Alejandro Mantilla

* Alejandro Mantilla

Director de la Corporación para la Educación, el Desarrollo y la Investigación Popular-Instituto Nacional Sindical CED-INS

De la crisis al caos

“¿Qué es el caos? Es el orden destruido durante la creación del mundo”. Éste es el primer aforismo incluido en los Pensamientos despeinados del escritor polaco Stanisław Jerzy Lec. Abandonando el terreno de la metafísica, esta reflexión indica una paradoja. Las instituciones políticas se configuran procurando cierta estabilidad, cierta normalidad de la vida social; sin embargo, como bien ha dicho César Rendueles, “los hechos históricos nunca están normal-normal”, y mucho menos en tiempos tan convulsos como los nuestros. Buena parte de la vida política se basa en la promesa de estabilidad inalcanzable por el caos de la experiencia colectiva.

En este julio que termina, el periódico El País de España publicó dos entrevistas que bien resumen el caos suscitado por la crisis de nuestro tiempo. En la primera, el erudito Georg Steiner afirma que a los niños ya no se les permite verse arrojados ni al error ni a la utopía, lo que motiva que se aniquilen sus sueños; también afirma que la política ha abdicado frente al reinado del dinero, mientras revive “el regionalismo, el localismo y el nacionalismo”1. En la segunda entrevista, el sociólogo Wolfgang Streeck señala que es posible que se produzca un colapso del capitalismo a escala global, reflejado en la caída simultanea de bancos e instituciones financieras, en una crisis similar a la de 2008 pero a una escala mayor. El aumento de la desigualdad, el crecimiento del endeudamiento y la caída del crecimiento, son a la vez causas y consecuencias de esa crisis. Al preguntársele por el porvenir del capitalismo, Streeck afirma: “Mi hipótesis es que atravesaremos un largo periodo de transición, en el que no sabemos hacia dónde vamos. Es un mundo de incertidumbre, desorden, desorientación, en el que todo tipo de cosas pueden pasar en cualquier momento”2. La crisis hace asomar el posible caos, y tal inestabilidad promueve la participación electoral. Para Streeck, “quienes recurrentemente se abstienen son quienes están en la base de la distribución de la riqueza. Ahora, sin embargo, estos ciudadanos que habían renunciado a la política están volviendo. En todas partes vemos un ascenso de los llamados partidos populistas”.

En las reflexiones de Steiner y Streeck hay una secreta coincidencia: el aumento de la participación electoral que hoy impulsa a diversas formaciones de extrema derecha alrededor del planeta (Francia, Austria, Polonia, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Turquía, Filipinas o Perú), que ha generado la sorpresa del Brexit o que tiene a Trump punteando las encuestas en Estados Unidos, representa la nueva muerte de la política entendida como ágora: como competencia y antagonismo de bandos que persiguen distintos modelos de sociedad, mientras se consolida una política autoritaria, de manipulación, engaño y miedo ante el asomo del caos.

El síntoma Trump3

En el perfil escrito por Mark Singer para The New Yorker en 1996, Donald Trump aparece como un personaje mentiroso, misógino, irresponsable y arrogante. “No le creería a Donald Trump, aunque su lengua estuviera notariada”, decía Alair Townsend, quien fuera vicealcaldesa de Nueva York. Su mendacidad compite con su misoginia, bien demostrada en un tipo que hablaba de sus ex esposas en la radio como “buenas tetas, cero sesos”.

Contrario a la opinión común, Singer no retrata a Trump como un empresario exitoso, sino como un mediocre negociante que estuvo cerca de la bancarrota al inicio de los felices noventa, que dejó de pagar a sus prestamistas cerca de 800 millones de dólares y que logró salir a flote con un calculada estrategia de autopromoción: la sobreexposición y sobreexplotación del apellido Trump. Incluso en los peores momentos de sus negocios inmobiliarios, Donald siempre se aseguró de poner su apellido en avisos de neón para que el mundo entero se enterara, y se engañara, sobre el éxito de sus movimientos financieros. Tal carácter se convirtió en un imán para las audiencias televisivas que adoraban sus frases repletas de superlativos, su propensión al insulto fácil y sus matrimonios/divorcios dignos de ser cubiertos por la prensa rosa. La televisión le dio la ocasión para mostrar toda su arrogancia y sus poses artificiales, pues buena parte de su éxito empresarial se ha derivado de vender una imagen por encima de un producto, o mejor, de vender como producto la imagen del empresario.

Trump, al igual que los políticos que promovieron el Brexit en Inglaterra, o de la extrema derecha europea, representa la política de los tiempos del caos. Su discurso racista y antimigrante representa la falsa promesa de estabilidad que necesitan las masas en los tiempos de crisis de civilización, suscitada por la inestabilidad económica, por la tragedia de las guerras imperialistas, por el miedo suscitado por los atentados de lobos solitarios, por la permanente amenaza de colapso ecológico y por los problemas globales de gestión energética y alimentaria.

En tiempos de crisis que muta en caos, esa nueva derecha global sabe bien usar las tres unidades de las democracias corruptas: manipulación, egoísmo y miedo4. He aquí la clave de su éxito ante una población asustada por las amenazas del caos. Una mano fuerte que lanza promesas fáciles, que falsea la realidad, que miente sin rubor y que alimenta ese miedo creciente, tiene todas las condiciones para avanzar electoralmente y tomar el control del Estado, incluso de aquellos Estados con armas nucleares.

Responsabilidad y convicción

Cuando a finales de la Primera Guerra Mundial Max Weber planteó su célebre distinción entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad, pensaba en dos modelos opuestos. Por un lado, el de la persona de convicciones (como el cristiano o el revolucionario) que actúan correctamente sin preguntarse por las consecuencias de sus actos; por otro lado, el de la persona responsable que actúa preguntándose por las consecuencias de sus acciones. Tal distinción ha sido bien explotada por los políticos conservadores que defienden o bien su moderación, o bien su tradicionalismo, defendiendo la promesa de estabilidad como la mejor manera de ser responsable, y como factor disuasorio ante el salto al vacío que requieren las promesas de los radicales.

Lo paradójico de nuestro tiempo radica en la irresponsabilidad que hoy muestran los políticos conservadores. El referendo en el Reino Unido, los discursos incendiarios de Trump, la política migratoria de buena parte de los gobiernos de Europa central, la política económica de Macri en Argentina o la actuación de Álvaro Uribe y Alejandro Ordóñez en Colombia frente al proceso de paz, muestran que los políticos conservadores de nuestra época no tienen miedo de ver el mundo arder, como el peor de los villanos de un cómic. Detrás de su aparente promesa de estabilidad se encuentran políticas que agravan todos los problemas que vive el planeta: negacionismo del cambio climático, racismo y autoritarismo que agravan tensiones políticas y militares, o decisiones económicas que profundizan la crisis.

La derecha extrema ha logrado canalizar el descontento que producen los tiempos de incertidumbre, ofreciendo soluciones falsas que evitan que las mayorías se preocupen de los verdaderos problemas globales: las guerras imperialistas que producen millones de refugiados; la especulación financiera que genera una economía inestable; la creciente desigualdad que reduce las oportunidades de miles de millones de personas; la economía basada en patrones desaforados de consumo, explotación de combustibles fósiles, acaparamiento de tierras y ruina de territorios; la individualización conjugada con racismo que hace crecer el resentimiento de jóvenes sin esperanza que están dispuestos a dar su vida al verse manipulados por extremistas financiados por multimillonarios petroleros. La extrema derecha evita ocuparse de los problemas globales porque saben que la crisis es una excelente oportunidad para sus negocios, porque el olor del dinero es la muerte de una política genuina basada en lo común.

En un brillante ensayo sobre Lenin, Alex Callinicos desmontó la oposición de Weber sugiriendo una ética revolucionaria que conjugue la responsabilidad y la convicción5. Una política seria de izquierda radical debe partir de un análisis realista del contexto (el análisis concreto de la situación concreta) y de las consecuencias que puede traer la acción política. De eso se trata una política de la responsabilidad. De manera complementaria, la crítica del capitalismo global no puede hacerse sin los valores universales de igualdad, cooperación, comunidad y autonomía que configuran los programas transformadores de la izquierda. De eso se trata la política de la convicción.

En tiempos caóticos, lo más responsable es ser conscientes de la inestabilidad permanente, de ese largo periodo de transición en el que no sabemos hacia dónde vamos, pero sí sabemos cuáles son los genuinos problemas globales que debemos atacar. A contrapelo del conservadurismo oficial que desea políticas de izquierda signadas por la moderación, para nuestra caótica época la mejor manera de ser responsable es seguir defendiendo las convicciones más radicales.

  1. George Steiner: “Estamos matando los sueños de nuestros niños”http://cultura.elpais.com/cultura/2016/06/29/babelia/1467214901_163889.html
  2. “El capitalismo puede colapsar”, http://economia.elpais.com/economia/2016/05/20/actualidad/1463743486_753066.html
  3. Algunas reflexiones aquí incluidas las planteé en http://www.colombiainforma.info/opinion-trump-la-politica-de-la-irresponsabilidad/
  4. La expresión es del poeta Luís García Montero.
  5. Callinicos, Alex, “¿Leninismo en el siglo XXI? Lenin, Weber y la política de la responsabilidad”. En: Budgen, Kouvelakis y Žižek (eds) Lenin reactivado, Madrid, Akal, 2010.