Andrés Felipe Parra Ayala

* Andrés Felipe Parra Ayala

Filósofo de la Universidad de Los Andes, Magíster en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia. Doctor en Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la misma universidad

Gerente y buen administrador. Así se define Enrique Peñalosa a sí mismo. Pero de hecho es todo lo contrario: un político en campaña permanente. Inclusive cuando ya ostenta el cargo de alcalde. Ciertamente, la mayoría de “argumentos técnicos” que respaldan sus decisiones atravesadas y arbitrarias son en el mejor de los casos meros eslóganes de campaña.

De una campaña, que además, apela a las emociones clasistas más bajas y deplorables de un sector de la ciudadanía bogotana. Su primer acto de gobierno –“recuperar el espacio público”- lo refleja claramente. Con una teoría absolutamente rebuscada, que afirma que la presencia de vendedores ambulantes causa inseguridad, Peñalosa comenzó una ofuscada cruzada para “limpiar” y “recuperar” el espacio público. Pero detrás de esta cruzada no hay un concepto técnico, sino una repugnante actitud clasista y una confusión conceptual imperdonable para un economista de la Universidad de Duke (aunque sin duda comprensible en el caso de un egresado de un Doctorado inexistente).

La confusión conceptual es sencilla: Peñalosa confunde, como todo un Do(c)tor Colombiano curtido en las altas mieles de la investigación, causa con coincidencia. Incluso si se acepta que en algunas zonas concurridas de la ciudad (como en la Calle 19) hay presencia de vendedores ambulantes y al mismo tiempo inseguridad, no es claro por qué los vendedores ambulantes son quienes la causan. A menos que uno suponga que ellos son los que roban. Pero eso, querido alcalde, se llama clasismo y estigmatización. Algo que usted quiere vender como técnica y gerencia, lo que hace todo aún más grotesco, pues se le pone al clasismo el título de cientificidad.

Si no se puede demostrar que los vendedores ambulantes son los que roban a la gente, entonces retirarlos del espacio público no ataca las causas de la inseguridad. Pero la investigación rigurosa de las posibles causas o variables de la inseguridad es poco relevante. De hecho, ocupa el 0,0001% del estilo administrativo de Peñalosa. Lo único importante es que los bogotanos estemos orgullosos de nuestra ciudad y podamos caminar por sus bellas aceras y nos sintamos en el “mejor lugar del mundo”, aunque sea el infierno para la mayoría. Caminar tranquilamente sin tanta chusma, como si Bogotá y sus problemas sociales de pobreza, desempleo y exclusión no existieran. Hay que sacar pecho por nuestra ciudad, decir que no tiene nada que envidiarle a París o a Londres, olvidando el hecho de que tampoco tiene mucho que envidiarle a las zonas más deprimidas de África. La idea que Peñalosa tiene del espacio público es la de una burbuja. Y eso, en un país y en una ciudad que no ha podido solucionar sus graves problemas sociales, se llama mezquindad.

No hay duda, entonces, de que Peñalosa es un excelente administrador, pero de una Bogotá fantasiosa que el propio alcalde, al mejor estilo autoritario y soberano de Luis XIV, identifica con su propia persona. Bogotá c’est moi es el argumento de Peñalosa frente a cualquier debate que concierna al destino de la ciudad. Especialmente frente al debate del metro y la movilidad y frente a la cuestión del crecimiento urbano en relación con la reserva Van der Hammen. El argumento de Peñalosa, que repite siempre de una u otra forma, es que lo único que hay que hacer en Bogotá es exactamente lo mismo que él hizo en su pasada administración, aunque hayan pasado casi 20 años.

De lo que no se han percatado los seguidores del alcalde y el sector de la prensa que groseramente lava su imagen, es que eso es personalismo puro y duro. No tiene otro nombre. Peñalosa y sus secuaces suelen defender la idea de que la implementación de Transmilenio a principios de siglo mejoró la calidad del transporte en la ciudad y que por ello Transmilenio, y no el metro, es la solución a la movilidad de aquí hasta que llegue el apocalipsis. Sin embargo, ese argumento carece de todo sentido. Que Transmilenio haya sido una buena solución para la ciudad antes no quiere decir que es la solución ahora, pues resulta y acontece que las ciudades cambian y generan nuevos retos y necesidades. Retos y necesidades que Transmilenio no está en capacidad de atender, como lo evidencia el inconformismo generalizado que tienen los usuarios con el sistema.

Pero Peñalosa insiste en su idea original. Hacer el metro subterráneo, o simplemente hacer lo que propuso cualquier otro alcalde, sería un golpe inaudito para él y su propio ego. Y solo por eso, él supone a raja tabla que sería un golpe inaudito para Bogotá y su desarrollo, pues Bogotá no se separa de la propia persona del alcalde.

Para sustentar sus posiciones, el alcalde acude a argumentos descontextualizados y totalmente falaces. En sus debates sobre movilidad siempre señala que, por ejemplo, en ciudades europeas como Londres se movilizan más pasajeros en Bus que en Metro. De ahí concluye por arte de magia que el futuro de la movilidad en Bogotá para los próximos 100 años está en los buses y no en el Metro. La trampa de este argumento no está en las cifras, aunque metros como el de ciudad de México, Chicago, Seúl, Moscú, Hong Kong transportan de hecho más pasajeros que Transmilenio. El argumento es falaz incluso si es cierto que en Londres viaja más gente en los buses que en el Metro. En su afirmación, Peñalosa abstrae tramposamente el hecho de que en Londres o en la mayoría de grandes ciudades europeas el Bus no puede aislarse del Metro, porque están articulados y cumplen funciones distintas: los buses se usan para distancias cortas y el metro es utilizado para los trayectos largos que atraviesan la ciudad. Con cifras como esa, lo único que hace Peñalosa es disfrazar su personalismo y su arbitrariedad con supuestos conocimientos de urbanismo.

Exactamente lo mismo sucede con los argumentos lamentables que da el alcalde para urbanizar la reserva Van der Hammen. Las cifras y proyecciones que él da sobre el crecimiento de la ciudad, que sustentan la urgencia de urbanizar la reserva, las sacó muy seguramente de su tesis de Doctorado, es decir, de ninguna parte. Como lo muestra este documento firmado por el secretario de Planeación –sí, el mismo que tiene un predio en la Reserva-, la Secretaría de Planeación no tiene información sobre proyecciones de crecimiento en la ciudad más allá del año 2020 y la tasa de crecimiento exponencial de la ciudad va en disminución.

Afirmar, como lo quiere el alcalde, que en 40 años habrá un crecimiento de 300% en la población de la ciudad, no es un despiste, ni una ligereza; es engaño deliberado a la ciudadanía. Así como es totalmente engañoso mostrarse como técnico y no como político, compitiendo para ocupar un cargo político.

Y eso último no es solo engañoso, sino peligroso. Ese es, precisamente, el peligro del estilo de la administración Peñalosa en una sociedad democrática: cuando se refieren a las sociedades los argumentos “técnicos” son necesariamente argumentos políticos, pues presuponen nociones de justicia, equidad y bienestar que no pueden demostrarse técnicamente. Y anular la discusión sobre esas nociones de justicia y equidad –como lo hace Peñalosa- es solo otra forma de tiranía.