Enrique Peñalosa cumplió su sueño, volvió a la alcaldía de Bogotá, tras dos intentos fracasados y un poco más de un año después de una rotunda derrota en las elecciones presidenciales. A pesar de que no partió como favorito al inicio de la campaña, su “fama” terminó favoreciéndole y haciendo la diferencia. Esta se basó en una imagen aparentemente positiva que supo proyectar con la colaboración crucial del poder mediático. En consecuencia, el nombre de Peñalosa aparece muchas veces como sinónimo de “gerente”, “técnico”, “despolitizado”, “moderno”, “moderado”, etc. Todas estas supuestas cualidades sirvieron de principal “argumento” para apoyar su última candidatura, sobre todo al distinguirlo de manera contundente del alcalde saliente, señalado de ser extremista, polarizador y pésimo gerente.

Sin embargo, bastaron pocas semanas de gobierno de Peñalosa para que las máscaras del candidato calleran, dejando aparecer la cara “fea” del alcalde. Así las cosas, uno podría afirmar que el triunfo de Peñalosa en las elecciones pasadas corresponde en gran medida a una especie de “malentendido político”, es decir una profunda disconformidad entre la imagen proyectada y la realidad de la política aplicada. De alguna manera, este malentendido corresponde al que existe entre la aparencia que se da el actual modelo neoliberal, que se ha impuesto en todos los rincones del mundo, y las consecuencias concretas de su aplicación.

Hoy en día, el modelo neoliberal ejerce su dominación de manera hegemónica, a tal punto que ni siquiera se presenta como el mejor sistema posible sino como el único. Vivimos la consagración del famoso There is no alternative (eslogan pasado a la historia como TINA) de Margaret Thatcher. Claro, existen numerosas voces que critican el modelo y denuncian su violencia. Sin embargo, el sistema mismo sabe cómo hacer uso de ciertas técnicas para señalar las críticas como reacciones extremistas y deslegitimarlas frente a la “opinión pública”. Así las cosas, la hegemonia del modelo le permite esconder su propio extremismo y marginalizar los que se permiten desafiarlo.

El eslogan de campaña de Peñalosa, Recuperemos Bogotá, es una muestra contundente de esta lógica. En efecto, detrás de él está la idea de que la ciudad estuvo “perdida” durante años, no sólo los cuatro correspondientes al mandato de Petro sino los doce últimos donde hubo un gobierno de izquierda. Perdida en el sentido de que fue gobernada de manera catastrófica e irresponsable, precisamente porque los tres últimos mandatarios se alejaron, supuestamente, de la doctrina neoliberal y de su “buena gestión”. En este sentido, la recuperación de la ciudad no significa otra cosa que volver a aplicar las recetas típicas neoliberales. Pero concretamente, significa volver a someter la administración local a los grandes intereses privados. Se trata entonces de una recuperación ideológica al servicio de unos pocos poderosos.

En menos de cien dias de gobierno, Peñalosa ha dado varias muestras del carácter neoliberal de su visión de la ciudad, que dejan muy mal parado su imagen de “neutralidad técnica”. En primer lugar, demostró muy rápidamente que el tema del metro todavía no cabía en su mente, a pesar de las promesas de campaña, y que el Transmilenio seguía siendo su juguete consentido. La manera como descartó, sin ninguna reflexión, los estudios efectuados sobre el metro y su defensa abierta del Transmilenio, a pesar del descontento generalizado de los usuarios, demuestra su intransigencia y su parcialidad. Igualmente, cuando se refiere a las protestas de ciudadanos contra el mal servicio del Transmilenio, no duda en calificarlas como actos de vandalismo, olvidándose de su “moderación” y sobre todo desconociendo que las mismas protestas eran consideradas, por él y por los grandes medios de comunicación, como totalmente legítimas durante el mandato de su predecesor.

Con respecto al tema de la reserva forestal Thomas van der Hammen, Peñalosa ha demostrado un desprecio hacia los ambientalistas, reacción típicamente neoliberal, al señalarlos de ser unos obstáculos al desarrollo y de ser animados por motivaciones políticas. Por otro lado, al hacer caso omiso de los numerosos aportes académicos que presentan argumentos de peso a favor de la preservación de la reserva, una vez más pone de manifiesto la falsedad de su carácter técnico y la ideologización de su agenda. En su mente neoliberal, cualquier pedazo de tierra es un vulgar potrero hasta que se pueda llenar de “construcciones” y así volverlo un territorio “moderno”.

Una de las primeras medidas de Peñalosa fue desalojar a cientos de vendedores ambulantes para “recuperar” el espacio público. Así mostró de entrada la brutalidad que implica la recuperación neoliberal de la capital. Lo peor es que lo hizo en nombre de la seguridad, valor primordial del sistema neoliberal, cuando no existe absolutamente ningún indicio de que la presencia de estos vendedores fuera fuente de inseguridad, en medio de maltratos por parte de la Policía y sin ninguna propuesta laboral alternativa seria. Cuando el nuevo mandatario se percató de los efectos negativos para su imagen que provocaron esos desalojos y los regaños de algunos vendedores que cruzó en la calle, lo que hizo fue “invitar” a una de ellos al Palacio Liévano y montar un show para los medios, para mostrar su mejor lado.

Así como parte del “éxito” del neoliberalismo consiste en disimular su propia violencia y aparecer como un modelo despolitizado, la fama de Enrique Peñalosa se ha construido sobre una imagen artificial de buen gerente y administrador, alejado de la politiquería. Este engaño se hace posible a través de la repetición y la mediatización de un discurso dominante, que naturaliza un modelo que es en principio únicamente una opción entre otras y deslegitima las voces discordantes. En consecuencia, para poder derrotar este modelo, se hace necesario desvelar su contenido extremista y demostrar que se trata en realidad de una visión del mundo muy parcial, politizada e ideologizada, que arrasa con las conquistas sociales y empobrece a las clases populares.