Las raíces de la crisis siria se remontan a los años 1970, cuando el poder de Assad padre (Hafez el Assad) instauró la “Securitocracia”, para socavar las aspiraciones de la sociedad pero también para controlar el partido Ba’th y el ejército, de los cuales provenía, y transformarlos en herramientas de un control represivo, al someterlos al diktat (mandato) de los servicios de seguridad. Desde entonces, el paradigma norcoreano fue adoptado para enmarcar la sociedad desde la niñez hasta la jubilación, mediante una “burocracia securitaria”, fundamentada en las “organizaciones populares”. De ese modo, estas servían como correa de transmisión de una cierta renta dedicada a garantizar lealtades.

El actual conflicto en Siria que acaba de cumplir cinco años, sí empezó con una revuelta popular pacífica en marzo de 2011. Aunque suene obvio, ese recordatorio parece incomodar cada vez más tanto el régimen mismo como a la llamada comunidad internacional. Su pasividad, que raya en la indiferencia, encarna una crisis de funcionamiento político mayor así como una carencia moral que los “valores occidentales” difícilmente enmascaran.

La revuelta popular de 2011 no tuvo un enmarcamiento político previo, en una lógica de desmantelamiento del Estado o de cuestionamiento a sus fundamentos. En sus inicios, ni siquiera contemplaba el final del régimen vigente desde hace décadas. Estaba en la misma lógica que las primicias de la Primavera de Damasco a principios de los años 2000.

La identidad siria, que representa una utopía en la que cree una gran parte de la sociedad, sufrió sismos seguidos. El periodo del Mandato Francés (1920 – 1945) había iniciado, sin éxito, la primera ocasión de poner en tela de juicio dicha identidad común, desde el proyecto de desmantelamiento con base comunitaria. Los diferentes regímenes políticos que se han sucedido desde la independencia contribuyeron también a construir las bases de una mala gestión de la diversidad, que va a prorrogarse y a agravarse con el curso de los años. Al negar la existencia real de la diversidad étnica y religiosa, con una bien desarrollada retórica de unión nacional tan anhelada, los gobiernos sucesivos, en diversos grados, propiciaron el cuestionamiento o la duda respecto a esta unidad.

“Dividir para reinar mejor” era el principio de las fuerzas coloniales, pero el caso sirio ilustra que esta práctica puede ser también propia de los poderes locales. De allí, las distintas modalidades de repliegue tribal, étnico, regional y religioso que se han difundido de una manera cuidadosamente organizada. La instrumentalización de la cuestión religiosa, a pesar de la aparente adopción de una política laica, se ha impuesto de manera común. La estigmatización de las minorías, encasilladas como “protegidas” por el poder, aunque nunca fuera ese el caso, favoreció la explosión de aquella frágil unión nacional.

Esos múltiples factores propiciaron una represión metódica de la expresión intelectual, sea religiosa ilustrada o progresista, paralelamente a una religiosidad implícita en una sociedad conservadora. El poder político, confiando en su control de la sociedad y su control del radicalismo, había tolerado la difusión de prácticas oscurantistas en ciertos círculos. Los últimos acontecimientos, que han evidenciado la emergencia marcada del radicalismo, demuestran esa eficaz manipulación. Saber usar esta temible y potente arma a nivel regional, propició su uso en la escena interior.

La guerra civil necesita por definición la implicación de dos o más fuerzas relativamente equilibradas en torno a un fundamento ideológico. Lo cual me lleva a concluir que la guerra en Siria no es de esa naturaleza. Empezó con una guerra contra los civiles llevada a cabo por el régimen, para seguir con esa definición, aunque luego se complejizó el escenario con la multiplicación de los agresores. Sin embargo, países que han conocido verdaderas guerras civiles han logrado, con mayor o menor éxito, instaurar una pacificación relativa y emprender un largo proceso para llegar a una paz real. La reconstrucción de una paz en Siria es posible, pese a las fisuras y desgarramientos en el seno de la sociedad después de cinco años de matanza.

La designación de los culpables, aunque simbólicamente, ayuda a coser las heridas. Será imposible darle la vuelta a la página, aunque esto pudiera permitir un apaciguamiento, pero la reconstrucción nacional requiere de una verdad justa. La sociedad civil siria emergente después de cinco años de confiscación total de su expresión y acción, puede ser una fuerza crucial para la reconstrucción social, antes de emprender la reconstrucción material. Sin duda, para afianzar dicho proceso, una implicación constructiva de la comunidad internacional y particularmente de los actores regionales, es una necesidad imperiosa.

El fin de los combates y el recurso a una justicia transicional adaptada a las circunstancias locales, bajo el control de una fuerza de mantenimiento de la paz de la ONU con un verdadero mandato, son parte del abanico de elementos requeridos para iniciar el proceso de volver a vivir juntos en el seno de una sociedad siria reconstruida.

Después de años de indiferencia de unos e ineficacia de otros, los actores internacionales alertados por la crisis de los refugiados y las amenazas terroristas, decidieron reaccionar. Los centenares de miles de víctimas no representaban una razón válida ni suficiente para ello, como tampoco lo fueron las primicias de una radicalización orquestada, mientras no se consideraran afectadas la seguridad y la estabilidad de los países aliados occidentales. Con ese despertar, la diplomacia internacional acaba de propulsar un proceso al que le cuesta arrancar. Con la “hábil” intransigencia de los rusos y el ya decidido retiro de la administración americana, la escena de negociación es bastante caótica. De ese modo se enfrentan, por un lado, una delegación relativamente representativa de la oposición y, del otro lado, un conjunto de estrategias diplomáticas (americanos, europeos, rusos y sirios). Sin embargo, la negociación es pobre en contenido, dado que los diplomáticos del régimen sirio solo tienen una misión: sabotear cualquier tentativa de iniciar una reflexión seria sobre un gobierno de transición; pues el poder sirio prefiere dilatar la negociación concentrándose en temas como la guerra al terrorismo.

La matanza siria sigue en pie paralelamente al proceso de negociaciones. La solución no está en manos de los Sirios desde hace rato. La tregua decretada el 27 de febrero de 2016, y que fue muy poco respetada por el régimen, sí permitió, no obstante, el resurgimiento de manifestaciones pacíficas en alrededor de 100 localidades sirias.

El país está en ruinas, pero tan solo las ruinas del sitio antiguo de Palmira atraen la simpatía. Hay millones de desplazados y refugiados en los campos internos, pero solamente los que atraviesan el mar y “amenazan” la calma de las costas del Norte, llevan a prender la señal de alarma. Toda una generación perdió su escolaridad y los jóvenes están sumidos en una situación de desamparo y desesperación. La paz se instalará tal vez algún día en Siria, pero las repercusiones de la guerra seguirán recordándole a la comunidad internacional sus falencias y sus carencias.


*Salam Kawakibi (Arab Reform Initiative)

**Traducción: Julie Massal