Sergio Felipe Ayala

* Sergio Felipe Ayala

Egresado de los programas de Ciencia Política e Historia de la Universidad Nacional de Colombia. Maestría en Filosofía de la Universidad de los Andes. Estudiante de maestría en economía política en el King’s College London. Miembro del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea – TEOPOCO de la Universidad Nacional de Colombia.

La designación de César Gaviria como primer abanderado de la campaña por el Sí para el plebiscito por la paz plantea una pregunta política e históricamente desafiante para el significado democrático de la construcción de la paz en Colombia. ¿Puede uno de los grandes patriarcas del liberalismo (tal vez el más influyente hoy) dirigir el impulso al mecanismo que, a juicio del gobierno, dota de legitimidad democrática los avances actuales del proceso de paz? La pregunta cobra sentido si se desagregan una serie de cuestiones un tanto más específicas en juego: oligarquía a la colombiana, bipartidismo a la colombiana y, por sobre todo, sentido de la democracia en Colombia.

Y a propósito de esta tercera, de lo que significa hablar de democracia en Colombia, lo primero que hay que recordar es que el plebiscito se trata menos de viabilidad jurídica y más de respaldo popular. A pesar de los hostiles bombardeos de la ultraderecha en cabeza del procurador Ordóñez y de Uribe, este será convocado por el presidente Santos con el reciente aval de la Corte Constitucional (que lo considera compatible con las facultades del jefe de Estado en materia de la preservación del orden público). Pero la apelación de Santos a una autorización en las urnas de la firma final de los acuerdos y su eventual implementación legal no tiene tanto que ver con la viabilidad jurídica del proceso (ya están trazados varios planes B por si gana el no), sino con un decisivo empujón democrático que genere un clima de viabilidad política respaldado por “la voluntad popular”. De hecho, hace unos días María Victoria Calle, presidenta de la Corte Constitucional, ponía el énfasis en el tema de la democratización al afirmar que “los mecanismos de participación ciudadana –como el plebiscito– son instrumentos coherentes con lo que dispone la Constitución para alcanzar la paz, pues lo que buscaba el Constituyente era justamente pacificar la democracia en sus términos reales y democratizar la búsqueda de la paz”1. Ahora bien, el “espaldarazo democrático” se necesita también para neutralizar a los (más vivos que nunca) enemigos de la paz.

Tanto el clima de favorabilidad como la urgente necesidad de contrarrestar a la ultraderecha son cuestiones acertadas. El problema es que, a costa de ello, hablar de democracia acá puede quedar como un sencillo y simple “espaldarazo” de algún fulano inerme y pasivo al que los poderosos llaman “pueblo” y al que recurren cada vez que, en doscientos años de historia republicana, hay que hablar de decisiones tramitadas democráticamente. El asunto es mucho más complejo que el de la afirmación simple de que la democracia electoral y las urnas son insuficientes. No porque no sea verdad que una democracia no se agote en las urnas, sino porque para este caso realmente resulta más complejo que ello. En tanto mecanismo de participación política popular, el plebiscito es de suma importancia para la paz porque mide fuerzas y opiniones, porque de algún modo sí acerca a los colombianos y colombianas de a pie al proceso y porque efectivamente contribuye con legitimidad popular. ¿De qué se trata entonces?

Se trata de recordar la historia de la democracia en nuestro país para ver cómo hacer efectivamente democrático el proceso. De no olvidar que en Colombia, durante dos largos siglos, las mismas oligarquías de siempre (nunca hubo una “ruptura de oligarquías” durante el XIX y el XX2) tomaron decisiones antidemocráticas con postizos arreglos democráticos. Pero más hacia el presente, se trata de que hablamos de un conflicto armado en donde, entre las causas fundamentales, reluce una histórica e implacable exclusión del ejercicio de la política, protagonizada por décadas por un oligárquico bipartidismo y posibilitada por formas brutales de represión y persecución de cualquier forma distinta de expresarse a la de las herméticas vías de discriminación institucionalizadas en el Estado.

Y volviendo al inicio, al jefe de la campaña por el sí, se trata de ver cómo pesa todo ello en el hecho de que el gran líder de los liberales, heredero directo de la carga histórica del bipartidismo oligárquico del antidemocrático Frente Nacional, del antidemocrático estatuto de seguridad y de las antidemocráticas décadas de represión estatal en las que se cultivó la prolongación del fuerte vínculo entre política y armas, nos venga hoy a hablar de paz.

Simbólicamente, entonces, la historia pesa. Políticamente, a su vez, Gaviria tiene dos grandes retos prioritarios en este momento: por un lado, articular todas las maquinarias regionales y nacionales posibles para votar por el Sí (hablando de gamonal a gamonal) y, por otro, darle una gran cachetada a Uribe disputándole esas maquinarias. Lo triste es que en este país esas dos sean las tareas decisivas y, en términos políticamente reales, condiciones sin las cuales el plebiscito terminaría hundiéndose. Lo triste, también, es que el liderazgo designado sea el de un liberal como Gaviria y no el de otras caras distintas y distantes del bipartidismo oligárquico porque al parecer efectivamente él sigue siendo un poderosísimo contendor para hacer efectivos esos dos retos. Pero, por sobre todo, lo triste es que no haya una tercera tarea que de hecho aparezca de primera, como la más grande prioridad de una campaña como estas: la de que esa salida a las urnas sea efectivamente democrática porque la gente participe a conciencia, enterada y políticamente comprometida, jugando un papel activo y determinante en el curso de las cosas.

Y como Gaviria tiene ya prioridades, la tarea democrática está entonces en manos de la sociedad colombiana. De los sectores políticos distintos al bipartidismo y a las oligarquías, de las organizaciones sociales, las plataformas de movilización, los sectores críticos y la academia y en general de toda la gente de a pie que trabaja o estudia o vive en este país y que cree que Colombia necesita, en ese plebiscito, un Sí para la democracia y no un Sí para los poderosos de siempre. Y, de paso, de protagonizar una bofetada al uribismo no desde los grandes egos de las grandes élites, sino desde la dignidad del sujeto real de la democracia: el pueblo.

  1. http://www.semana.com/nacion/articulo/plebiscito-por-la-paz-magistrada-maria-victoria-calle-explica-el-caso/482878
  2. Tal vez Uribe marcó una ruptura en el siglo XXI llevando al narcoparamilitarismo a la presidencia. Por ahora suscribo la tesis de Caballero: http://lasillavacia.com/silla-llena/red-lider/historia/en-colombia-nunca-ha-habido-ruptura-de-las-oligarquias-caballero