Sebastián Urdaneta

* Sebastián Urdaneta

Magíster en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de la Plata (Argentina) y abogado de la Universidad Nacional de Colombia. Entre mis temas de trabajo se encuentran la justicia comunitaria, la administración de justicia, el conflicto armado, el pluralismo jurídico y la educación legal. La Escuela de Justicia Comunitaria de la Universidad Nacional ha sido la institución en la que he desarrollado la mayoría de mis investigaciones

El septiembre que viene se cumplen cuatro años desde mi último acto delictivo. En ese tiempo cursaba mis últimos años de Derecho y mi ideología se partía entre el derecho procesal civil y una caótica condensación de retazos marxistas, anarquistas y nihilistas (tan superficiales como pueden ser las ideas marxistas, anarquistas y nihilistas de un estudiante de derecho). Aún recuerdo el proceso mental que desplegaba antes de mis hurtos: la apropiación de la ganancia es un robo de cuello blanco -la apropiación de la ganancia no sólo se da en la producción sino también en la comercialización- Olímpica es una cadena comercial- Olímpica roba, ergo, robar en Olímpica es una especie de equilibrio económico, político y poético.

Al medio día de un 26 de septiembre me decidí a entrar al supermercado con la intención de comprar algunos utensilios, pero más que eso con la firme convicción de robarme un queso amarillo. Por esos días estaba tan perito en el arte de expropiar a los expropiadores que ya no sentía miedo de cometer otro ilícito. Tal vez por exceso de confianza o por torpeza en la técnica de apoderarse de una cosa mueble ajena (debe recordarse que aún no era un abogado titulado), fui retenido por el personal de seguridad del establecimiento y puesto bajo la tutela de las autoridades policiales minutos más tarde.

Una vez en la Unidad de Reacción Inmediata (URI) me tomaron las fotos que le destinan a los convictos. Pasé a una celda sobreocupada que olía a orines y otras excrecencias, nada sorprendente si se tiene en cuenta que había un baño para más de 50 detenidos y que ese baño hacía parte del mismo espacio en el que se vivía. Una vez adentro conocí a ladrones, prostitutas, asesinos, mulas, indigentes y consumidores; desalentador panorama para un ladrón menor de quesos que más que por hambre hurtaba por el derecho a reivindicar su ilusoria disidencia de clase. Allí la clasificación jurídica que aprendí en procesal penal entre indiciado, imputado, acusado y condenado me resultó del todo inútil. Mientras algunos de mis colegas habían sido capturados por alguna flagrancia de poca monta (sobre todo los habitantes de la calle, cuya flagrancia consistía en el mero hecho de existir), otros adelantaban su condena por narcotráfico mientras esperaban que se abriera un cupo en alguna de las hacinadas cárceles del sistema penitenciario, asegurando que llevaban incluso dos años esperando el traslado. ¿Cómo es que un ser humano puede vivir en estas condiciones?

Pronto noté que la clasificación interna respondía a criterios menos jurídicos y más sociológicos, porque incluso dentro de ese submundo había estratificación social. De los dos cuadrados en los que se dividía la nimia celda uno correspondía a los adinerados traficantes, mientras que en la otra estábamos los pequeños delincuentes. Los del primer grupo tenían colchones en el suelo, dos televisores y mandaban a pedir comida de un restaurante cercano, mientras los del segundo dormían debajo de unas banquetas de cemento, fumaban bazuco exhalando el humo hacia una pequeña ventana al fondo del bloque y compartían sobras de arroz, comida chatarra y huesos de pollo. En las URI quien no tiene plata no come. Para no ser parte del banquete de los desperdicios aseguré que era abogado, di consejos vagos y emití conceptos jurídicos abstractos sin percatarme de lo patético de la situación. Pronto formé un improvisado conglomerado a mi entorno. El único arrepentimiento que percibí en los testimonios de mis contertulios fue el de no haber podido correr más rápido que la policía.

Cerca de la medianoche recibí el llamado de un guardia. Me dirigí al frente con la alegría de pensar que era esa la llamada de mi libertad. Alegría fugaz. Que acá le manda su mamá para que coma (una sopa en un vaso de icopor y un paquete de papas), que yo soy abogado señor agente, que usted lo que es es un ladrón. No sé si por miedo, solidaridad o por la inapetencia que me generaba el entorno, decidí ceder mis alimentos a los demás presos. Aun no entiendo cómo se puede comer, vivir o siquiera respirar es ese infierno.

Arrebatada mi dignidad, me dieron salida a las 3:30 de la mañana. Además de la ostensible humillación familiar que supuso el acontecimiento narrado, hubo algunas inquietudes que quedaron rondando en mi cabeza: ¿quién delinque merece ese destino? ¿Sabe la gente lo que sucede en estos lugares? ¿Será accidental o será planeado? Lejos de responder estas cuestiones, permítaseme una última y breve aproximación al asunto del castigo.

Los sociólogos evolucionistas sostienen el inevitable tránsito de la barbarie a la civilización a través de la historia. Para ejemplificar este hecho se valen del castigo: si en la época medieval las torturas y la condena pública eran pan de cada día, entrada la modernidad la pena se refina, se humaniza por medio de la cárcel. En El proceso de la civilización Norbert Elías relativiza este argumento. Si bien es cierto que el castigo frente a los delincuentes ha cambiado a través de la historia, este fenómeno no se debe a un proceso de racionalización implícito en el ser humano sino a un cambio en las sensibilidades del público. Las antiguas prácticas de hostilidad, agresión, odio y justicia por mano propia pasan a las instituciones especializadas del Estado que ahora se encargará de administrarlas.

A medida que el uso legítimo de la fuerza se monopoliza (ya no todos pueden usar la violencia para zanjar sus diferencias inmediatas), se crea una inhibición en las prácticas y sensibilidades de la gente. Pero inhibición no quiere decir desaparición. Actos que antes podían ser hechos en espacios públicos sin ser objeto de reproche social, tales como sostener relaciones sexuales, saciar necesidades fisiológicas o usar la violencia, son ahora destinados a espacios privados. Y así con el castigo, desplazado tras los muros de la cárcel, lejano de los ciudadanos de bien. El cambio está en la forma: si otrora se fustigaba el cuerpo ahora se flagelan la mente y el tiempo, cuyas secuelas son más difíciles de observar y más sencillas de olvidar. En palabras simples, seguimos tolerando la violencia pero ya no nos gusta verla.

Con frecuencia se cae en la tentación de condenar a los ladrones, asesinos, indigentes y consumidores que sufren su existencia en las deshumanizantes cárceles de nuestro país, endilgándoles la responsabilidad por ganarse su propio destino. ¿Y si echáramos una mirada al interior de las prisiones de tanto en tanto? ¿Y si reconociéramos que las sociedades desiguales agrupan a la vez que excluyen? ¿Y si reconociéramos la contingencia de ser quienes somos y no ladrones, asesinos o indigentes? Ya lo advertía Dostoievski hace más de un siglo: “las normas de la civilización de un país pueden juzgarse al abrir las puertas de sus prisiones”.