Alejandro Sánchez Lopera

* Alejandro Sánchez Lopera

Politólogo y magíster en Investigación en Problemas Sociales Contemporáneos del IESCO, y en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh. Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh. Profesor de la Universidad El Bosque. Sus áreas de investigación son las relaciones entre sujeto, moral y verdad. Autor de los libros “Nihiismo y Verdad. Nietzsche en América Latina” y “José Revueltas y Roberto Bolaño. Formas genéricas de la experiencia”. Coeditor de los libros: “Por otras políticas de la verdad en América Latina” (2018); “Gilles Deleuze. Flores a su tumba” (2018); y Actualidad del sujeto. Conceptualizaciones, genealogías, prácticas (2010). Fue co-editor de la Revista Nómadas (IESCO). Ha publicado: “Revolutionary Mexico, the Sovereign People and the Problem of Men with Guns”con Joshua Lund (2015); “La bestia insular. Lezama Lima y la Revolución” con Oscar Barragán (2014); “Surcar la moral. Delirio de Laura Restrepo” (2014); “Orlando Fals Borda. La conmoción del rostro de las ciencias sociales” (2013)

Durante las últimas tres semanas se realizaron dos conversatorios, en las universidades El Bosque y San Buenaventura, a propósito de los diálogos de paz del Estado colombiano con el ELN. La iniciativa, surgida como aporte para desarmar la cultura de la guerra que nos invade, se enmarca en el surgimiento de la Red de Universidades del Norte de Bogotá; norte, claro, es siempre el sur de algo, como apuntó uno de los coordinadores de la red. En el primer conversatorio, con presencia de los investigadores Jaime Zuluaga, Fabio Lozano y Luis Eduardo Celis, se abordó la cuestión del origen del ELN. Todo origen, y más el de una organización insurgente, tiende a ser borrado. Más aún: reprimido. Por eso todos los lazos del ELN con la sociedad tienden a ser desatados, presentándolos como anti-sociales sin ninguna raíz social en la historia colombiana.

En esa dirección, las recientes declaraciones de Walter Broderick1, aclamado biógrafo de Camilo Torres Restrepo, no hacen sino contribuir al perfil heroico de este último. Y a reforzar la idea referente a que las insurgencias en este país se crearon en el vacío. Fueron entonces producto sólo del idealismo y el vanguardismo; caudillismo en últimas. Esto es, los retratos de Torres tienden a desvincularlo del proceso social que lo produjo, de la sociedad que lo hizo posible. Olvidar y reprimir el origen, sin embargo, debe enfrentar un fantasma que vuelve y vuelve sin cesar: el retorno de lo reprimido. Es decir, se pueden reprimir las raíces históricas del alzamiento del ELN, y su conexión con los rastros de las guerrillas liberales de los cincuentas, las comunidades eclesiales de base y el MRL -que a la postre puso un presidente en Colombia-. Mas no se pueden eliminar esas raíces: lo reprimido retorna siempre como fantasma y pesadilla de lo real.

En el segundo conversatorio, con la participación de los investigadores Claudia Arenas y Johannes Langer, se abordó el tema de las lecciones aprendidas de las negociaciones previas con el ELN. Emergió, en primer lugar, el tópico del papel de la sociedad civil en estos procesos, que difiere en el caso del proceso con las FARC. Un término que agrupa actores diversos y divergentes, de Fedegán a la Marcha Patriótica, de CODHES a Camacol. El punto esencial en la discusión sobre la sociedad civil es que en ella básicamente operan interacciones privadas. Por eso, el resultado en su interior no sólo es el conflicto, sino las jerarquías. En ese sentido, si bien Fedegán y el Congreso de los Pueblos hacen parte de la sociedad civil, no cuentan con los mismos recursos materiales y simbólicos para incidir en las discusiones y, sobre todo, en las decisiones.

Por eso la discusión sobre el papel de la sociedad civil en la negociación con las guerrillas, pasa primero por discutir los modos de organización de esa sociedad civil. De lo contrario, se replicarán las desigualdades en cuanto a la posibilidad de influencia de actores con recursos dispares. Quizás no sea del todo acertado entonces exigirle al ELN que clarifique una situación estructural de nuestra sociedad; dilema que como sociedad hacendataria, jerárquica y colonial que somos, aún no logramos discutir colectivamente.

En segundo lugar, en el conversatorio circuló el tema de estar a favor o en contra de la guerra. Así, recientemente un senador colombiano del Centro Democrático, confundiendo deliberadamente resistencia civil con desobediencia civil, abrió la puerta para llegar a desestabilizar incluso el orden constitucional mismo2. Pero como es una opinión, vale. En este relativismo de opiniones que hoy nos inunda, cada uno tiene su postura y debe respetarse. Todo vale, entonces. Lo curioso es que, durante un siglo, y hasta hace muy poco, la guerra en Colombia no era una opción ni una opinión, sino un derecho. En efecto, la eficacia y rentabilidad de la guerra se debió en gran medida a que era un derecho de guerra, potestad del Estado y no del gobierno. Ahora que la facción de la élite que representa Santos ha dado el viraje, y el asunto es la paz, entonces es una cuestión de opiniones, y ya no es un problema de Estado sino de gobierno. Tampoco un derecho.

No obstante, desplazarse de la discusión de simples opiniones, hacia la comprensión democrática de la paz como derecho, puede ser más fructífero. Convertiría a la paz en un problema de Estado, que deja de ser reversible porque haya cambio de gobierno. E inscribiría a la paz en algo más que un estado de ánimo, o de silencio de fusiles: la convertiría en el escenario de disputa democrática por los derechos económicos, políticos y sociales. Lo que por fin podríamos llamar democracia en Colombia.

  1. http://www.semana.com/nacion/articulo/joe-broderick-explica-por-que-el-eln-no-negociara-paz/457690-3
  2. Para el abuso del término por parte del senador, se puede escuchar la entrevista de La W a Oscar Mejía Quintana http://play.wradio.com.co/play/audio/3129904/