De entrada planteo que Bogotá es una de las ciudades en las cuales lentamente se ha ido construyendo un criterio ciudadano abierto y dispuesto a la participación y, más que todo, expectante a ser consultado e interpelado. Esto no necesariamente significa que haya un gran desarrollo de la cultura política o una conciencia social generalizada como a muchos les gustaría imaginar – temas que serán objeto de otras reflexiones y escritos – pero sí una base social cada vez más grande y con criterio claro que se preocupa por la Ciudad y las decisiones que sobre ella se toman, un excelente potencial sumado a expresiones de organización social e iniciativa ciudadana que llevan años haciendo ciudad y que tienen mucha capacidad de propuesta cualificada, sentida y argumentada.

Toda una sorpresa que se han llevado los reencauches bogotanos de la política tradicional de este país acostumbrados a pensar que son los únicos que saben, los llamados a gobernar, los formados para hacerlo, los ungidos. Ellos saben para qué son las reservas ambientales, cómo es que se hace urbanismo, para qué sirve el espacio público, cuáles son los recursos justos que hay que dedicarle a la salud y a la educación; ellos saben qué quieren las mujeres, saben cómo tratar a las prostitutas. Ellos saben como hacer una ciudad agradable y feliz, saben que las empresas públicas no funcionan. Ellos llegan con una fórmula perfecta, dispuestos a hacer caber allí a toda la Ciudad y a toda la gente, y seguros que estamos convencidos de que esa es. Se les olvida siempre que podemos y queremos pensar que tenemos experiencia porque también vivimos, trabajamos, disfrutamos y tememos la misma Ciudad; se les olvida qué tan corto ha sido el Estado, que gran parte de la Ciudad ha sido históricamente construida por la gente.

Esa soberbia hace parte de un estilo de gobierno, el de la Colombia que está cerrando un ciclo y ahí hay que dejarlo. Siempre va acompañada de un profundo desprecio y desconfianza hacia la gente, hacia lo que consideran una masa amorfa que hay que abrazar cuando se está en campaña y a la que hay que acostumbrar que la política se reduce a una transacción de favores. Así como nos lo contó María en Engativá hace unos meses, ella lidera un grupo de gente desplazada por la violencia y por la inviabilidad de la economía: “Aquí vino el señor, le presentamos nuestra propuesta, queremos trabajar y tenemos una asociación, nos dijo que si teníamos 80 votos nos daba cinco millones de pesos y que no lo buscáramos más, que en nada más podía ayudarnos cuando quedara elegido”.

Así han sido estos 120 días en Bogotá, un gobierno que se armó pasando por encima de normas y pagando las multas del bolsillo de todos para nombrar gerentes que puedan privatizar; pasando por encima de argumentos técnicos, científicos y de experiencias de trabajo de miles de ciudadanos, ambientalistas, académicos, organizaciones y funcionarios públicos para insistir en que hay que urbanizar un terreno que apenas hace poco se había rescatado para transformarse en reserva natural, sinónimo de potrero para el Alcalde y de lote de engorde para uno de sus secretarios que decide desde lo público sobre la valorización de su propiedad privada en medio de la Van der Hammen. Se insiste en proteger nuevas construcciones en los Cerros Orientales, a pesar de pactos ya firmados con la ciudadanía para que no sea así; se reduce el presupuesto para la salud y los cupos para la educación, a pesar de que ya se demostró que es posible una cobertura muy avanzada en educación pública escolar gratuita y un sistema de instancias públicas de salud libres de déficit; se insiste en la venta de la ETB, a pesar de que en vigencias pasadas mostró que bien manejada puede ser muy benéfica para el presupuesto de la Ciudad; se formaliza una empresa para un Metro que no tiene estudios técnicos, a pesar de que la Ciudad ya cuenta con un diseño con todas las de la ley; se insiste en la extrapolación de un sistema de buses (BRT) que ya ha llegado a un límite, se reduce la cultura a lo que se puede pagar y la convivencia a lo que se puede controlar … todas decisiones que salen costosas –en todos los sentidos– para la Ciudad y que han generado múltiples pronunciamientos y manifestaciones en su contra.

La lista puede ser infinita, más allá del ítem el mensaje es claro: quien ya fue elegido no tiene porque consultar ni buscar aprobación ciudadana para sacar adelante su agenda. No moleste porque la transacción ya fue realizada. Autoridad y autoritarismo pareciesen ser lo mismo.

Mal haríamos en pensar que esto es solo una cuestión de estilo; el sentido profundo de tanta soberbia tiene que ver también con los intereses que se tienen para hacer política y al hecho de gobernar: que los recursos públicos sean la base de los negocios que administran y que les significan una ganancia importante; claro, naturalmente debe ser para ellos –creen– ¿quién más sabría cómo disfrutar y aprovechar tanta plata junta?

El estilo de gobierno apunta a un modelo de ciudad en el cual ocupan lugar central varios elementos: la privatización de las empresas públicas significa la posibilidad de dinamizar sectores privados como la construcción y el transporte, con recursos públicos invertidos en infraestructura, logística y adecuaciones urbanísticas y legales para su funcionamiento. La generación de más y más suelo urbano nuevo es la condición para potenciar el mercado privado del suelo y de la vivienda sin darle énfasis a la vivienda de interés prioritario ni a un crecimiento vertical de la Ciudad. Los gastos correspondientes a la llamada “agenda social” se descargan de la plata pública y se condicionan a otro tipo de fuentes de financiación, pues el gasto público debe concentrarse en infraestructura. Las soluciones de movilidad se concentran en la expansión de un sistema de buses casi “patentado” por las empresas que financiaron la campaña del Alcalde sin siquiera considerar otras opciones como trenes, cables aéreos o metro subterráneo. Una idea genérica de espacio público de restringido acceso y una noción de felicidad pero con pocos recursos asignados a la generación de oportunidades para que la gente en general pueda vivir la vida que desea.

Formas y contenidos de ser gobierno que hay que dejar atrás.

“Quién los manda a votar por él?” es la salvaguarda de algunos y “Seguro más adelante se componen las cosas” la de otros. Ninguna de las dos acorde al momento que vive la Ciudad ni al papel que le corresponde en el reto hacia la paz que enfrenta el país.

En Bogotá hay un acumulado de propuesta y de experiencia, de ideas y de formulaciones ya implementadas que hablan de otro modelo de ciudad posible. Es el momento de las múltiples y plurales ciudadanías, de las organizaciones sociales, de las iniciativas ciudadanas, de las personas creativas, de los estudiantes inquietos, de los profesionales propositivos, de las juntas de acción comunal, y de todas y todos quienes quieran participar y/o quienes están cansados de una manera unilateral y arbitraria de hacer gobierno. El reto es recuperar los ánimos sin caer en las respuestas mecánicas de los enfrentamientos, salir de la lógica de la polarización en la que nos quieren encerrar para proponer y defender la ciudad que queremos. Tenemos con qué.

 


*Socióloga con maestría en Análisis de problemas políticos. ExDirectora de Seguridad y Convivencia. Twitter: @DonkaAt