Hernán Alejandro Cortés

* Hernán Alejandro Cortés

Estudiante del Doctorado en Filosofía y Magíster en Filosofía de la Universidad de los Andes; Licenciado en filosofía de la Universidad Santo Tomás. Ha sido profesor de la Universidad de los Andes, la Universidad Jorge Tadeo Lozano y la Universidad San Buenaventura. Actualmente es becario de la Universidad de los Andes e investigador de REC-Latinoamérica. Es autor del libro: El animal diseñado: Sloterdijk y la onto-genealogía de lo humano (2013). Su campo de investigación es la filosofía política y latinoamericana. Su proyecto doctoral se concentra en el problema de lo común en el marco de las discusiones sobre la ontología política en autores como Laclau, Žižek y Castro-Gómez.

El día ciento uno del gobierno de Enrique Peñalosa fue uno de los más difíciles para la administración distrital. Además del tradicional ajetreo que produce la rendición de cuentas y de la baja aprobación de la “Bogotá Mejor para Todos”, surgió un problema que ni el más experto de los técnicos habría imaginado. En el periódico El Espectador, un par de columnistas invitados1 descubrieron que Enrique Peñalosa no tenía el título de doctorado que orgullosamente exhibía. Pero, lo más paradójico del asunto fue la forma en la que se enfrentó el problema, la versión oficial dijo que se trataba de un simple error, tan simple, que se prolongó por treinta años sin que nadie se percatara.

Causó gran preocupación que un político engañara a sus electores por tanto tiempo, que no tuviera la experticia necesaria para realizar los proyectos que tanto ilusionaron a los votantes; en términos más amplios, causó gran preocupación que este hombre “tan educado” nos hubiera engañado, algo así como El embajador de la India en versión rola o gringa. Sin embargo, en un país como Colombia, con una clase política y una cultura democrática tan peculiar, la preocupación pasó rápido. Era un poco más de lo mismo, un político engañando votantes no tenía nada de excepcional y más si ese político era apoyado por el establishment. Aunque algunos ciudadanos pidieron la renuncia del Alcalde, el falso doctorado no parece tener repercusiones éticas, pues solo se trataba de un malentendido, no de una mentira, cuestión de grados no de principios.

A pesar de la repentina calma que acompaña cualquier escándalo público en Colombia, el doctorado de Peñalosa o, mejor, su ausencia, plantea una gran pregunta que vale la pena abordar. Es necesario preguntarse si hay algún fundamento para considerar que los técnicos deben ser los encargados de detentar el poder político o si, por el contrario, estamos ante una argumentación falaz, tan falaz como el PhD de Peñalosa. El argumento fundamental utilizado por los técnicos para reclamar el poder político consiste en apelar al conocimiento. Ellos, al menos desde su argumentación, tienen un conocimiento privilegiado de la realidad y por lo tanto pueden elegir los mejores medios y herramientas para intervenir en ella. A partir de este argumento, los técnicos son objetivos y neutrales, aquí reside otra de sus virtudes cardinales, ellos no se dejan llevar por la maleabilidad de los asuntos políticos y éticos de la sociedad, están más allá de esa muchedumbre ignorante y de los apasionados políticos. El técnico, al conocer la verdad, puede actuar neutra y efectivamente frente a los problemas que enfrenta la sociedad política. Los técnicos se ven a sí mismos como mecánicos reparando motores defectuosos, identificando problemas que resuelven (o licitan) a la mayor brevedad.

El modelo de ciudad y la forma de administrar de Peñalosa, coinciden perfectamente con la imagen del técnico. La inseguridad, la violencia y la movilidad se desligan totalmente de las vidas de los sujetos, ahora estos problemas son sólo indicadores que es necesario mejorar, datos estadísticos que no representan lo que en realidad se juega en las calles. En gran medida, la crisis de legitimidad de las instituciones sociales radica en esto. Los datos, las correlaciones, los indicadores y todos los artefactos técnicos mejoran, pero la gente no experimenta este “mejoramiento”. Peñalosa nos recuerda a los técnicos de Estado de policía que Foucault analiza en Seguridad, territorio, población encargados de embellecer el Estado para volverlo resplandeciente, de allí su énfasis desmedido en la infraestructura que es la garantía de una ciudad bien administrada o una “Bogotá Mejor para Todos”.

La política tal como lo piensan los técnicos no debe preocuparse por los sujetos que constituyen el cuerpo social, por el contrario, se trata de analizar resultados y medir variables. Basta de representación, de compromiso y de antagonismos, es mejor licitar las relaciones sociales y entregarlas a los “expertos”. ¿Qué representan estos expertos o qué proveniencia política tienen? A nadie le importa, los técnicos están más allá del bien y del mal, más allá de la “apestosa ideología”, ellos toman las decisiones necesarias, no les preocupa ese humano concepto de error, incluso son el remedio perfecto para la corrupción porque sus únicas motivaciones son técnicas, racionales y medibles, los intereses se los dejan a los políticos y a los privados. Los técnicos son asépticos, impolutos, incorruptibles, en una palabra, no son políticos, son ejecutores de decisiones racionales (por eso el tema del doctorado no es una mentira, sino un error).

Basta de buena conciencia. Al hablar de asuntos humanos, como la política, la sociedad, la paz o la educación, la situación es mucho más compleja. Vale la pena preguntarse si estas esferas se reducen, como diría Sandel hablando de la moral, “a contar vidas y echar balance de costes y beneficios”. En esto consiste la falacia de los técnicos. En reducir la vida política, y si se quiere, la vida en términos generales a un simple cálculo, alentado por el lugar privilegiado que da el conocimiento. Más allá de analizar el valor de verdad que se le puede asignar a las distintos métodos que utilizan los técnicos, el punto consiste en analizar qué tan adecuado es para la sociedad reducir la vida pública a un conjunto de decisiones puramente técnicas, especialmente, cuando las decisiones técnicas parecen ir en contravía de los intereses de los ciudadanos. Nadie desconoce la utilidad que puede tener el trabajo de los técnicos, es más, este trabajo es parte importante de la política, sin embargo, el problema consiste – utilizando los términos de Habermas – en la cooptación sistemática de la vida por parte de una racionalidad instrumental.

Así pues, habría que pensar con detenimiento cómo la falacia de un gobierno técnico se cae por su propio peso. Primero, habría que decir que lo político implica una relación ética que no se puede reducir al pensamiento puramente técnico. La política como el lugar de la pluralidad consiste en la intersección de múltiples campos de la vida social, no sólo los aspectos estructurales como el Estado o la economía entran aquí, la cultura, la relaciones que se establecen con el otro y los sujetos particulares están en el escenario de lo político. Algo que en cien días de gobierno ha sido totalmente desdeñado en virtud de la aparente efectividad y la supuesta transparencia. El gobierno Peñalosa sólo ha encontrado las líneas de intersección con el otro en la reducción de este como enemigo, todo lo que no representa sus intereses es desprestigiado o eliminado, con argumentos que operan en virtud de una relación costo-beneficio.

Por lo anterior, hablar de política implica tener una comprensión más amplia de la diferencia. La política no son sólo decisiones que afectan la eficiencia, la productividad y el mejor desempeño de las sociedades, la política consiste en el modo de estar unos con otros, implica analizar qué tipo de vínculos sociales existen, implica pensar en antagonismos sociales, en momentos de cooperación, en las cosas que hacen que la vida merezca ser vivida, en pocas palabras, la política implica el reconocimiento de la alteridad y aprender a tratar con ella. Por eso, el cálculo técnico es una reducción del ejercicio político. Y en el caso de Peñalosa es la muestra fundamental de un instrumental técnico que “economiza” las relaciones humanas a formulaciones de costo-beneficio, el proyecto de ciudad de Peñalosa responde a una visión técnica de la ciudad que solo se preocupa por dar réditos a un conjunto de eficientes inversionistas que entienden la política como un espacio de inversión para aumentar su beneficio. Pensar que los seres humanos nos relacionamos en términos de eficiencia es reducir la complejidad humana a una de sus más pequeñas dimensiones, y de paso, violentar el desarrollo de la humanidad en virtud de la eficiencia técnica que, en el caso de Peñalosa, responde a un modelo económico particular.

Que un político sea elegido por su perfil técnico y resulte no tener el conocimiento necesario para recibir este adjetivo, es el resultado de una despolitización de la vida. Los ciudadanos nos encontramos tan desvinculados de la vida social que preferimos darle el poder a cualquiera que se muestre como un mesías de los problemas, más que buscar representación los analfabetos políticos, como los llamaría Brecht, pretenden desembarazarse del ejercicio político. La obsesión con los técnicos es una señal del agotamiento del sistema democrático en Colombia y en todo el mundo; es momento de re-politizar las relaciones sociales, volver a Schmitt, Gramsci, Laclau y Mouffe, y crear los antagonismos propios de la vida en comunidad.

P.S. El caso de Peñalosa coincide con algunos de los aspectos centrales del perfil técnico, sin embargo, en su caso no se trata tanto una falacia como una engaño deliberado, no sólo irrespetuoso con los votantes sino con las personas que han dedicado su vida a formarse intelectualmente.


 

*Gerardo de Francisco es Politólogo, filósofo y Magíster en Ciencia Política de la Universidad de los Andes. Actualmente, investiga temas de teoría y filosofía política, en particular, se ocupa del análisis de las concepciones de Estado, soberanía y lo político.  Con el firme propósito de analizar las relaciones ético-políticas subyacentes en las relaciones sociales contemporáneas. Es socio fundador de Centro de Investigación social y Estudios críticos-CISEC e investigador titular del mismo.

  1. http://www.elespectador.com/noticias/bogota/el-tal-doctorado-de-penalosa-no-existe-articulo-625911