Andrea Mejía

* Andrea Mejía

Investigadora con estudios en literatura y maestría en Filosofía en la Universidad de Los Andes. Doctora en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia con la tesis titulada Auctoritas, non veritas Schmitt, Kelsen y Strauss, lectores de Hobbes. Sus intereses de investigación se enmarcan dentro de la filosofía política y del derecho

La última película del director Iraní, Jafar Panahi, Taxi, es una película simple, dulce, honrada, que puede ser sólo para el deleite, para recordarnos que con muy poco se puede hacer cine. Taxi nos recuerda también lo cerca que una cámara puede llegar a estar de la vida, o nos recuerda, más bien, que una cámara en realidad nunca está fuera de la vida, en sus orillas, registrándola mecánicamente. Puesta aparte la supuesta distinción entre el documental y la ficción, una cámara siempre está adentro de la vida, es parte de ella, y desde adentro puede celebrar su simplicidad, su alegría y su belleza. Recordar esto, que es tan fácil de olvidar, es ya suficiente. Por eso, no es necesario rodear esta película con cháchara política.

Sin embargo es justamente lo que haré. Quizá porque es lo que sé hacer, quizá porque la cháchara también puede a veces recordarnos cosas importantes, poner la imaginación en relación con formas políticas universales, que no son teóricas, ni son ideológicas, sino que corresponden a vivencias en las que la vida misma está en juego porque deja de ser canjeada por un poco de protección, de seguridad y clemencia, porque deja de ser territorio de la obediencia.

Con el derrocamiento del Sha y el triunfo de la revolución iraní, los cines en Irán fueron en un principio cerrados y la industria cinematográfica desmantelada. Sin embargo, ese cierre fue temporal. Desde los años ochenta el cine ha resurgido en Irán con fuerza y ha desplegado una poética propia, muy auténtica, con películas de bajo presupuesto que pueden dar lecciones de vida y de cine a muchas superproducciones. Si bien debe jugar con los límites de una censura severa, el cine iraní está muy lejos de ser un cine cándido y primoroso que sirva de propaganda al régimen.

Pero Jafar Panahi, por principio, no ha aceptado ningún compromiso con los censores. Ninguna de sus películas se ha distribuido en Irán, de modo que todas se han visto privadas del público para el que fueron hechas. Panahi ha usado el cine como medio de reflexión sobre su presente. El círculo (2000), por ejemplo, quizá una de sus películas más vistas hasta ahora, es una denuncia de la difícil situación de las mujeres en la República Islámica y un reclamo para que este tema pueda ser al menos debatido en Irán. Pero, condenadas al exilio, sus películas pierden gran parte de su poder crítico.

Panahi fue detenido por primera vez en 2009, cuando marchaba entre la multitud en el entierro de Neda Agha-Soltan, una estudiante de filosofía asesinada en las protestas postelectorales de 2009 por el Basij, las milicias paramilitares fundadas por el Ayatollah Jomeini en 1979, que actúan en coordinación con la Guardia Revolucionaria en su papel omnipresente de patrullaje moral y de dispersión de cualquier forma de reunión disidente.

Aunque Panahi fue liberado poco después, se le prohíbe desde entonces salir de Irán. Acusado de estar planeando una “película subversiva”, fue detenido de nuevo en 2010 y trasladado a la ya emblemática prisión de Evin, de la que debe ser liberado por una visible presión internacional tras una huelga de hambre. En diciembre de 2010 fue condenado a seis años de arresto domiciliario y a 20 años sin poder hacer cine. El cargo esta vez era el de “actuar en contra de la seguridad nacional y hacer propaganda en contra del Estado”.

Su conmovedora película de 2011, Esto no es una película, fue filmada con un teléfono desde su apartamento-prisión en Teherán. Es una pieza que burla gentilmente las restricciones obsesivas del régimen, porque Panahi se las ingenia para no hacer una película, haciéndola, para soñar con la película que haría si pudiera hacer cine. Esto no es una película no deja de hacernos sonreír y reír -el antídoto que siempre queda ante el desastre autoritario. Pero también es una película hecha desde la desesperación, que muestra que cuando falta el mundo el arte no es suficiente, que muestra lo asfixiante que puede llegar a ser cualquier ideología cebada en su certeza por la falta de crítica; y es un testimonio de la fragilidad a la que se queda expuesto en el encierro y en la soledad.

En Taxi, Panahi maneja un taxi con tres cámaras ocultas, aunque la mayoría de pasajeros se da cuenta del truco y lo denuncia ante el público, para que no olvidemos que esto es una película. Las cámaras están fijas y es el taxi el que se mueve, siendo escenario y punto de vista a la vez, recibiendo a bordo a los pasajeros-personajes que desde una espontaneidad cuidada van haciendo fluir la película. El desfile empieza con un ladrón que está a favor de la pena de muerte y una maestra de escuela que está en contra (“¡Con qué facilidad disponemos de la vida de los demás!”, dice). Con ellos comparte el taxi un enano que es como un antihéroe picaresco, que vende películas piratas y distribuye cine prohibido, incluyendo quizá las películas del mismo Panahi. Entre las funciones narrativas del enano-pirata está la de revelarle al público que el ladrón y la maestra son en realidad actores, y la de filmar un extraño y sangriento testamento con el celular del director. Suben también a bordo dos comadres gruñonas, fieles a un ritual supersticioso que tienen que cumplir cada año y que involucra a dos peces bailarinas que arriesgan su vida en los sobresaltos del tráfico temerario en Teherán. Panahi arregla para ellas un trasbordo improvisado a otro taxi porque a él se le hace tarde para recoger a su sobrina, una fierecita que lo está esperando a la salida del colegio. Esta niña inolvidable, que al parecer ya ha contraído la enfermedad de su tío y se relaciona con el mundo y le rinde tributo a través de una cámara, es quien recibe, en lugar de Panahi, el Oso de oro en el festival de cine de Berlín de 2015.

La película acaba -es brutalmente interrumpida- por la intromisión de dos tipos que parecieran sicarios del régimen en el taxi. El tío y su sobrina se han bajado en un parque para devolver un bolso olvidado por las dos viejitas que están liberando a sus peces-fetiche en un estanque. La escena final, que puede ser terrible porque es un saqueo, porque muestra lo ciego que puede llegar a ser el poder cuando coincide con la fuerza, no deja de ser cómica, porque podemos imaginar en la oscuridad a uno de los tipos, con sus dedos rechonchos y torpes, manipulando las cámaras escondidas en el taxi, violentándolas para encontrar en ellas la memoria USB y poderla sustraer. “No hay ninguna memoria”, dice. La escena es cómica como es cómica la historia (real) de cómo llegó a salir de Irán la película Esto no es una película: en una USB escondida en un ponqué. Seguramente los policías que actúan en las sombras son también actores, como son en últimas actores todos los seres humanos que suben al taxi con su historias reales: historias y gente contada por el cine -que no deja de hacer parte de lo real.

Otra de las pasajeras de Panahi es Nasrin Sotoudeh, una conocida abogada que ha defendido los derechos de los presos políticos en Irán, los derechos de las mujeres y de los niños (en Irán una niña puede ser ejecutada a los 9 años, un niño a los 15). Sotoudeh fue encarcelada durante tres años y liberada en 2013, también después de una huelga de hambre que casi le cuesta la vida. Su sentencia inicial fue de 11 años de cárcel y 20 años de inhabilidad profesional. Ella sube sonriente al taxi-escenario, con un ramo de rosas, y deja una flor para la cámara, “porque la gente que hace cine siempre es de fiar”. Desbordando de vida y de palabras, Sotoudeh habla mientras Panahi sonríe y conduce. Su charla local también nos recuerda motivos políticos universales: las tácticas totalitarias, la resistencia no violenta, las huelgas de hambre, los años de prisión como parte de la formación de la conciencia política de todos aquellos que no pierden su independencia con respecto al poder de turno, el amor por la libertad que impide el naufragio en la ideología total. Sotoudeh, con la energía incansable que comunica en los breves minutos en que ocupa la pantalla, nos recuerda que las luchas políticas son como las cámaras en buenas manos, se dan desde dentro de la vida, esa vida que los regímenes abierta o soterradamente autoritarios buscan controlar, regular, cercar.

Hoy en día, en Irán, empieza muy lentamente a ceder la represión que bajo el dúo Jamenei-Ahmadinejad llegó a su momento de mayor dureza. Incluso el Ayatollah Jomeini -que creyó que una represión brutal era necesaria en su momento para la consolidación de la revolución teocrática, y que mantuvo un estado de excepción durante la guerra de 8 años contra Iraq- alcanzó a ver que era inevitable permitir ciertas libertades, y prometió a la gente lo que bajo el dominio de su sucesor, el Ayatollah Jamenei, fue negado.

En 1978 el pueblo iraní se enfrentó a un tirano. Al Sha, que no era sino un frágil títere con uno de los ejércitos mejor armados del planeta. Un tirano es un tirano, esté o no sostenido -como tantos lo han estado, incluido Sadam Husein en su momento de gracia- por la política exterior norteamericana. Y la valentía y la inteligencia de la gente para desafiar la tiranía siempre será valentía e inteligencia. Las cosas también pueden decirse así.

Esta película de Jafar Panahi está cerca de esa valentía y de esa inteligencia que está viva aunque reprimida hoy en Irán, y que estuvo viva y desencadenada en las bases y en el corazón de una revolución que en 1979 sorprendió y fascinó al mundo. Una revolución arruinada por su autoritarismo, y que, burocratizada y rutinizada, acabó sepultando, como su “tesoro perdido”, la enorme potencia afectiva e imaginativa del Islam chiíta y la dignidad del pueblo iraní que la hizo posible.