Sergio Felipe Ayala

* Sergio Felipe Ayala

Egresado de los programas de Ciencia Política e Historia de la Universidad Nacional de Colombia. Maestría en Filosofía de la Universidad de los Andes. Estudiante de maestría en economía política en el King’s College London. Miembro del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea – TEOPOCO de la Universidad Nacional de Colombia.

Hace unos meses Alfredo Molano recordaba en una de sus columnas a Henry Miller para señalar el que a mi juicio es uno de los más pesados cánceres que el siglo XX trajo consigo: una pesadilla climatizada; una pesadilla con aire acondicionado1. Vivimos en un mundo en donde más del 55% de la población está concentrada en ciudades –se calcula que dentro de unos 40 años la cifra será cercana al 65%– y dentro de esa cifra una buena parte (tal vez más de la mitad) corresponde a eso a lo que de manera ambigua llamamos “clases medias”.

Digo de manera ambigua porque la frontera entre carencias materiales y comodidades es desdibujada todo el tiempo por una relación en donde “unas pocas y restringidas comodidades” bastan para olvidar las carencias. Un iPhone 6 comprado a crédito, por ejemplo, le hace olvidar al empleado que sus prestaciones laborales son precarias, que el acceso a la educación de calidad le fue abruptamente negado y que su futuro profesional no tiene mucho de distinto al de su presente: un rango medio. No importa igual; se tiene un iPhone con el que se puede pasear por los infernales ríos de consumo de los incontables centros comerciales que asfixian cada vez más la vida de ciudades como Bogotá. No importa igual; me parezco más a un rico y no a un pobre (así de rico no tenga nada y de pobre tenga bastante) cuando el aire acondicionado del centro comercial o de “mi carrito” (por el que de paso me endeudé unos buenos años) me acaricia la cara. No hablo de las clases medias altas, esas que en Bogotá llamamos “estrato 4 y 5” y que corresponden a algo cercano al 16% de la población. Con esas hay otros líos, parecidos pero distintos. Hablo de una buena mayoría cuyo único privilegio otorgado es el del consumo medio, pero nunca y de ninguna manera el de educación de calidad, salud de calidad o trabajo no precarizado.

Nuestra pesadilla con aire acondicionado tiene un efecto complejo: el arribismo. Creerse rico siendo pobre tiene como efecto colateral el de defender el proyecto de los ricos ¿Y qué tiene que ver la pesadilla arribista de las clases medias con Peñalosa? Mucho más de lo que creemos.

Luego de 100 días de gobierno, Peñalosa es el peor calificado entre 24 alcaldes de las principales ciudades del país2. Ni siquiera las encuestas que contribuyeron a montarlo a la Alcaldía pueden negar el descontento. Cifras y Conceptos3 muestra en su más reciente medición un 34% de imagen favorable y un 64% de desaprobación. Gallup, por su parte, le pone un 35% y un 55% respectivamente. Otros estudios son un poco más específicos como el que hace un par de semanas publicó la Universidad de la Sabana, en donde a una desaprobación del 55% le agregan palabras comunes con las cuales los encuestados definieron atinadamente a Peñalosa: “malo (13%), pésimo (4%), oligarca (3%) y corrupto (2%), entre otras”4. En el mismo estudio hubo también una desaprobación masiva de proyectos medulares para su administración: “la idea de urbanizar la Reserva Thomas van der Hammen la desaprobó el 65% de los encuestados; el metro elevado, el 50%, y el desalojo de los vendedores ambulantes, el 58%”.

Estas cifras son difíciles de interpretar. Habrá quienes digan que en ellas se indica que como a Peñalosa lo eligió una minoritaria tercera parte del electorado (33%) hay dos terceras partes plenamente dispuestas a su revocatoria. Que las otras dos terceras partes, las que votaron por Clara y por Pardo, aún con sus diferencias ideológicas o políticas, estarían prestas al cambio. Habrá incluso quienes digan que ese 33% peñalosista fue en buena medida producto de las maquinarias de Cambio Radical y los constructores.

Las dos tiene algo de cierto (más la segunda que la primera) pero el asunto es en definitiva más complejo. Pese a todos los problemas de corrupción, clientelismo y apatía por la política que existen en los procesos electorales e institucionales en Bogotá, sin duda hay un nivel relativamente mayor de legitimidad en lo que ocurre cuando en la Capital se elige a un alcalde con respecto a lo que pasa en resto del país. En muchas partes de Colombia a los dirigentes los ponen sin problema los poderes económicos legales e ilegales. En Bogotá estos poderes económicos tienen, en cambio, un tira y afloje más duro con el electorado. Por eso hubo tres alcaldías de izquierda en las últimas administraciones. Tres alcaldías que coincidieron –por muchas razones– con un gran incremento de las clases medias en la ciudad. La pregunta es: ¿hay una capacidad política en los bogotanos más allá de lo que votan cada cuatro años?

No es que las clases medias no puedan tener un alto nivel de politización y que no puedan tenerlo críticamente. El punto es que las posibilidades políticas de las clases medias conviven hoy en Colombia –por supuesto en Bogotá– con una aletargada defensa a sus escasos privilegios. No están orientadas a las luchas decisivas por lo que se puede ganar, sino a la protección de lo que “mal que bien se tiene”. No asumen el compromiso de exigir una ciudad más digna en términos de movilidad, derechos sociales y ambiente. No salen a las calles a protestar por la depredación de una reserva forestal que puede llegar a ser un emblema para Latinoamérica en términos de la forma en que debe estructurarse la vida urbana bajo el asecho del cambio climático, sino que prefieren hacer alguna mueca de rabia cuando escuchan del tema para rápidamente olvidarlo viendo cuántos “like” le dieron a su última selfie en facebook (sí, desde su iPhone 6 comprado a crédito).

De seguro la mayoría de los que desaprueban hoy a Peñalosa provienen de la medianía de clase de la que hemos venido hablando (y de seguro, paradójicamente, quienes votaron por él también lo son). A Peñalosa, sin embargo, las encuestas no parecen preocuparle mucho después de tres meses en el Palacio de Lievano: “[A] mí no me preocupan las encuestas porque yo no soy candidato a nada, soy un alcalde”5. ¿Por qué no le preocupan? Porque sabe que puede apostarle a la muy probable rabia inactiva de la clase media. A esa que reprocha de manera conservadora las protestas en Transmilenio aunque sabe que el sistema no funciona. Peñalosa puede abandonar a la ciudadanía y dedicarse a hacer pactos y gestiones con los gremios de la construcción y la especulación inmobiliaria; con las transnacionales de los proyectos de movilidad y las casas automotrices que ven en Transmilenio un negocio a la fija gracias a un socio a la fija; con la policía, con Cambio Radical y con el uribismo. Al final le está apostando a la probable y cruda realidad de que los bogotanos se la cobren, pero solo dentro de cuatro años y solo hasta otras próximas elecciones –justo como se la cobraron a la izquierda luego de muchos errores. El asunto es que si el cálculo de Peñalosa resulta correcto, dentro de cuatro años tendremos para él millonarios honorarios de Volvo y de las constructoras, y tendremos para nosotros un improvisado metro elevado, diez mil lozas de Transmilenio quebradas y un descuido absoluto de los proyectos sociales y de la promoción de la equidad en la Ciudad.

Pero esto no significa, de nuevo, que no se pueda desarrollar un alto nivel de politización en la ciudadanía bogotana hoy mayoritariamente de clase media, traducida en acciones que vayan mucho más allá de lo electoral. Tampoco hay que olvidar que, pese a una mayoría relativa de clases medias, los desahuciados, los extremadamente pobres, los desplazados y los marginados siguen siendo muchísimos. Que los barrios marginales de Bogotá albergan millones de desplazados tanto por el conflicto armado como por la depredación y el despojo del capital financiero en el país.

Ese es justamente el reto de un proyecto alternativo para la Ciudad hoy: cómo hacer para que la gente defienda y exija, y participe justo como cuando hubo enormes movilizaciones en el 2011 en defensa de la educación, en el 2012 por la defensa de la democracia y en contra de las destituciones alegres de Ordóñez, y también otras formas de movilización que han ocurrido en estos años. Y han ocurrido –no podemos perderlo de vista– justamente en Bogotá. Luego de 100 días de gobierno de Peñalosa queda más que comprobado (ya lo sabíamos igual) que urge no solo una revocatoria, sino un proyecto con un modelo de ciudad distinto.

O podemos asumir resignadamente la rabia inactiva de la pesadilla con aire acondicionado, y leer con nostalgia trágica a Miller en toda su vigencia:

“Nuestro mundo es un mundo de cosas. Está hecho de comodidades y lujos, o del ansia de tenerlos. Lo que más tememos, al afrontar la inminente debacle, es que nos veamos obligados a abandonar nuestros juguetes, nuestros cacharros, todas las pequeñas comodidades que tanto incomodan […] no somos almas en paz; somos petulantes, tímidos, flojos y timoratos6.

  1. http://www.elespectador.com/opinion/pesadilla-climatizada
  2. http://www.las2orillas.co/encuesta-penalosa-el-peor-calificado-entre-24-alcaldes-del-pais/
  3. http://cr00.epimg.net/descargables/2016/03/17/9520363982cbf8c74f0f103387fd38e0.pdf
  4. http://www.elespectador.com/noticias/bogota/otra-encuesta-raja-penalosa-articulo-626884
  5. http://caracol.com.co/emisora/2016/04/19/bogota/1461019425_187207.html
  6. http://mundocritico.es/2014/02/una-pesadilla-con-aire-acondicionado/