“Vengo de un país llamado Colombia, que es como decir vengo del fuego y el oprobio, del resentimiento y la rabia”

Pablo Montoya, Discurso Premio Rómulo Gallegos, 2015

Es un hecho: nuestro país ha sido políticamente tan conservador que en casi toda su historia republicana la oposición a la derecha ha sido la centroderecha, y en épocas más radicales, la ultraderecha ha sido la otra cara de la centroderecha. El panorama es desesperanzador si pensamos que en las próximas elecciones la posible oposición al medieval procurador Alejandro Ordoñez será un delfín de la histórica oligarquía colombiana: el neoliberal, nieto de ex-presidente, Germán Vargas Lleras. En otras palabras, ayer fue Zuluaga (Es decir, Uribe) vs. Santos; mañana: Ordóñez (Otra vez Uribe) vs. Vargas Lleras (Santos radicalizado).

¿Qué opción nos queda?, ¿el Polo Democrático?, ¿el Partido Verde? Hasta hace algunos días estábamos convencidos de que el camino era fortalecer la propuesta desde la “izquierda polista” buscando además su articulación con el centro (los “verdes”) y otros sectores más “radicales” (Marcha patriótica, UP, etc.). Hoy, después de largas discusiones con amigos y colegas críticos de nuestras posiciones ideológicas, hemos arribado a la conclusión de que definitivamente, por algunas razones que espero subrayar, en términos realistas y pragmáticos la izquierda no es una alternativa de poder a esta reeditada versión del bipartidismo. La tesis es sencilla: palabras como “Izquierda”, “Polo”, “Revolución”, “Oligarquía” y demás referentes tradicionales de la izquierda nacional, son por múltiples causas, significantes desgastados, incluso agotados en el “sentido común” popular colombiano. ¿Qué caminos quedan entonces?: ¿un movimiento ciudadano no polarizado?, ¿concebir nuevos liderazgos?, ¿nuevas estrategias discursivas?

Como puede corroborarse, cada vez es más común, quizá por la polarización radical que hemos vivido históricamente y el clima de violencia siempre latente, que personas sinceras y bien intencionadas “del común” (mayorías no alineadas en partidos tradicionales) pidan que no hablemos más de derechas e izquierdas, que busquemos el centro o algo novedoso, alternativo. Desde distintos espacios de la sociedad civil se clama por algo “nuevo”, “descontaminado” de un lenguaje, para muchos “viciado”, “trasnochado” que ha perdido toda su efectividad. Generalmente, ante esta propuesta, nuestra primera reacción como simpatizantes de la izquierda democrática es el rechazo frontal; algunas veces con vehemencia nos referimos al “grave peligro” de la desideologización, al “abismo insondable” del borramiento de las fronteras ético-políticas, a las formas sutiles de domesticar las pasiones en política y neutralizar la posibilidad de radicalizar los conflictos, en fin: a los riesgos de la denominada “pospolítica”1.

Cuando este expediente de abstracciones ideológico-filosóficas no persuade de entrada a nuestros interlocutores, pasamos al uso retórico del dolor y al “martirologio”, en otras palabras, al recuerdo y recuento de las víctimas de la violencia propia de la exclusión política: ¿se olvidaron acaso de Gaitán, del exterminio de la UP, de Pardo Leal, de Jaramillo Ossa, de Pizarro?, ¿no se percatan de que somos el único país del continente que no ha tenido un presidente electo de Izquierda?, ¿por qué no llamar por su nombre a una propuesta de oposición al status quo, a ese menos del 0,01 %, a esas 30 o 40 familias que manejan este país, a esas cerca de 2500 personas que poseen más del 50 % de la tierra y los recursos bancarios?2.

Además, subrayamos la manipulación mediática: ¿qué ha ocurrido con la propaganda del régimen que logra que muchos piensen la izquierda como algo, de alguna manera, inferior o negativo? O, dónde queda el déficit educativo: ¿hasta dónde la precaria educación colombiana y los medios de comunicación imperantes (cuyos dueños son industriales y empresarios amigos del régimen) han influido en esta desvirtuación o satanización? En síntesis, podríamos seguir enumerando, a nuestro juicio contundentes razones por las cuales una propuesta de izquierda democrática debe ─con todo el derecho─ ser la real alternativa que dispute el poder a los de siempre, a los de arriba, a la casta, a la oligarquía3. Sin embargo, a pesar de usar todos nuestros recursos argumentativos para convencer a los escépticos, desencantados o apáticos sobre la bondad y necesidad de la izquierda, generalmente este esfuerzo termina por complicar el asunto: al final cada quien refuerza su posición de partida y se erigen muros de comunicación infranqueables.

A esta altura podemos entonces ir señalando la existencia de tres hechos relacionados de los cuales podemos partir: (1) La izquierda colombiana no ha superado la tercera parte porcentual en las elecciones presidenciales4. (2) Hoy no se vislumbra un futuro promisorio para la próxima contienda electoral, un contrapeso a las propuestas uribistas/santistas. (3) La izquierda no ha contado, ni cuenta hoy, con el favor popular de las mayorías colombianas. ¿Qué hacer entonces ante estos hechos, a mi juicio, casi inobjetables?

Desde luego, valga la pena una aclaración. Que en este momento no se vea con claridad un liderazgo fuerte y con opción real de poder desde la izquierda democrática no significa que antes o después, no pueda aparecer una nueva ─y necesaria─ esperanza de transformación en el estático tablero político nacional. Pero ahora, ad portas de un nuevo escenario histórico, el del posacuerdo, que posibilitará la integración de la guerrilla a la política nacional ─aquella disculpa para la estigmatización y la represión─, debemos hacer balances serenos y replantear estrategias discursivas. Volvamos entonces al punto central de esta reflexión: por muchas razones las palabras: “Izquierda”, “Polo”, “Revolución”, “Oligarquía”, etc. son hoy significantes agotados en el “sentido común” popular colombiano. Ahora bien, ¿a qué nos referimos concretamente con esta expresión?

En el capítulo del libro “Emancipación y Diferencia” (Laclau, 1996) titulado “¿Por qué los significantes vacíos son importantes para la política?”, el pensador argentino Ernesto Laclau (1935-2014), al estudiar las relaciones entre universalismo, particularismo y discurso, ha llamado la atención respecto a la importancia de los significantes vacíos ─significantes sin significados fijos─ en la lucha política. Para Laclau en algunos momentos históricos la esfera de discusión política sufre una limitación de significados (o en nuestro caso, un agotamiento de los mismos) que no permite que múltiples demandas sociales particulares puedan articularse y construir una forma de universalidad que pueda constituirse en opción real de poder desde un proceso de construcción hegemónica, que a su vez, a mediano o largo plazo, permitirá resignificar otros significantes políticos. Estos significantes vacíos tienen un efecto directo en el “sentido común” de la comunidad (Laclau, 1996: 69-86).

Fue Antonio Gramsci (1891-1937) quien llamó la atención respecto a la manera como se consolida una hegemonía cultural y política, que es finalmente una disputa por la administración del sentido en la sociedad. Para Gramsci la hegemonía (opuesta a la dominación violenta) no se construye solamente por la fuerza y con las armas; para su estabilización y legitimación se requiere avanzar en la construcción de un “sentido común” entre la población que permita consolidar pacíficamente una forma política de “dominación simbólica” (Gramsci, 1975). Para este pensador italiano existen una serie de instituciones que contribuyen a la conservación del bloque social en el poder, entre ellas está principalmente la Iglesia y la Escuela; más adelante, retomando el hilo de esta idea quizá desde una perspectiva más radical marcada por el psicoanálisis, Louis Althusser (1918-1990) denominará a tales instituciones “aparatos ideológicos de estado” y se referirá explícitamente a las iglesias, la escuela, la familia, el derecho, el sistema político, los medios de comunicación informativos y la cultura. Apoyado en estos “aparatos ideológicos de estado” el bloque hegemónico irá progresivamente formando el “sentido común” entre la población (Althusser, 2003).

Más allá de las críticas que han recibido las ideas de estos dos pensadores marxistas, actualmente podemos reconocer que efectivamente en Colombia, a través, sobre todo de los medios de comunicación como reflejo de los discursos públicos y como orientación de la opinión, se ha ido consolidando un “sentido común” sobre el uso de algunos significantes en la vida política nacional. A manera de ilustración recordemos un significante muy usado luego del ataque al World Trade Center en septiembre de 2001 y reproducido sin cesar por el ex-presidente Álvaro Uribe para referirse a la guerrillas colombianas: el “Narcoterrorismo”; podemos agregar además el “Castro-chavismo”, un significante vacío que representa la suma de todos los temores de las élites de derecha colombianas a la posibilidad de un gobierno nacional-popular similar a los que han surgido democráticamente en América Latina. A nivel internacional tenemos por ejemplo dos significantes vacíos muy especiales, ejes de la articulación política, que han fungido como revulsivo para la izquierda europea, me refiero a “Indignados” y a “Podemos” en España (Cfr. Iglesias: 2014, 2015; Errejón y Mouffe: 2015).

En nuestro caso particular, es de esta misma forma como los referentes tradicionales asociados a la izquierda se estrellan contra algunas barreras quizá inconscientes ─o no racionalizadas─ de la población. Probablemente esto no cambiará de manera espontánea en los próximos años. Es decir, debemos necesariamente concebir nuevas estrategias discursivas que estén además acompañadas ─en lo posible─ de nuevos liderazgos que no continúen el juego de la acusación recíproca y la polarización en los mismos términos. Necesitamos primero una revolución desde el lenguaje político.

Si la izquierda colombiana desea tener una posibilidad real de poder en los próximos años, deberá entonces hacer una reinvención de los significantes de la política alternativa o hacer parte de un movimiento ciudadano más amplio que de alguna manera “refresque” la contienda política nacional con nuevos significados. Un movimiento nuevo que, de alguna manera, logre desidentificarse de narrativas anquilosadas que son asociadas con una serie de significantes agotados, que generan de entrada rechazo en la “gente del común”. Es entonces fundamental encontrar la forma de representar a las mayorías que hoy no se sienten representadas con las propuestas de oposición existentes. Esto es algo que aún está por-pensarse.

Referencias

Althusser, L. (2003/1970) Ideología y aparatos ideológicos de estado/Freud y Lacan. Nueva Visión, Buenos Aires.

Errejón, I.; Mouffe, Ch. (2015) Construir pueblo. Icaria, Barcelona.

Gaviria Díaz, C. [Juan Castilla] (2014, febrero 24) El Derecho a ser oposición [Archivo de video]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=pHU9G8MV_VQ

Gramsci, A. (1975/1948) El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce. Cuadernos de la cárcel III. Juan Pablos Editor, México D.F.

Gramsci, A. (1975/1949) Los intelectuales y la organización de la cultura. Juan Pablos Editor, México D.F.

González, Fernán E. (2014). Poder y violencia en Colombia. Odecofi-Cinep-Colciencias, Bogotá.

Iglesias, P. (2015). Una nueva transición. Materiales del año del cambio. Pensamiento crítico. Akal.

Iglesias, P. (2014). Disputar la democracia. Política para tiempos de crisis. Pensamiento crítico. Akal.

Laclau, E. (1996) Emancipación y diferencia. Ariel, Buenos Aires.

Palacios, M. (2012) Violencia pública en Colombia, 1958-2010. FCE, Bogotá.

Piketty, T. (2016, febrero 20) Piketty tiene razón. Revista Semana. Recuperado de http://www.semana.com/confidenciales/articulo/distribucion-de-la-riqueza-en-colombia-es-preocupante/461305

Piketty, T. (2016, febrero 7) Poner más impuestos a los ricos no afecta la productividad. Portafolio. Recuperado de http://www.portafolio.co/economia/impuestos/colombia-thomas-piketty-95310

 


*Carlos Duque es Doctorando en filosofía política de la Universidad Estadual de Campinas, Brasil.

  1. Este es el tema central de la conferencia del maestro Carlos Gaviria Díaz, “El derecho a ser oposición”. (Gaviria, 2014)
  2. Cifras a partir de datos recogidos por el reconocido economista francés Thomas Piketty (Piketty, 2016)
  3. Además de la violencia y la manipulación informativa podríamos además agregar causas objetivas que han estado en contra de la izquierda colombiana: la inicial exclusión política del Frente Nacional en el contexto de la Guerra Fría; el descrédito relacionado con la asociación o tolerancia a la lucha guerrillera; la complejidad organizacional interna de los grupos ideológicos; el personalismo de algunos líderes que ha debilitado una expresión partidista unificada (Palacios, 2012; González, 2014).
  4. La mayor votación fue para Carlos Gaviria en 2006 que alcanzó un 22.02 % (2.613.157 votos). En 1990, la AD-M19 alcanzó el 26.7 % (992.613 votos) en las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente.