Como profesoras y profesores de la Universidad Nacional de Colombia y de otras instituciones de educación superior del país, consideramos que la polémica en torno al reconocimiento que la Facultad de Ciencias Humanas le otorgó al doctor Miguel Ángel Beltrán como egresado de Sociología en la celebración de los 50 años de la Facultad reafirma la necesidad de plantear un debate de la mayor importancia, aplazado dentro y fuera del alma mater acerca de la inherente relación entre la academia, la ciencia y la política; y entre la universidad y la sociedad.

La controversia en torno al reconocimiento del colega Miguel Ángel Beltrán revela, al menos, dos posturas. Por un lado, quienes, al parecer, estiman como ciertos sus vínculos con la insurgencia y están de acuerdo con la destitución por parte de la Procuraduría y su actual detención. Por otro lado, quienes identifican vicios en tal procedimiento, ven en el fallo del Procurador una amenaza contra la libertad de cátedra e investigación, y esperan que el proceso jurídico esclarezca su situación jurídica. Quienes firmamos esta declaración nos inclinamos por la segunda opción, y por tanto entendemos como legítimo el reconocimiento a Miguel Ángel Beltrán como egresado, porque si bien ha perdido la libertad, no ha perdido sus derechos morales ni cesado su producción académica. Vemos con preocupación, sin embargo, que la difusión de la polémica ha alimentado la polarización en nuestra universidad.

Algunos pronunciamientos de colegas de la Universidad Nacional, motivados por el rechazo al mencionado reconocimiento, han desoído al Consejo de Facultad de Ciencias Humanas que aclaró que este no se otorgó a Miguel Ángel Beltrán como profesor activo sino como egresado. Desconocer esta aclaración no fue inocuo: permitió congregar a quienes sintieron incomodidad porque se le hubiera reconocido como profesor activo y a la vez sirvió para enfilar las baterías para proclamar la crisis de la Universidad Nacional, cuyo signo principal sería la politización y la captura de la academia por grupos radicales. Las voces de alarma no atribuyen responsabilidad a los paramilitares–lo que nos debería inquietar, pues ya varios docentes y estudiantes han sufrido las amenazas de Las Águilas Negras–, sino a una supuesta infiltración de extremo izquierdistas.

Con curiosidad académica nos preguntamos si el principal problema de las universidades públicas es la supuesta infiltración izquierdista que terminaría desvirtuando su función académica. Reconocemos que, para bien o para mal, la trayectoria de la Universidad Nacional ha estado ligada con la historia de la nación, y que tanto la guerra como la paz la afectan. Más aún, no negamos que en nuestras aulas hay personas de pensamiento extremo, pero creemos que –mientras esgriman solo los argumentos del conocimiento– son expresión de la pluralidad que debe regir a las instituciones universitarias. Aún si discrepamos de las posiciones intelectuales extremas, no se les puede atribuir la crisis. Pensamos, en cambio que las causas de los graves problemas de las universidades públicas y en concreto de la Universidad Nacional, yacen en asuntos como la penuria presupuestal, el pasivo pensional, el deterioro de la planta física, para no hablar de la creciente precariedad de la nómina.

Otra parte del argumento de los críticos de la decisión del Consejo de Facultad es que la academia, y en particular nuestra Universidad, está siendo capturada por la política. Aflora aquí una visión maniquea de la política como si ésta fuera una actividad moralmente degradada ante una supuesta academia aséptica e incontaminada, ella sí moralmente buena. Nos preguntamos, empero, si temas como la guerra y la paz, las demandas de los movimientos sociales y de las víctimas, los trabajos de la memoria y demás asuntos en los que la Universidad Nacional está participando en el escenario del pos acuerdo, son ajenos a la política. Por supuesto que no lo son: no debemos olvidar que somos parte de una sociedad que se debate hoy entre la guerra y la paz, entre otros asuntos políticos que atañen al ejercicio académico.

Es claro que en este asunto no hay acuerdo. No lo habrá seguramente, pues el debate y la confrontación de posiciones diversas son el alma de la vida universitaria. Por ello, hemos de aprender a conversar con perspectivas analíticas distintas y prepararnos para convivir con quienes hayan abandonado las armas. Esa es la tarea de la universidad pública y ese es el llamado del momento histórico actual: valorar las diferencias, más que despreciarlas y condenarlas; construir en medio de la divergencia, discutir con respeto por los otros, con argumentos académicos y evitar la polémica sorda. No serán las estigmatizaciones como las que ha sufrido Miguel Ángel Beltrán o quienes lo defienden, incluso calificándoles como auxiliares de las Farc, con todos los riesgos que ello conlleva en nuestro país, las que nos conduzcan por la senda del diálogo democrático y académico. También reconocemos que tampoco llegaremos a él por medio de la estigmatización de quienes se opusieron al reconocimiento al colega Miguel Ángel Beltrán.

Consideramos que algunos medios de comunicación han abordado el tema de una manera desenfocada y tendenciosa, pues una vez más la Universidad Nacional de Colombia y, por extensión, las universidades públicas del país, son descalificadas y señaladas por opiniones que les atribuyen el origen del conflicto armado. Tales ataques hacen flaca justicia al papel que ha cumplido nuestra universidad en la construcción de una nación más democrática, justa e incluyente, y a la labor de varias generaciones de académicos y académicas que han cultivado el conocimiento, la docencia y la investigación en distintas áreas del saber científico, humanístico y artístico, contribución que el país entero no puede desconocer. Más aún cuando en este momento la Universidad Nacional juega un papel fundamental como facilitadora y garante de los Diálogos de Paz en La Habana entre el Estado y la insurgencia armada. Y ese papel será aún mayor en los años por venir en el escenario del pos acuerdo.

El momento del país exige hechos de generosidad. Convocamos al diálogo amplio entre integrantes de la comunidad académica y de cara a la opinión pública, para comenzar a reconocer estas diferencias sin la mutua descalificación, para debatir razonadamente sobre las causas y soluciones de la crisis del sistema universitario así como para deliberar acerca del papel de las universidades públicas, y en particular de la Universidad Nacional de Colombia, en la construcción de paz en el escenario del pos acuerdo.

Quienes deseen sumarse a la lista, pueden hacerlo en el siguiente vínculo: https://docs.google.com/forms/d/10jC161jG_2OAqBLWwRRWKo8B4aMTp96wHK6dLj80G28/edit

Ver el comunicado completo y la lista de algunos firmantes