A propósito del papel de la Universidad Nacional de Colombia en la construcción de la paz

Otra parte del argumento de los críticos de la decisión del Consejo de Facultad es que la academia, y en particular nuestra Universidad, está siendo capturada por la política. Aflora aquí una visión maniquea de la política como si ésta fuera una actividad moralmente degradada ante una supuesta academia aséptica e incontaminada, ella sí moralmente buena. Nos preguntamos, empero, si temas como la guerra y la paz, las demandas de los movimientos sociales y de las víctimas, los trabajos de la memoria y demás asuntos en los que la Universidad Nacional está participando en el escenario del pos acuerdo, son ajenos a la política. Por supuesto que no lo son: no debemos olvidar que somos parte de una sociedad que se debate hoy entre la guerra y la paz, entre otros asuntos políticos que atañen al ejercicio académico.

“CIDH en Crisis”: significado político de la asfixia presupuestal

No podemos olvidar que tiene un significado político muy importante que las víctimas tengan esperanza en que ante situaciones de violencia política, arbitrariedad y crisis del Estado de Derecho, existan instituciones interamericanas que contribuyan con el restablecimiento de los derechos. Lo que nos corresponde es luchar contra la forma como los Estados miembros del Sistema Interamericano puedan estar haciendo de esa esperanza una esperanza vacía.

El Uribismo y su doble moral: del favorecimiento a la impunidad de las AUC a la “resistencia civil” contra el proceso con las FARC-EP

El uribismo fue reiterativo en impulsar distintos proyectos de ley que desconocían los derechos de las víctimas y otorgaban amplios beneficios a los grupos paramilitares. La normativa finalmente aprobada incluía muchas de estas medidas, por lo que la Corte Constitucional debió declarar inconstitucional varias de éstas y condicionar otras más. Es, entonces, moralmente reprochable que esta fuerza política utilice el discurso de los derechos humanos para oponerse al proceso de paz, cuando en su momento fue clara la voluntad de desconocerlos en el caso de las víctimas de los grupos paramilitares.

Para estar en contra de la paz

En la medida en que el paramilitarismo y la ultraderecha siguen (desafortunadamente) siendo un actor importante en el país, la recolección de firmas debería preocuparnos más de lo que creemos. Por eso el apoyo al proceso de paz –uno crítico y propositivo, en aras de un modelo de paz distinto– debe pensar también, prontamente, qué hacer con el gran disparate de un movimiento en contra de la paz.

De la mano de Dios al imperio de la Ley: El proyecto de la “paz territorial” en tiempos de agroindustria y neoextractivismo

La paz territorial se construye desde lo local, desde lo comunitario. Su alcance debe delimitar, frenar e imposibilitar el avance de la violencia institucional, gamonal, paramilitar y empresarial, combatiendo el neoextractivismo, redefiniendo la “paz territorial” desde la puesta en marcha de los territorios de paz.

Reinventar lo público

Lo público es el escenario de lo diverso, lo contingente y lo impensable, es el espacio en el que nada está determinado, un espacio de experimentación que muestra nuevos caminos de acción, no es claro si son preferibles o no, sin embargo, la política y la democracia se han vuelto tan estáticas que es necesario incluir algo de desorden, algo de experimentación, menos acuerdos y más diferencias, menos soluciones y más enfrentamientos, algo más amplio donde lo nuevo irrumpa.

¿Y ahora, quién podrá defendernos?

Son muchas cosas las que están pasando en Bogotá: despidos masivos, el cambio de modelo de salud, problemas en la movilidad, la crisis medioambiental y muchos otros que se podrían mencionar. Todos ellos son frentes de trabajo y organización, pero es necesario articular. Por ello, si entre todas las propuestas por elaborar, nos logramos encontrar en estas tres, al menos ellas podrían funcionar.