Andrea Cely Forero

* Andrea Cely Forero

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia con título de Maestría en Estudios Culturales de la Universidad de Los Andes. Dentro de sus principales intereses investigativos se encuentran los movimientos sociales en América Latina y la acción política en la vida diaria. Tiene publicados los resultados obtenidos sobre experiencias de pedagogía feminista, planes de vida como alternativas políticas de resistencia y las tensiones entre el movimiento social y político en América Latina. Hace parte del Congreso de los Pueblos, una experiencia de movilización social que intenta construir legislación popular

Muchos estudiantes, investigadores y docentes del campo de las ciencias sociales, concentramos los esfuerzos de análisis en una perspectiva latinoamericana a raíz del giro a la izquierda que empezaron a tomar los gobiernos en el continente desde hace más de 15 años. En general, se consideró un tema central del debate político en América Latina en el siglo XXI. Para autores como Norbert Lechner (1988), en la década de los sesentas del siglo pasado la atención estuvo puesta en la revolución como estrategia y como una respuesta respaldada por la teoría social. Mientras que a finales de los ochentas fue la democracia, entendida como la consolidación de instituciones que marcaran el fin de periodos dictatoriales, la idea que impuso la pauta en este campo.

Aparentemente, la pregunta que se hizo Lechner en ese momento respecto del carácter de los vientos de democracia, para determinar si debían entenderse como “climas coyunturales” o como el inicio de una transformación social y política, tuvo respuesta con la llegada de Hugo Chávez al gobierno de Venezuela en 1999 y los gobiernos que continuaron, incluyendo los dos casos abortados por golpes de Estado en Honduras y Paraguay (Lissidini, 2014). Sin embargo, la historia sigue cambiando y lo que en ese momento pudo ser entendido como la radicalización de la democracia para algunos, o la llegada del progresismo para otros, hoy parece estar llegando a su fin y dando inicio a un periodo de nuevos cambios institucionales en manos de líderes apoyados por grandes grupos económicos que se muestran como independientes o gerentes apolíticos1.

Aunque Lechner reconoce dificultades estructurales para conceptualizar, e históricas para generalizar, un mismo fenómeno en América Latina, también es importante reseñar las diferencias en el ejercicio de cada uno de los gobiernos que se identifican con este giro a la izquierda o progresista. Ya algunos autores señalaron las continuidades y errores de estos gobiernos durante sus mandatos (Svampa, 2007) y aun así, los golpes que está recibiendo la izquierda actualmente son otra señal de la incomodidad que generaron. Presenciamos acciones calculadas y sistemáticas de parte de grupos de derecha y grandes empresarios para tumbar estos gobiernos en donde tal vez el caso más dramático sea el brasilero. ¿Hacia dónde se están precipitando estos cambios de gobierno? Por ahora, aprovechan muy bien cada uno de los errores cometidos, así como la crisis mundial que marca la pauta de unas economías históricamente dependientes (Fernandes, 1998).

El Estado se mantiene como eje aglutinador de la investigación social en toda la región, pues aunque se ampliaron perspectivas críticas ante dicha concepción estatista de la política, hoy seguimos analizando la forma que adquiere el Estado ante los cambios de gobierno. Es decir, no hemos cuestionado la forma Estado de las relaciones sociales y políticas. Al contrario, le seguimos otorgando mayor protagonismo en los análisis y poca atención a otras formas de acción de parte de los movimientos sociales, por ejemplo. De hecho, gran parte de la corriente de analistas se concentraron en identificar las razones que llevaron a un tránsito de la lucha social a la participación electoral e institucional.

Los hechos que se vivieron en Bolivia, Ecuador y Venezuela, al verse como síntoma, llevaron a que varias plataformas de organizaciones sociales en América Latina incluyeran dentro de sus tácticas la participación electoral, incluso con el riesgo de provocar divisiones y rupturas en su interior. Fue un momento en el que la izquierda organizada asumió la importancia de hacer parte del Estado, ya sea para transformarlo, destruirlo desde adentro o simplemente instrumentalizarlo para socializar los recursos públicos. Sin embargo, no se plantearon modificar la forma Estado en la política, tampoco promovieron mecanismos reales de deliberación y autogobierno que permitieran dirigir la atención en la potencia de los movimientos sociales; sólo lograron que la atención de los analistas se concentrara en la ampliación del Estado. Para otros autores como Raúl Zibechi (2016), dichas políticas fueron construidas para garantizar un aumento en el nivel de consumo y no en la radicación de la pobreza, lo que en última instancia le sigue otorgando prioridad a una comprensión de la economía que busca satisfacer al individuo y no a garantizar la vida en comunidad.

En los casos de Bolivia, Ecuador y Venezuela se otorgó toda la capacidad de transformación a un proceso constituyente, otorgándole razón a gran parte de lo que Lechner (1988) consideró como la orientación al debate: las ideas de pacto y estrategias de concertación, en donde el inicio de un juego democrático se diera de acuerdo a la definición de unas reglas de juego, que marcarían la pauta de un mismo proceso. Es más, se asoció la idea de un pacto constitucional como un contrato social para promover acuerdos sociales que incluyeran, por ejemplo, la dinámica sindical con el Estado. Pero no tuvo en cuenta dos cosas (como tampoco lo hicieron estos gobiernos): las estrategias de la clase empresarial y mundial, y las limitaciones que tiene otorgar toda la fuerza a la forma Estado como única opción imaginable que permitiera el cambio de una cultura política.

Lo que está pasando en América Latina desde el cambio en la Asamblea parlamentaria en Venezuela, la llegada de Macri en Argentina, la ausencia de nuevos liderazgos en Bolivia y el golpe en Brasil, confirma que la posibilidad de reforma institucional ya no abrirá caminos para la utopía de subjetividades plenas que piensen la transformación social. Al contrario, son reformas institucionales que bajo el mismo discurso de la recuperación de la democracia están limitando la posibilidad de nuevas subjetividades e instaurando un nuevo orden político y cultural. Las sociedades latinoamericanas están formadas a partir de una sensibilidad cultural neocolonial, dependiente y oligárquica (Gallardo, 2005). Hecho que se manifiesta en las declaraciones públicas marcadas por exclusión y la discriminación de quienes lideran el golpe en Brasil, en los diputados venezolanos y las personas afines a Macri en Argentina.

Aunque la perspectiva de la democracia en la década de los ochenta se situara desde el fortalecimiento institucional para salir de un régimen dictatorial, hoy ese mismo discurso aplica en un contexto en el que la derecha latinoamericana pretende instaurar un nuevo orden. En otras palabras, la democracia en América Latina está actualmente en riesgo de ser usada para la imposición de unas prácticas propias de quienes entienden el Estado como un aparato que les garantiza riqueza. En este contexto, ¿cuáles son las alternativas para los grupos, partidos, organizaciones y movimientos sociales de izquierda en América Latina después de la experiencia de los últimos 15 años? ¿Es la defensa de la democracia una posibilidad para transformar socialmente las relaciones desiguales en el continente?

Alternativas actuales ante un escenario limitado

Una entrevista hecha en Bogotá a la politóloga Chantal Mouffe (Palabras al Margen, 2015) confirma la imagen que se alcanzó a elaborar para los teóricos sociales sobre el giro a la izquierda en América Latina. Y además, para líderes políticos que reconocieron en él una alternativa para provocar cambios sociales, culturales e institucionales en el viejo continente. Sin embargo, las circunstancias actuales podrían llevar a cuestionar tal alcance. Mouffe y Laclau, en su libro Hegemonía y Estrategia socialista (2004), invitaron a la izquierda a reconstruir sus agendas y propuestas a partir de una comprensión radical de la democracia. Sin embargo, ¿realmente se alcanzó a promover una cadena de equivalencias democráticas en América Latina durante los últimos 15 años? ¿Se lograron afectar las condiciones de lucha en términos hegemónicos? Se estuvo en riesgo de hacerlo. Es por esta razón que la derecha y la ofensiva neoconservadora alinearon nuevamente su estrategia y actuaron de manera calculada en varios países del continente para derrocar los gobiernos de turno. En otras palabras, aunque el Estado como única forma de la política se amplió, también fue permeado hacia intereses populares.

La comprensión de la democracia alrededor de las capacidades del Estado y no de las fuerzas sociales y populares constituye un error que además confirma la falta de estrategia por parte de la izquierda latinoamericana. Hoy no se trata de ampliar los espacios estatales a grupos sociales diversos o el reconocimiento de intereses culturales heterogéneos. Estamos ante un contexto en el que la idea de democracia fue usada para reafirmar Estados nacionales que mantienen a las masas al margen del poder y de la riqueza. Bajo estos argumentos, no podríamos hablar de revolución ni de democracia como experiencia real en América Latina en los últimos años. Fueron 15 años en los que la mayoría de casos fallaron en el reconocimiento de una autonomía relativa; se negó la potencia de las organizaciones sociales y su creatividad para legitimar otras formas de acción política.

No obstante, la izquierda no puede volver a caer en el error de considerar que es solo en este plano en el que las disputas se realizan, ni mucho menos en la ampliación de un Estado construido históricamente. Estamos ante un escenario que nuevamente intentará reforzar formas de vida asociadas al consumo individual y la exclusión. Y ante ello, la radicalidad de la izquierda debe ganar creatividad y coherencia ante hechos señalados como incompatibles con la forma de vida que se promueve, entre ellas la perspectiva de género, el respeto por los recursos públicos y una mirada relacional del conflicto, en donde no se es de izquierda solamente por ofrecer un discurso o un programa incluyente. Se trata de una lucha social que debe promover la emergencia de otras formas de acción política, replantear seriamente el Estado como único referente de posibilidad y la construcción de comunidades que puedan garantizar autonomía en términos económicos y políticos.

Bibliografía

Fernandes, Florestan (1998): “Problemas de conceptualización de las clases sociales en América Latina”, en Raúl Benítez Zenteno (coord.), Las clases sociales en América Latina. México, Siglo Veintiuno Editores, pp. 191-276.

Gallardo, Helio (2005): “Revolución y cultura política en América Latina”, en Polis. Revista Latinoamericana, N° 12, pp. 1-10

Lechner, Norbert (1988): “De la revolución a la democracia”, en Los patios interiores de la democracia. Santiago, FLACSO, pp. 21-43.

Lissidini, Alicia (2014): “Democracia directa en América Latina: avances, contradicciones y desafíos”, en http://nuso.org/media/documents/Articulo_ALICIA_LISSIDINI.pdf

Laclau E. y Mouffe Ch. (2004): Hegemonía y Estrategia Socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

Palabras al Margen (2015): Recuperación de la democracia y populismo de izquierda. Una conversación con Chantal Mouffe. Edición No. 63. En: http://palabrasalmargen.com/ index.php/articulos/internacional/item/recuperacion-de-la-democracia-y-populismo-de-izquierda-una-conversacion-con-chantal-mouffe

Svampa, M. y Stefanoni, Pablo (2007): Bolivia: memoria, insurgencia y movimientos sociales. Buenos Aires, Editorial El Colectivo y CLACSO.

Zibechi, R. y Machado, D. (2016): Cambiar el mundo desde arriba. Límites del Progresismo. Bogotá, Desde Abajo.

  1. En el caso colombiano esta tendencia también puede ubicarse en algunas de las principales ciudades del país como Bogotá, Cali y Bucaramanga. Aunque durante el giro a la izquierda Colombia no se acercó a ningún caso del continente.