El título que a su ensayo le dio Rubén Jaramillo, “La postergación de la experiencia de la modernidad en Colombia”, para señalar la diacrónica construcción de la república en su economía y en sus ideas, es una pauta para comprender mejor el fondo de la discusión en torno al “escándalo” que ha generado los lineamientos que buscan reducir, si no acabar, con la educación decimonónica, a propósito del matoneo, repulsión, exclusión, persecución a la población LGBTI, dirigido claramente por sectores de la ultraderecha y algunos otros de la Iglesia católica.

Hacia el año de 1811, según lo narra Rubén Jaramillo Vélez, se desplegó una de las primeras polémicas de importancia acerca de la orientación de la educación pública, los valores de la sociedad, la ideología, la idiosincrasia y la ética social, las motivaciones y el comportamiento de los ciudadanos modernos. Nos encontrábamos en el albor de la construcción de una nación –que por desfortuna nunca llegó-, donde las ideas liberales utilitaristas de Bentham le quitaban terreno al providencialismo hegemónico del reino español. Liberarse del yugo colonial y, en consecuencia, de su modelo de sociedad patriarcal, rural y teocéntrica, pasaba por considerar que no solo existía una explicación idealista y religiosa del mundo, y de la sociedad.

Entrada la década de 1880, la obra de Rafael Núñez, pero principalmente de Miguel Antonio Caro, resultó determinante en nuestro desarrollo histórico: el proyecto de La Regeneración definió los rumbos ideológicos de nuestra sociedad y también de nuestra personalidad e idiosincrasia, las cuales, sin duda alguna, casi siglo y medio después, perduran.

Hoy, buena parte de las capas sociales que el pasado 10 de agosto salieron a manifestarse a favor de la familia tradicional y heterosexual, constituyen sectores apegados no solo a la Iglesia, sino también –o por lo mismo-, a considerar que la existencia en los colegios del diálogo abierto en torno a las personas LGBTI, donde estudian nuestros hijos, es perjudicial para la crianza de los menores.

La moral y las buenas costumbres en un país, en términos de Rubén Jaramillo Vélez, ultramontano, ha conllevado no solo la exclusión de la población en cuestión (LGBTI), sino también la perpetuación del machismo, así como la tolerancia ideológica, jurídica y judicial de muchas prácticas que, tales como el feminicidio o la segregación a la población LGBTI, atentan sobre otro ser humano. Casi siglo y medio después, entre otras situaciones que no cambian, está la lógica que mantiene el imaginario del “macho”, del “varón”. En consecuencia, del sexo débil y el sexo fuerte. De allí el peligro que los hijos “machos” o “varones” se “vuelvan maricas”.

Dentro de las arengas y carteles que los y las manifestantes colocaban el pasado 10 de agosto, se encontraban, entre otros, unos que afirmaban “no al adoctrinamiento”. Al mismo tiempo que rechazan dicho supuesto conductismo en los manuales de convivencia, reclaman libertad y autonomía en los colegios, ruegan a Dios porque su doctrina no solo perviva, sino que además sea intocable y que se expanda. El hecho de no entregar la educación a la Iglesia o se lleve a cabo por fuera de sus parámetros sociales y valores, como en el proyecto de La Regeneración de Núñez y Caro, sí es un problema.

Jaramillo Vélez califica a Caro y a su proyecto de la Regeneración, como propio de la ortodoxia católica ultramontana; así, lo que parece estar hoy en discusión es el juzgamiento moral de una política pública, de la materialización de una orden constitucional, pero que se confronta con todo aquello que transgreda el orden hegemónico conservador de nuestra ideología criolla en pleno Siglo XXI.

Nos recuerda Jaramillo Vélez la presentación a las “Lecciones de Filosofía según el espíritu del doctor Angélico Santo Tomás de Aquino por P.Vallet, P.S.S., traducidas de la segunda edición latina y anotadas por Gabriel Rosas”, quien entre otras cosas sostiene (en un prólogo fechado en Bogotá, febrero de 1886):

Colombia reaparece (con la Regeneración), después de largos años de agonía, a nueva vida, en la cual todos hemos de trabajar en la medida de nuestras fuerzas, y para hacernos dignos de la protección que Dios nos ha dispensado, en devolver a la verdad los dominios usurpados por el error (de la modernidad), y en consagrar al bien la fecunda labor que promete una sociedad regenerada”.

En nuestros días, perviven los valores del proyecto de la Regeneración. De allí el diacronismo de nuestra sociedad, que se pretende moderna y es profundamente parroquial. Las “ideas contrarias al dogma católico” no eran otras que los “errores” de los tiempos modernos; que el intento fallido por establecer otras lógicas de relacionamiento, más allá del vasallaje, la doble moral y la opresión.

Volviendo al argumento de Jaramillo Vélez, efectivamente nos encontramos en una sociedad que en su economía e infraestructura podría catalogarse de “moderno”, pero con un espíritu parroquiano del siglo XIX. Considera en su ensayo, que por ello resulta tan característico y sui generis este sincretismo colombiano, “esta modernización en contra de la modernidad”, que permitiría en las primeras décadas del siglo XX avanzar en medio de aquella sociedad rural “en el terreno infraestructural -de la industrialización, de las vías de comunicación-, sin variar substancialmente la concepción tradicionalista o la ” visión del mundo” y la ideología, que desde la firma del Concordato de 1887 conllevó el control de la educación pública por parte de la Iglesia apostólica, católica y romana.

Quienes negamos la negación de una sociedad diversa, consideramos que nuestros hijos e hijas, sin perder sus vivencias en la infancia, su inocencia, deben aprehender con plena naturalidad que hay más opciones de vida o de vivirla, creemos en que no hay razón de ser para que una persona sea juzgada, macartizada, excluida, menospreciada por su condición de género u orientación sexual; es un acto más que injusto, es un acto, en el sentido de la modernidad de Rubén Jaramillo Vélez, premoderno.

Qué angustia causa saber que nuestro país es tan retardatario, que lo más progresista (sin que el Estado te mande a la cárcel) es exigir y reivindicar el liberalismo.

Pero que sea el maestro Jaramillo Vélez, quien vaya cerrando estas palabras:

El sonambulismo que caracteriza en buena medida las actitudes del ciudadano, la persistencia de vicios tradicionales que impiden una auténtica solidaridad y cohesión social -particularismos, fulanismos, clientelismos, dependencia y falta de autonomía en los procesos de decisión política- prueban ese peculiar sincretismo de lo moderno y lo premoderno, tan característico de la vida pública en nuestro país. Hoy en día, el rechazo de la cultura de la modernidad continúa vinculado a actitudes antidemocráticas. Pero esta constituye un reto ineludible, aunque el nivel del conflicto y la magnitud de las tareas a enfrentar cada día es más grande”.

Una secularización a medias, la postergación de la experiencia de la modernidad en Colombia, donde quienes tienen la responsabilidad –contradictoriamente para esta discusión- es nuestra misma y equivocada clase gobernante.

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Una primera versión de este artículo fue publicada en www.cedins.org con el título “El ´nuevo providencialismo´ y la ´ideología´ LGBTI, a propósito de la postergación de la experiencia de la modernidad en Colombia de Rubén Jaramillo Vélez”.

**Andrés Idárraga Franco – Corporación para la Investigación y la Educación Popular, Instituto Nacional Sindical (CEDINS). @andresidarraga