Andrés Fabián Henao

* Andrés Fabián Henao

Profesor Asistente del Departamento de Ciencia Política de la University of Massachusetts Boston. Doctor en Ciencias Políticas de la University of Massachusetts Amherst. Magíster en Filosofía y Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Tiene como áreas de trabajo la teoría política contemporánea, la tragedia Griega, la relación entre la teoría política y la literatura y los problemas de membresía política, democracia y agencia en el contexto actual de la globalización y el capitalismo tardío. Actualmente trabaja sobre la tragedia de Antígona, donde ofrece una lectura alternativa de la agencia política que tienen los inmigrantes indocumentados en su capacidad de cuestionar los límites de la democracia y las condiciones actuales de su membresía política, a partir de una reinterpretación del texto de Sófocles. Ha recibido becas de investigación en la Universidad de Massachusetts, Amherst y en la Universidad Nacional de Colombia, donde publicó Paramilitarismo, Desmovilización y Reinserción. La Ley de Justicia y Paz y sus implicaciones en la Cultura Política, la Ciudadanía y la Democracia en Colombia, con el profesor Oscar Mejía Quintana

La llamada alta cultura—filosófica, forense, la de los discursos y prácticas cívicas—es del mismo molde, desde el puro comienzo, desde la antigüedad clásica, que el deliberado intento de causar sufrimiento humano

(mi traducción de Dubois, 1991: 4)

La técnica de la tortura sistemáticamente incluye, como un elemento central de su aparato de terror, su reduplicación en el universo de los signos (…) La tortura produce discurso para producir silencio. Produce lenguaje para poder fabricar la ausencia del mismo (…) La gran victoria del torturador es la de definir el lenguaje en el que la atrocidad será nombrada

(énfasis del autor, mi traducción de Avelar, 2004: 28, 46 y 49)

La tortura como dispositivo necropolítico, o “vamos a traer un infierno peor que el ‘waterboarding’” (mi traducción de las palabras de Donald Trump)

La defensa pública de la tortura por el principal candidato presidencial del Partido Republicano, Donald Trump, marca un cambio en la lógica discursiva de la supremacía blanca en los Estados Unidos, mas no en su práctica. Hace dos años, cuando el Comité de Inteligencia del Senado publicó su reporte sobre la tortura1, rebautizada por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) con el eufemismo de “técnicas de interrogación aumentadas” (“enhanced interrogation techniques”), declararse partidario del “waterboarding2 parecía constituir un cierto límite del discurso público, uno al que se le encargaba la función imperialista de separar el “ellos” del “nosotros”, la violencia del “salvaje” de aquella del “civilizado”. Dicho límite resuena incluso en las propias palabras del entonces presidente George W. Bush, quien afirmó, tras la circulación de las fotografías que retrataban la tortura sufrida por los prisioneros iraquíes a manos de la CIA y el resto del establecimiento militar estadounidense en Abu Ghraib, que dicho “trato no [reflejaba] la naturaleza del pueblo americano”3.

Algo de la vergüenza de verse partidario de la tortura aún se escucha en el titubeo de la vacilante respuesta que el ultra-reaccionario senador de Texas, Ted Cruz, le dio al moderador de las noticias ABC, David Muir, cuando este le preguntó si reinstalaría el “waterboarding,” tardíamente eliminado por el presidente Obama en enero del 2009 (Ordenanza 13491). “No lo traería de vuelta en alguna forma de uso indiscriminado” (mi traducción), dijo el senador el sábado 5 de febrero en Manchester, New Hampshire, durante el debate de las primarias republicanas. Lo dijo, hay que agregar, más preocupado por el murmullo reprobador de la multitud en el recinto, que solo se vio satisfecha cuando Donald Trump sostuvo no solo que lo reinstalaría sino que traería un infierno peor que el “waterboarding”, para agrado de los oyentes, que rápidamente aplaudieron una declaración enunciada con la seguridad que la anterior carecía.

La defensa pública de la tortura por parte de Trump no solo no supuso la exclusión del candidato por el partido republicano, todo lo contrario, catapultó su carisma hasta convertirse, hoy en día, en su candidato oficial. Tampoco se trata de una afirmación excepcional en su campaña, a la que habría que agregar su propuesta de prohibir el ingreso de todos los musulmanes a los Estados Unidos, mientras se incrementa la vigilancia contra aquellos que el sistema no pueda deportar. Los musulmanes no son, por supuesto, el único objetivo militar de este nuevo discurso racista en esteroides. La calificación de los mexicanos como violadores, frente a los cuales solo se puede construir un muro por el que ellos mismos habrían de pagar, y la calificación de la policía como el sector más marginado del país —en el marco del masivo escándalo nacional por la brutalidad policial y el asesinato sistemático de personas negras a manos de policías con total impunidad— son ejemplos de este ligero cambio en un discurso reaccionario que su defensa pública de la tortura sintomatiza, como el recrudecimiento de la criminalización del no-blanco.

La continua elegibilidad de Trump en el marco de dicha política racista en esteroides supone un cambio en la lógica discursiva de la democracia liberal estadounidense. Con ella se le dice adiós al racismo soterrado que caracterizó la política pública de los Estados Unidos durante las últimas décadas, y que no por ser soterrado ha sido menos desastroso para las comunidades de color. Dicho racismo, denominado ciego-al-color (“colorblind racism”), consistió en desmantelar los triunfos del movimiento por lo derechos civiles mediante la neutralización discursiva de sus demandas materiales por la igualdad racial. No hablar de raza se tradujo en la estrategia para justificar la discriminación racial de facto sobre la base de su exclusión de jure. En otras palabras, las políticas públicas de orden racista podían seguir su curso, e incluso potenciar sus alcances, siempre y cuando no se nombrara la raza en ellas. Con la interdicción discursiva también se neutralizaba el alcance material del reclamo político, pues dicha igualdad resultaba mágicamente garantizada mediante la exclusión del significante, como si el racismo se pudiera acabar simplemente dejando de hablar de él. No es extraño que la acción afirmativa (“affirmative action”), la más efectiva estrategia del movimiento para rectificar la desigualdad estructural de siglos de supremacía blanca, terminara por ser acusada de efectuar un absurdo “racismo invertido”. En otras palabras, racistas ya no son quienes soportan un sistema cuyos privilegios residen en la continua subordinación de la gente negra, sino los miembros de aquella raza por resistir dicho sistema al hacer discursivamente explícitas las consecuencias racialmente diferenciales de sus políticas. El actual racismo en esteroides de la democracia liberal consiste en este doble movimiento, en donde las y los activistas que luchan por la igualdad racial son acusados de racismo (como lo hizo recientemente el ex alcalde de New York, Rudolph Giuliani), al mismo tiempo que los políticos pueden expresar sus más racistas posiciones sin filtro alguno.

La tortura, cabe señalar, no es una invención estadounidense, aunque el actual imperio ha sabido ingeniar nuevas y más sofisticadas formas de tortura, como aquella de la reclusión en solitario —que se practica sistemáticamente sobre todo contra la gente negra en las prisiones del complejo industrial carcelario. La tortura tampoco es ajena a la democracia, como lo pone de presente la monumental investigación de Page Dubois (1991) sobre la tortura, a la que se le encarga desde la antigüedad clásica, la función de negociar la frontera siempre permeable entre el ciudadano y el esclavo. Basanos, el término griego que define la tortura, pero que se origina en el intercambio comercial de los metales, incrementa su contenido semántico en la polis griega para incluir tanto a la verdad pública del procedimiento jurídico como a la verdad moral del discurso filosófico. Verdad y tortura coinciden en el cuerpo del esclavo como su material de intercambio, cuyo testimonio la polis democrática no puede aceptar como verdadero independientemente de la tortura, pues la verdad resulta de la horrorosa ecuación entre dos violencias que compiten por su discurso, la del amo y la del Estado, cada una intentando sobrepasar a la otra para disputarse la línea que separa lo falso de lo verdadero. En este sentido, antes de cualquier finalidad derivada del testimonio —aquella que los defensores de la tortura siempre esgrimen como si la interrogación misma se pudiera colocar por fuera del universo de la tortura— la tortura es siempre un mecanismo para definir el cuerpo abyecto, el cuerpo que se puede marcar, como se marca a los esclavos desde la antigüedad, y que explica también por qué, en el escenario de la renovada movilización social por la igualdad, la tortura vuelve a cobrar tal importancia en el discurso público que busca reinventar la frontera entre el “ellos” y el “nosotros”4.

Con la invención colonial de la categoría biológica de la raza, a la que la modernidad occidental le encargará la función biopolítica de separar las vidas a cultivar de las vidas a prescindir (Foucault 1995), la tortura abandona el espacio temporalmente restringido de la ley pública para extenderse a lo largo de la cotidianidad de la vida y muerte de las comunidades indígenas y negras en los primeros estados de excepción que son la plantación y la encomienda. Como lo pone de presente Frederick Douglass ([1845]) en su autobiografía, el ingreso del individuo al universo de la esclavitud pasa por el horroroso espectáculo de la tortura, en su caso el de su tía Hester, cuya tortura Douglass (2009: 19) caracteriza como las ensangrentadas rejas (“blood-stained gates”) que le marcan a él su ingreso al infierno que es la esclavitud. El cuerpo cautivo es el cuerpo sobre el que se puede ejercer una violencia sin mesura, aquel infierno en el que se puede mutilar, asfixiar, decapitar, quemar con caña de azúcar ardiente, violar, flagelar inclementemente con el látigo, empalar, desmembrar, alimentar con excremento, ahorcar en el árbol, exhibir públicamente, hacer trabajar sin pausa hasta el colapso, etc. (Hartman 2007: 66-7). Y esta demarcación del cuerpo abyecto, del cuerpo cautivo, del cuerpo que se puede violentar, es el primer producto de la tortura, el cuerpo que no pertenece, el cuerpo que nunca podrá pertenecer a ese siempre tenue universo del “nosotros”, porque ha sido marcado físicamente por el hierro candente de la compañía europea y estadounidense, o ha sido letalmente marcado por la bala del complejo militar industrial de la guerra imperialista de hoy.

La abolición de la tortura como estrategia de guerra imperialista

La crítica humanista de la Ilustración europea al ejercicio de la tortura en la modernidad no supuso su abolición (Langbein 2005), aunque la abolición de la tortura sí justificó el humanista abrazo de la prisión como su más sofisticado sustituto punitivo (Foucault 1995). Algo similar sucede con la crítica contra el actual intento del Partido Republicano por institucionalizar nuevamente la tortura. Así como la crítica humanista de la tortura en el siglo XVI se tradujo en el origen de la prisión moderna como una forma económicamente más racional de ejercer el poder normalizador, así también la crítica de la tortura en el siglo XXI se traduce como una forma económicamente “más racional” de ejercer la guerra imperialista, esta vez sobre la base de la excepcionalidad sexual estadounidense. El primero produjo al “criminal” como objeto del poder disciplinario, como lo ha señalado Foucault (1995), el segundo ha producido al “musulmán” como objeto de la tortura, como lo ha señalado Jasbir Puar (2007). En otras palabras, la circulación de las fotografías de Abu Ghraib no se tradujeron en una crítica política del imperialismo norteamericano —fotografías que hoy en día han quedado en el olvido— sino en el intento por redefinir un “nosotros” frente a un “ellos” sobre la base de la excepcionalidad sexual estadounidense, la misma a la que Bush hace referencia cuando afirma, respecto a las fotografías, que tal maltrato “no refleja la naturaleza del pueblo americano”. Esa otra “naturaleza” que las fotografías presuntamente sí reflejan, según Bush, es proyectada al exterior, se trata de esa sexualidad anómala que no es la “nuestra”, y que acumula todas las fantasías propias del orientalismo (Said [1978])—aquella que hace del Oriente el locus de una híper-sexualidad perversa e ingobernable, también adjudicada al cuerpo negro desde la esclavitud y, hoy en día, también al mexicano como un sustituto metonímico del cuerpo racializado.

Bajo dicho marco interpretativo, en el que se exagera la violencia de la humillación sexual por encima del dolor físico (Puar 2007: 97)5 se delimita en el lugar de la llamada tortura sexual—específicamente, la de la violencia que pretender imitar actos sexuales asociados a una sexualidad desviada o excesiva, como lo son la sodomía, el sexo oral, así como las prácticas S/M de la atadura, el latigazo y la capucha—y no, por ejemplo, en relación a la lenta hambruna de millones producida por las sanciones económicas de las Naciones Unidas contra Iraq, las miles de muertes civiles iraquíes desde la invasión de Iraq por los Estados Unidos en el 2003, o el saqueo y la carnicería de Falluja?” No son estas las únicas fotografías que no circularon con el mismo ímpetu para demarcar una línea que supuestamente se había sobrepasado, pues tampoco circularon las fotografías de mujeres violadas por los militares estadounidenses, o forzadas a desnudarse, frente a las cuales Puar (2007: 98) se pregunta: “¿Acaso es porque la administración las encontró incluso más horribles? ¿O quizás la violación de las mujeres en tiempos de guerra se ha vuelto tan poco espectacular, tan endémica a la ocupación militar que su impacto es irrelevante? ¿O tal vez estas fotos podrían demoler aquella línea de razonamiento según la cuál los Estados Unidos están liberando a las mujeres musulmanes, una fantasía central a la doctrina se la excepcionalidad sexual estadounidense?” (mi traducción).], la crítica no tarda en reemplazar a la víctima, en preguntarse ya no por la vida de los iraquíes que continúan sufriendo la tortura sino por aquella de los victimarios. Como bien lo reconstruye Jasbir Puar en su análisis de la recepción que tuvieron las fotografías en ciertos sectores de la comunidad LGBTIQ en los Estados Unidos (como por ejemplo en los comentarios de la Directora Ejecutiva de la Comisión Internacional Gay y Lesbiana de Derechos Humanos, Paula Ettelbrick), la paradigmática víctima de las imágenes ya no son los torturados iraquíes sino los propios militares gay de los Estados Unidos, pues la tortura no es una afrenta más contra los ya diezmados iraquíes en una colosal acumulación de violencias que incluye las sanciones económicas, el saqueo y el bombardeo indiscriminado de su población civil, sino los valores que la institución militar de la democracia liberal estadounidense defiende, incluido aquel de la emancipación sexual en esta nueva versión del homo-nacionalismo imperialista.

Aquí cabe volver al reporte del Senado sobre la tortura, el mismo que la propia presidente del Comité no encontró otro modo de introducir sino haciendo referencia al “horror de ese día”, el que Feinstein recuerda “vívidamente”, sobre todo “las imágenes televisivas de hombres y mujeres inocentes saltando del World Trade Center para escapar de las llamas”. “Es en el marco de dicho evento— el más grande ataque contra la patria americana en su historia”, Feinstein añade, “que los eventos descritos en este reporte se realizaron” (mi traducción, Feinstein, 2014: 2). Dichos “eventos”, a los que Feinstein hará referencia principalmente bajo los nombres definidos por el torturador (ver el epígrafe de Avelar), solo se nombran como tortura en la cuarta página del prefacio y en la forma de una conclusión personal, cuando el lector ya ha comprendido que el “programa de interrogación” siempre se debe medir contra el trasfondo del “más grande ataque contra la patria”. El reporte, que incluye más de 6700 páginas y que permanece clasificado (solo el resumen ejecutivo ha sido publicado), abre con una síntesis que describe 20 hallazgos y conclusiones a los que llegó la Comisión. Entre ellos cabe destacar el último, según el cual el “Programa de Detención e Interrogación de la CIA causó un inconmensurable daño a la posición pública de los Estados Unidos, así como al liderazgo de larga data que los Estados Unidos han ejercido como líderes globales de los derechos humanos en general y de la prevención de la tortura en particular” (mi traducción, Senate Select Committee On Intelligence, 2014: 16). La raramente llamada tortura aparece enmarcada por el evento que la justifica de entrada el ataque terrorista y el hallazgo que la hace excepcional, el liderazgo moral de los Estados Unidos como bastión de los derechos humanos.

Aun más revelador es el artículo del conservador Andrew Sullivan (2005), titulado “La abolición de la tortura”, con el que se concluye la colección, Torture, editada por Sanford Levinson. De manera aún más honesta, Sullivan revela la verdadera prioridad de la abolición a la tortura:

“De hecho, el uso de la tortura y la interrogación coercitiva por las fuerzas de los EUA en esta guerra pueden haber contribuido a un profundo deterioro de nuestra inteligencia. La clave de la inteligencia en Iraq, de hecho, en los enclaves musulmanes de Occidente, es ganar el apoyo de quienes le ofrecen cobertura a los terroristas pero no son, ellos mismos, terroristas. Necesitamos inteligencia humana de parte de musulmanes y árabes preparados para espiar e informar sobre sus vecinos y amigos e incluso sobre sus familiares y miembros de su tribu. El único modo en que ello sucederá es si perciben las ganancias de la intervención americana como más grande que sus costos, si ven claramente que cooperar con el Occidente les llevará a una mejor vida y a un mundo más libre y no a más de lo mismo” (mi traducción, Sullivan, 2005: 324).

En la celebración de esa increíble pesadilla orwelliana como el horizonte ideal de la inteligencia estadounidense, que la práctica de la tortura obstruye, Sullivan expresa el verdadero fin de la abolición de la tortura: la eficiente racionalización de la guerra imperialista. Y al igual que Bush y el reporte del Senado, Sullivan también concluye con la misma excepcionalidad de la idea que es “América”:

“Si legalizamos la tortura, incluso bajo condiciones restringidas, habremos renunciado a una gran parte de la idea que es América. Habremos perdido la guerra antes de habernos dado el chance de ganarla” (Sullivan, 327).

Ganar la guerra, no perder la guerra, intensificar la guerra, tanto la institucionalización de la tortura como su abolición coinciden en la misma finalidad imperialista: reproducir el cuerpo racializado que garantiza la cesura bio/necro/política de la patria estadounidense, y la protección de su excepcionalidad en el curso de una ocupación sin límite. En el horizonte de esta guerra sin fin, que tanto la tortura como su abolición deben avivar para garantizar las fronteras de una supremacía blanca en crisis, ya se discute la posibilidad de incluir al movimiento por la defensa de las vidas negras (Black Lives Matter) en la lista de organizaciones terroristas del Estado, mientras se estrechan los vínculos con el Estado de Israel para que las fuerzas policivas de los Estados Unidos sigan recibiendo entrenamiento militar por el ejército que ocupa Palestina. La tortura nunca ha sido ajena a la presunta “alta cultura” (ver el epígrafe de Dubois), ni a la idea que es “América”, ha constituido un eje central en la fabricación de su ideal, un ideal de dominación que hoy quiere hacer a las víctimas de su violencia racista, cocinada en esteroides, las únicas responsables por la violencia que sufren.

Literatura consultada

Avelar, Idelber. 2004. The Letter of Violence: Essays on Narrative, Ethics, and Politics. New York: Palgrave.

Douglass, Frederick. [1845] 2009. Narrative of the Life of Frederick Douglass, An American Slave, Written by Himself. Cambridge: The Belknap Press of Harvard University Press.

Dubois, Page. 1991. Torture and Truth. New York: Routledge.

Feinstein, Dianne. 2014. “Forward” In Senate Select Committee On Intelligence. The Senate Intelligence Committee Report on Torture, 1-6. New York: Melville.

Foucault, Michel. 1995. Discipline and Punish: The Birth of the Prison. New York: Vintage.

Hartman, Saidiya. 1997. Scenes of Subjection: Terror, Slavery, and Self-Making in Nineteenth-Century America. Oxford: Oxford UP.

Hartman, Saidiya. 2007. Lose Your Mother: A Journey Along the Atlantic Slave Route. New York: Farrar, Straus & Giroux.

Langbein, J. 2005. “The Legal History of Torture.” In Torture: A Collection, edited by Sanford Levinson, 95-104.Oxford: Oxford University Press.

Pinar, William. 2007. “Cultures of Torture.” In Warfare in the American Homeland: Policing and Prison in a Penal Democracy, editado por Joy James, 290-304. Durham: Duke University Press.

Puar, Jasbir. 2007. Terrorist Assemblages: Homonationalism in Queer Times. Durham: Duke University Press.

Said, Edward [1978] 2014. Orientalism. New York: Vintage.

Scarry, Elaine. 1985. The Body in Pain: The Making and Unmaking of the World. Oxford: Oxford University Press.

Senate Select Committee On Intelligence. 2014. “Findings and Conclusions.” In The Senate Intelligence Committee Report on Torture, 7-22. New York: Melville.

Sullivan, Andrew. 2005. “The Abolition of Torture.” In Torture: A Collection, edited by Sanford Levinson, 317-328. Oxford: Oxford University Press.

  1. El reporte se puede consultar aquí: https://www.amnestyusa.org/pdfs/sscistudy1.pdf. Más adelante ofrezco otras reflexiones sobre el mismo.
  2. El “waterboarding” es una reconocida técnica de tortura por las Naciones Unidas y las organizaciones defensoras de los derechos humanos, que consiste en ahogar a la víctima para simular la muerte por ahogamiento, bien sea al sumergir completamente su rostro en el agua o al verter masivas cantidades de agua en su nariz y boca con su cuerpo inclinado de tal manera que el agua no pueda evacuar el cuerpo.
  3. Mi traducción de sus palabras, citadas en Puar (2007: 80). Más adelante vuelvo sobre la importancia del análisis de Puar sobre este excepcionalismo estadounidense, que como bien lo señala Pinar (2007), no tiene nada de excepcional.
  4. Ver el ya célebre trabajo de Elaine Scarry (1985) sobre la estructura de la tortura, en donde la interrogación se entiende adecuadamente como inseparable a la magnificación y objetivación del dolor que es la tortura; una objetivación en donde todo aquello que registra de manera objetiva algo del “mundo” compartido tiene la capacidad de ser convertido en un agente destructor de dicho “mundo”, incluido el lenguaje, capaz de convertir el dolor en ritual del poder. Para una crítica de Scarry ver Avelar (2004).
  5. Aquí cabe destacar una inquietud que Puar (2007) incluye antes de desarrollar su análisis: “¿Por qué esta línea [entre lo permitido y lo no permitido