Silvia Quintero Erasso

* Silvia Quintero Erasso

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia y estudiante de Maestría en Filosofía de la misma universidad, en donde también se desempeña como docente de hora cátedra en el área de teoría política. Dentro de sus intereses se cuentan las teorías feministas y de género, la memoria histórica, la filosofía política, el análisis de problemas urbanos y la pedagogía. Tiene experiencia en procesos de educación popular y proyectos de participación con niños, niñas y jóvenes de la ciudad de Bogotá

Desde el pasado 4 de junio el uribismo ha estado avanzando en la ejecución de una etapa determinante para su oposición al proceso de paz. A través del movimiento autodenominado de “Resistencia civil” se ha dado inicio a un proceso de recolección de firmas con el fin de oponerse al plebiscito por la paz que, en caso de ser aprobado, pondría fin a casi cuatro años de negociaciones que adelanta el Gobierno Nacional con las FARC para dar paso a la ejecución de los Acuerdos de La Habana. De esta manera, Uribe y el Centro Democrático protagonizan hoy de manera estelar uno de esos grandes disparates históricos a los que como país nos han acostumbrado “los poderosos”. Esta vez se trata de un movimiento en contra de la paz. Usualmente los gobernantes (o en este caso, exgobernantes) de los grandes estados de derecho apelan a la guerra escondidos en un velo hipócrita de humanitarismo pretendiendo salvaguardar la democracia y, por esa vía, la paz mundial o nacional. Las grandes cruzadas en el medio oriente en las últimas décadas no son sino una de tantas muestras históricas especialmente recurrentes durante el siglo pasado y lo que va corrido de este. Lo particular de este caso es que acá no hay ningún velo humanitarista que apele a la guerra a favor de la paz. Esta vez la resistencia civil es, de manera deliberada, en contra de la paz.

A la gran paradoja la sazonan hechos como el de que la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) en España anunciara que le otorgará a Álvaro Uribe una medalla de honor por su defensa de la democracia. Uribe, un honorable demócrata. Sí, el mismo que tiene varias investigaciones y procesos legales abiertos en relación con múltiples violaciones a los derechos humanos, vínculos con grupos paramilitares, negocios ilícitos e incluso masacres como la de El Aro en Antioquia durante el periodo en el cual fungía como gobernador del mismo departamento. El mismo que, en esta ocasión, levanta el estandarte contra la paz.

Dada la polémica desatada alrededor del anuncio de la UIMP, se abrió también una iniciativa al interior de España para exigir que tal mención no sea otorgada, pues como dice el periodista español Paco Gómez Nadal (quien está promoviendo la firma de una petición virtual en contra de que se otorgue el reconocimiento): “Álvaro Uribe Vélez, además de ser un enemigo declarado de la paz, es acusado de crímenes de lesa humanidad durante sus dos mandatos (2002-2010) por lo que la entrega de este reconocimiento por parte de la universidad pública española la hace cómplice de un político que ha sido enemigo de todos los valores democráticos por los que ahora se le pretende premiar”.

Todo este revuelo generado por los clamores contra la paz liderados por un supuesto demócrata de talla mundial nos ofrece varias cuestiones para reflexionar detenidamente, pues si bien un en contra de la paz representa un exabrupto, también es cierto que los problemas allí en juego no son tan evidentes y que la férrea oposición no es simplemente un arranque de locura y maldad de parte de Uribe y los uribistas.

En primer lugar, habría que preguntarse qué es lo verdaderamente problemático e indignante de esta oposición y si no hay ninguna legitimidad en todo lo que implique un cuestionamiento al proceso de paz al que le apuestan hoy el Estado y las FARC desde La Habana. Respaldar los acuerdos no significa necesariamente ponerse del lado de la paz que nos plantea Santos de manera irrestricta, pues esa paz no contempla cambios profundos sobre un modelo económico que, en virtud de su postración a la acumulación transnacional financiarizada, es poco equitativo y ambientalmente insostenible. Hay que respaldar los acuerdos pero en el entendido de que este es un importante momento político para el país que abre un campo de oportunidad en el cual disputarse un modelo de paz distinto y más justo. Conscientes de que este respaldo es un llamado a la disputa, hay que avanzar en temas cruciales como el de unas garantías más claras en materia de derechos humanos para el desarrollo de expresiones políticas alternativas y una profundización de la participación de la sociedad civil en la construcción del proceso mismo.

Si es posible plantearle cuestiones al proceso de paz que oficialmente se viene adelantando, habría que sentarse a pensar, en segundo lugar, cuál es exactamente el problema de la oposición de Uribe. Y el problema empieza, de hecho, cuando desmitificamos la idea de que Uribe no es más que una voz desaforada y carente de toda cordura. El país no puede olvidar que Uribe sigue representando a un sector entero en Colombia conformado por un grupo de personas con poder político y económico considerable y con una capacidad de movilizar masas demostrada en las pasadas jornadas de movilización en mayo que tuvieron lugar en todo el país y a las que se unieron miles de personas gritando arengas energúmenas contra las FARC y contra su supuesto mayor aliado, es decir, Juan Manuel Santos. Uribe, entonces, representa a la ultraderecha más retardataria del país y a los resquicios de las grandes estructuras paramilitares que a través de su figura gobernaron durante ocho años. La oposición a la paz cobra sentido, entonces, en la medida en que el proceso de paz pisa económica y políticamente los callos más dolorosos de esta clase.

De acuerdo con lo anterior, lo verdaderamente problemático de la oposición uribista al proceso de paz es que ésta se explica no en función de las necesidades que deben interpelar al proceso para abrir caminos hacia un país más justo y políticamente más abierto, sino más bien en función de la defensa cavernaria de unos privilegios ganados sobre una muy violenta y sanguinaria dosis de injusticia que, en la historia de nuestro país, tiene nombre propio: el paramilitarismo.

Y en la medida en que el paramilitarismo y la ultraderecha siguen (desafortunadamente) siendo un actor importante en el país, la recolección de firmas debería preocuparnos más de lo que creemos. Por eso el apoyo al proceso de paz –uno crítico y propositivo, en aras de un modelo de paz distinto– debe pensar también, prontamente, qué hacer con el gran disparate de un movimiento en contra de la paz.

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Artículos de referencia:

http://www.elcolombiano.com/colombia/alvaro-uribe-condecorado-en-espana-por-su-defensa-de-los-derechos-humanos-CE4341712

https://pacifista.co/una-peticion-en-internet-busca-que-uribe-no-sea-condecorado-en-espana/

http://www.cmi.com.co/uribe-anuncia-recoleccion-de-firmas-contra-plebiscito-por-la-paz

http://www.elcolombiano.com/colombia/paz-y-derechos-humanos/este-sabado-inicia-la-recoleccion-de-firmas-contra-el-proceso-de-paz-HD4270292

http://www.lafm.com.co/pol%C3%ADtica/noticias/%C2%BFresistencia-civil-un-tema-ser-208193