Las elecciones del 20 de diciembre en España dibujaron un nuevo mapa político, que supuso un terremoto respecto al anterior por la irrupción en el Parlamento, con 69 diputados, de un magma político-social encabezado por el partido-movimiento PODEMOS [en adelante PODEMOS, para simplificar], un bloque electoral anti-neoliberal inédito por el número de sus apoyos y la profundidad de su impacto en la vida política española, desafiando a los dos partidos hegemónicos desde hace más de 30 años, PP y PSOE.

El factor fundamental que provocó este escenario fue el hecho de que una “nueva izquierda” que había tomado nota de las experiencias latinoamericanas consiguió, manejando con habilidad un discurso populista (en su sentido de apelar a la construcción de pueblo frente a las oligarquías), capitalizar el malestar social por las consecuencias de la crisis económica que vivía España.

A medida que PODEMOS ha ido avanzando, el espacio político del PSOE (que jugó un rol de contención social en los marcos neoliberales, desdibujando su tradición socialdemócrata y aplicando las recetas privatizadoras y desreguladoras recomendadas por la UE) se ha ido achicando, y tampoco ha conseguido despegar el “populismo de derecha” de Ciudadanos, ya que PODEMOS le ha ganado buena parte de su terreno con una propuesta capaz de apelar no solo a una franja del electorado “culturalmente” de izquierda, sino también al votante despolitizado, mayoritario en España como resultado de décadas de hegemonía neoliberal.

El miedo del PSOE al avance de PODEMOS fue la clave para que, tras las elecciones de diciembre, no se pudiera formar gobierno, ya que el PSOE no quiso optar por entrar abiertamente en ninguno de los dos bloques: ni en el neoliberal liderado por el PP (sabe que una parte de su electorado vota “contra la derecha” y no le resultaría fácil asumir una “gran coalición” con ella) ni en el de la soberanía popular liderado por PODEMOS (hace tiempo que la mayoría de los dirigentes del PSOE adoptaron el neoliberalismo y para ellos su mayor enemigo no es el PP, sino lo que representa PODEMOS) y decidió tomar una posición intermedia, de alianza con Ciudadanos que no sumaba los parlamentarios suficientes para formar gobierno, pero que le permitía presionar a PODEMOS acusándole de no favorecer un “gobierno de cambio” y de marcar “líneas rojas” inasumibles, como el reconocimiento del derecho de autodeterminación de los pueblos.

Esa posición no dejaba otra salida que la repetición de las elecciones, que le han servido para frenar un poco su caída (“sólo” perdió 5 diputados), pero no para revertir la tendencia a quedar en medio de un fuego cruzado entre neoliberalismo y soberanía popular, disputa en la cual, a diferencia de la disputa “derecha”/”izquierda”, no está cómodo y no es un actor protagonista sino uno condenado al desgaste progresivo: es la segunda vez consecutiva que tiene los peores resultados de su historia, y nada indica que vaya a remontar en un futuro próximo.

Por el contrario, dos años después de la creación de PODEMOS hay un espacio político consolidado, una franja social que adhiere a un programa de radicalidad democrática, derechos sociales y soberanía (pluri)nacional que, en su expresión electoral, administra las principales ciudades españolas y se estabiliza en torno a un 20% del electorado o, lo que es lo mismo, 5 millones de votos y alrededor de 70 diputados. Insuficientes por el momento para formar gobierno pero suficientes para desestabilizar y condicionar el escenario político español, marcando la agenda y los ritmos. Un tremendo triunfo en un contexto como el europeo, donde los dueños del poder y la riqueza no se sienten amenazados y en muchos países quienes están capitalizando el descontento social son fuerzas xenófobas.

¿Por qué entonces hay quienes hablan de “fracaso” de PODEMOS en estas elecciones? Porque se había marcado un objetivo muy ambicioso: profundizar ese proceso de polarización entre neoliberalismo y soberanía popular superando tanto en votos como en escaños al PSOE, de tal manera que la disputa quedara claramente, de cara a los próximos meses, como PP versus PODEMOS y el PSOE se viera obligado a elegir a quién de los dos entregarle el gobierno.

Ese objetivo, que parecía factible a la luz de las encuestas, no se logró, y eso ha generado cierta desilusión en la base social de PODEMOS. No tanto por el resultado en sí (tras la alianza con el frente político del PC ha obtenido 71 diputados, frente a los 69 de las elecciones de diciembre), sino por las expectativas tan altas que se habían creado, y porque es la primera vez en los dos intensos años de vida del partido que no se alcanzan los objetivos fijados.

Un factor clave para el estancamiento electoral fue la campaña del miedo activada por las clases dominantes, usando su monopolio mediático, para movilizar al electorado contra Unidos Podemos. Ya habían recurrido a ella previamente, pero se agudizó ahora que amenazaba con convertirse en segunda fuerza y la posibilidad de acceder al gobierno.

Los caballos de batalla más recurrentes fueron las acusaciones a PODEMOS de pretender la ruptura de España y de estar financiado por Venezuela (cuya crisis política los medios españoles han situado en primer plano durante toda la campaña, por supuesto entregando la versión de la oposición). La campaña contó con el apoyo entusiasta de Ciudadanos y del PSOE, conscientes ambos de que el enemigo a batir era Unidos Podemos, pero fue el PP quien más se benefició de ella, concentrando el “voto útil” conservador (conservador no sólo en el sentido de derechista, sino de temeroso de cambios bruscos). Al mismo tiempo, parte del electorado que en las anteriores elecciones había optado por IU (el frente del PC) o por PODEMOS esta vez eligió PSOE buscando una salida “moderada” al PP, o bien se abstuvo por variados motivos.

El análisis del voto a PODEMOS excedería con mucho el espacio de esta columna, baste señalar que siguió evidenciando una mayor dificultad para implantarse en las zonas rurales y envejecidas del interior y repitió los mejores resultados en Cataluña y el País Vasco, las zonas más industrializadas, con una clase trabajadora y unos sectores medios más desarrollados y organizados y donde fue bien acogido su reconocimiento del carácter plurinacional de España (hay quien señala que, precisamente, eso le jugó en contra en el resto de zonas, por más que, en esta campaña, la dirección de PODEMOS se esforzara por mostrar que se puede ser patriota español sin negar la plurinacionalidad). También es importante poner el foco en las grandes brechas etarias, regionales y socioeconómicas que existen entre los distintos territorios de España: las diferencias de voto entre generaciones, entre la costa levantina y el interior castellano o entre el medio rural y grandes urbes, por citar solo algunas, volvieron a ser notables.

El bloque político-social, que lidera PODEMOS, inició desde la misma noche electoral un proceso de debate público sobre el mejor modo de seguir avanzando ahora que está próximo a cerrarse un intenso ciclo electoral. Un proceso que, dada la riqueza de las experiencias políticas y sociales que lo integran y de la altura de miras de sus cuadros, a pesar de la crudeza con la que se está expresando, tendrá el efecto positivo de una elevación del nivel del debate estratégico/táctico y hará posible afrontar en el mejor pie los grandes desafíos del nuevo tiempo que se abre, que seguirá estando marcado sin duda alguna por la confrontación entre neoliberalismo y soberanía popular, con las presiones y la crisis de la Unión Europea como marco.

El partido entre neoliberalismo y soberanía popular no ha terminado, de hecho estamos apenas en el alargue de la primera parte.