Asistimos, pacíficamente, a un golpe de estado. Civil, revestido de afirmaciones de cumplimiento de las “formalidades legales”. Este mantiene la apariencia y la farsa de un “debido proceso legal”, aunque con algunos atropellos y groserías. Recordé los procesos de Moscú (en la era de Stalin), el “Proceso” de Kafka, o incluso la fábula de Esopo (el Lobo y el cordero).

Ríos de palabras seran usados para apoyar o denunciar el golpe de estado. Una pregunta parece obvia: ¿para qué hacer un golpe de estado? Nuestra élite, nuestra oligarquía siempre han dominado el pais, el gobierno, el Estado, siempre. Incluso durante los gobiernos de Lula y Dilma. Un amigo y asesor muy cercano a Lula nos decía: “no conquistamos el poder, heredamos con limitaciones la gestión” Escuché la misma afirmación durante el gobierno de Pinochet.

¿Qué sucedió?

En el 2013 hubo grandes manifestaciones, inicialmente con reivindicaciones de la población urbana, sobre temas “menores” (transporte, vivienda) que fueron ampliándose hasta llegar a la lucha contra la corrupción. Obviamente el gobierno era el principal acusado, y desde los primeros días del primer gobierno de Lula. Parecía como sí el Partido de los Trabajadores (PT) había inventado la corrupción en Brasil.

Durante la campaña electoral del 2014, sectores de los partidos conservadores optaron, claramente, por preservar la candidatura de Dilma. Como decían “off the record” hay que “hacerla sangrar” pero no destruir su candidatura, porque si esto llegaba a suceder, ella se retiraría de la campaña, y Lula sería el candidato natural, y sin duda, difícil de vencer en ese momento. Ellos lo intentaron, pero no lograron ganar la elección.

Finalmente, Dilma fue  reelegida con un pequeño margen de ventaja (3,4 millones de votos ) El candidato derrotado y su partido, Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), no aceptaron el resultado con facilidad, pidieron el recuento de votos y se confirmó el resultado.

Sectores insatisfechos comenzaron a utilizar, contra los candidatos “indeseables”, una máxima empleada en los años 50 y 60: “no puede ser candidato. Si lo es, no puede ser elegido. Si es elegido, no puede asumir su mandato. Si asume su mandato, no puede gobernar”.

Se da entonces inicio a una guerra silenciosa, en la que los sectores sociales más adinerados, e incluso personas de sectores emergentes, alimentados por continuas e indignantes denuncias de la corrupción del gobierno y animados por investigaciones selectivas realizadas por la Policía Federal, por el Ministerio Público, por ministerio de Justicia y por el Parlamento, desestabilizarán intencionalmente el gobierno y su capacidad para gobernar, poniendo así en práctica el lema “no puede gobernar”.

El gobierno, incluso tratando de construir coaliciones con los principales partidos y sectores conservadores, (y compartiendo con ellos los principales ministerios y la dirección del gobierno), no pudo ganar la batalla en el Congreso. Por el contrario, el Congreso se dedicó a votar los proyectos y temas que tenían un corte populista, creando dificultades y limitaciones para el gobierno, ya presionado por la crisis económica. Se llegó al punto en que los sectores más conservadores llegaron a denunciar la “irresponsabilidad del Congreso”.

Por otro lado, incluso ofreciendo beneficios a los sectores empresariales, el gobierno no consiguió que estos actuasen de tal manera que se fomentara la actividad económica y el crecimiento de la economía. La poderosa Federación de la Industria, del estado de Sao Paulo, en la que el gobierno de Lula había perdido gran parte de su capacidad política, optó por un proceso de sabotaje sistemático, apoyando a sus asociados para la realización de “bloqueos”, (parálisis esporádicas), de diversos sub-sectores de la actividad económica.

Y, semana tras semana, resultados de delaciones e investigaciones contra miembros del gobierno (que deberían ser confidenciales)  eran publicados por los principales medios impresos. Creándose poco a poco una inmensa ola moralista, “contra la corrupción y los corruptos” pero limitada a los miembros del PT y del gobierno de Dilma. Lo más increíble es que contra ella ninguna acusación por corrupción ha sido anunciada.

La acusaban de irrespeto a las reglas del presupuesto público, de infringir la ley que determina los modos de gestión de finanzas públicas (ley de responsabilidad fiscal). Fue acusada por actos administrativos rutinarios, que todos los gestores públicos (presidentes, gobernadores, alcaldes) habían utilizado sin restricciones en los últimos 20 años. De repente estas prácticas fueron consideradas criminales, y a partir de allí siguió un rito formal que culminó con la destitución. Es decir que Dilma Rousseff fue “condenada” por un crimen que no existía, por actos de gestión que no eran su responsabilidad directa (como se exige de un crimen). Es por esto la denuncia de un golpe de estado.

Pero volvamos al punto principal: ¿por qué fue necesario un golpe? Para responder, podemos intentar hacer todo un análisis histórico- político, buscar explicaciones jurídicas, cuestiones técnicas, razones, errores, emisiones. Pero también podemos examinar cuál es el propósito de los golpistas, y así, a través de los frutos “conocer el árbol”.

¿Cuáles son las medidas propuestas que están en curso?

1. Privatizar todo lo que sea posible (primera ley aprobada por el gobierno)

2. Política monetaria totalmente sumisa al sistema financiero privado, llamado eufemísticamente, “mercado”.

3. Reducción del gasto público (reduciendo, evidentemente, programas de bienestar social, de lucha contra la desigualdad, etc.)

4. Flexibilización laboral (eufemismo utilizado para esconder políticas de reducción de los salarios reales y otros costos de mano de obra, asociados con los derechos de los trabajadores)

5. Promover una reforma constitucional “segmentada” para eliminar, discretamente, derechos de la ciudadanía y garantizar la perennización de las élites.

6. Eliminar o neutralizar instancias de participación ciudadana y de la sociedad civil dentro de las agendas y políticas públicas, y en especial, de aquellas que son las más polémicas (los derechos de la mujer, de la comunidad LGBT, de los negros,de  la periferia).

7. Anular y /o neutralizar liderazgos vinculados a posiciones de izquierda, por medio de ataques sistemáticos al PT ( y a sus líderes y aliados), buscando anular su importancia en las elecciones presidenciales del 2018.

Nada de esto había sido posible con las políticas del gobierno de Dilma. De cierta manera, con errores y aciertos, “esta gentuza” estaba haciendo “todo al revés”. Dilma fue un chivo expiatorio. Todo el proceso fue una cortina de humo. La verdadera intención fue la de retomar el control de la redistribución de la riqueza, así que la de erradicar, del campo político y definitivamente, esas tendencias “nefastas” llamadas de izquierda. Porque “Cartago debe ser destruida!”.

En resumen, redistribuir la riqueza nacional y el poder entre brasileros pobres y sufridos ricos, quienes, según datos oficiales, durante los gobiernos de Lula-Dilma, vieron su tasa de ganancia caer 12 % por año para pasar a solamente un “misero” 4 %. De alguna manera, ellos tuvieron que compartir con los sectores sociales ,populares y emergentes, una pequeña parte de ese poder, hasta entonces absoluto. Por esta razón, el golpe.