José David Copete

* José David Copete

Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, candidato a Magíster en Políticas Públicas de la misma universidad. Ha trabajado investigaciones relacionadas, principalmente, con política social y participación política juvenil. Es integrante del Grupo Interdisciplinario de Estudios Sociales y Políticos THESEUS. Actualmente se desempeña como docente universitario en la Universidad el Bosque y la Universidad Nacional de Colombia

Condensando un momento de gran valía para la historia de Colombia, el pasado jueves 23 de junio se firmó el cese bilateral al fuego entre el Gobierno Nacional y las Farc-ep. El acuerdo firmado en La Habana nos acerca a un hecho histórico de gran calado, que se constituye en un primer y necesario momento en el largo proceso de construcción de la paz con justicia social en Colombia. A este importante paso deben seguir otros muchos que cimienten las condiciones para que la superación del conflicto armado se corresponda con avances palpables en términos de vida digna para las mayorías colombianas.

Los retos que de esta situación se desprenden involucran tanto a las insurgencias y al gobierno nacional como, y ante todo, al grueso de la población colombiana. En lo tocante a los primeros, el desafío más apremiante es el de concretar la separación entre la acción política y el uso de las armas, con las condiciones políticas, sociales y económicas que eso implica. Ello, tanto por la necesidad de integrar al ELN a un cese bilateral -cuya intención ha hecho explícita esta fuerza insurgente- como por la urgencia de desmantelar las estructuras criminales cuya raigambre y vínculos con las estructuras paramilitares son innegables.

En cuanto al grueso de la sociedad colombiana, el reto que mayor complejidad reviste está ligado al redimensionamiento de la participación política y de los entramados institucionales que han de disponerse para que la misma se despliegue. En esta columna se esbozan algunos desafíos ligados a la cuestión de la participación política y la institucionalidad democrática como elementos vitales para el proceso de construcción de la paz con justicia social.

La cuestión de la participación política en Colombia

El problema más complejo de la política en Colombia no ha sido tratado en La Habana y, a decir verdad, no puede ser abordado en ninguna mesa de diálogo: el desprestigio de la política. La inercia de las mayorías colombianas se corresponde con una álgida dinámica de sectores sociales y políticos que usufructúan la institucionalidad y los recursos públicos. Este fenómeno es muy complejo y nos enfrenta a una lógica en la que abandono y cooptación se dan simultáneamente.

Abandono por parte de las mayorías, quienes se apartan de la política al punto de asumirla como un escenario extraño y lejano. No ha de sorprender a nadie que los altos índices de abstención electoral1 convivan con la existencia de problemas sociales y políticos como el desplazamiento forzado2, la desnutrición infantil3, la pobreza4, la violencia de género5 y otros. Así, las mayorías colombianas se apartan de la política, asumiendo que la misma está desvinculada de las problemáticas que le aquejan cotidianamente y que frente a ellas nada pueden hacer más que resignarse y seguir sobreviviendo. Apatía, impotencia y descreimiento signan la cotidianeidad de las mayorías de la población colombiana.

Tal retirada masiva del escenario de la política se ha correspondido con la cooptación del mismo por parte de actores sociales y políticos cuyas dinámicas son muy cercanas a la mafia. El escenario de la política colombiana no solamente permite hablar de dinámicas aristocráticas circunscritas a un número reducido de familias a escala local, regional y nacional; también nos permite ver un entramado mafioso que, en el despliegue de su accionar, ha difuminado la frontera entre lo legal y lo ilegal. Entonces, tenemos a una clase política cuya legitimidad -fundada en las elecciones- es harto precaria pero ha servido y sirve para cimentar redes mafiosas que se sirven discrecionalmente de los escenarios institucionales.

Este panorama nos ubica ante la importancia de la activación política de la ciudadanía. Tal activación pasa, ineludiblemente, por la elección de representantes pero debe ir más allá, mediante la concreción de ejercicios de participación política que acerquen al ciudadano a los escenarios institucionales en los que se concretan las decisiones que afectan al grueso de la sociedad. De tener lugar, el plebiscito planteado para la refrendar los acuerdos alcanzados en La Habana no sólo ha de servir para demostrar la legitimidad de la salida negociada al conflicto armado, también ha de ser uno de tantos ejercicios de activación política de la ciudadanía colombiana, quien ha de convertirse en protagonista del arduo proceso de construcción de la paz con justicia social.

Ello implica un salto cualitativo ligado a la posibilidad de incentivar la acción política de las mayorías ciudadanas quienes actualmente, estando apartadas de la arena política, se limitan a hacer las veces de legitimadoras de la institucionalidad y de quienes la usufructúan.

En este marco, el salto cualitativo en términos de la acción política y los avances hacia una vida digna para Colombia toda no dependen exclusivamente de quienes dejen las armas ni de quienes hoy dinamizan la política institucional. Muy por el contrario está ligado a un gran acuerdo nacional que promueva y garantice la participación política de quienes hoy se retraen de la política al punto de abstenerse de votar. La activación de la política en las mayorías colombianas se corresponde con la generación de dinámicas institucionales que garanticen la efectiva inclusión de las nuevas colectividades, antes marginadas.

El recambio en la política institucionalizada

La posibilidad de lograr un consenso que incluya a todas las fuerzas políticas y que permita irrigar a la población colombiana está tan ligada a la activación de la política en las mayorías como a la generación de los mecanismos institucionales por los que ha de discurrir la acción política de las diversas colectividades. No se puede concebir ningún escenario de paz si la población sigue apartada de los escenarios de la política institucionalizada y de las decisiones que de allí se desprenden. Por ello, hemos de caminar hacia un escenario en la que la agonística nos permita llegar a un consenso básico: la política se asume como actividad de una incesante confrontación que se dirime en escenarios institucionalizados comunes con el recurso a los argumentos y respetando la integridad del contrario. A tal principio se debe adherir la activación ciudadana de las mayorías.

En este contexto, uno de los cambios de gran calado que se deben generar en nuestro país es el relacionado con la reconfiguración de los escenarios de la política institucionalizada. Bien sabido es que en la mesa de diálogos no estaba en juego el modelo económico ni político dinamizado en nuestro país, pero también es sabido que, en un escenario de superación del conflicto armado, tales cambios sustanciales pueden y deben hacer parte de las discusiones políticas en los escenarios institucionales y fuera de ellos. Ello pone de presente la necesidad de generar transformaciones institucionales que nos remiten a dos cuestiones que se nutren y retroalimentan.

Por un lado, es de esperar que la activación de la agonística derive en un recambio en los liderazgos políticos que renueven y refresquen el escenario de la política institucionalizada colombiana. La historia política de nuestro país nos acerca a una democracia -como planteara Lukács- de “doscientas familias”, en la que un grupo reducido de actores ha capturado la institucionalidad colombiana y ha convertido la palabra “delfín” en moneda corriente. Esto se ha desarrollado en forma simultánea con una tendencia sistemática a sofocar y/o eliminar liderazgos populares que confrontaron el sistema político.

Las propuestas políticas de los actores que han dejado a un lado las armas pasan de ser ilegales a nutrir el debate político del país, mediante la renovación tanto de discursos como de dirigentes políticos. De allí que las nuevas voces que se desplieguen sean valiosas en tanto representan opciones políticas tan válidas como legales y que entran a confrontar la dominación del escenario institucional por parte de la clase política colombiana. La posibilidad de que tal confrontación tenga lugar mediante el respeto a la integridad del contendor político requiere tanto de voluntad política como de mecanismos institucionales que se enfoquen hacia tal cometido. No puede repetirse la situación de miles de dirigentes sociales y políticos que han caído, a manos de fuerzas estatales o paraestatales, por su ejercicio político de oposición.

Por otro lado, ligado a lo anterior, la estructura institucional de la política colombiana ha de ser sometida a cambios que permitan sintonizar las nuevas dinámicas políticas con los canales institucionales dispuestos para que la dinámica agonística se pueda materializar tanto al interior de la institucionalidad como, y ante todo, en la cotidianeidad de la población colombiana. Se torna vital un examen riguroso acerca de los actuales mecanismos de participación y de la conexión de los mismos con procesos de descentralización y regionalización -superando la visión de desconcentración del nivel nacional- que promuevan y garanticen ejercicios de participación más allá de los comicios electorales.

Finalmente, es claro que la activación de la ciudadanía no se puede decretar, pero el despliegue político de la ciudadanía debe contar con mecanismos y dispositivos institucionales que sí se pueden generar, que abran posibilidades de participación con incidencia para las mayorías. Como país, debemos asumir el reto de reflexionar colectivamente sobre nuestros asuntos y generar acuerdos que permitan sacar el máximo provecho a los avances logrados hasta el momento. El optimismo suscitado, con toda razón, tras la firma del cese bilateral y ante la eventual firma de un acuerdo final debe traducirse en esfuerzos mancomunados desde los diversos sectores de la sociedad colombiana en aras de transformar las lógicas cotidianas de violencia, opresión y exclusión que han tenido lugar en nuestro país históricamente.

  1. Ver http://www.eltiempo.com/politica/partidos-politicos/elecciones-2014-en-colombia-abstencion-llego-a-60-por-ciento/14035636 ; http://www.eltiempo.com/politica/partidos-politicos/abstencion-en-elecciones-2015-y-voto-en-blanco/16413181
  2. Según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) Colombia es actualmente el país con mayor número de población desplazada interna en el mundo. Ver http://www.acnur.org/recursos/estadisticas/
  3. Ver http://www.cmi.com.co/uno-de-cada-diez-ninos-en-colombia-sufre-desnutricion-cronica-unicef
  4. Ver http://www.eltiempo.com/economia/sectores/cifra-de-pobreza-y-pobre-extrema-en-colombia-2016/16525815
  5. Ver http://www.elespectador.com/noticias/politica/violencia-de-genero-cotidiana-sistematica-y-perversa-co-articulo-561124 ; http://www.noticiasrcn.com/nacional-pais/feminicidio-colombia-deja-399-mujeres-asesinadas-primer-semestre-del-ano