Santiago Gómez Obando

* Santiago Gómez Obando

Educador popular. Miembro del Colectivo Dimensión Educativa y del grupo de investigación en Teoría Política Contemporánea (Teopoco). Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, especialista en pedagogía de la Universidad Pedagógica Nacional, y magister en desarrollo educativo y social de la misma institución educativa. Actualmente es estudiante del doctorado en Estudios Políticos y Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional de Colombia, y se desempeña como docente en el Departamento de Ciencia Política de dicho centro educativo.

Acabo de leer la respuesta de Mauricio García en este portal. Al respecto, quisiera empezar por expresarle mi agradecimiento al profesor García por tomarse el tiempo de continuar un debate que suscitó, en primer lugar, su cuestionamiento a la realización de la “Semana Camilo Torres” en la Universidad Nacional de Colombia. Dado que considero que entre García y yo existe coincidencia en relación con lo que él denomina “discusión sobre los métodos de investigación”, quisiera aprovechar este texto para aclarar cuál es mi postura en relación con a) el problema de la verdad en las ciencias sociales y b) la relación entre actividad académica y actividad política. Al respecto, cabe aclarar que centraré mi atención sobre todo en el primer aspecto, teniendo en cuenta que, en su último artículo García me acusa de adherir “a la versión contemporánea del idealismo extremo”.

Pese a que por razones de espacio no puedo desarrollar mis argumentos a fondo, quisiera ofrecer un intento de respuesta segmentando la reflexión en tres momentos: 1) presentación sintética de la postura teórico-epistemológica con la que más me identifico -ojalá esto no se entienda como un intento de construir argumentos de autoridad, sino como un esfuerzo por explicitar el lugar desde el cual me ubico en el debate-, 2) enunciación de algunos elementos que considero podrían aclarar mi postura en relación con el objetivismo y el relativismo en las ciencias, y 3) breve reflexión sobre las fronteras entre actividad académica y política.

-Conocimiento situado y objetividad feminista:

La crítica epistemológica que algunos feminismos le han realizado al punto de vista masculino que ha primado en la producción de conocimiento científico, resulta ser uno de los mejores lugares de enunciación para proponer alternativas a las nociones convencionales de objetividad. Para Donna Haraway, por ejemplo, la ciencia dominante ha construido y refinado durante varios siglos una mirada particular de la realidad –elevada a principio general y relacionada con los proyectos militaristas, capitalistas, colonialistas y de supremacía del hombre blanco-, en la que se ha desligado a los sujetos y hechos que se conocen de la red de relaciones sociales y de la naturaleza en las que se producen y reproducen. Para Haraway (1995), la ciencia normal –que ella asocia sobre todo con el punto de vista de los positivismos- privilegia una mirada “mítica en su capacidad divina de ver todo desde ninguna parte” (p. 325). Así mismo, esta autora considera que “las ideologías oficiales sobre la objetividad y el método científico son malos mentores sobre cómo el conocimiento científico es practicado en realidad. Al igual que nos sucede a todos, entre lo que los científicos creen o dicen que hacen y lo que hacen de verdad hay un abismo” (p. 315).

Es por ello que, Haraway (1995) propone una epistemología de los conocimientos situados en la que se exprese la objetividad feminista. La propuesta de esta filósofa-bióloga-zoóloga podría resumirse de la siguiente manera: 1. No existen formas de observación que sean pasivas y neutrales ya que “todos los ojos, incluidos los nuestros, son sistemas perceptivos activos que construyen traducciones y maneras específicas de ver, es decir, formas de vida” (p.327). 2. Todas las formas de observación son situadas y responden a los ámbitos y espacios en los que lxs sujetos sociales representan y significan la realidad. 3. La observación se produce y está mediada por posiciones marcadas de género, clase, raza y colonialidad. 4. La objetividad feminista significa el reconocimiento de cómo miramos y qué aprendemos. En este sentido, se “trata de la localización limitada y del conocimiento situado, no de la trascendencia y el desdoblamiento del sujeto y el objeto” (p. 329). 5. La objetividad feminista implica realizar una doctrina y una práctica “que favorezca la contestación, la deconstrucción, la construcción apasionada, las conexiones entrelazadas y que trate de transformar los sistemas del conocimiento y las maneras de mirar” (p. 329). 6. Tanto las miradas relativistas –una manera de no estar en ningún sitio mientras se pretende estar en todas partes- como las totalizadoras –una visión única de la realidad que busca integrar todas las diferencias en su punto de vista reduccionista y no marcado- son dos formas distintas en las que se materializan las ideologías de la objetividad que niegan el punto de vista del conocimiento situado. De ahí que, la alternativa sean “los conocimientos parciales, localizables y críticos, que admiten la posibilidad de conexiones llamadas solidaridad en la política y conversaciones compartidas en la epistemología” (p. 329), y 7. El yo que conoce es siempre parcial y limitado, y el yo que se busca conocer es siempre dividido y contradictorio1.

Aunque en la propuesta epistemológica de Haraway no se escogen con nombre propio los contradictores directos a quienes va dirigida la crítica –podría ser la ciencia en general o los positivismos y relativismos postmodernos en particular-, resulta evidente el cuestionamiento que esta autora realiza al monismo metodológico, a las pretensiones de objetividad sin contexto de enunciación y a las escisiones artificiales entre ciencia y cultura o ciencia y política. El punto central de la argumentación de Haraway (1995) es que “las luchas sobre lo que será considerado como versiones racionales del mundo son luchas sobre cómo ver” (p 333). En este punto, considero que la postura de esta vertiente del feminismo es ampliamente convergente con la manera en que comprenden la ciencia algunos enfoques críticos que estudian, por ejemplo, el colonialismo, el racismo, la subalternidad, las culturas populares y el animalismo.

-Mi punto de vista (evidentemente situado y parcial):

Al igual que el profesor García considero que la realidad es una construcción social que se encuentra mediada por la existencia de condicionamientos estructurales expresados en instituciones (cristalizaciones objetivadas de relaciones sociales que anteceden y median el tiempo presente de lxs sujetos que coexisten en una determinada época), habitus (sistemas de clasificación en los que se produce un desdoblamiento de la realidad “objetiva” en las formas de percepción y representación “subjetiva” de lxs agentes sociales), y la pertenencia y relación de tipo social que necesariamente establecemos con la naturaleza. Teniendo en cuenta esto último, es que se debe analizar e interpretar la afirmación:

El poder solamente es aprehensible a partir de la comprensión de la totalidad de relaciones y formas de cristalización institucional en las que se producen y son producidos los sujetos. Por lo tanto, la observación y medición del poder en situaciones específicas, solamente se lograría a partir del desconocimiento de la multiplicidad de redes de relación que median y condicionan las interacciones concretas y presenciales entre dos o más actores sociales”.

Evidentemente, la totalidad de lo social es una abstracción que resulta inaprensible desde el conocimiento limitado que somos capaces de producir los seres humanos. Sin embargo, los intentos parciales y situados de representación de la realidad que agenciamos empleando enfoques sistémicos u holísticos (algo que constantemente desestiman los discursos posmodernos y relativistas), pueden erigirse en herramientas teóricas e interpretativas adecuadas para ayudarnos a comprender la red de relaciones y mediaciones que inciden en la producción de las subjetividades y formas de interacción que se expresan en espacios o ámbitos de socialización concretos y específicos.

Ahora bien, ¿se está negando con esto la posibilidad de aprehender, en la medida de nuestras posibilidades, la realidad de lo social?, ¿lo que se establece aquí es una salida maximalista que pretende saberlo todo sobre la verdad? Considero que no. Lejos de defender la validez universal de la teoría –en esto creo que García y yo coincidimos- o la afirmación de una teoría general a prueba de sujetos y contextos, lo que vengo sosteniendo es que hay ciertos procesos sociales que no pueden comprenderse integralmente si se apela a la simple comprobación empírica. Por ejemplo, el fenómeno de la explotación es el resultado de la manera como unxs agentes se apropian individualmente de las riquezas socialmente producidas, y no simplemente de las relaciones intersubjetivas que se producen entre el capitalista y lxs trabajadores en una empresa determinada, o entre un sector de capitalistas y lxs trabajadores adscritos a una determinada rama de la producción.

Por consiguiente, aunque puedan existir dificultades de tipo práctico para medir o comprobar empíricamente el conjunto de relaciones que se encuentran inmersas e inter-relacionadas en el proceso de explotación del trabajo por parte de lxs capitalistas en las sociedades contemporáneas -yo mismo cometí este error en el pasado cuando critiqué al marxista analítico John Roemer, siguiendo su misma línea argumentativa de corte individualista y sectorial-, eso no quiere decir que la teoría de la explotación sea menos potente o relevante para el marxismo y las ciencias sociales en general.

En definitiva, lo que intenté plantear en mi respuesta anterior, es que hay determinados procesos sociales que son construidos y susceptibles de ser medidos y comprobados empíricamente, al mismo tiempo que existen dimensiones de la realidad que pareciera solamente podemos captar en su densidad y complejidad, a partir de las reflexiones y construcciones de tipo teórico.

Nota: encuentro bastantes cercanías y convergencias con el Mauricio García que escribió el prefacio para la segunda edición del libro “La eficacia simbólica del derecho”, no tanto así, con el Mauricio García que pareciera esgrimir otro tipo de argumentos y afirmaciones en el artículo “Universidad y Sociedad”, al cual hice mención en mi primer escrito.

-Corolario: sobre las fronteras entre la actividad académica y la actividad política:

Aclaración previa:

La fascinación que le produce a lxs posmodernistas Foucault, como sostiene García en su artículo, fue la razón principal por la que decidí leer más de mil ochocientas páginas sobre historia conceptual de lo político, antes que realizar una genealogía sobre lo popular en Colombia –tal y como me lo había sugerido mi director de tesis- cuando ingresé al Doctorado de Estudios Políticos en la Universidad Nacional de Colombia. Por lo tanto, aunque soy crítico de varios aspectos de la obra de Foucault y no me siento cómodo cuando me asocian con este autor en particular, no por ello voy a renunciar a dialogar con aspectos de su pensamiento que me parecen interesantes y valiosos para comprender mejor la realidad de lo social (esto lo hago a riesgo de aparecer nuevamente en el radar de “Alerta de Posmodernidad” construido por el profesor García, con el fin de encuadrar a sus detractores a lo largo de este debate, el cual, paradójicamente me recuerda al dispositivo de “Alertas Tempranas de Discursos Modernos” utilizado por el profesor de la Universidad Pedagógica Nacional, Alejandro Álvarez Gallego, cuando hace unos años me otorgaba el mote de moderno trasnochado y autoritario, por cometer la herejía de atreverme a utilizar argumentos sacados de la obra de Marx o Bakunin para cuestionar las dificultades que tiene Foucault en varios momentos y pasajes de su obra, para ayudarnos a comprender el papel activo que cumplen las expresiones organizativas y colectivas provenientes de los sectores populares en los procesos de construcción, estructuración y transformación de la realidad de lo social).

Entrando en materia:

Pese a que la ciencia no nace con la modernidad occidental y tiene un desarrollo que no puede reducirse al contexto anglo-europeo, cabe preguntarse si Foucault tiene o no razón cuando sostiene que la particularidad de este discurso en los últimos siglos ha sido su clara intención de producir “efectos de poder que Occidente, ya desde la Edad Media, atribuyó a la ciencia y reservó a los emisores de un discurso científico” (Foucault, 2000, p. 24). El carácter racional, objetivo, provisional, argumentativo, metódico, sistemático, analítico, empírico, delimitado, acumulativo y generalizable que el discurso científico esgrime como rasero normativo frente a otras formas de saber y conocimiento, pareciera otorgarle una superioridad incuestionable e incontestable. Por consiguiente, no son pocas las voces que han considerado a lo largo de la historia, que las ciencias para poder operar adecuadamente deberían “descontaminarse” de todos los vestigios culturales, ideológicos y valorativos que la limitan, es decir, de aquellas formas de saber y conocimiento que no aspiren o no puedan ser consideradas como científicas.

No sobra recordar que detrás de estas posturas se esconden juicios de valor que afirman la importancia de la razón y la libertad de pensamiento, en oposición a determinadas formas de dominación que se ampararon en discursos y creencias religiosas para crear instituciones políticas de carácter absolutista, en las que primaron formas de pensamiento único y se persiguió hasta la muerte a las y los disidentes. Tampoco se puede desconocer que algunos defensores contemporáneos de la utopía racionalista que significa una ciencia “lo menos contaminada posible”, quisieran que este tipo de conocimiento dejara de ser una de las estrategias que utilizan los políticos profesionales para otorgarle legitimidad a sus programas de gobierno a nivel local, nacional o internacional. Sin embargo, los interrogantes que Foucault le plantea a todos aquellos que adoptan el ropaje de la ciencia para justificar la prelación de sus puntos de vista y conocimientos sobre todos los demás, debería, al menos, empezar a reflexionarse.

Al respecto, pregunta este autor: ¿Qué tipos de saber quieren ustedes descalificar desde el momento en que se dicen una ciencia? ¿Qué sujeto hablante, qué sujeto que discurre, qué sujeto de experiencia y saber quieren aminorar desde el momento en que dicen: “yo, que emito ese discurso, emito un discurso científico y soy un sabio”? ¿Qué vanguardia teórico política, en consecuencia, quieren entronizar, para separarla de todas las formas masivas, circulantes y discontinuas de saber? (Foucault, 2000, p. 23).

Dejarse convencer con argumentos y pruebas, “incluso cuando ello pone en tela de juicio (…) convicciones políticas o axiológicas”, no es una práctica cuyo monopolio le pertenezca exclusivamente a lxs sujetos que participan en el campo científico. Tampoco es el saber científico la única fuente de conocimiento y entendimiento de la realidad en la que vivimos. De ahí que, intentar trazar con precisión los linderos y fronteras entre la ciencia y la política resulte una tarea bastante complicada, por no decir utópica. Los efectos de poder-saber que tiene el discurso científico en la vida cotidiana de las sociedades contemporáneas me llevan a preguntarme si, tal vez, no se podría plantear –jugando con la famosa frase de Clausewitz invertida posteriormente por Foucault- que la ciencia es uno de los soportes y formas de continuación de la política por otros medios.

Pd: Considero que he tenido la oportunidad de aclarar y plantear con suficiencia mi punto de vista en los dos artículos publicados por Palabras al Margen. En este sentido, anuncio públicamente que hasta aquí llega mi participación en este debate.

Pd2: Aprovecho esta oportunidad para invitar a todxs los lectores de este portal de opinión, a que conozcan las respuestas críticas que lxs estudiantes del seminario de Pensamiento Político en América Latina, realizaron a tres artículos publicados en periódicos y blogs en los que se criticaba a Camilo Torres Restrepo, con ocasión de la conmemoración de los cincuenta años de su muerte –uno de ellos es el artículo del profesor García Villegas titulado “La semana Camilo Torres”-. Este es el enlace: http://trenalsur.blogspot.es/

Pd3: Agradezco nuevamente al profesor García por tomarse el tiempo para intercambiar ideas y opiniones con alguien que, a diferencia de él, no cuenta con una larga y prestigiosa carrera académica.

BIBLIOGRAFÍA

-Foucault, M. (2000). Defender la sociedad. Fondo de Cultura Económica. Argentina.

-Haraway, Donna (1995). Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. Cátedra. Madrid.

  1. Haraway cita a Teresa de Lauretis para que se comprenda mejor qué significa eso del “yo dividido y contradictorio” en el caso de la categoría mujer. Al respecto Lauretis sostiene que “Las diferencias entre las mujeres pueden ser mejor comprendidas como diferencias dentro de las mujeres… Pero una vez comprendidas en su poder constitutivo —una vez sabido que estas diferencias no solamente constituyen la conciencia y los límites subjetivos de cada mujer, sino que definen el sujeto femenino del feminismo en su especificidad, en su contradicción inherente y, por ahora, irreconciliable— estas diferencias, por lo tanto, no pueden de nuevo ser colapsadas en una identidad fija, en una igualdad de todas las mujeres como Mujer, en una representación del Feminismo como una imagen coherente y asequible”. (Lauretis en Haraway, 1995, p. 331).