos de una disciplina o de un método particular, y más de los problemas que ellas abordan. Cada vez es más evidente la unidad de las ciencias sociales. Hay un texto muy bello de Wallerstein en el que le dice a los jóvenes sociólogos que también deben saber de economía, de ciencia política, de antropología y de derecho para poder resolver los problemas que están llamados a enfrentar (1999). La mirada disciplinaria es hoy, con mucha frecuencia, una camisa de fuerza que oscurece la enorme complejidad e interconexión de los fenómenos sociales.

La separación entre trabajo empírico y crítico no parece ni necesaria ni conveniente. Los estudios empíricos pueden ser muy útiles para los críticos, por ejemplo para desentrañar los mecanismos a través de los cuales el derecho funciona como herramienta de dominación y para pensar en alternativas novedosas para contrarrestar dicha dominación—a través de la identificación de prácticas jurídicas emancipatorias (García Villegas, 2015). Por otra parte, los análisis críticos de carácter teórico y hermenéutico pueden ofrecer una base sólida a los estudios empíricos. En efecto, pueden aportar hipótesis de trabajo que sirvan como marco conceptual a partir del cual sea posible confirmar o refutar empíricamente sus conclusiones, así como generalizarlas o circunscribirlas a determinados contextos.

Otro punto que falta por abordar en este debate es el de las fronteras entre actividad académica y actividad política. Yo creo que esas fronteras están mucho mejor definidas, cada una con una lógica particular, de lo que Gómez Obando cree. Este tema merece un texto aparte (algo de esto dije en la columna que inició este debate) pero por ahora quisiera simplemente decir que lo propio de la academia es, a mi juicio, la disposición del investigador o del docente a dejarse convencer por argumentos, por datos o por pruebas (racionales o empíricas), incluso cuando ello pone en tela de juicio las convicciones políticas o axiológicas del investigador. No estoy diciendo que la academia sea pura y separada de la política; simplemente que los buenos productos en el mundo académico no necesariamente son los que contribuyen a las causas sociales en las que creemos sino los que mejor nos ayudan a entender la realidad social en la que vivimos, incluso, repito, cuando ese entendimiento va en contra de nuestros valores y de nuestras convicciones. Pero como digo, esto merece un escrito aparte.

Bibliografía

Elster, Jon. 2011. “Hard and Soft Obscurantism in the Humanities and Social Sciences.” Diogenes 58: 159–70.

García Villegas, Mauricio. 2014. La eficacia simbólica del derecho. Sociología política del campo jurídico en América Latina (Segunda edición). Bogotá: IEPRI, Debate.

García Villegas, Mauricio. 2015. Les pouvoirs du droit. Analyse comparée d’études sociopolitiques du droit. Paris: L’Extenso (L.G.D.J.).

Onfray, Michel. 2006. La puissance d’exister. Paris: Grasset.

Santos, Boaventura de Sousa. 1995. Toward a New Common Sense: Law, Science and Politics in the Paradigmatic Transition. New York: Routledge.

Santos, Boaventura de Sousa y Mauricio García Villegas. 2001. El caleidoscopio de las justicias en Colombia. Análisis socio-jurídico. Bogotá: Uniandes – Siglo del Hombre.

Tilly, Charles. 2002. Stories, Identities, and Political Change. Oxford: Rowman and Littlefield.

Wallerstein, Immanuel. 1999. “The Heritage of Sociology, the Promise of Social Science.” Current Sociology.

 


*Doctor en Ciencia Política de la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y doctor honoris causa de la Escuela Normal Superior de Cachan (Francia). Se desempeña como profesor del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional de Colombia, como investigador de Dejusticia y como columnista del periódico El Espectador. Entre sus publicaciones más recientes están: Normas de papel (Bogotá, 2009); La eficacia simbólica del derecho (Bogotá, 2014); El derecho al Estado (con J. R. Espinosa, Bogotá 2013), Les pouvoirs du droit (Paris, 2015) y El orden de la libertad (Bogotá, 2017), actualmente en imprenta.